El politólogo Ian Lustick
Escrito
por Sebastiaan
Faber
El poderoso lobby israelí en Estados Unidos –financiado por un
puñado de multimillonarios reaccionarios, prepotentes y aficionados al
chantaje– ha tenido una influencia sumamente tóxica no solo en la política y
vida civil norteamericanas, sino también en el ecosistema político de Israel y
en el mismo orden mundial. En las últimas décadas, son tres los factores que
han intensificado esta toxicidad: el final de la Guerra Fría; la radicalización
de la vida política israelí; y la decisión de la Corte Suprema en el caso
Citizens United de abrir la vida política estadounidense a cantidades
ilimitadas de dinero, justo cuando una porción cada vez mayor del poder
económico nacional quedaba concentrada en manos de una nueva clase de
hiperricos. Desde 2010, Citizens United ha multiplicado la influencia política
de donantes multimillonarios (e hiperconservadores) como los hermanos Koch y el
matrimonio Adelson. Dado, además, que las políticas y actuaciones del país
liderado por Benjamin Netanyahu –el genocidio perpetrado en Gaza; el muro de
Cisjordania; las violaciones constantes de derechos humanos en los territorios
ocupados y otras políticas inspiradas por la idea ultraderechista del Gran
Israel– son cada vez más difíciles de justificar, el lobby ha renunciado a su afán inicial de convencer a la
opinión pública. En su lugar, recurre directamente –con la connivencia de
republicanos tanto como demócratas– a formas de coacción y de censura que
socavan las libertades civiles de las y los norteamericanos.
Pero, aunque el
daño que inflige afecta al mundo entero, en última instancia el lobby es su peor enemigo. Por más que se presente como
defensor de Israel y protector de los judíos en Estados Unidos, la irónica
verdad es que su labor, a lo largo de los años, ha terminado por debilitar la
posición de Israel, por fracturar a la comunidad judía norteamericana y por
crear las condiciones para que florezca el antisemitismo –el de verdad, no el
creado por definiciones oportunistas que pretenden incluir en la categoría a
toda expresión crítica del gobierno israelí o del sionismo–.
Estas son algunas
de las principales conclusiones de Israel’s Lobby: America in the Grip of a Foreign Power (El lobby de Israel:
Estados Unidos en las garras de un poder extranjero), el nuevo libro coescrito
por Ian Lustick, un veterano politólogo, y Eli Clifton, periodista de
investigación. Rigurosamente documentado, el análisis de Lustick y Clifton
continúa la línea marcada hace dos décadas por John Mearsheimer y Stephen Walt en The Israel
Lobby and U.S. Foreign Policy (El lobby israelí y la política exterior de EE.UU.) al hacer sonar la
alarma sobre la amenaza que representan organizaciones como el Comité
Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y la Liga Antidifamación
(ADL) para la salud de la democracia estadounidense.
Es un peligro,
apuntan, contra el cual ya advertía el mismo George Washington cuando, al
despedirse de la presidencia en 1796, avisaba a sus compatriotas del riesgo que
suponían para los intereses de Estados Unidos las “adhesiones apasionadas” y
las “antipatías inveteradas” de ciudadanos norteamericanos para con otros
países. El éxito del lobby a la hora de
afianzar la relación especial entre Israel y Estados Unidos, escriben Clifton y
Lustick, le ha permitido a Israel “extraer, de forma incondicional, ayudas,
coordinación y apoyo en una escala y por una duración que exceden lo que ninguno
de los grandes poderes ha hecho para ningún país extranjero”.
Ian Lustick
(Syracuse, Nueva York, 1949) es catedrático emérito de la Universidad de
Pensilvania. Autor de numerosos libros, entre ellos Trapped in the War on Terror (Atrapados en la guerra contra el
terrorismo, 2006) y Paradigm Lost: From Two-State Solution to One-State Reality (Paradigma perdido. De la solución de dos
Estados a la realidad uniestatal, 2019), trabajó como analista en el
Departamento de Estado durante la administración de Jimmy Carter a finales de
los años 70 y, en los 80, fundó y presidió la Asociación para el Estudio de
Israel. Hablamos a finales de agosto.
Cuando entrevisté a Stephen Walt, me contó que él y John Mearsheimer pagaron un precio muy
alto por haberse atrevido a romper el tabú de describir y denunciar los daños
hechos por el lobby israelí.
Sí que pagaron un
precio. Su libro no fue el primero en demostrar de forma documentada que los
intereses de Estados Unidos en política internacional quedaron gravemente
comprometidos por el lobby israelí. Pero
sí fue el más importante. Aunque ellos no eran expertos en el tema –y yo,
ciertamente, no estuve de acuerdo con todo lo que decían–, me sigue pareciendo
un libro fantástico.
A estas alturas, supongo que usted y su coautor son conscientes de lo que
arriesgan.
