Entrevista. La intérprete española regresa a la Argentina para
presentar un disco que grabó junto a su hijo y que homenajea a Chavela
Vargas.
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| MARTIRIO. Volvió a Buenos Aires, luego de una década de ausencia. |
La última vez que pasó por Buenos Aires, luego de una década de
ausencia injustificada, Martirio (Maribel Quiñones, de Huelva), mostró
en el Gran Rex un espectáculo compacto y conmovedor que repasaba su
primer cuarto de siglo de trayectoria. Apenas dos años han pasado hasta
este regreso que la encontrará mañana en el teatro SHA, acompañada por
su hijo, el guitarrista Raúl Rodríguez, desandando parte sustancial del
repertorio de Chavela Vargas, según el disco que grabaron a dúo, De un mundo raro. Suerte de ofrenda a la cantante mexicana, que murió en 2012, el nuevo álbum encuentra a Martirio en un momento de trascendencia: su busca interpretativa ha llegado al nivel de las más grandes de nuestra lengua.
–La última vez que nos vimos estabas a punto de presentar un disco que hiciste en Cuba junto a Cintio Vitier, ¿qué pasó con eso?
–Fue un disco precioso, El aire que te rodea, sobre versos de grandes poetas. Lo sacamos con Sony y no lo pude traer, tú sabes cómo son las cosas…
–¿Inmediatamente después empezaste con este proyecto de Chavela?
–Entonces dejaron de lado el primer proyecto e hicieron este disco solos…
–¡Pero solos! No entró nadie en el estudio. Estuvimos ahí metidos con el técnico, la imagen de Chavela y una velita para que nos inspirara en hacer una cosa que a ella le gustara… A ella le gustaba mucho como toca Raúl.
–¡Pero solos! No entró nadie en el estudio. Estuvimos ahí metidos con el técnico, la imagen de Chavela y una velita para que nos inspirara en hacer una cosa que a ella le gustara… A ella le gustaba mucho como toca Raúl.
–¿Y en qué quedó el proyecto de canciones de mujeres?
–Las mujeres de mi voz,
se llamaba. Yo creo que cuando escuchas mucho a alguien alguna neurona
se te queda. Era hacer un homenaje a Mercedes, a Martha Valdés, a
Soledad Bravo, a Chabuca, a Amália Rodrigues… Pero bueno, en algún
momento se hará. Requiere de banda porque son canciones que tienen mucho
que ver con el folclore y necesitan un ámbito sonoro grande para
pasarlas al flamenco. En cambio, esto de Chavela queríamos que fuera
algo muy íntimo, muy intenso… Estoy contenta porque no es copia. ¿A ti
te gustó?
–Me parece un disco hermoso.
–Yo creo que tiene mucho amor. No hay artificio ninguno.
–Además, me parece que estás en un momento profundísimo.
–Es
cierto. Y Raúl tiene eso que se aprende con los años: valora el
silencio como si fuese música. Hace unos silencios maravillosos…
Acompaña sin aspaviento. Ha hecho muy buenas traslaciones de las
canciones: hay seguiriyas, granaínas, zambras, sin desvirtuar la
composición original.
–Ese ha sido tu camino: has desmarcado las canciones de sus géneros originales, pero sin alterarlas.
–Le
tengo mucho respeto a los compositores. Cuando voy a cantar una canción
de otra persona pienso si le gustaría, qué diría. Estudio mucho la
letra hasta llegar al punto de sentir que la firmo yo. Por eso en este
disco tampoco he escogido canciones excesivamente dramáticas o de
parranda o que Chavela cantaba de una forma que tú no puedes oírla en
otra voz. Sólo “La llorona”, pero esa es mi despedida.
–Es como una letanía en un punto…
–Como una oración, ¿no?
–¿Por qué no elegiste canciones excesivamente dramáticas?
–Me
quedo con una cosa importantísima de Chavela que es el perdón, el poder
limpiar las heridas, el dolor emocional, para poder seguir amando y
abriendo el corazón de nuevo. Ella cantaba canciones tremendas con una
sonrisa, sin rencor. Eso es lo que quiero transmitir: alguien que ha
sufrido, pero que aún tiene el corazón dispuesto a amar.
–¿Vos sos así también?
–Yo me jacto de darles abrazos a mis ex con oxitocina. No quito de mi vida a nadie que haya pertenecido a ella.
–¿Creés que algo de esto lo aprendiste cantando?
–Claro, yo cantando he aprendido muchas cosas interiores.
–Hablemos de eso.
