segunda-feira, 19 de janeiro de 2026

Pasolini, entre el equívoco y la manipulación

Pasolini, antídotos contra el vaciamiento de un intelectual indócil


Escrito por Paolo Desogus

¿Quién fue Pier Paolo Pasolini? La pregunta podría parecer poco apropiada, si no provocadora incluso, dado que se refiere a uno de los escritores italianos entre los más más citados y debatidos. Sin embargo, son precisamente los numerosos libros y artículos, a los que hay que añadir documentales, cómics, sitios digitales, exposiciones, conferencias e incluso murales y canciones, los que corren el riesgo de eludir esta pregunta. Hasta las mejores obras, que no son pocas, tienen dificultades para encontrar su lugar, abrumadas por la sobreexposición del que se ha convertido ya en un mito posmoderno.

Como han observado desde hace tiempo muchos especialistas, el nombre de Pasolini ya no remite a la obra o a la experiencia intelectual de uno de los autores más significativos del siglo XX, sino a un personaje de ficción, a una figura opaca que ha dejado de ser fuente de sentido, espacio de interrogación.

La función de su legado es, en efecto, como mucho, la de pantalla, es decir, la de catalizador de las identidades ajenas, la de espacio de enmascaramiento de significados dispares y contradictorios que mezclan viejas frustraciones políticas y nuevos tabúes intelectuales. A esta forma de vaciamiento han contribuido sin duda las aproximaciones de aquellos intérpretes que han encontrado en la trayectoria política e intelectual de Pasolini algún pretexto para lanzar polémicas pasajeras o falsas primicias.

Ya no sorprende siquiera que a esta práctica se hayan prestado no solo periodistas y especialistas académicos faltos de ideas, sino también algunos rostros conocidos del mundo del espectáculo, la política e incluso la magistratura, a menudo instigados por improvisados operadores culturales que se enfrentan a iniciativas que pretenden ser divulgativas, pero que, salvo algunas excepciones, solo ofrecen al público una nueva masticación de discursos trillados. Si en el pasado el recurso al autor de Scritti corsari [Escritos corsarios] y Lettere luterane [Cartas luteranas] evocaba el “escándalo de la conciencia” y ponía en tela de juicio responsabilidades incómodas, hoy asistimos a una especie de inversión. De gran inquisidor de la sociedad de consumo y de la modernidad neocapitalista —para algunos, por tanto, un apocalíptico—, Pasolini se ha transformado en un autor integrado, es más, en el autor que, a pesar de su obra, guía el proceso de normalización de toda tensión dramática entre las artes y la política, entre la búsqueda expresiva y la historia por hacer.  

Se diría que es una suerte de venganza de la industria cultural, capaz de transformar al poeta de Le ceneri di Gramsci [Las cenizas de Gramsci] en objeto de entretenimiento privado de sus referencias políticas. El mito posmoderno no solo ha transformado su obra, y sobre todo su poesía, en un apéndice de su figura mediatizada, sino que también ha censurado las referencias más incómodas, como las relacionadas con el marxismo y, precisamente, con Gramsci, dejándolas de lado sin profundizar en ellas ni ir más allá del reconocimiento biográfico. El intelectual italiano elegido como ejemplo ideal del compromiso civil ya no tiene pensamiento. Es “pasión” sin “ideología”, “trashumanar” sin “organizar”.  

Prevalecen sobre él las lecturas que lo convierten en un personaje pulsional, físico, gobernado por una irracionalidad que ha transformado su investigación sobre la modernidad en una suma descompuesta de consignas, cuya verdad es solo un hecho estético. Su función política no debe superar nunca de hecho el movimiento genérico de indignación moral por la arrogancia del “Palacio” o por la omnipresencia de la “sociedad de consumo” o incluso por la amenaza de la “mutación antropológica” y el “genocidio cultural”. Es decir, no debe sobrepasar el umbral de la emotividad individual pasajera y debe permanecer dentro de los límites tranquilizadores de un compromiso cada vez más cercano a la mera petición de principio, es decir, al compromiso carente de efectividad histórico-política: exactamente lo contrario de lo que Pasolini había buscado en Gramsci y en el marxismo.   

A dicha regresión, que también le ha permitido a la derecha incluirlo en su propio panteón, ha contribuido la elevación a mito gestual, a personalidad desvinculada de su contexto histórico, de sus grandes contrastes —entre pasión e ideología— y, sobre todo, de las relaciones, a veces polémicas, con los intelectuales y las formaciones políticas de su época. De su historia se suelen destacar los episodios de enfrentamiento o las polémicas, pero desde una perspectiva antipolítica, que no sabe ver nada más allá del héroe ficticio con el que alinearse a favor o en contra. De método cognoscitivo, medio para interrogar su propia época y someter a verificación sus propias posiciones, el conflicto intelectual se ha convertido en el ingrediente de una narración que ha transformado a Pasolini en solitaria víctima sacrificial, en actor pasivo de una catarsis genérica consoladora y despolitizada.  

Ante la pregunta de quién es hoy Pasolini, hay que constatar entonces que el uso de su figura ha abandonado por completo ese espíritu comunitario de ascendencia gramsciana (la “conexión sentimental”) presente en su actividad, en su investigación en el corazón de los subalternos —los campesinos friulanos, los habitantes de los barrios marginales romanos, el sur de Italia y las realidades de África y Oriente Medio— de una percepción del mundo inédita, ajena a las fuerzas hegemónicas, capaz de sobrevivir en los dialectos, las tradiciones y los cuerpos, y de dar materia a la escritura poética y a la indagación política.  

La transfiguración postmoderna de Pasolini es, por el contrario, la expresión apagada del objeto de consumo, del producto sometido a los principios neoliberales que han sometido tanto la obra literaria como la política a la lógica de la autopoiesis típica de gran parte de la producción cultural actual. Sometida a la función de pantalla, su obra ya no es el lugar del cuestionamiento y el descubrimiento, sino el espacio de la contemplación narcisista que repudia el conflicto y renuncia a cualquier intento de transformación de las relaciones materiales y simbólicas. El Pasolini despolitizado, sustraído de la historia y entregado al presente, es, en otras palabras, el icono conciliado que disipa el “escándalo de la contradicción”. Es el mito consolador que reduce la experiencia del mundo a una extensión del yo integrado en las formas más avanzadas de la explotación capitalista actual. En lugar de reabrir la dialéctica entre el arte y la vida, entre el individuo y la historia, la falsificación del legado pasoliniano es, por tanto, su disolución.   