Eli y yo estamos
dispuestos a pasar por lo que pasaron John y Steve, sí. Bueno, a mí me tildan
de nazi desde hace medio siglo –concretamente desde que, en los años 70,
organicé una campaña de protesta contra los asentamientos judíos en los
territorios ocupados–. Y, sin embargo, nuestra situación es diferente. Y no
solo porque tanto Eli como yo somos judíos. También es verdad que las cosas han
cambiado. Cuando salió el libro de Walt y Mearsheimer, los críticos los podían
denunciar como antisemitas sin más e ignorar las pruebas que presentaban. Hoy,
eso ya no es posible. El lobby ya no puede
contar con ello. ¿Cómo responderá entonces? Hasta ahora, solo ha habido
silencio. Nos han ninguneado. Pero si al final deciden atacarnos, no pasa nada.
Llevo muchos años en este combate y estoy muy preparado para continuarlo.
Tuvimos a dos fact checkers revisando
el manuscrito y tengo un buen seguro contra los juicios por difamación. Y, como
digo, llevo 55 años en esto. De mis cien artículos y veinte libros publicados,
nadie nunca me ha disputado una afirmación factual.
Ustedes explican en detalle cómo el lobby se ha radicalizado
en los últimos años. A la vista de que las políticas de Israel ya son
indefendibles, ha pasado a tácticas de silenciamiento, censura e intimidación.
Al mismo tiempo, también parece haber crecido el cinismo. Quiero decir que los
financiadores y administradores del lobby ya no parecen
esforzarse en ocultar sus motivos. Así como Trump, dicen en voz alta lo que
deberían callar.
Es que han
renunciado a la idea de convencer a nadie. En su lugar, se deleitan en
confirmar sus propias ideas para sí y sus allegados. Todas las personas que se
refugian en su propia burbuja acaban por comunicar en voz alta lo que piensan,
aunque después acabe haciéndose público. Por otra parte, sabemos que estas
cosas se llevan diciendo de forma privada desde hace muchos años.
Han renunciado a la idea de convencer a nadie. Se
deleitan en confirmar sus propias ideas
Tal y como lo describen ustedes, el discurso del lobby israelí se ha hecho prácticamente indistinguible del de
la ultraderecha global. La lucha, se supone, ya no es solo por Israel o los
judíos, sino por la civilización occidental. Y ya no es solo contra los
antisemitas y palestinos, sino contra los marxistas culturales y otros
comunistas, la izquierda woke y la ideología de género.
Exacto: se trata
de salvar la civilización judeocristiana contra la alianza verdirroja que
pretende destruirla. Esta es una idea que domina en el ala derecha del lobby, que incluye a su cúpula. Como decía antes,
reconocen que no hay forma de ganar el debate en la opinión pública. Pero también
saben que, a la larga, tampoco serán capaces de suprimir todo debate sobre
Israel. Por tanto, inflan el problema hasta dimensiones epocales,
convirtiéndolo en una lucha por la misma civilización humana. No deja de ser un
truco desesperado.
En ese relato, Israel se convierte para Estados Unidos en un ejemplo a
seguir.
En efecto. Israel
no solo se presenta como el único aliado fiable de Estados Unidos en esta lucha
civilizacional, sino que, como un robusto Estado etnonacionalista, se erige como
modelo para lo que Estados Unidos debería ser si quiere seguir fiel a su
esencia. Al mismo tiempo, argumentan que los judíos norteamericanos deberían
construir para sí una especie de gueto.
¿En qué sentido?
Afirman, por
ejemplo, que deberían invertir mucho más dinero en instituciones judías, sacar
a sus hijos de las escuelas públicas y enviarlos a escuelas de orientación
parroquial que les adoctrinen con ideas sionistas. Y después no enviarles a que
estudien en Harvard o Penn, sino a universidades judías, o directamente a
Israel.
Lo curioso es que el lobby, al enrocarse
y derechizarse de esta manera, excluye a la mayoría de la población judía del
país. Como ustedes explican en el libro, más de un 60 por ciento de los
votantes judíos se identifica con el Partido Demócrata, una cifra muy estable a
lo largo de los años.
Es más: muchos
judíos estadounidenses se sienten muy distantes de Israel o se oponen
directamente a sus políticas. ¿Recuerdas cómo el entonces primer ministro del
país, Ehud Barak, describió a Israel como una villa en la jungla? Pues de la
misma manera, el lobby anima a que
los judíos que se identifican con Israel se sientan como en una jungla,
rodeados de antisemitas. Por tanto, necesitan construir fortificaciones,
levantar un muro alrededor de ellos mismos. Vamos, como el muro del apartheid israelí, la barrera de Cisjordania.
Cuando entrevisté a Arielle Angel, la entonces directora de la revista progresista Jewish Currents (Corrientes Judías), me explicó que muchos judíos norteamericanos dejaron
de sentirse bienvenidos en sus sinagogas y centros sociales después del 7 de
octubre, y que la revista acabó funcionando como una especie de hogar
alternativo.
Sí, en efecto.