–Lo
que se canta queda, por eso hay que tener mucho cuidado con las letras.
Son afirmaciones. Cantar es un proceso sagrado, que transforma, tanto
al que canta como al que oye. Yo jamás he hecho una canción para ver si
pega. Quiero hacer siempre trabajos monográficos, que tengan que ver
entre sí, que te trasladen a un ámbito especial. A mí me gusta
representar un espejo, por eso siempre me pongo nerviosa y tengo la
sensación de que debo estar limpia. Porque me espejo: a mí se me ve la
piel y eso hace que la gente también vea la suya.
–Empatía.
–A veces se consigue más, otras menos. No quiero que la gente diga “¡Qué bien canta!”, sino, “¡Cómo canta!”.
–¿Qué canciones no cantarías?
–Canciones
de rencor o venganza. Canciones frívolas, que no tengan lírica. Tú te
puedes reír de una sevillana mía, que tienen una guasa que no veas, me
encanta hacer reír, pero intrascendentes no son.
–Pero la música popular está llena de canciones de rencor y de venganza…
–Hay algunas que son muy buenas, ¿eh? En la copla o en el tango hay
canciones que rozan el masoquismo, no quiero eso, porque eso se queda
dentro de mí. Por ejemplo, hay un tango que me gusta mucho, “Yira,
yira”, pero eso de “verás que todo es mentira, que al mundo nada la importa…”, no, no. La conozco desde pequeña por Sara Montiel, pero ahora que estoy por cantar tangos, no la elegiría.
–¿Cómo que vas a cantar tangos?
–Estoy
preparando un espectáculo para finales de otoño con Rodolfo Mederos.
Estoy viendo muchos tangos y hay algunos que por música me llegan, pero
que por las letras no me veo.
–¿Qué estas escuchando de tango?
–Gardel,
Goyeneche, Susana Rinaldi, María Graña… Flipo con las cosas de
Piazzolla, las de Agri. A mi madre le gustaban mucho los tangos. Quiero
buscar dentro de mí. ¿Sabes que empecé a hacer un programa de radio on line ?
–No, ¿cómo te escucho?
–Entra
en gladyspalmera.com. Hago un programa monográfico. Cuando vuelva voy a
hacer uno del tango. Voy a poner un tango por Enrique Morente, el
“Chiquilín de Bachín”. Hay uno que hice con Marcelo Mercadante y Miguel
Poveda, maravilloso…
–A pesar de que estuviste tantos años sin venir, seguiste teniendo un intercambio fluido con Argentina…
–Totalmente.
Estoy muy emocionada por hacer este disco de Chavela aquí, porque la
gente está abierta emocionalmente, tiene los sentimientos a flor de
piel…
–Contame, entonces, el día que conociste a Chavela…
–En su vuelta a España, en el año 93, se hizo un concierto espectacular
en la sala Caracol de Madrid. Ese mismo día estaba Almodóvar, todo el
mundo… Fue una ceremonia, quedé totalmente impactada de que alguien
cantando pudiera conseguir lo que ella. Allí me la presentaron y a
partir de ahí nos hicimos amigas. Cada vez que venía a España yo
participaba en algún concierto o en las fiestas que le organizaba Elena
Benarroch. Allí llevaba mariachis, cantábamos... Raúl la acompañó una
vez por soleá en “La llorona”.
–¿Escuchás tus discos?
–Me
escucho cuando todavía hay que ponerle peros al disco. Una vez que
están cerrados los botones, poco. Cuando lo hago me sorprendo, porque
estoy distanciada. No me gusta mucho escucharme.
–¿Y cuando escuchás este disco nuevo qué te pasa?
–Hay una especie de trascendencia en este disco para mí.
–¿Qué sería trascendencia?
–Que el mensaje, la vocación, el respeto y el cariño trascienden más que la voz y la cantante.
–Ese proyecto que tenés con los tangos, ¿cómo llegó?
–Porque
en verano estuvimos trabajando juntos con Mederos en el Grec, el
festival de Barcelona. Hicimos tres canciones y nos encantó. El
espectáculo tiene que ver con la copla y el tango.
–¿Hacen copla con bandoneón?
–Es
curiosísimo, porque te recuerda al cabaré alemán de entreguerras. Es
como si estuvieras poniendo un disco de pizarra, resulta muy esotérico.
–¿Y qué coplas vas a hacer con él?
–Pues,
tengo que elegirlas todavía. Hay muchas coplas que se pueden atangar
con facilidad. Igual que los tangos se pueden meter en soleá por
bulerías con absoluta naturalidad. No desvirtúa la melodía de la canción
para nada, unas palmas les puedes meter. Todo es más lento, pero con
compás flamenco.
