terça-feira, 16 de maio de 2017

El drama de la uruguayez - Federico Nogara

Este ensayo es la segunda parte de Izquierda y cultura: El Largo desencuentro (extractos de un ensayo). La primera parte fue publicada en Malabia 58.


PRIMERA ENTREGA

La Independencia

Estamos en vísperas de la firma del tratado de paz posterior a la batalla de Ituzaingó. Hace ya tiempo que el gabinete británico acaricia la idea de crear un Estado independiente entre Brasil y Argentina, para debilitar a ambos y al mismo tiempo potenciar un puerto distinto al de Buenos Aires, con la intención de dominar el comercio de la zona y poder llegar con sus barcos, sin restricciones, río arriba hasta el centro de América Latina. Las cartas intercambiadas entre los dos personajes encargados por el Reino Unido para llevar a cabo la tarea -George Canning y John Ponsonby, ministro de Asuntos Exteriores el primero y enviado al Río de la Plata como ministro plenipotenciario el segundo- son reveladoras: Canning decía a Ponsonby en una de ellas: "La ciudad y territorio de Montevideo deberá independizarse definitivamente de cada país, en situación algo similar a la de las ciudades hanseáticas en Europa". Y poco después reiteraba la idea: "Como V.E. sabe, se ha sugerido que Montevideo mismo, o toda la Banda Oriental, con Montevideo por capital, sea erigida en estado separado e independiente".

Ponsonby escribía a José María Roxas y Patrón, ministro de Dorrego: “Europa no consentirá jamás que solo dos Estados, el Brasil y la Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales de la América del Sud, desde más allá del Ecuador hasta Cabo de Hornos". Y el mismo lord iba más allá cuando escribía a Mr. Gordon, ministro del Reino Unido en Río, durante las negociaciones de paz: "Usted observará que he hecho en mi nota al ministro una leve alteración en el segundo artículo. Su segundo artículo dice: "El emperador consiente que el nuevo estado no tenga libertad de unirse, por incorporación, a ningún otro". Yo digo: "El nuevo estado no tendrá libertad para unirse, etc." Con ello significaba la negación al nuevo Estado del derecho a volver a unirse a las Provincias Unidas.

Mr. Forbes, agente de Estados Unidos en Buenos Aires comentaba mientras tanto: "Mi firme opinión ha sido siempre que los ingleses codician ejercer una influencia sobre la Banda Oriental que en sus efectos sería igual a un gobierno directo colonial".

¿Cómo se había llegado a esa situación?

La lucha contra la Corona española había sido apoyada por los estancieros de la Banda Oriental, ahogados por las condiciones económicas impuestas por el gobierno colonial. Pero ese apoyo cesa cuando Artigas faculta a los suyos a expropiar los campos de los españoles o de los enemigos de la patria. Este hecho es decisivo para explicar la traición a Artigas de los comerciantes, de los estancieros que no deseaban vivir en la campaña, de personajes como Rivera y de la “gente decente” que se arrodillará ante el emperador de Brasil y recibirá bajo palio a sus tropas, lideradas por Lecor. Solo quedarán con el caudillo los paisanos pobres y los indios, casi todos procedentes de aquella experiencia frustrada de las Misiones.

Tras combatir a los españoles, Artigas se enfrenta al Imperio de Brasil, aliado de los portugueses, que estaban a su vez dominados por Inglaterra. La desigual lucha se complica porque el gobierno de Buenos Aires se resiste primero a prestarle ayuda, y luego, con el desarrollo de los acontecimientos, rechazará a los diputados artiguistas a sus congresos y llegará a poner precio a su cabeza. La prensa, mientras tanto, lo difamaba.

Pese a todos los inconvenientes, Artigas es, para las masas populares de las Provincias Unidas, el “Protector de los Pueblos Libres”. Su enorme prestigio se debe a que es el único caudillo de las guerras de la Independencia que combina en su lucha la unidad latinoamericana con la revolución agraria y el proteccionismo industrial en los territorios bajo su mando. Con semejante programa, Artigas no podía gustar a los poderosos, cuyos intereses coincidían con los extranjeros.

La derrota en Tacuarembó a manos de las tropas portuguesas, superiores en número y armamento, lo obliga a replegarse a Entre Ríos. Ya vencido, es perseguido por “Pancho” Ramírez, sobornado por el dinero de Buenos Aires. Su final, en Paraguay, es de sobra conocido. 