Franco Fortini, con el que sin duda no faltaron malentendidos e incomprensiones, pero que fue el primero en ver el peligro al que se enfrentaba la figura del amigo poeta, precisamente en las columnas de este diario, al día siguiente de su muerte, afirmó que “la única forma decente de hablar de Pasolini es leerlo”. Con estas palabras denunciaba no solo la imperecedera práctica de hablar de lo que no se conoce, a la que aún hoy se prestan muchos pasolinistas ocasionales, sino también la actitud de reducir su obra a la proyección de las expectativas del propio tiempo. 

La neutralización de su escándalo se diría, en efecto, que nace de la incapacidad de aceptar el dato extraño, diferente y no conciliado. Algo de todo esto se encuentra en su problemático apego al campo comunista, en la exploración obsesiva del pasado y las tradiciones, y también en las particulares formas de su homosexualidad, en las elecciones de su experimentalismo estilístico y en el continuo intento de renovar su conexión sentimental con los sujetos sociales en los márgenes de la historia. Se podrían hacer muchas otras referencias. Sin embargo, lo que une a estos primeros ejemplos, tan diferentes y heterogéneos, es el carácter contrastante que expresan con el presente, es su falta de actualidad o, siempre en términos de Fortini, es la manifestación brechtiana de las “equivocaciones” de Pasolini.  

“Él estaba equivocado y yo no tenía razón”, escribió Fortini en el inicio de Attraverso Pasolini. Su intención no era, sin embargo, rendirse al orden del presente, sino, por el contrario, substraerse a él junto con su antiguo compañero de poesía y de batallas políticas. Contra su normalización, el único “modo decente” es entonces leer a Pasolini para devolverlo al campo de la “no razón” o, precisamente, de la “equivocación”, que es el terreno del “escándalo de la conciencia”, de la búsqueda de la discontinuidad que genera una lucha real y que rechaza toda pacificación consoladora. Es la lectura que reaviva la chispa de la poesía, la discordia política, el rechazo del presente y de sus falsificaciones: una lectura que, tras la catástrofe de las izquierdas y la euforia postideológica, rechaza el actual orden de la verdad y acepta estar en el lado del error en el intento de reabrir la contradicción y reactivar el conflicto.

Fuente: il manifesto, 28 de octubre de 2025

Pasolini y el equívoco hegemónico

Una derecha que lleva tiempo en busca de identidad y todavía desorientada por el gran consenso electoral y el rápido ascenso al poder —de los establos a las estrellas— disfruta del éxito de las jornadas de Atreju [festival cultural de la derecha italiana]. La atención de la prensa, el desfile de estrellas y semiestrellas de la televisión y el periodismo, junto con el efecto mediático de la ofensiva lanzada contra algunas figuras simbólicas de la izquierda —Gramsci y Pasolini— parecen haber dado finalmente a la derecha esa dignidad cultural tanto tiempo ansiada y envidiada. Cuál es el proyecto y cuáles son los objetivos culturales no está, sin embargo, claro. El mismo deseo de “hegemonía” en el que se han detenido tantas veces los responsables melonianos parece frágil, motivado más por una mezcla de deseo de gloria y venganza que por un proyecto político concreto. 

Precisamente por eso, nos hace sonreír un poco el exceso de entusiasmo de Giorgia Meloni por la inclusión de la gastronomía italiana en el patrimonio de la Unesco. Más allá de las justas satisfacciones, se obtiene de hecho una idea de cultura estéril, frívola, basada en medallas que exhibir y no en la capacidad de penetrar en la sociedad, de plasmar el sentido común y, en definitiva, de transformar el país. Se ha visto también esto hace unas semanas, con motivo del congreso Pasolini conservador, en el que el escritor corsario fue elevado a trofeo junto a aquellos autores de derecha enumerados penosamente por algunos de los ponentes.

A la derecha italiana le parece, en efecto, que la cultura no es más que esto, un álbum de cromos del que presumir, quizá para dar nombre a calles o escuelas. La idea de que pueda ser un lugar problemático que hay que interrogar, capaz de substraerse a la corrupción del presente, está fuera del horizonte de esta derecha. Y quizás incluso fuera de sus capacidades. Al éxtasis por la atención mediática y por los reconocimientos simbólicos finalmente obtenidos se corresponde, de hecho, una total incapacidad ético-política, una imposibilidad de traducir palabras y pensamientos en realidad concreta.

Se ha visto esto también en el reiterado intento de reclutamiento de Pasolini, de quien también en Atreju se han debatido pasos y tomas de posición con cierta resonancia en la tradición de la derecha. Por lo demás, es difícil negar que en sus escritos hay una profunda crítica a la modernidad. Pero, ¿cómo se traduce esta actitud en la derecha? Pasolini estaba interesado en oponerse a su tiempo. Veía en el pasado una fuerza revolucionaria de la que los marxistas italianos eran herederos. Aun admitiendo algún vínculo con el pensamiento antimoderno, ¿de qué manera pretenden Fratelli d'Italia y los jóvenes de Gioventù retraducir su querella antagonista para batirse contra el presente?

La única idea de conservación que realmente funciona en el partido de Giorgia Meloni es, en realidad, la que defiende las posiciones privilegiadas de las clases más acomodadas, la que cristaliza las relaciones sociales y condena a las clases populares a un destino marcado. Es la idea que se substrae a cualquier acción contra las desigualdades, contra el desmantelamiento de la industria italiana, contra el capital financiero. La paradoja de la hegemonía meloniana, efectivamente arraigada en amplios sectores de la sociedad, es que no es cultural. Es la negación de la cultura entendida como espacio de crecimiento individual y colectivo. No tiene nada realmente gramsciano: orienta los sentimientos, juega con las frustraciones, con el malestar, pero sin ninguna intención de transformar el sentido común en buen sentido.

La hegemonía de la derecha es, de hecho, la que cultiva no la cohesión sino la desintegración, no la mejora sino la conservación, no la nueva civilización sino la destrucción de todos sus proyectos. A la hegemonía política de la derecha, de la que se deriva el éxito electoral de Giorgia Meloni, corresponde, de hecho, la subordinación a los modos de existencia importados de Estados Unidos, es decir, al neoliberalismo más burdo, que ve al ser humano como un objeto de explotación y al Estado como cámara de compensación entre los intereses particulares de las élites nacionales y el capital financiero internacional. La museificación de la cultura, su reducción a un estandarte que arrebatar a la izquierda, es funcional a esta sumisión, a esta regresión del sentido común que ha permitido a la derecha triunfar en un país en descomposición.


Fuente: Il manifesto, 20 de diciembre de 2025

Carta desde Lima: ir y venir en el Metropolitano

Un trayecto en autobús se convierte en una aventura en la que el pánico cunde entre los viajeros al ver ratones. 

