El periodista y
referente antirracista Youssef M. Ouled desgrana en ‘La frontera del azar’ cómo
el racismo institucional se manifiesta cotidianamente a través del control y la vigilancia de los cuerpos racializados.
Youssef M. Ouled, periodista,
investigador y activista antirracista español.
Escrito por Sarah Babiker
El periodista
rifeño afincado en Madrid Youssef M. Ouled (Al Hoceima,
1993) lleva muchos años investigando el perfilamiento
racial, la práctica policial de retener a personas en
función de su raza. Antes de volcarse en la indagación sobre estas actuaciones
racistas sistemáticas, Ouled las sufrió en su propia piel, como joven
racializado residente en una ciudad europea que le recuerda siempre que puede
su alteridad.
Impulsor de AlgoRace junto a Paula Cáceres Guerra, organización
que estudia los sesgos racistas de la IA y su rápida expansión en la industria
del control migratorio, Ouled ha publicado durante este 2026 dos libros que
tienen el racismo en el centro, Vivir contra el racismo. Progromos y violencia racial en España (Catarata),
escrito junto a Silvia Agüero y Nicolas Jiménez al calor de la barbarie racista
en Torre Pacheco, y La frontera del azar (Jande), una radiografía en primera persona
de los mecanismos racistas que limitan y persiguen las vidas de las personas
racializadas en el Estado español.
En primer lugar,
me interesa tu perspectiva antirracista sobre lo que está pasando en
Ceuta.
No se puede entender lo que está sucediendo en Ceuta sin hablar de colonialismo
y racismo. Hablamos de colonialismo porque no es un territorio cualquiera, es
un enclave que históricamente ha jugado un rol geoestratégico en la expansión
imperialista, capitalista y de dominación del continente africano. Y hablamos
de racismo porque se están poniendo en marcha todos los dispositivos materiales
y retóricos necesarios para mantener ese statu quo, y eso pasa necesariamente
por presentar a quienes son víctimas de un orden racial global como
“invasores”, “violadores en masa” y “armas” en una supuesta “guerra híbrida”. Y
ahí, el migrante deja de ser visto como alguien con derechos y dignidad, y se
convierte en algo contra lo que se puede ejercer todo tipo de violencia social
e institucional.
Este año has
publicado dos libros sobre racismo. Vivir contra el racismo y La
frontera del azar, hay libros que parecen escritos más desde la urgencia,
como respuesta también a la coyuntura, y otros que tienen algo más de balance,
de retrospectiva. Parece que La frontera del azar es una retrospectiva
personal y profesional sobre el racismo, un momento de sentarse y mirar atrás.
También es mucho más pausado, porque sí que es verdad que lo escribí en muy
poco tiempo, pero ya lo tenía en la cabeza. El libro aborda lo que implica ser
moro, ser leído como moro en el Estado español; lo que implica ser rifeño, que
también tiene una implicación política fuerte; lo que es mi trayectoria como
activista y por supuesto el rol que juega el racismo institucional en general,
pero el racismo policial en particular, algo que desde 2018 he venido
investigando: qué es el perfilamiento racial y qué implica sufrirlo
personalmente.
Entonces todo
eso es un relato que lleva a la Frontera del azar, que juega un poco con
esa idea: sí, hay cosas que están sujetas al azar, pero en realidad, el azar es
una consecuencia de patrones programados que te condicionan.
Ya en el índice,
con capítulos encabezados por palabras solas, hay un afán de concreción, de
aterrizar cosas y situarlas. ¿Qué te ha permitido esa estructura?
Creo que eso lo
he hecho ya por deformación profesional. Por esta lógica periodística de
resumir un montón. También tiene que ver con las redes sociales. A veces
buscaba un concepto que me permitiera desarrollar el capítulo, pero otras veces
era el propio capítulo, una vez desarrollado, el que me remitía a ese concepto.
Para mí también era una necesidad nombrar algunas cosas desde ahí. Además
quería generar cierta curiosidad a quien lee el libro.
El sistema
instrumentaliza la lucha feminista para perpetuar su carácter racial y
desactivar esta lucha lanzando un falso mensaje sobre una sociedad occidental
igualitaria
En términos de
concreción, tú que hablas de cómo el género afecta de distintas maneras a la
mirada racista sobre las personas, ¿qué opinas de lo que ha sucedido en Ceuta?