Al caer derrotado Artigas por las intrigas de Buenos Aires, las tropas portuguesas ocupan la Banda Oriental y la incorporan al Imperio probritánico bajo el nombre de "Provincia Cisplatina". 


El tratado de Tordesillas provocó la separación del Brasil del resto de América Latina. Si los propios países latinoamericanos vivieron siempre de espaldas, la situación se agravó por la lengua, al ser el idioma portugués menos hablado en la región que el francés, inglés o el alemán.

Napoleón había impuesto en Europa el llamado Bloqueo Continental, en el que excluía a Gran Bretaña de todo intercambio comercial con el continente buscando arruinarla económicamente. Ese embargo comercial terminó fracasando, pero Gran Bretaña pagó un coste altísimo.

El único país europeo que se opuso a la medida fue Portugal, cuya economía dependía del enemigo de Napoleón y no podía permitírselo. Esa oposición causó la amenaza de Francia (que apoyó España) de invadir el país. Entonces el príncipe de Portugal, que luego sería el rey Juan VI, propuso a lord Strangford, embajador inglés en su país, un plan para salir del embrollo: simularía entrar en guerra con Gran Bretaña para ganar tiempo.

George Canning, de quien ya escribimos, propuso como alternativa el traslado de la corte portuguesa al Brasil. Aceptada esa solución se firmó un tratado que establecía, además de dicho traslado, la entrega de toda la escuadra marítima portuguesa a Gran Bretaña, más la isla de Madeira y un acuerdo comercial que le permitía introducirse en el mercado brasileño.

El Imperio portugués había quedado reducido por esa época, a principios del siglo XIX, a su gran colonia americana y algunos enclaves africanos. Brasil era el principal rival y potencial enemigo del Virreinato del Río de la Plata, al que había quitado las Misiones orientales en 1801 sin que Buenos Aires pudiera impedirlo. La base central sobre la que reposaba la economía brasileña era la esclavitud.

Al exilio dorado de Río de Janeiro llega la corte portuguesa con la flota y el apoyo de los amigos ingleses. Comienza entonces el siglo británico en el estilo de vida brasileño. Canning había ordenado a su embajador en Río, Lord Strangford "hacer del Brasil un emporio para las manufacturas británicas destinadas al consumo de toda la América del Sur".

Depender de Inglaterra y acomodar sus intereses a los suyos no impedía a la corte portuguesa tener proyectos políticos propios, como la anexión de la Banda Oriental, que el imperio europeo no veía con buenos ojos. En la lucha contra Artigas, dicho sea de paso,  coincidían de pleno.

Un primer paso para la anexión lo dio el príncipe Juan enviando a Buenos Aires a Javier Curado, quien ofreció en nombre de Portugal poner bajo su protección a las provincias del Río de la Plata, en especial al margen oriental. Eso sí, en caso de respuesta negativa amenazaba con atacar, junto a su poderoso amigo, a Buenos Aires y todo el virreinato.

Este primer intento no prosperó, pero hubo otros, hasta que la invasión de la Banda Oriental se hizo efectiva en agosto de 1816.

Durante los primeros años de ocupación el dominio militar fue total en la ahora llamada Provincia Cisplatina, aunque las escaramuzas con las fuerzas artiguistas fueron constantes. Lograda la incorporación de hecho, en 1821 se trató de lograr la de “derecho” a través del Congreso Cisplatino, una asamblea de “notables” orientales adictos a las fuerzas de ocupación, que terminaron aclamando en la reunión a Portugal (entre ellos el inefable Fructuoso Rivera). Como corolario del encuentro se fijaron los nuevos límites de la Banda Oriental, a la que se amputó definitivamente un territorio tradicionalmente suyo, las Misiones Orientales, que pasaron a la jurisdicción de Río Grande del Sur.

La ocupación portuguesa de la Banda Oriental y la pérdida del puerto de Montevideo, descalabra el sistema federal de los pueblos asociados a Artigas en la lucha contra la hegemonía de Buenos Aires. Los pueblos del litoral se veían obligados a buscar un acuerdo con Buenos Aires, dueña del único puerto en condiciones de comerciar. En este hecho, señalan varios historiadores, está la base material de la traición de Ramírez al Protector de los Pueblos Libres.

Años después un puñado de hombres -33, liderados por Lavalleja- conciben una empresa tan descabellada como todas las heroicidades soñadas por la humanidad: enfrentar desde su pequeñez al poderoso Imperio. Desembarcan en la playa de la Agraciada, juran odio eterno al invasor y desde allí “incendian” la campaña.