Otro buen ejemplo de esta sed de relatos alternativos es la popularidad del libro de Molly Crabapple sobre el Jewish Bund [un
partido político socialista, secular para obreros judíos, fundado a finales del
siglo XIX]. Pero si me
permites un matiz importante, el cambio a que te refieres no se produjo a raíz
del 7 de octubre. Fue a raíz del 8 de octubre: la reacción de Israel a la
masacre del día anterior. El lobby, sin embargo,
nos quiere hacer creer que hubo un auge de antisemitismo como resultado del día
7. Al fundir un evento con otro, están manipulando la memoria histórica del 7
para distraer de lo que ocurrió el día después. Sin contar que, como explicamos
en el libro, la Liga Antidifamación (ADL) manipuló las estadísticas de forma
realmente escandalosa, al ampliar de un día para otro la definición de lo que
contaba como incidente de antisemitismo.
La radicalización del lobby, así como su
atrincheramiento y su cinismo, han debilitado su poder, que durante muchos años
consistió en limitar lo que se podía decir en público sobre Israel. Hoy hay más
espacio que nunca para discursos más críticos. Y, sin embargo, hay medios mainstream, como el New York Times, el New Yorker y el Atlantic, que siguen
respetando en gran medida los antiguos tabúes.
Exacto. Esto lo
detalla muy bien Adam Johnson en su maravilloso libro How to Sell a Genocide: The
Media's Complicity in the Destruction of Gaza (Cómo vender un genocidio. La complicidad de los
medios en la destrucción de Gaza). También lo hemos notado nosotros. Desde que
salió nuestro libro, el 11 de agosto, nos han inundado con peticiones de
entrevistas. Apenas damos abasto. Pero fíjate de dónde nos llegan. No desde los
medios mainstream, establecidos, sino desde otros canales
más autónomos, sea de la derecha libertaria o la izquierda progresista.
Al explicar
la toxicidad del lobby, ustedes mencionan los efectos nefastos que ha tenido su actuación sobre
la política nacional estadounidense –incluida, hace poco, la derrota de Kamala
Harris– y su política internacional. Pero también señalan el daño incalculable
que ha hecho el apoyo incondicional de Estados Unidos al país en la política
nacional israelí.
Este es un
argumento que desarrollo con más detalle en mi libro Paradigm Lost. La crisálida con la que Estados Unidos
envolvió a Israel acabó por distorsionar de forma terrible el campo político
del país, destruyendo las carreras de los políticos que habrían hecho la paz
con los palestinos. En este sentido, el propio Israel es la mayor víctima del
aplastante éxito de su lobby.
Explican también que ese apoyo incondicional ha limitado la capacidad de la
comunidad internacional de presionar a Israel en cuestiones de derechos humanos
y el derecho internacional. En este sentido, ¿cabe decir que el lobby israelí en Estados Unidos contribuyó a debilitar de forma fatal el orden
internacional de la posguerra?
Es un
planteamiento interesante: ¿hasta qué punto el orden mundial fue socavado por
el tratamiento especial, hipócrita, que Estados Unidos dio a Israel a pesar de
sus constantes violaciones de derechos humanos y del derecho y la cortesía
internacionales? No cabe duda de que fue una debilidad en la agenda de derechos
humanos de un presidente como Jimmy Carter, en cuya administración trabajé. Por
otra parte, Israel no es el único caso. Hay otro parecido.
¿Supongo que se refiere a Cuba? En el libro, escriben que, aunque los casos
de Cuba e Israel “no tienen virtualmente nada en común”, comparten algo
crucial: para cada uno, existe en Washington “un lobby monotemático, estratégicamente posicionado y extremadamente influyente”,
que ha forzado a presidentes demócratas y republicanos a adoptar políticas
hacia ambos países que se desmarcan de forma significativa de la norma
internacional.
Exacto. Lo que
quisimos subrayar es que el problema real reside en la estructura de la
política norteamericana. Es el peligro contra el cual ya advirtió George
Washington: que un apasionado lobby extranjero
distorsione el enorme poder que tiene este país en el mundo.
Otro punto que subrayó Arielle Angel fue que la supuesta lucha contra el
antisemitismo de la ultraderecha norteamericana –por no hablar de lo que ocurre
en Alemania o Reino Unido– acabará con los judíos en la diana, como siempre.
Ustedes, en su libro, llaman la atención sobre el hecho de que tanto el lobby israelí como el gobierno de Trump se obsesionan con el supuesto
antisemitismo de la izquierda, pero ignoran el de la derecha, que, lejos de
amainar, está en auge.
Así es. Hablamos
de una caza de brujas. Pero ocurre que, a diferencia de las cazas de brujas
históricas del siglo XVII, en este caso realmente hay brujas. Quiero decir que
los antisemitas existen. Y el lobby israelí les
está dando material. No solo por la imagen de nueve milmillonarios judíos que
contribuyen con 1.700 millones de dólares a defender las políticas de Israel,
sino porque el lobby insiste en
identificar el Estado de Israel con toda la colectividad judía. Pero si te
empeñas en la idea de que Israel actúa en nombre de todo el pueblo judío –y que
toda crítica a Israel es un ataque a todos los judíos–, entonces expones a
todos los judíos a acusaciones injustas. Es una táctica autodestructiva.
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