Hemos escuchado por activa y por pasiva que las agresiones sexuales han crecido
en Ceuta, estableciendo una asociación interesada entre migración y violencia
sexual. Pero nada promueve más esta violencia que el abandono y la
desprotección institucional. No existe un patriarcado racializado, lo que sí
existe es un racismo estructural e institucional cuyas consecuencia generan las
condiciones para que las mujeres sufran la violencia patriarcal.
Un ejemplo claro
de esto es que la práctica totalidad de estas agresiones no las están sufriendo
mujeres ceutíes blancas, sino las mismas mujeres migrantes abandonadas a su
suerte en las calles de Ceuta durante semanas. Y además, muchas de esas
agresiones están cometidas por personas que ya residían en Ceuta antes de la
entrada extraordinaria, españoles y algún que otro europeo, según informaciones
de Igualdad.
No obstante, si
algo ha sabido construir el poder racista a través de sus instituciones
(policial, judicial, mediática...) es la creencia de que nada amenaza más los
derechos de las mujeres que un migrante o una persona no blanca, de esta forma
el sistema instrumentaliza la lucha feminista para perpetuar su carácter racial
y desactivar esta lucha lanzando un falso mensaje sobre una sociedad occidental
igualitaria.
Hemos hablado
mucho de género en los últimos años, pero poco de las masculinidades migrantes,
de lo que implica ser un varón racializado en el espacio público.
Fíjate, por otro
lado, es verdad que se dice mucho que el perfilamiento racial, y la policial en
particular es —yo mismo lo he dicho muchas veces— una forma de actuar que está
muy centrada en hombres, pero eso no quita que se produzca sobre mujeres, de
hecho se produce constantemente. Pero sí que es verdad que sobre los hombres
racializados, esta práctica genera muchas más consecuencias.
Desde mi punto
de vista, por lo menos por lo que me he encontrado y por lo que es mi propia
vivencia, se producen dos cosas: por un lado, la construcción del peligro
social en cuanto al resto de la sociedad. El varón racializado es visto como el
riesgo potencial de cualquier sociedad moderna y sobre el que hay una necesidad
de actuar porque es un salvaje en esencia, como dice toda esta narrativa
racista y colonial.
Entonces, por un
lado se construye una masculinidad no deseada, tóxica a la que vamos a
civilizar a través de este tipo de mecanismos de control policial. Y luego
también están las consecuencias a la interna. Vivimos en sociedades o en
contextos donde el racismo es estructural y tenemos unas limitaciones como
hombres racializados de poder hacer muchas de las cosas que el resto de la
sociedad puede hacer con cierta normalidad, o más bien que el resto de hombres
pueden hacer con cierta normalidad.
Así, con la
amenaza del perfilamiento racial se produce una especie de situación—esto no es
una idea mía, esto es una cosa que también han desarrollado mucho James Baldwin
y Houria Bouteldja cuando hablan del hombre castrado— que al final sientes que
tienes una coacción o una limitación constante de tus movimientos, de tu capacidad
de actuar, una humillación permanente en la vida pública, un señalamiento. Todo
eso es perfilamiento. Esto, en cierta medida, genera un sentimiento de
indefensión, como una huida hacia dentro, que creo que es lo que se busca en cierta manera.
Además, esa
amenaza que encarna el hombre racializado es flexible, plástica: lo mismo puede
ser un invasor, un criminal o un extremista.
El problema
central es la lectura de nuestros cuerpos. En el sentido de que lo que “ensucia” el espacio es
la presencia de determinados cuerpos. Esto lo dicen las compañeras Ainhoa Nadia
Douhaibi y Salma Amazian, cuando hablan de la eugenesia, creo que al final es
un mecanismo de limpieza, de pureza. Esto nos lleva también a la historia
colonial y racial del Estado español, del reino de España.
Quiero decir, el
perfilamiento racial, si nos ponemos a pensar, es una práctica que vive
precisamente de esa construcción de identidades racializadas que luego van a
ser construidas como la oposición al ser español. Y entonces ahí el perfilamiento
racial va a funcionar como un mecanismo de eugenesia total del espacio público.
Y la normalización de eso es lo que permite que la sociedad asocie esa idea de
suciedad con nuestros cuerpos y también que le parezca bien, que le parezca
legítimo “limpiarnos”...