Escrito por Enrique Planas 

Por la mañana, un hombre intenta vender un cachorro de pitbull. Otro le promete a su abogado pasar por su consultorio y resolver ese asunto urgente hoy mismo. La mujer de los bultos grita que es momento de comprar mercadería, que no encontrará esa oferta en ningún otro lugar. La estudiante queda con su amiga en pasar la noche en el cierrapuertas de esa fascinante tienda de departamentos. Todas las conversaciones al teléfono, a viva voz, convierten el bus del Metropolitano en una especie de Wall Street rodante. Consultas legales, tratos por cerrarse, oportunidades de compra y venta que estimulan ese ruido de voces que a nadie importa, concentrados como estamos en evitar la mirada del vecino. 

Pero el bus se detiene. Pocos metros delante, una mujer ha caído de espaldas en el punto exacto donde este toma una cerrada curva antes de alcanzar la estación Plaza de Flores. Lleva un polo con el apellido de un candidato a alcalde que fracasó en su intento hace años. Tiene la gordura propia de quien se alimenta de cualquier cosa con pocos dientes. Dos hombres han corrido a socorrerla, pero por su peso, solo pueden moverla lo suficiente para que las ruedas del Metropolitano no la alcancen.  

Las alarmas al interior del bus se activan: los pasajeros preguntan qué sucede, describen a la mujer caída, especulan que ha sido atropellada, señalan a nuestro chofer como un criminal. Alguien que debe gustar de los documentales médicos diagnostica con rapidez un caso de epilepsia. Los celulares han sido desactivados porque el teléfono malogrado empieza a expandir sus líneas.  

Poco después, los malabaristas que esquivan a diario los autos sobre la avenida República de Panamá responden al pedido de ayuda de los socorristas. Para sobrellevar esta ciudad, la de ellos es la profesión más adecuada: conocen el arte de manipular lo que les lanza la vida, no temen vivir sueltos en el aire y saben mantenerse, pese a todo, en equilibrio. Los malabaristas intentan sacarnos de nuestra actitud de rebaño protegido detrás del vidrio. Hacen gestos, se llevan un pulgar al oído y el meñique a la boca, animando a quienes tienen celular que hagan algo útil. ¿Para qué tienen teléfono si no pueden llamar una ambulancia?, preguntan. Pero nadie responde. Sus llamadas de atención hacia nosotros crecen con la justa rabia de quien no se resigna.  

En el momento en que alguien reaccione y se le ocurra hacer la llamada, ya será tarde. La mujer ha sido recogida y solo queda en la vereda un fluido orgánico que nos acusa por nuestro autismo. El bus reanuda su marcha.  

                                                    **** 

De noche, de regreso del trabajo, una compañera del diario y yo aguardamos en la estación la llegada del bus. A esa hora, la cola es caprichosa, se repliega sobre sí misma para hacer más compacta la espera de muchos. Deberá llegar más de un transporte para podernos acercar a la rampa de acceso. Por fin, terminado un aburrido baile de pasos cortos, subimos envueltos por un monocorde zumbido.  

“¡Esperen, esperen!”, se escucha una voz, y el chofer detiene las puertas ya preparadas para el cierre. Una mujer empuja una silla de ruedas y con ella divide la masa de pasajeros como hiciera Moisés con las aguas del Nilo. El hombre sentado en la silla viste de mandil blanco, aunque su apariencia lo asemeja más a un miembro del club de los Hell’s Angels, la banda aficionada a las motocicletas de alta cilindrada, casacas de cuero y grasientas cabelleras.  

El público responde como lo ordena el manual: da permiso sin chistar y libera la zona reservada para sillas de ruedas. El bus reemprende su repetida rutina y el hombre intercambia palabras con su compañera, mientras coloca sobre sus piernas una mochila deportiva. Sin embargo, no pasará mucho tiempo para que ocurra un ligero choque contra la realidad convencional: del pelo rizado del hombre aparece la afilada cabeza de un ratón.  

Los ojos de mi compañera de viaje se abren hasta alcanzar un diámetro imposible. Su respetuosa reverencia para con una persona con discapacidad se ha convertido en miedo y repugnancia. El bus va tan atestado de pasajeros que no puede escapar. La verdad, mi amiga ni siquiera puede moverse. Solo atina a voltear la mirada, intentando descifrar la imagen aunque no pueda entenderla, buscando adaptarse al cambio de su entorno, dar con una respuesta que disolviera su confusión. Entre tanto, otro ratón sale del cuello del hombre y se escabulle con dirección hacia su manga derecha. Luego, la cola de otro roedor florece repitiendo una sucesión de acontecimientos de los que parece imposible predecir sus consecuencias.   

Cuando descubro los demás rostros que nos acompañan en el incómodo silencio, puedo leer en ellos el significado de la palabra “pánico”: un fenómeno que afecta, más allá de nuestra mente, nuestro cuerpo. El ataque de miedo feroz se vive como el desplome de nuestro orden. La crisis se evidencia con palpitaciones, el sudor frío no refresca.  

Felizmente, en situaciones de pánico siempre aparece un héroe. Una señora, de pie a nuestro lado, le dice al hombre: “Oiga, ¿no ve que tiene ratones cayendo de su cabeza?”. Y él, con el gesto displicente de quien se sacude la caspa de los hombros, va cogiendo sus criaturas de la cola, arrancándolos de sus cabellos, para encerrarlos en su mochila, antes de retomar la conversación con su compañera. Nuestro pánico los había interrumpido.



[Fuente: www.letraslibres.com]

Chile: la gente no fue engañada, deseaba a Kast

El desafío para las izquierdas no pasa por «abrirle los ojos» a su sociedad o por «desmontar» los engaños políticos y mediáticos sino por reconstruir instituciones, relatos y formas de vida en las no se deba elegir entre precariedad y autoritarismo.

Gabriel Boric Font, recibe en el Palacio de La Moneda al presidente electo, José Antonio Kast, el 15 de diciembre de 2025.

Escrito por Bernardo Jorquera

Las explicaciones más recurrentes del triunfo del pinochetista José Antonio Kast suelen darse en dos ejes centrales: por un lado, la manipulación y la ignorancia, es decir, el campo comunicacional y la recepción pasiva de la ciudadanía. Por otro, «el voto contra sus propios intereses», como si esos intereses estuvieran hoy totalizados en una conciencia de clase sólida y no fragmentados por las condiciones materiales del capitalismo contemporáneo.

Ante ello, es inevitable traer la frase del filósofo Baruch Spinoza: «¿Por qué combaten los hombres por su servidumbre como si se tratase de su salvación?». La respuesta que se sugiere en este artículo no está en un «engaño», ni en la «ignorancia», ni solo en la ineludible manipulación mediática. El propósito de este trabajo es darle un giro a aquellas lecturas que parecen haberse instalado en la región y en el mundo hace una década, lecturas que reaparecen cada vez que existe un golpe en el escenario político y los pueblos eligen a lo que la izquierda suele denominar sus verdugos, formulando una y otra vez las mismas preguntas de: ¿Por qué las clases populares están votando a la ultraderecha? y ¿Por qué las izquierdas no son capaces de ser una alternativa para la clase trabajadora?”