–Esa época de la música popular fue muy rica en todos lados.
–Yo creo que estaban cayendo estrellas.
–¿Qué pasó después?
–No lo sé, ¿tú qué dices?
–Que luego no hubo nada equiparable a ese repertorio…
–Sucede que luego hubo una gran dedicación de oír cosas anglosajonas.
Nos hacía falta abrirnos al mundo después de la dictadura. Descubrimos
una libertad en esa música que significaba otra forma de decir, de
componer.
–¿Eso jugó en contra a la larga?
–No, todo suma. A mí me gusta tanto Lou Reed como Piazzolla.
–De acuerdo, pero, ¿vos crees que hoy existan autores y compositores a la altura de Quintero, León y Quiroga o Gardel y Lepera?
–Hay
una cosa clara: hoy se promueve a través de los medios UN tipo de
música que tiene que ver con el comercio. También creo que una creación
de este tiempo es la fusión. No está este tipo de compositores al que te
refieres, pero cuando hay una fusión verdadera es maravilloso. La
fusión es la gran creación del siglo XXI.
–Me decías que te
importan mucho las letras de las canciones, pero para preguntarte algo
primero tengo que saber cómo sos como lectora…
–¡Si yo no tengo
un libro encima de la mesa de noche…! A mí me parece que la lectura es
un abre mundos, un abre cabeza y un antídoto contra la soledad. No puedo
estar sin leer. Leer es fundamental para un cantante.
–A eso quería llegar, explicame.
–Un
cantante debe formarse con todas las manifestaciones artísticas. Ver un
cuadro te puede enseñar a cantar. Porque para cantar necesitas
enriquecer el vídeo de la cosa.
–No entiendo, ¿cómo es eso?
–Claro, me pongo la imagen en la frente de lo que estoy cantando. Lo veo, lo siento y estoy ahí metida.
–¿No es un poco difícil de entender eso para el que no canta?
–Cómo va a ser difícil, Diego.
–¿No tiene nada que ver con visualizar las notas?
–No, no, son cosas sensitivas, intuitivas.
–Una especie de sinestesia.
–Eso. Para mí la soledad tiene un color o una edad y me coloco ahí. Por ejemplo, “Uno vuelve siempre a los viejos sitios
donde amó la vida”, me coloca en la mesa de mi madre, me acuerdo de su
nevera; de la sensación de nunca nada malo me iba a suceder…
–¿Cómo es trabajar con tu hijo?
–Lo
más hermoso de la vida. No existe la mentira. No nos podemos engañar ni
meter artificios. A veces tenemos nuestras opiniones diferentes, pero
la comunicación es muy verdadera.
–¿Qué edad tiene Raúl?
–Cuarenta.
–Es joven.
–Bueno, Diego. No tan joven.
–No me digas eso, Maribel.
–Lo
digo por mí, más que por él o por ti. ¡Tengo un hijo de 40 años y se
preguntarán qué edad tendrá esta señora! Es que yo lo tuve con 19 años…
–Me contaste una vez algo muy hermoso: la primera vez que cantaste en público tu niño se erizó cuando te vio.
–Cuando me vio por primera vez como Martirio, con la gafa y la peineta, es cierto. Tenía 10 años y se erizó.
–¿Qué habrá pasado ahí, en esa transmutación?
–Una
cosa mágica. Porque yo me vi de afuera. Allí pasó algo: Martirio era un
personaje colectivo que aunaba la tradición con la modernidad. Hacía
falta coger nuestras señas de identidad, pero sin prejuicio, sin pararse
en el mismo lugar de la dictadura. Que esta música también es mía,
aunque me guste el underground , el cómic, el diseño….
–De ese momento en que representaste el súmmmun de la modernidad…
–¡No!
–Venga, que sí.
–Bueno, estuve ahí con muchos más.
–No me importa, ¿qué sería la modernidad hoy?
–Qué pregunta. Te puedo decir qué era en aquel tiempo.
–¿Y qué era?
–Era alegría, desahogo, falta de prejuicios, una idea
del futuro abierto. Los pies en las raíces y la cabeza en las nubes.
–¿Y hoy, entonces?
–A
mí lo que me parece moderno es estar con uno mismo, conectado a los
propios sentimientos y atreverse a mirarlos a la cara. No guardar
rencores. Buscar la alegría en las cosas.
[Fuente: www.revistaenie.clarin.com]

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