De hecho parece
que hay una especie de sentido común abierto a la limpieza étnica.
Sí, totalmente,
un sentido común sibilino y supernormalizado. Se trata de un mecanismo —esto lo
digo mucho— que tiene consecuencias, no solo para los hombres
racializados y las mujeres racializadas que lo sufren, sino para el resto de la
sociedad, que aprende esa mirada, y cuando se olvida se le recuerda que hay un
riesgo y que ese riesgo está personificado. No solo eso, sino que también las
personas que sufrimos el perfilamiento racial lo asimilamos, lo aprendemos.
Aprendemos que esto nos va a suceder y aprendemos a convivir con ello. En el
mejor de los casos aprendemos herramientas para integrarlo en nuestra vida
cotidiana. En otros casos creemos que el problema es nuestro.
Entonces, se
produce esa destrucción de nuestra integridad y de nuestra dignidad porque
claro, a lo mejor es que no me he visto lo suficientemente de aquí. Pensar que
a lo mejor es que hago mi cuerpo llamativo, que el problema soy yo, en vez de
tener una conciencia de que el problema es que existe un racismo institucional
que provoca estas prácticas.
Este racismo
institucional es estructural y es continuo, pero también tiene momentos de
radicalización, como el que estamos viendo ahora. Pienso en el ICE pero
también pienso en la Europa del PEMA. Hay cosas que al menos se podían disputar
legalmente hace años, y van a dejar de ser disputables, se van a legalizar.
Dentro de este balance, como periodista y como integrante de AlgoRace, ¿cómo
describirías este momento en el que estamos?
Creo que es
evidente que estamos en un momento de colapso del sistema capitalista que es un
sistema en contra de la vida. La simple lógica de cargarse todos los sistemas
públicos a todos los niveles nos hace ver que lo que está en el centro no es la
vida, ni los derechos, ni las libertades de las personas, sino el lucro de
grandes compañías y de una élite económica.
Y creo que,
justamente, en esos contextos, es donde más se pone el foco en aquellos que están
inferiorizados y que además han sido a lo largo de los siglos y de la historia
utilizados como chivos expiatorios, o que sirven a su vez como respuesta a
problemas estructurales, pero como respuestas emocionales. Quiero decir, para
que lleguemos al momento en el que en Europa se haya aprobado un ICE a la
europea, y se haya aprobado sin ruido, sin oposición absolutamente, tiene que
haberse construido un sentido común, como mencionabas antes, que nos permita
aceptar que hay que actuar así sobre las personas que migran.
Lo que está
planteando Europa ahora es literalmente cazar personas en situación
administrativa irregular para su expulsión
Ese sentido
común lo ha impulsado de manera exponencial la ultraderecha. Directamente pone
sobre la mesa la deshumanización y la existencia de una jerarquía a nivel de
derechos. Pero realmente quien ha sustentado eso es ese racismo estructural que
está ahí y que estaba ahí antes de que la ultraderecha fuera lo que es hoy.
Para entender el
ICE europeo, que es a través del reglamento de retorno, del reglamento de
deportación, hay que entender el perfilamiento racial. Quiero decir, lo que
está planteando ahora ese ICE es literalmente cazar personas en situación
administrativa irregular para su expulsión. Y para encerrarlos en países fuera
de la Unión Europea.
Pero es que el perfilamiento
racial ya forma parte de ese engranaje de represión migratoria, ya se usa para
detectar personas en situación administrativa irregular, para encerrarlas en el
CIE, para deportarlas. Y llevado a lo exponencial está el ICE europeo. Quiero
decir que hay un contexto de auge precisamente de la supremacía blanca que no
sería posible sin ese pozo estructural racista.
Parece que hemos
pasado de un ciclo de luchas por los derechos sociales a la prioridad
nacional.
Sí, total. Y además a todos los niveles: se empiezan a cuestionar una serie de
principios —que no es que antes no se cuestionaran, pero que había ciertos
consensos respecto a ellos— como los derechos del colectivo LGTBIQ, los
derechos de las mujeres, el cambio climático… y ahora de repente pues todo está
en suspenso, parece que no hay consenso respecto a nada. En esos contextos es
donde van a perder siempre los que están más bajos en la escala.
Creo que eso
tiene mucho que ver también con los medios de comunicación y con las redes
sociales, con esta sensación de que vivimos en un momento de riesgo constante.