Comencemos cuestionando la tesis del «engaño», la «manipulación» o lo que los viejos marxistas denominan «la falsa conciencia». Para el Lukács de Historia y conciencia de clase, el punto de partida no está en la ignorancia de las masas o en su manipulación (que hoy realizan las grandes empresas tecnológicas por medio de los algoritmos), sino en la reificación, es decir, en una subjetividad en donde las relaciones sociales se ven fragmentadas en un orden natural e inevitable, en el que no aparecen las relaciones de poder y los procesos históricos por los cuales existen las jerarquías y la desigualdad económica. De esta manera, la construcción de una conciencia de clase capaz de ser tomada activamente por las clases trabajadoras no fracasa porque ellas «no entiendan», sino porque no existe una infraestructura discursiva y material capaz de cristalizar en un horizonte emancipador y colectivo las experiencias de precariedad laboral, endeudamiento e inseguridad de futuro.

A partir de lo anterior, es que Mark Fisher, haciendo una lectura contemporánea de Lukács, nos explica en Deseo postcapitalista la forma en que aquella experiencia reificada es utilizada por el neoliberalismo para construir la estructura de un sujeto que se ve a sí mismo como capital humano, como un ser en el mundo totalmente individualizado y desprendido de cualquier colectividad social para enfrentar sus problemas. Así, Fisher describe que en los setenta existió un «descentramiento» de la clase, para luego desaparecer en los noventa. Sin embargo, el autor británico, que escribió en los albores de la llegada del primer mandato de Trump a la Casa Blanca en 2016, advertía diciéndonos que existía «una vuelta a la clase», pero esta vez, en clave identitaria:

¿Cómo podría un desarrollador inmobiliario multimillonario ser un ventrílocuo de las preocupaciones y angustias, de la subjetividad de la clase trabajadora? Es una buena pregunta, pero el hecho es que logró serlo. Hay razones complejas que explican eso. Por un lado, había una razón fantasmática… Parte de la forma en que opera la supresión de la conciencia de clase es a través del reclutamiento fantasioso de los subordinados en la identificación con una carrera (…). Eso se debe en parte a que se alienta a las personas a creer que ya son ricas, solo que aún no tienen dinero.

Así, la vuelta a la clase en forma identitaria o reificada no supone una recomposición de la clase como totalidad social —en el sentido lukacsiano de una posición estructural en la producción de riqueza—, sino su transformación en una matriz discursiva, simbólica y afectiva capaz de movilizar la rabia y el hastío de la precariedad neoliberal hacia élites políticas y culturales, que consideran como un impedimento para el despliegue de significantes que le dan forma a esta matriz discursiva, como la libertad, el emprendedurismo y el progreso individual. Es decir, tal como describe Fisher, la identidad de clase es una base desde la cual movilizar un descontento como un lugar de tránsito y de carrera hacia la perspectiva de ser empresario, «dueño de tu propio tiempo» o «tu propio jefe».

En ese sentido, José Antonio Kast, en su primer discurso como presidente electo, también construyó esa matriz discursiva, simbólica y afectiva bajo la cual la clase constituye una identidad desde donde desplegar un fenómeno de canalización de la rabia y el malestar social, al igual que Trump. El ejemplo más patente de esto, tal vez esté uno de sus discursos más recientes, cuando luego de conocer los resultados que le daban más de 15 puntos de diferencia porcentuales y dos, más de dos millones de votos con la candidata del oficialismo Jeannette Jara, el ahora presidente electo afirmó frente a sus adherentes: «Ganó ese Chile que trabaja, ese Chile que madruga».

Parafraseando lo que Fisher dijo de Trump, ¿Cómo podría un empresario de ojos azules y apellido alemán ser un ventrílocuo de la clase trabajadora chilena? Sin duda Kast quiso construir un discurso alejado de lo que pudiera parecer a «élite», aun cuando fuera muy difícil salir de un estereotipo muy instalado en la sociedad chilena. Prueba de ello es que en la franja televisiva intentó realizar piezas audiovisuales para contraponerse a esa narrativa, apelando a valores como el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio en relación a su historia familiar. En un spot sostuvo: «El origen de mi familia es sencillo. Agricultores alemanes, ninguno de los dos tuvo educación universitaria. Llegaron a Chile con mucho esfuerzo. Ellos dos trabajaban de sol a sol, por lo que uno trabaja siempre, por sus hijos».

De esta manera, podemos ver que Kast intenta sacarse el estigma de ser de la élite, apelando a una suerte de meritocracia y de esfuerzo de una supuesta familia de inmigrantes que, gracias a su trabajo, pudo progresar. De modo que, al igual que en el trumpismo y el bolsonarismo, se busca presentar como élite a la burocracia estatal, a lo que Kast denomina «los operadores políticos», y a los intelectuales «woke», que constituirían aquella «casta» que, a través de una lógica moralizante, aparece como una dirigencia espuria, ineficiente y desconectada de la gente común. A saber, como una mediación ilegítima entre el individuo y la posibilidad de maximización de su capital humano.

Llegados a este punto, podríamos entender que el éxito de la ultraderecha radica en su capacidad para apropiarse de la identidad de clase y movilizar el malestar social. Sin embargo, una explicación que se detenga únicamente en el éxito de su discurso y en la movilización afectiva que este produce daría cuenta solo de una recepción pasiva, de arriba hacia abajo. Precisamente eso es lo que pone en cuestión Verónica Gago con su concepto de «neoliberalismo desde abajo», en el que las condiciones materiales de la cotidianidad configuran un sujeto neoliberal, profundamente arraigado a la búsqueda de salidas hiperindividualizadas a las condiciones de precarización de la vida.

De esta manera, Gago propone un esquema que opera de forma inmanente en su concepto de neoliberalismo desde abajo, pues son las formas de la vida cotidiana las que reproducen esa lógica en el ejercicio diario de reproducción de la vida. Así, la filósofa argentina plantea esta apropiación de la lógica neoliberal por parte de los sectores populares como una serie de tecnologías, prácticas y afectividades que impulsan el emprendedurismo, la autogestión y la responsabilidad únicamente individual. Precisamente, lo que Gago conecta con la conceptualización del neoliberalismo de Foucault, es decir, como una gobernabilidad que empuja hacia la exacerbación de las libertades individuales.