Lavalleja convocó a los pueblos de la provincia a un congreso para que decidieran la formación de un gobierno provisional. El Congreso de la Florida declaró:

(...) írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos, aclamaciones y juramentos arrancados a los Pueblos de la Provincia Oriental, por la violencia de la fuerza unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil (…) y con amplio y pleno poder para darse las formas que en uso y ejercicio de su Soberanía estime convenientes. Y agregaban luego: … unidad con las demás Provincias argentinas a las que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce. Por tanto, ha sancionado y decreta por ley fundamental la siguiente: Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los Pueblos que la componen (…) Sala de Sesiones de la Representación Provincial, en la villa de San Fernando de la Florida, a los veinticinco días del mes de agosto de mil ochocientos veinticinco.
Esta declaración volvió inevitable la guerra con el Brasil. La batalla final, llamada de Ituzaingó o del Paso del Rosario, según las fuentes, se desarrolló en lo que actualmente es Río Grande del Sur en febrero de 1827. La convención preliminar de paz, derrotado Brasil, se firmó en 1828.
¿Continuaba la Banda Oriental integrada en las Provincias Unidas después de la batalla de Ituzaingó? Eso era lo lógico, pero era importante saber qué papel jugaría Buenos Aires, siempre de espaldas a las demás provincias argentinas y donde, coincidiendo con la victoria en la guerra contra Brasil, había accedido a la presidencia Bernardino Rivadavia; y cómo reaccionaban el Imperio de Brasil, cuya ambición sobre el territorio era bien conocida, y sobre todo Inglaterra, que se oponía abiertamente a dicha integración.
La investidura de Rivadavia, un tanto dudosa, fue rechazada por todos los gobernadores de las provincias. Su base política y económica residía, entonces, solo en la ciudad de Buenos Aires. Los ingleses, mientras tanto, no deseaban que brasileños o argentinos se hicieran con la posesión de la Banda Oriental.