Vivimos asustados y no es una sensación falsa. Es verdad: no podemos pagar los
alquileres, tenemos varios trabajos porque no nos da para llegar con uno
solo... quiero decir que hay una sensación de incertidumbre que responde
precisamente a ese sistema en el que vivimos, que va en contra de la vida, y
que en esos contextos es mucho más fácil que proliferen estos discursos y que
asumamos que el problema es la familia migrante que vive en el barrio y que ya
ni se puede alquilar una vivienda y no el fondo de inversión que ha comprado
todo el edificio.
El sistema
colonial antes no tenía la IA a su servicio. Me parece muy interesante, en este
sentido, que tú le dedicas un capítulo a abordar por un lado lo
automático, y por otro lo aleatorio.
Hay colegas y compañeras investigadoras que hablan de cómo la lógica del
algoritmo es algo que lleva mucho tiempo entre nosotros. Incluso hay estudios
que hablan de cómo en las plantaciones había sistemas escritos algorítmicos de
contabilización de la producción de algodón o de la mano de obra esclavizada.
Lo que hacen estas nuevas tecnologías es automatizar precisamente
todo esto.
Y cuando se
automatiza se le da ese cariz que tú estás mencionando de: es que es una
máquina, y las máquinas son objetivas, son neutrales, no se pueden equivocar
porque son matemáticas. Pero la ciencia también está tomada desde un punto de
vista muy eurocéntrico y muy blancocéntrico.
En este caso en
concreto, nosotros lo que vemos es que al final la IA o los sistemas algorítmicos,
la forma en la que se están integrando en nuestra cotidianidad es como una
sustitución de las actuaciones humanas, pero permaneciendo todo lo demás.
Es decir, ya no es el agente de
policía o el oficial el que dice: “Vamos a patrullar en determinado barrio”,
sino que es un sistema algorítmico que dice: “Hay que mandar todas las
patrullas a ese barrio porque hay una mayor criminalidad”. Pero a lo mejor no
es que haya una mayor criminalidad, es que lo que hay es una mayor
hipervigilancia sobre determinados perfiles.
Además lo vemos
muy claramente cuando entendemos que estos sistemas en su mayoría, se entrenan
con datos que han sido previamente recopilados por las propias instituciones,
con sus sesgos. Entonces, van a acabar reproduciendo los mismos patrones
institucionales. Por no hablar de todo el tema de la IA a nivel de extracción de
recursos y las consecuencias que tiene en el sur global, cómo los desechos de
las tecnologías se expulsan a los países del sur global, el impacto
medioambiental que tiene la IA en estos países. Entonces claro, la IA y los
sistemas de algoritmos e inteligencia artificial sirven como una reproducción
de patrones, pero también de lógicas de extracción y producción de capitales
que benefician a unos pocos y tienen consecuencias enormes sobre los mismos de
siempre.
Y lo peor de
todo es que los marcos que se están construyendo normativos —el reglamento de
retorno, este ICE europeo— plantean la posibilidad de utilizar todo tipo de
sistemas de IA, incluso biométricos y de monitorización, para mantener a la
industria de control migratorio. El resultado son multinacionales que se van a
llevar enormes cantidades de dinero, ámbitos policiales que van a ser dotados
de mayor presupuesto para el desarrollo de estas tecnologías que están en
marcha y una monitorización constante de las personas.
Monitorización
que los reglamentos de IA europeos prohíben sobre la población europea en
general, pero permiten sobre la población migrante en particular. Sin olvidar
que una vez que algo esté instalado acaba volcándose sobre toda la
sociedad.
Es su proyecto
de mundo. Por lo que a ti respecta, además de todo lo que has aprendido sobre
lo difícil y desafiante que parece todo, en estos tiempos, ¿qué aprendizajes
rescatas del lado de la resistencia, los activismos, las alianzas?
Yo creo que hay
cosas positivas, por ejemplo, en el tema del activismo, creo que se ha avanzado
mucho, hay una mayor conciencia social y creo que en cierta medida —igual que
ha pasado con el feminismo—, esta ola reaccionaria tiene mucho que ver con cómo
han avanzado las luchas antirracistas a nivel global.
En el sentido de
que se empieza a generar una mayor conciencia y se empiezan a tener debates
acerca del pasado colonial, del racismo institucional que hasta hace pocos años
era una palabra que molestaba o que generaba dudas, como el concepto de
racialización. Creo que también esta ola reaccionaria es una respuesta
precisamente a esas luchas.