De allí que, para no caer en una explicación ni moralizante ni solo de reproducción ideológica, sea imprescindible tomar la caracterización que Gilles Deleuze y Felix Guattari hicieron del deseo. Estos últimos, sostienen en El Anti-Edipo que el deseo no es una carencia, ni un error o distorsión provocada, sino una fuerza productiva que atraviesa toda la vida social. Dicho de otro modo: no existe un deseo «puro» y ajeno a una sociedad que luego lo distorsiona. El deseo y la organización de lo social se producen juntos, al mismo tiempo, y se moldean mutuamente. Por eso su frase resulta tan incómoda: «Las masas no fueron engañadas; desearon el fascismo, y eso es precisamente lo que hay que explicar».

Así, los autores advierten que los regímenes autoritarios como el nazismo o el fascismo no incurrieron en una «manipulación» o en un simple «engaño», sino que ciertas condiciones materiales e históricas pueden movilizar a las masas a desear la represión, el autoritarismo o los ajustes económicos severos. El problema para las izquierdas, entonces, no pasa solo por «abrirle los ojos» a su sociedad o por «desmontar» el engaño de la ultraderecha, sino por preguntarse qué determinadas condiciones materiales e históricas posibilitan un deseo reaccionario, que, inclusive, puede tener consecuencias materiales que profundicen la crisis de las clases populares.

De ahí, que Deleuze y Guattari nos inviten a pensar los procesos de ruptura y cambio social no solo como movimiento, reforma o cambio radical de instituciones, sino como desterritorialización del deseo, es decir, un proceso en donde se modifica el sentido del deseo que estaba puesto en instituciones sociales y políticas concretas, borrando o desdibujando los marcos de sentido que antes hacían predecible, segura o monótona la vida social. Así, una desterritorialización del deseo modifica expectativas, afectos, responsabilidades o formas de pertenencia que antes se daban por sentadas en la sociedad.

De esta manera, el último ciclo político chileno, que va desde el inicio de  «La Revuelta Popular» de octubre 2019 hasta el triunfo de José Antonio Kast a fines de 2025, puede pensarse, a la manera de Deleuze y Guattari, como un prolongado ciclo de desterritorialización y reterritorialización del deseo. Así, el estallido social abrió una gran caja de energía social deseante de cambios, escondida por décadas, una potencia colectiva difícil de encauzar que socavó grandes consensos simbólicos, políticos, institucionales y sociales. A ello se sumó la inesperada pandemia del COVID-19, que unos meses después aceleró las incertidumbres y el miedo por el futuro, cultivando un clima de catástrofe y de abismo, que se intensificó aún más por la crisis económica causada por la pandemia.

En ese escenario, el gobierno de Gabriel Boric, en primer lugar, no logró generar una reterritorialización del deseo en certezas materiales y afectivas que a la salida de la pandemia tenían a la sociedad chilena todavía conmocionada por ese periodo difícil, tanto en lo psicológico como en lo económico. En segundo lugar, la Convención Constitucional tampoco fue una herramienta efectiva para conducir esas incertidumbres, pues en la redacción de la propuesta de nueva Constitución política —al margen de todos los errores propios— no existía la posibilidad concreta de ir materializando aquellas conquistas sobre las que se iba avanzando en la discusión constitucional. Lo cual, sumado a la ausencia de un relato común anclado en los sectores populares, abrió el camino para un desprestigio general de su gobierno y para la captura de un relato peyorativo por parte de los medios de comunicación y las derechas.

De esta manera, fue en ese contexto de incertidumbre y de no anclaje que las derechas lograron poco a poco ir reteritorializando nuevamente el deseo hacia certezas más conservadoras y reaccionarias, donde en una vuelta a las significaciones tradicionales como las de familia, nación y orden, lograron representar una promesa tangible y creíble de estabilidad en un momento convulso. En definitiva, un deseo desorientado y sin anclaje o piso que, ante una falta de alternativa de salida emancipatoria o colectiva tangible, se volcó a una reterrotorialización autoritaria que fue aprovechada por diversas figuras de la derecha y la ultraderecha, incluido al propio Kast.

Hasta aquí, hemos descrito cómo el deseo no solo puede tener una potencia emancipatoria en fenómenos sociales como las revueltas, sino que también puede incurrir en una configuraciones autoritarias y reaccionarias gracias a una invocación de las incertidumbres y miedos causados por esa desterritorialización y no anclaje del deseo. Sin embargo, esto solo explica una parte del fenómeno, lo que nos falta es identificar cómo ese deseo adquiere una cristalización simbólica, una coherencia moral y un discurso afectivo capaz de movilizar a un amplio grupo de la sociedad.

En ese sentido, en Bolsonarismo y extrema derecha global: una gramática de la desintegración, Rodrigo Nunes nos ofrece un marco para comprender cómo ese deseo reaccionario es capturado a través de una mediación ideológica y de una gramática que produce una matriz discursiva con la que los sujetos no solo se representan la realidad, sino que también la habitan. En primer lugar, retomando la definición althusseriana de ideología como «la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia», el autor sostiene que la ultraderecha no se limita a captar el malestar: lo narra. Es decir, construye una explicación de la crisis cotidiana que viven los sujetos, ofreciendo un relato que ordena culpas, responsabilidades y promesas. De este modo, la ultraderecha formula diagnósticos del abismo contemporáneo mientras que propone soluciones aparentemente simples y prácticas, que parecen surgir naturalmente de ese mismo diagnóstico.

Esa narrativa, que actúa como mediación ideológica, comienza a producir reglas, formas y sentidos que organizan los actos y prácticas cotidianas. Es lo que Nunes, retomando a Wittgenstein, denomina una gramatología: un conjunto de normas implícitas que indican qué puede decirse, qué es legítimo sentir y cómo deben interpretarse los conflictos. De este modo, la narrativa deja de ser solo discurso y se convierte en una forma de vida: moldea relaciones, orienta prácticas políticas concretas y crea comunidades afectivas que se reconocen y movilizan en torno a esa narrativa autoritaria.

En efecto, esta gramática no se queda en el nivel discursivo y se vuelve práctica cotidiana, organizando la forma en que las personas interpretan su propia vida y la de los demás. Así, el discurso de Kast diciendo que «Ganó el Chile que madruga», condensa la narrativa del esfuerzo individual, esa que se traduce en aceptar trabajos cada vez más precarios «porque hay que salir adelante», en asumir la culpa personal por el endeudamiento, en apoyar políticas de mano dura, aunque afecten y tengan consecuencias en los propios barrios donde habitan los sectores populares, o en desconfiar de cualquier forma de acción colectiva, porque es vista como pérdida de tiempo o manipulación política. En este sentido, la gramática reaccionaria no solo explica el mundo:  produce sujetos que actúan, sienten y deciden de acuerdo a ella.

