Por Luis Bareiro
¿Qué tenemos nosotros que no tienen los argentinos con su tango
y su dulce de leche, ni los brasileños con sus copas y su samba, ni los
chilenos con sus fabulosas minas de cobre, ni los estadounidenses con
sus armas y sus bancos, ni los canadienses con su jarabe de maple y su
envidiable calidad de vida?
Tenemos un idioma, un idioma
que no lo trajo el conquistador como el inglés, ni deriva de otra lengua
como el portugués o el español, que no es un dialecto que solo lo habla
una parcialidad ni una pieza de museo que se expone en un estante para
la mera observación, una herramienta que nadie usa ni puede tocar.
Es
una propiedad excepcional. No lo tiene Trump ni Bill Gates. No se puede
comprar ni inventar un idioma. Es una construcción colectiva orquestada
a lo largo de miles de años. Es una corriente viva que se nutre de la
experiencia de millones de personas que son habitadas por el idioma y
que a la vez lo habitan, en una interacción tan íntima que terminan
confundiéndose.
Por eso Paraguay y guaraní son la misma cosa. No
es el territorio ni el Estado lo que nos define. Somos guaraníes antes
que paraguayos, y no por ascendencia genética, sino por una conexión
lingüística. Hemos sido colonizados por palabras, palabras nacidas de
valores, prejuicios, experiencias trágicas, alegrías, pasiones y odios
de una colectividad que no es excepcional ni distinta del resto del
colectivo humano, pero que se diferencia de ella porque supo volcar todo
ese caudal de sentimientos en un idioma singular y único.
En
algún momento de nuestra historia, sin embargo, olvidamos el estatus que
supone la propiedad exclusiva de un idioma, y, por el contrario, nos
enseñaron a tener vergüenza de él. Hablar guaraní se convirtió apenas en
un vicio privado del que no podíamos desprendernos. Lo usábamos en la
calle y entre los amigos; pero para los momentos solemnes, para la
formalidad del poder, para demostrar ascenso en la escala social
teníamos que hablar español.
La conexión con el mundo tras el
advenimiento de la democracia no hizo sino convertir el estigma en
condena. Ahora había que hablar el idioma universal, el que nos da vía
libre a las mayores fuentes del conocimiento, el idioma en el que se
produce la cultura pop globalizada, el inglés.
¿Cómo convencemos
hoy a un adolescente que, además de aprender el inglés y de dominar el
español, es un lujo particular seguir paladeando el guaraní? ¿Cómo le
devolvemos estatus a nuestra lengua?
Creo que la forma como se
enseña el guaraní en los colegios es la peor estrategia. Los chicos
terminan odiándolo. Y olvídense del discurso patriotero, no sirve.
Hay
que combatir al mal con sus armas. Hay que apelar al mercadeo, al
márketing. Hablar guaraní tiene que ser cool, estar de moda.
Bien
me lo dijo un colega español cuando descubrió que teníamos un idioma
propio. "Es una maravilla, ahora tienen que saber venderlo".
[Fuente: www.ultimahora.com]
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