Creo que eso es
una lanza en favor del movimiento antirracista en abstracto que ha conseguido
de alguna forma poner en el centro esto. Lo hemos visto con la regularización
extraordinaria, y cómo ha puesto sobre la mesa la existencia de leyes que
directamente institucionalizan el racismo.
Luego, por otro
lado, creo que también una de las cosas más positivas que he aprendido todos
estos años es que cuando se ha conseguido hacer frente, en este caso, al
racismo policial, ha sido cuando la gente de los barrios se ha unido. Estoy
pensando, por ejemplo, en ese barrio donde las vecinas y los vecinos están
cansados de los controles policiales y de repente empiezan a montar grupos de
vigilancia de la actividad policial, porque esto rompe la lógica del
perfilamiento racial.
Una de las cosas
más positivas que he aprendido todos estos años es que cuando se ha conseguido
hacer frente, en este caso, al racismo policial, ha sido cuando la gente de los
barrios se ha unido
Ya no es el
agente parando, controlando, deshumanizando, humillando a una persona que no le
importa a nadie, sino vecinas y vecinos poniendo los ojos en esa persona y
diciéndole al agente: “Estamos controlando que la tratas con dignidad y con
derechos, porque es nuestra vecina, esa persona es nuestro vecino”.
Entonces, claro, te das cuenta de que realmente el cambio o la capacidad de
transformar eso siempre surge de la organización de los barrios, que ese
potencial está ahí.
Y luego respecto
de la IA, pues un poco te diría lo mismo, ¿no? Una de las razones por las que
pusimos en marcha AlgoRace fue porque el debate sobre IA y racismo era
inexistente. Sí que es verdad que se hablaba de cómo los sistemas de IA en general
estaban suponiendo un riesgo para las personas migrantes pero no había una
idea, una concepción muy clara de hasta qué punto amplifica el racismo o
mantiene el racismo desde la automatización.
Y creo que ahora
mismo hay una mayor noción, no por el trabajo que haya hecho AlgoRace
únicamente, sino porque al introducir esa perspectiva pues se permiten otros
tipos de debates y de entendimientos. Tenemos una capacidad de producir cambios
en la mentalidad y también de hacer de contrapeso a quienes tienen mucho poder
que son las propias instituciones del Estado.
Es interesante
el viaje que haces de lo personal a lo político en el libro, ese final en el
que escribes como hijo y como padre. Empecemos por lo primero: ¿por qué era
importante para ti escribir como descendiente de una cultura como la del Rif?
La verdad es que
cuando empecé el libro no tenía la intención de hacer esto. Sí que es verdad
que el relato es bastante personal. Cuando lo he leído, ya meses después, me ha
sorprendido a mí mismo porque no suelo escribir desde lo personal yo, por lo
menos no de forma tan visible.
Pero sí que es
verdad que a medida que iba escribiendo sentía la necesidad de explicar, o sea,
no de explicarme, sino de hablar desde lo personal, porque creo que es desde
ahí desde donde muchas veces se entiende lo que queremos transmitir. El
capítulo de mis padres es muy crudo porque yo le estoy hablando a mi gente.
Yo les estoy
hablando a esos chavales y a esas chavalas que sienten que tienen un problema
ellos y ellas porque el sistema de integración les hace creer que son un
problema y que si no se adaptan es porque no quieren, cuando es el sistema
racista quien impide que formemos parte. Entonces, claro, para mí darle la
vuelta a eso y explicar mi proceso —que ha sido de muchos años— señalando de
dónde surge, era un acto obligatorio.
Respecto a mis
padres, son los que han colocado los cimientos, ellos vinieron en una época
donde no tenían las herramientas que tenemos nosotros para confrontar el
racismo. Hablo también a quienes vienen después, a mi hija en este caso, porque
creo que no engañamos a nadie si decimos que nacer aquí no te hace de aquí. Por
eso hablo en el libro de una pertenencia nominal porque, incluso al pueblo
gitano, le llevan 500 años señalando que no es de aquí, que no se integra, que
no son parte.