A la luz de lo expuesto, el triunfo de José Antonio Kast deja de aparecer como un simple error electoral o como el resultado exclusivo de la manipulación mediática. Fue, más bien, la cristalización de un proceso en el que la ultraderecha logró articular el malestar generado por años de precariedad con una narrativa moralizante capaz de ofrecer pertenencia, estabilidad y sentido allí donde predominaban la incertidumbre y el desgaste. La pregunta ya no es «por qué las clases populares votan contra sus intereses» sino por qué, en ausencia de horizontes colectivos convincentes, el deseo social encontró en el orden autoritario la promesa más disponible de seguridad y realidad. La tarea que se abre no pasa por moralizar ese fenómeno, sino por disputar sus condiciones, reconstruyendo instituciones, relatos y formas de vida en las que el deseo pueda orientarse de otro modo, sin tener que elegir entre precariedad y autoritarismo.

Referencias:

Deleuze, G. & Guattari, F. (1985). El Anti Edipo. Capitalismo y Esquizofrenia. Paidós.

Fisher, M. (2024). Deseo postcapitalista. Las últimas clases. Caja Negra.

Gago, V. (2014). La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular. Tinta Limón.

Kast, J.A. (2025, 30 de noviembre). Capítulo 1, “El Cambio que Chile necesita” [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=XToMa2O4CWs&t=49s

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Lukács, G. (1969). La posición del proletariado. En Historia y conciencia de clase: Estudios de dialéctica marxista. Grijalbo.

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[Foto: Vía Wikimedia Commons - fuente: www.jacobinlat.com]

Como a UE deve responder às ameaças de Trump sobre a Gronelândia

O que fazemos quando o líder do país mais poderoso do mundo faz ameaças de anexação? Temos de reagir, e há maneiras de o fazer, defende o eurodeputado que propôs ações concretas à liderança do Parlamento Europeu, dias antes das novas ameaças de Trump que levaram a suspender a aprovação do tratado comercial com os EUA.

Per Clausen no Parlamento Europeu

Escrito por Per Clausen

O que fazemos quando o presidente do país mais poderoso do mundo faz afirmações bizarras — e totalmente incorretas do ponto de vista factual —, fala abertamente de anexação e envia repetidamente membros do seu governo para indicar que isso poderia acontecer com o uso da força militar contra um Estado-membro da União Europeia e da NATO?

Quando fui eleito deputado do Parlamento Europeu, não pensei que teria de ponderar uma questão como essa. No entanto, após as declarações agressivas de Donald Trump sobre querer “tomar conta da Gronelândia”, é exatamente isso que eu tenho de fazer.

Ficou claro para mim que apenas “monitorizar a situação a um nível sem precedentes” ou emitir uma declaração não era suficiente. Estou na política há tempo suficiente para saber como os bullies políticos operam, e o apaziguamento nunca é uma solução duradoura.

Em vez disso, avaliei o que pode ser feito imediatamente: congelar o trabalho sobre o muito debatido acordo tarifário que a presidente da Comissão Europeia, Ursula von der Leyen, e o presidente dos Estados Unidos concluíram no verão passado. O acordo, que o Parlamento Europeu deve aprovar até fevereiro, beneficiará exclusivamente os EUA.

Assim, estou a enviar uma carta à liderança política do Parlamento, coassinada por deputados de vários grupos políticos e diferentes países, de norte a sul e de leste a oeste [NT: incluindo a portuguesa Catarina Martins]. Esta carta apela à adoção de três medidas específicas e tangíveis — medidas com significado prático e simbólico.

Em primeiro lugar, solicita à Comissão que bloqueie qualquer novo compromisso com o acordo proposto com os EUA até que Washington cesse a sua intimidação relativamente à possibilidade de anexar a Gronelândia. Em segundo lugar, propõe que o Parlamento Europeu, enquanto instituição independente, declare que não celebrará acordos com um parceiro que recorra a ameaças à integridade territorial da Europa. Por último, incentiva a Comissão a suspender qualquer negociação adicional com os EUA enquanto estes ameaçarem a UE e os seus Estados-Membros.

Tomar estas medidas e comunicá-las de forma clara e calma ajudará a deixar claro à Casa Branca que as ameaças e as afirmações extravagantes de Trump terão consequências económicas reais para os EUA.

Para alguns, tomar tal medida parece demasiado conflituoso. A esses críticos, a minha resposta é: acreditam realmente que ceder ou simplesmente fingir desaprovação irá funcionar? Nesse caso, a dura realidade é esta: já tentámos levantar objeções e não funcionou. Além disso, quando é que responder com fraqueza alguma vez impediu verdadeiramente um agressor?

Para outros, suspender apenas o acordo tarifário entre a UE e os EUA não é suficiente. De facto, poderá ser necessário enviar sinais adicionais firmes, mas a medida que proponho é uma que podemos tomar muito mais rapidamente do que quase todas as outras medidas. É também uma medida que o Parlamento pode tomar de forma autónoma, sem ameaças de veto ou outros atos processuais de atraso e sabotagem por parte de figuras como o primeiro-ministro húngaro Viktor Orbán.

Além disso, como pode a UE esperar manter alguma credibilidade internacional se primeiro protesta veementemente contra os sonhos de anexação e as ameaças veladas de força militar de Trump, para depois recompensar tal comportamento com um acordo tarifário unilateral que beneficia quase exclusivamente os EUA de Trump? Se a Europa continuar por este caminho, o resto do mundo poderá começar a desconsiderar seriamente as posições da política externa europeia, não apenas em relação à Gronelândia.


Per Clausen é eurodeputado da Aliança Verde e Vermelha dinamarquesa - Enhedslisten. Este artigo foi originalmente escrito e publicado a 14 de outubro, - dias antes das novas ameaças de Trump e o anúncio de mais tarifas que levaram à suspensão da aprovação do tratado no Parlamento Europeu - na revista Parliament Magazine, onde pode ser encontrado através deste link.


[ Foto: The Left - fonte: www.esquerda.net]

Le commerce toxique de l'agro-industrie israélienne

 

« Ils font ce qu'ils veulent. Ils n'ont pas de limites. Ils ont accès à l'eau et à la terre », explique Khalil Alamour, paysan de la région de Naqab, en entretien avec Luke Carneal. Il se réfère à la dépossession systématique pratiquée par Israël à l'encontre des communautés de bédouins, chaque jour un peu plus acculées dans cette zone désertique limitrophe de Gaza. Alors que de l'autre côté de la frontière la population palestinienne endure le génocide et la famine, l'agro-industrie israélienne prospère. Ses monocultures industrielles, qui exigent beaucoup d'eau, ont déplacé les cultures bédouines adaptées au fil des siècles au climat aride de la région. Aujourd'hui, même l'agave israélien produit dans le cadre d'un projet de deux millions de dollars US doit être irrigué.