La ineptitud de ambos altos mandos había convertido la batalla de Ituzaingó en un episodio bochornoso. Barbacena, comandante de las tropas brasileñas, estaba convencido de que los aliados habían cruzado el río la noche anterior, por eso marchaba de forma descuidada y fue sorprendido. El descalabro terminó en huida. Por su parte, el general Alvear dejó escapar al ejército enemigo casi intacto, demasiado preocupado por el botín y en buscar un nombre a la batalla (según testimonios estuvo dos días tratando de encontrar algo exótico; los brasileños, con total lógica la llaman como el lugar, batalla del Paso del Rosario).
El coronel Iriarte había participado en la batalla y escribiría luego: “El general Alvear no quiso: se contentó con quedar dueño del campo de batalla, de la gloria sin consecuencia, porque todo el resultado quedaba reducido a las balas cambiadas de parte a parte, y al efecto que ellas produjeron en muertos y heridos. La República Argentina, empañada en una guerra desigual, tenía sumo interés, urgentísimo, en que no se prolongase la lucha: había echado el resto apurando todos sus recursos físicos y morales para luchar contra un Imperio abundante en hombres y medios pecuniarios. La República, venciendo, quedaba exánime; el Imperio, vencido en una sola batalla, pero sin ser su ejército anonadado, podía continuar la guerra con ventaja, con menos sacrificios; y es por esto que necesitamos sacar buen partido, no digo de las batallas campales, sino de las más ligeras ventajas que obtuviesen nuestras armas. Ardía la guerra civil en las provincias argentinas, y era Buenos Aires una ciudad sola, la que soportaba todo el peso de la guerra; la única que podía alimentarla, darle pábulo, y para que no se extenuase era necesario dar grandes golpes. Tal fue el que recibieron los enemigos en Ituzaingó, pero solo en el campo de batalla: fuera de él no sintieron sus efectos como lo habrían sentido si su ejército aquel día hubiera sido anonadado, y pudo, debió serlo. La guerra habría entonces concluido, y la paz, se habría firmado dictando el vencedor las condiciones: la evacuación de Montevideo y de todo el territorio oriental ocupado por las tropas del Imperio, y su incorporación a la República Argentina”.
Puestas así las cosas, la batalla de Ituzaíngó tampoco adquirió un valor políticamente decisivo. En realidad, satisfizo a los porteños, que querían concentrarse en su propia pradera sin preocuparse de la Banda Oriental, y a los ingleses, que buscaban crear una provincia atenta a sus intereses.
Los acontecimientos que generó la pírrica victoria militar de Ituzaingó se cuentan entre los más patéticos de la historia universal.
La reacción más lógica del gobierno de Buenos Aires, el vencedor, hubiera sido convocar a un embajador del vencido a su ciudad. Pero Rivadavia hizo exactamente lo contrario, despachó humildemente a Manuel José García en su nombre a Río. Y para colmo, entre las instrucciones al enviado quedaba estipulada la posible devolución de la Banda Oriental como un Estado libre e independiente, justo lo que pretendían los ingleses. Pero faltaba la guinda al dudoso pastel. El emperador Pedro I se negó a llegar a cualquier acuerdo con García que privara a Brasil de la Provincia Cisplatina o Banda Oriental. Y García cedió a las pretensiones brasileñas. ¿Por qué? Él mismo lo cuenta: "La razón que urgía con más fuerza para acelerar un acuerdo, a saber, el riesgo inminente que corría la República, de desaparecer en la más completa disolución, y que el tiempo revelase, con mayor claridad, al gobierno del Brasil, nuestra deplorable situación interior; en cuyo caso difícilmente accedería a la paz sin nuevas condiciones".
Concluida una guerra por un territorio, el ganador se había avenido a discutir las condiciones del tratado de paz en territorio del vencido y, por si fuera poco, su representante le había entregado el territorio origen del conflicto.
Para estos supuestos representantes populares, la hegemonía porteña sobre las provincias era lo más importante, y se impondría, esta vez con la ayuda de Brasil, contento con absorber el territorio tan deseado. La política menor, chiquita, mísera, se imponía sobre la dignidad. Así ocurriría a menudo en el futuro en América latina.
Para el pueblo todo esto era demasiado y el país entero se levantó contra el tratado. San Martín opinaba desde Europa: "Él no tiene la culpa sino los que emplean a un hombre cuyo patriotismo no solo es dudoso, sino que la opinión pública lo ha acusado de enemigo declarado de su patria, lo que confirmo, pues a no ser así, no se hubiera atrevido a degradarla con arbitrario y humillante tratado. Confieso que el pueblo de Buenos Aires está lleno de moderación; en cualquier otro lo hubieran descuartizado y lo merecía este bribón".
García y Rivadavia, temiendo por su vida, se ocultaron, mientras Ponsonby ordenaba a una fragata británica acercarse al puerto. Al final Rivadavia renunció, exiliándose, curiosamente, en Brasil.
Ponsonby, que desde el principio se negaba a que la Banda Oriental pasara a manos argentinas o brasileñas, empezaba a ganar la partida, pero un nuevo obstáculo aparecía en su camino, el coronel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, un patriota curtido en las guerras de la independencia a quien no le gustaban las intrigas, los obsequios ni el imperio británico y cuyo objetivo era reintegrar la Banda Oriental a las Provincias Unidas. Al no poder doblegar a Dorrego, la diplomacia inglesa optó por otros métodos. Ponsonby escribía: “Dorrego vacila por falta de fondos (…) Yo creo que ahora él y su gobierno están obrando sinceramente en favor de la paz (…) A eso están forzados por la negativa de la junta a facilitarles recursos, salvo pagos mensuales de pequeñas sumas”.
La diplomacia británica, a través del Banco de la Provincia de Buenos Aires, controlado por capitalistas ingleses y sus socios locales, trabó el accionar de Dorrego. La presión económica la combinaba con ataques militares de navíos ingleses y brasileños (había más de mil marineros británicos en la flota brasileña) a navíos argentinos.
La presión obligó a Dorrego a firmar una paz desventajosa: no aceptó todas las condiciones que se impusieron a García, pero hubo de aceptar la independencia de la Provincia Cisplatina con nuevo nombre.
Apenas se enteraron, las tropas estacionadas en Río Grande del Sur se sintieron traicionadas por Dorrego. Este había firmado su sentencia de muerte. Poco después fue fusilado por Lavalle.
Ponsonby, por su parte, había vencido la resistencia de la Corte de Brasil con amenazas veladas y la Banda Oriental se había transformado en la República Oriental del Uruguay con la garantía británica. El “Estado tapón” había nacido.


[Fuente: elmontevideanolaboratoriodeartes.blogspot.com]

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