El racismo es un
monstruo muy difícil de vencer porque es un sistema. No es una serie de ideas y
ya está, es un sistema que está bien instaurado y engrasado. Así que intento
explicar a esas generaciones que vienen que eso va a estar ahí, que esto nos va
a pasar y que lo que tenemos que hacer es encontrar la forma de tener las
herramientas para confrontarlo. Para mí ese era un cierre obligatorio después
de escribir todo el libro.
A veces,
también, cuando pensamos en preparar a las niñas y niños para el futuro, siento
que hay una pulsión para la evitación del dolor. ¿Cómo pensar el mañana no solo
desde el dolor sino también desde la alegría por quiénes son?
Claro, de hecho
esos capítulos es verdad que están escritos como desde el dolor pero también
desde la reivindicación de que nosotros, —y cuando digo nosotros me refiero a
las personas racializadas— también somos personas que aman, que lloran, que
ríen, que somos bellos. Y también hablo desde la necesidad de
encontrar esos espacios en los que puedas sentirte no a gusto, porque sabemos
que eso es una quimera, los espacios seguros no existen realmente. Pero sí un
espacio donde se puede de alguna forma sentirse entendido y a su vez tener una
red, porque creo que esa red es la que nos permite seguir adelante y desde ahí
confrontar.
Al final tú
puedes tener todas las personas racializadas que quieras en clase, pero si no
resuelves todos los problemas raciales que existen, pues los chavales lo van a
seguir pasando mal
Y también porque,
claro, también te digo una cosa, a mí me hubiera gustado escribir sobre
cualquier otra cosa. Yo siento que el racismo nos quita la vida, no en el
sentido literal sino que al final el racismo nos obliga a hacer, decir y
posicionarnos sobre cosas que a lo mejor no nos apetece o no queremos. Y estoy
pensando, por ejemplo, también en Lamine Yamal.
A ningún otro
chaval de la selección española se le exige lo que se le exige a este chaval de
19 años, por el simple hecho de ser negro y musulmán. A lo mejor a él pues le
gustaría que se le viera de otra forma y hablar de otras cosas, pero se ve
obligado a no dejar de reivindicar que es musulmán y se ve obligado a hacer
cosas que a otros chavales blancos no se les exige. A mí me hubiera encantado,
y espero más adelante poder escribir sobre otra cosa, pero en este momento de
mi vida me parecía urgente abordar la cuestión del racismo porque literalmente
nos está matando.
Te hago una
última pregunta en ese sentido: en nuestras escuelas, había poca gente
racializada en clase, pero a nuestras hijas no les pasa esto. Podríamos
acomodarnos y pensar que si hay pluralidad en las aulas va a haber un cambio.
Pero luego piensas en Francia, piensas en Estados Unidos, donde hay esa
diversidad racial, y eso no se ha traducido en igualdad, al contrario.
Yo creo que al
final, en realidad, esa diversidad no se utiliza en el sentido de crear
espacios donde haya un mayor reconocimiento de la misma, sino que en el mejor
de los casos —y lo vemos en otros ámbitos— pues es simple tokenismo o la famosa
multiculturalidad, pero sin reconocer la existencia del otro.
Al final, tú
puedes tener todas las personas racializadas que quieras en clase, pero si no
resuelves todos los problemas raciales que existen, pues los chavales lo van a
seguir pasando mal. España es uno de los países con más coles gheto de la OCDE.
Existen coles donde los padres y las madres no llevan a sus hijos porque hay
muchos negros y muchos gitanos o muchos moros.
Luego también
tenemos en los coles —empezó en Cataluña y se ha extendido a otros lados—
protocolos de vigilancia del alumnado musulmán. Por mucho que tú tengas
diversidad en esas clases, te la estás cargando, porque hay alumnado musulmán
que sabe que eso existe, y no está actuando en libertad. Se siente vigilado y
coaccionado todo el rato.
Lo que me he ido
encontrando en todos estos años familias que sufren acoso escolar racista, lo
que te encuentras es que a pesar de que son centros que tienen una alta presencia
de alumnado racializado, resulta que cuando se da un caso de acoso racista se
invisibiliza, se niega, se minimiza y no se toma con toda la importancia que
implica el racismo a esas edades.
Entonces, pues
sí, es importante sentirte reconocido y acompañado por otras personas que son
diferentes, según esta lógica. Pero claro, si todo lo demás permanece, al final
no hay ese crecimiento en igualdad de condiciones y derechos.
[Foto: Álvaro Minguito - fuente:
www.elsaltodiario.com]