À des milliers de kilomètres de là, la plateforme d'agriculture « intelligente » de l'entreprise israélienne Netafim propose des systèmes d'irrigation goutte à goutte pour augmenter les rendements des plantations industrielles d'agaves qui, au Mexique, sont synonymes de dévastation des campagnes. La collaboration de Netafim avec les entreprises israéliennes de technologies militaires a été démontrée depuis des années, tout comme son rôle fondamental dans le développement des implantations illégales dans les Territoires Occupés. Cette année, Netafim figure également parmi les entreprises signalées par Francesca Albanese, la rapporteuse spéciale des Nations Unies sur la situation dans les territoires palestiniens occupés, en raison de son lien avec l'économie de génocide.

L'organisation paysanne UAWC, membre de la Via Campesina, dénonce depuis longtemps le fait que l'attaque aux systèmes alimentaires palestiniens poursuit un objectif très clair : le nettoyage ethnique et le remplacement de la population palestinienne. Tout comme ils arrachent violemment des oliviers centenaires des territoires palestiniens, l'armée et les habitants des colonies illégales s'emploient à des stratégies visant à déraciner le peuple palestinien de sa terre. Et l'agrobusiness israélien est l'un des piliers de ce processus.

Les investissements étrangers ont joué un rôle de taille dans la croissance de cette entreprise, qui s'est progressivement intégrée à l'agro-industrie internationale et a exporté son modèle toxique vers d'autres pays. Ainsi, 80 % de Netafim est détenu par le groupe mexicain Orbia Advance Corporation, qui opère dans l'industrie des produits chimiques et des plastiques. De son côté, Bright Food Group Co. (contrôlé par la Commission de supervision et d'administration des actifs publics à Shangaï) est propriétaire de l'entreprise de produits laitiers Tnuva. Cette dernière figure dans le rapport d'Albanese pour avoir profité de la destruction de l'industrie laitière palestinienne par Israël, en exploitant un marché palestinien de plus en plus captif. D'autres entreprises du secteur présentent un profil similaire : Adama, qui vend des pesticides, appartient au Groupe Syngenta (Chine/Suisse) ; le semencier Hazira, au Groupe Limagrain (France) ; Tahal, qui construit des infrastructures hydriques, est contrôlée par Kardan N.V. (Pays Bas/Israël) ; l'entreprise de systèmes d'irrigation Rivulis appartient au Ministère des finances de Singapour ; Haifa Chemicals bénéficie des investissements du groupe étasunien Trans-Resources, Inc.

Plusieurs de ces entreprises israéliennes possèdent également des filiales enregistrées dans d'autres pays, en particulier dans les paradis fiscaux tels que les Pays-Bas et la Suisse. Cette stratégie leur permet d'éviter une identité problématique associée à l'apartheid, et de bénéficier du soutien politique (et financier) des pays étrangers. Netafim réalise une grande partie de ses ventes par l'intermédiaire de sa filiale aux Pays-Bas. Cela lui confère un accès privilégié aux marchés étrangers via des accords commerciaux de l'Union européenne et lui permet même d'obtenir des financements d'agences publiques néerlandaises.

Dans d'autres cas, ces entreprises conservent leur identité israélienne, comme Mekorot, qui est en pleine expansion dans plusieurs pays du Sud Global. Au Mexique, elle a conclu un accord de coopération avec la Commission nationale de l'eau pour un projet évalué à plus de cinq millions de dollars. Au Chili, elle a obtenu un contrat de gestion de l'eau dans la région du Biobío, dénoncé aujourd'hui par la société civile à cause de ses irrégularités et de son implication dans l'apartheid israélien. En Argentine, la campagne « Fuera! Mekorot » (“Mekorot, hors d’ici”) exige des gouvernements de plusieurs provinces la résiliation des contrats passés avec l'entreprise. Elle s'est également mobilisée contre la privatisation de l'entreprise Agua y Saneamientos Argentinos (AySA) qui a établi un contrat avec Mekorot.

Cette entreprise jouit d'un quasi-monopole de distribution de l'eau dans les Territoires Occupés et figure également dans le rapport d'Albanese pour avoir contribué à faire de l'eau un instrument supplémentaire du génocide. Selon Who Profits, elle restreint systématiquement l'accès à l'eau de la population palestinienne, alors même qu'elle exploite les ressources hydriques situées dans les Territoires Occupés (y compris celle du Golan syrien). De plus, elle applique aux autorités palestiniennes un prix de vente quasiment dix fois plus élevé que celui payé par les villes israéliennes. Ainsi, si la consommation moyenne israélienne est de 200 litres d'eau par jour et par personne, la population de Cisjordanie et de Gaza ne peut utiliser que 77 à 85 litres par personne. Actuellement, la population gazaouie manque d'eau 95 % du temps car Mekorot a drastiquement réduit la distribution depuis octobre 2023.

Traces de l'agro-diplomatie militaire en Amérique latine

À l'image du modèle testé en Palestine, l'agro-industrie israélienne s'est implantée à l'étranger en lien avec le complexe militaire. Les pays dans lesquels elle investit présentent généralement pour Tel-Aviv un intérêt géostratégique ou constituent des destinations attractives pour la vente d'armes.

En Amérique latine, c'est au Guatemala martyrisé des années 1980 que l'on trouve les antécédents de cette agro-diplomatie militaire. Une enquête de Gavriel Cutipa-Zorn révèle comment, à l'époque, des vendeurs d'armes et des consultants agricoles israéliens ont soutenu la militarisation, en collaboration avec l'Agence des États-Unis pour le développement international (USAID). Ils formaient la police et l'armée à la construction de « villages agricoles ». Ce modèle s'inspirait des moshavs israéliens (caractéristiques de la colonisation des terres palestiniennes depuis le milieu des années 1950). Les paysan·nes constituaient une main-d'œuvre bon marché pour les monocultures de haricots et de café destinées aux marchés internationaux. Mais le plus important était d'expérimenter le contrôle de la population rurale, qui avait l'interdiction de quitter le village sous peine de mort. Présentés comme des projets voués au développement, ces « villages » ont joué un rôle essentiel dans la stratégie anti-insurrectionnelle déployée par Rios Montt, qui a causé la mort ou la disparition forcée de centaines de milliers de personnes. Le Guatemala est très vite devenu un marché pour la vente d'armes israéliennes.

