quinta-feira, 6 de abril de 2017

De fricasés y fracasos


Escrito por JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Ayer, mi mejor amigo estuvo de cumpleaños. Nos sentamos a su mesa a compartir un almuerzo. Éramos solamente cuatro gatos los invitados, pero de apetito feroz. Dependiendo de las circunstancias, repetiríamos, fijo. Parecíamos los Cuatro del Valle en versión amistosa, por lo de amigos, claro. De la misma tanda, estamos a una vuelta de alcanzar los treinta y diez -mal parafraseando a Sabina-, unos más cerca que otros, como yo, a escasos cinco meses de estrenar una nueva década, la más turbulenta según diversas fuentes. Y aún no me he estrenado como padre. ¡Qué más da!, pero a algunos en derredor les preocupa. El mundo está demasiado abarrotado, flaco favor le haríamos con más bocas que alimentar. Reflexionábamos sobre ello. 

Al final, quedábamos en un empate: dos ufanos padrecitos presumiendo de sus primeros vástagos, varones para mayor satisfacción. Les doy la razón, un motivo de alegría son los escuincles. Y verlos crecer, seguramente. Como arrinconados por tan irrebatible argumento, los otros dos, podríamos argüir que si bien no éramos ningunos papás, pero para algunas féminas éramos todavía unos papacitos. Como para hervir de orgullo. Casi una puerilidad.

En torno de una mesa, cuatro alegres bohemios, que diría cierto brumoso poeta, brindábamos a la salud de nuestro camarada, después de hacer los honores a un excelso fricasé, marca de la casa. Para sosegar la sobremesa, agotamos un par de botellas de tannat (un vinoso palíndromo de altura donde los haya) mientras desatábamos vivencias y recuerdos para no sentir la marca del tiempo. Padres solteros todos (unos de sus retoños, los otros de sus vicios), y como no había warmis a la vista, naturalmente íbamos a hablar de ellas, entre otras cosas. Pululaban las risas pero también nos sacudían ráfagas de inocultable tristeza. A intervalos, arrebatos de silencio y golpeteos de dedos en la mesa. En eso Neruda tenía razón, en que las mujeres se parecen a la palabra melancolía. Es lo que tiene el vino, en cuanto calienta las orejas. Y la cabeza.

Desde luego no fue ningún “fracasé” el manjar, como suele suceder si la sazón no colma las expectativas. Repetimos la ración, lógico, se venía venir: y cómo no iba a estar suculenta una laboriosa preparación que inicia con el adobo de carne de cerdo (de preferencia, costillitas) entre diversas especias de ultramar, ajíes de la tierra y buena mano de la cocinera. El gusto sobrio del maíz blanco pelado atempera, neutraliza si se quiere, la fogosidad, la potencia del caldo que no por nada es el favorito para curar la resaca, aseguran. Mientras sibaritas y resacosos se enfrascan en discusiones acerca de sus mágicas propiedades, yo me quedo con la apreciable ternura de la carne y, sobre todo, con la inembargable sensación terrosa de unos crujientes chuños o tuntas tan grandes como papas runas para acompasar la sopa. He ahí el gusto adquirido. Lo demás son milongas.


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PS: Y ahora sí, los verdaderos Cuatro del Valle para justificar la alusión: qué será, que uno tiene ganas de convertirse en Michael Corleone fulminado de amor en un paraje rural de Italia.



[Fuente: perropuka.blogspot.com]

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