segunda-feira, 17 de abril de 2017

Alejandro Suárez, por el punk, en la revolución


Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ya años idos, la primera vez que leí a Alejandro Suárez, escritor cubano-boliviano, en su novela El perro en el año del perro, supe que allí había algo más que oficio: arte. Es raro encontrar en la literatura boliviana, tímida, un manejo de humor tan febril y fluido. Como si al autor no le importara tanto sentirse, saber que es escritor, sino contar una historia a su manera porque desea hacerlo. Eso lo aliviana de la insoportable carga de una actividad con connotaciones ajenas al simple hecho de escribir en sociedades semejantes. Partimos, entonces, de un punto vital -que también toca el argumento-, el de la libertad.

Por nuestra Perestroika, novela (Editorial 3600, 2016), sigue la línea humorosa de aquella, a pesar de una narrativa diferente, tal vez más asentada, y en un espacio físico distinto. El perro… se situaba en Santa Cruz de la Sierra; Por nuestra… vive sus páginas en Nueva Atlántida, que es nombre sugerente para Cuba, la isla pronta a desaparecer. Por un lado existe la mítica casi divina de la sociedad atlante, la infalibilidad de los líderes, la pureza de su revolución, y por otro la condena anciana del fin del mundo, ese mundo.

En medio de la tragedia, estos jóvenes estudian en el Instituto Tesla; representan la base del brillante futuro para el cual se han cambiado las reglas y se ha hecho tábula rasa, a medias, con las diferencias de clase, origen, color y etcéteras, con la salvedad de que alguien tiene que manejar esa guillotina que pule de aristas la imperfección de los hombres. Poco se puede hacer cuando la senda está marcada. Bien dice Guillermo Ruiz Plaza en la contratapa que “(…) esta novela chispeante y rica en matices, nos lleva de la mano por el aprendizaje de la vida, que es también -parece decirnos Suárez- el de la rebeldía”.

En ese lánguido yermo, liso y pálido, de la revolución, en medio de la matemática, la física, la horticultura y el deporte que es como el síndrome socialista, Martín y un grupo de amigos descubren el sexo; hasta el lote baldío de la uniformidad tiene vulvas cantarinas. En el sexo de la mujer vive, está, perdura y se procrea, otra, tal vez la única, la verdadera y aromática revolución. Carne y sentidos, táctiles, palpables, tetas que arrasan con retóricas. Un cometa atraviesa el cielo y trae consigo tempestades. Las nalgas sobrepasan la Historia, emergen de ella e inventan una nueva. Ante la disyuntiva de estudiar en el Tesla y servir a “la causa” (podría ser “el proceso”) o marchar de combatiente al África (en la tremenda y a veces inmensa patriada cubana allí), este grupo de adolescentes tiene necesidad de otro norte que suele pasar por la entrepierna o también, o junto, por la música.

Fundan el grupo neopunk, nutrido de rock argentino, Por nuestra Perestroika. Todavía el hecho social del glasnost parece estar en pañales porque Gorbachov lidera el camino de los países satélites, pero solo la mención de dos palabras rusas amenaza ya con cambiar el panorama. El nombre elegido se olfatea de esperanza.

Vuelvo a Ruiz Plaza y su estupendo texto de tapa para describir la novela como inserta en el desarrollo lógico y normal de un muchacho sito en un cambiante momento histórico, de luz para unos y de decaimiento en Nueva Atlántida. Los acordes a ratos sin ritmo del punk se convierten en amenaza para los burócratas ávidos de preservar un monumento de naipes que cae alrededor. La gran hipocresía es que ellos, los furibundos, serán los primeros en dar espalda a la “verdad” y huir en bote hacia la mentira del capital.

Perceptivo, sin elementos de comparación, Martín sabe que algo no funciona, que falla, y no es el yerro personal de algún oscuro director de lo que sea en el instituto sino que la movida llega como fatal terremoto desde fuera y para bien. Se entera que su amigo ha desaparecido en una balsa en el mar, al menos no hay noticias suyas, perdido en esa flamante argonáutica que sitúa el vellocino de oro en la costa de Miami.

Todos, al crecer, nos embarcamos en un automóvil flotante, sobre neumáticos de camión, y nos lanzamos al agua. Negro océano que puede, no suele, convertirse en azul.

“Yo estaba ahí sentada. Vino un chico, me pidió que bailara. Yo le dije déjate de chorradas, solamente quiero follar” (canción punk).

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[Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur/Chuquisaca) - fuente: lecoqenfer.blogspot.co ]

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