Aujourd'hui, il reste un allié d'Israël dans la région et l'un des centres d'accueil de la « coopération » israélienne dans le domaine agricole. Ainsi, en 2022, alors qu'un accord de libre-échange était signé entre les deux pays, un Centre de modernisation agricole a été inauguré à l'École nationale centrale d'agriculture. Le Guatemala est l'un des pays d'Amérique centrale où sont déployées les technologies israéliennes de surveillance des frontières et de suivi des caravanes de personnes migrantes, qui s'étendent jusqu'au Mexique.

La Colombie est un autre pays d'Amérique latine qui importe depuis des décennies des armes et des technologies militaires et agricoles israéliennes, comme le souligne un rapport de BDS. Dans ce pays, l'agrobusiness israélien a développé des projets coûteux, dont certains ont échoué dans des conditions douteuses. Ainsi, dans les années 1990, l'entreprise israélienne Isrex, qui fournissait à la Colombie des armes et des services d'irrigation, s'est engagée dans un projet agricole de 300 hectares qui impliquait 198 familles à Altamira et Cantilleras. Le projet avait une valeur de 1,5 milliard de pesos colombiens, dont 60 % devaient être apportés par Isrex et par l'Institut colombien de Réforme agraire (INCORA). Le reste de l'argent provenait d'un emprunt contracté par les familles paysannes. Huit ans plus tard, l'investissement d'Isrex ne s'était toujours pas concrétisé et le projet avait échoué. Les autorités colombiennes se sont détournées de l'affaire et un juge a ordonné que les terres des communautés soient vendues aux enchères pour rembourser les dettes. Quelques années plus tard, l'ancien représentant d'Isrex, Luis Vicente Cavalli Papa, refaisait surface en tant que directeur en Colombie de l'entreprise israélienne Innovative Agro Industry (LR Group), qui prévoyait d'étendre ses plantations de cacao équatorien vers la Colombie. En 2022, les localités colombiennes de Santa Lucía et Suan ont vu la confirmation du projet développé par Bean & Co., filiale de LR Group pour la plantation de cacao sur 1500 hectares.

Ce groupe, avec le Groupe Mitrelli – fondés à l'origine par les mêmes personnes –, fait partie d'un ensemble d'entreprises très peu connues de l'agrobusiness israélien. Elles n'opèrent pas nécessairement en Israël, mais sont étroitement liées à ses services militaires ou de sécurité et jouissent de relations politiques de haut niveau. Elles ont utilisé le continent africain comme laboratoire pour leurs mégaprojets agricoles « clés en main ». Elles opèrent également en Asie et sont moins présentes en Amérique latine où elles cherchent cependant à se développer. Dans ce type de projets, l'entreprise israélienne est engagée pour concevoir, trouver les financements, construire, équiper et gérer l'opération. Elle obtient des financements grâce à des prêts accordés par des banques israéliennes ou européennes, garantis par une agence de crédit à l'exportation israélienne ou étrangère, par l'intermédiaire d'une filiale de l'entreprise en question, située dans un paradis fiscal. Malgré les promesses de développement, ces projets, qui coûtent des millions, échouent généralement lorsque les fonds s'épuisent et en raison de la faible capacité d'adaptation aux conditions locales. Dans certains cas, on a trouvé des indices de corruption. Mais c'est en général le pays qui héberge le projet qui en subit les conséquences, et qui se retrouve plus endetté qu'il ne l'était. Ce type de projet a par ailleurs souvent recours à une main-d'œuvre locale bon marché, ce qui entraîne des plaintes pour exploitation au travail.

Au Guyana, la société civile et le collectif local BDS exigent actuellement la rupture du contrat de LR Group avec la société Demerara Distillers Limited (DDL). Le projet, évalué à 20 millions de dollars, utilise 500 vaches importées des États-Unis, dont le lait sera exporté vers d'autres pays des Caraïbes dès la fin de l'année 2025. Le contrat a été géré par Joseph Haim Harrosh, directeur de LR Group, et également impliqué dans un projet douteux de parc agro-industriel de 600 hectares au Suriname, d'une valeur de 75 millions de dollars (67 millions d'euros à l'époque). Les enquêtes menées par le quotidien Parbode révèlent que le contrat signé très discrètement en 2018 reposait sur un crédit accordé par le Crédit Suisse et garanti par l'État surinamais. Les inquiétudes quant à la viabilité économique, qui risquait d'alourdir la dette du pays, ont été l'un des principaux motifs de contestation de la part de divers secteurs de la société, gouvernement y compris.

Un seul point d'ancrage : la solidarité entre les peuples

Au moment où nous terminons cet article, plusieurs gouvernements signent un accord de paix incertain à Charm el-Cheikh. Les inconnues sont nombreuses, notamment en ce qui concerne l'impunité d'Israël quant au génocide et l'avenir même de la Palestine. Pendant ce temps, plus d'une centaine de personnes bénévoles mobilisées par l'UAWC s'affairent à la récolte des olives, en soutien aux paysannes et paysans de Cisjordanie, en proie aux agressions constantes des colons et de l'armée. Ceci n'est qu'un exemple supplémentaire de la mobilisation populaire qui s'est accentuée à l'échelle mondiale, avec des manifestations en soutien au peuple palestinien dans les rues, les ports et sur les mers. Depuis des années, et désormais de manière plus systématique, l'une des stratégies a consisté à mener des campagnes de boycott contre les entreprises liées à l'apartheid. En parallèle, il est de plus en plus important de dénoncer le modus operandi de l'agrobusiness israélien, en raison de sa contribution au système agro-industriel mondial qui menace la souveraineté alimentaire des peuples mais aussi en raison de l'exportation du modèle colonial qu'il a développé au détriment de la Palestine.


*Le 1er décembre 2025, les forces d'occupation israéliennes ont attaqué les bureaux de l'UAWC à Ramallah et à Hébron. Elles ont arrêté des membres de l'organisation, les soumettant à des traitements humiliants, et ont procédé à des fouilles violentes dans tout le bâtiment. Cette descente a entraîné la destruction et la confiscation de tout le matériel de bureau. Elle a également visé spécifiquement les infrastructures de la banque de semences palestinienne à Hébron, détruisant les stocks de semences qui constituent leur patrimoine génétique végétal. Au moment de la publication, deux personnes étaient toujours détenues et la condamnation internationale de cette attaque ne cesse de s'amplifier. https://viacampesina.org/en/2025/12/alert-la-via-campesina-strongly-condemns-attacks-against-its-member-organisation-in-palestine-and-denounces-the-arbitrary-arrests/


[Photo : lors de la marche organisée à l'occasion de la Journée internationale des femmes, Fuera Mekorot et d'autres organisations ont appelé à la fin du génocide à Gaza. Buenos Aires, Argentine, 8 mars 2025. © Susi Maresca - source : Biodiversidad, Sustento y Culturas, n° 126 reproduit sur  www.grain.org]