sábado, 11 de abril de 2026

Una letra dobèrta d’actors culturals occitans en sosten al pòble palestinian

Lo tèxt s’inscriu dins una reflexion mai larga suls dreches dels pòbles e de las minoritats, en establissent un parallèl amb l’istòria occitana e en revendicant la convivência 


Una letra dobèrta entitolada «Letra dobèrta als occitans per Palestina, la justícia, la patz e la convivéncia» es estada lançada recentament per d’artistas, d’escrivans e d’actors de la cultura occitana, amb la volontat d’exprimir una posicion collectiva sus la situacion en Palestina.

Iniciada e redigida per Alem Surre Garcia e Primaël Montgauzi, la letra revendica una actitud umanista e denóncia las violéncias actualas, tot en apelant a una patz fondada sus la justícia e l’egalitat dels dreches. Los signataris afirman lor solidaritat amb lo pòble palestinian, en condemnant tanben las violéncias patidas per las populacions civilas, tan palestinianas coma israelianas.

Lo tèxt s’inscriu dins una reflexion mai larga suls dreches dels pòbles e de las minoritats, en establissent un parallèl amb l’istòria occitana e en revendicant la convivéncia coma «l’art de viure amassa dins lo respècte mutual de l’alteritat» .

La letra es ja sostenguda per una primièra lista de signataris, dont de musicians, de jornalistas e d’actors culturals d’Occitània.

Per i aderir se pòt mandar un corric a primaelmontgauzi@gmail.com.

 


Letra dubèrta als Occitans per Palestina, la justícia, la patz e la convivéncia

 

[Sorsa: www.jornalet.com]

sexta-feira, 10 de abril de 2026

Daiquiris, pesca, fiestas y libros: Hemingway en Cuba

El escritor estadounidense mantuvo una estrecha relación con la isla. Lugares como La Vigía y El Floridita fueron su refugio.

Ernest Hemingway (en el centro), con Roberto Herrera, Byra Whittlesey, su hijo Jack, Spencer Tracy y su esposa Mary Welsh, en El Floridita de La Habana, hacia 1955.

Escrito por Ramon Vilaró

La vida de Ernest Hemingway estuvo muy ligada a su presencia en Cuba. Sin embargo, el escritor nunca se implicó en los cambios políticos y sociales que le tocaron vivir. Ni en tiempos de dictaduras, como las de Gerardo Machado o Fulgencio Batista, como tampoco en la revolución liderada por Fidel Castro. Hemingway vivía y escribía en su finca La Vigía, pescaba en aguas del Golfo y bebía daiquiris en El Floridita. Entre sus amistades en la isla no figuraban ni escritores ni intelectuales cubanos, aunque sí pescadores, boxeadores, vecinos del pueblo de San Francisco de Paula o estrellas de cine que le visitaban desde Hollywood. Era un hombre aventurero, que siempre iba a su aire, y sus vivencias cubanas tampoco le cambiaron. Pero La Habana fue su lugar de trabajo, diversión, aventuras y escarceos mujeriegos durante más de dos décadas, y donde se inspiró para algunas de sus obras. 

Mi interés por Ernest Miller Hemingway (Oak Park, Chicago, 1899 - Ketchum, Idaho, 1961) lo despertó sobre todo su trayectoria periodística. Fue su oficio el que le llevó hasta las más altas cotas de la literatura —ganó el Nobel en 1954—, a través de sus experiencias como cronista y corresponsal de diarios norteamericanos, sobre todo en la Europa de entreguerras. Y, en especial, sus crónicas durante la guerra civil española publicadas en varios diarios asociados a la North American Newspaper Alliance (NANA) y, más tarde, en la revista Esquire. Cuatro décadas de centenares de reportajes, de cuya lectura en la selección publicada por William White en la editorial Touchtone, By-Linepodemos extraer un principio: para escribir buenas historias hay que vivirlas. Pisar el terreno y tener el don hemingwayano de resumirlo en una crónica o extenderlo hasta un libro. Compré By-Line en una de mis visitas a la casa-museo de Hemingway en Cayo Hueso, Florida, regalo del padre de su primera esposa, donde el escritor vivió unos años y desde donde descubrió Cuba, país en el que acabaría residiendo durante más de 20 años, con varios intervalos, casi hasta su trágico suicidio con su escopeta de caza, a los 62 años de edad.  

“Hemingway llegó a La Habana por vez primera en 1928 procedente de Europa, en una escala hacia Estados Unidos. Volvió después con su amigo Joe Rusell, propietario del bar Sloppy Joe’s, en Cayo Hueso, en una de sus excursiones de pesca de la aguja”, me explicó Ciro Bianchi Ross, autor, entre otros libros, de Tras los pasos de Hemingway en La Habana. Descubrir el encanto de la capital cubana fue un flechazo para el periodista estadounidense. Aunque, en realidad, el amor a primera vista lo tuvo al conocer a la joven Jane Mason, esposa del director de la línea aérea Pan American en La Habana. La ciudad era entonces un bullicio de diversión y alegría para quienes podían permitírselo. Eran tiempos de la Ley Seca en EE UU y las excursiones de pesca en el yate de Joe Russell regresaban a Cayo Hueso, solo a 90 millas de La Habana, con peces espada, y también ron de contrabando. 

Joe Russell y Ernest Hemingway, posando con un marlín, en La Habana, en 1932. ERNEST HEMINGWAY COLLECTION/JFK PRESIDENTIAL LIBRARY AND MUSEUM

A primeros de 1930, Hemingway decidió pasar temporadas en el Hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo, cercano al puerto y al meollo de La Habana Vieja. Allí vive, escribe y disfruta de las vistas desde el quinto piso, en la habitación 511, que aún hoy puede visitarse. Fue en una de sus noches alegres en el Cabaret Sans Souci cuando el periodista y escritor conoció a Mayito Menocal, el playboy adinerado hijo de uno de los generales de la Independencia de Cuba. Con él realizó múltiples escapadas a la zona casi selvática de Romano, aventuras de pesca y batidas de caza —acompañado por Jane Mason

En esta época, Hemingway —que era corresponsal del diario canadiense Toronto Daily Star en la capital francesa, la cual sería escenario del libro París era una fiesta (1964)— ya era un escritor conocido. Su novela Fiesta (1926), con trama de amores, aventuras y toreros ambientada en los Sanfermines de Pamplona, había sido un éxito. Pero, fue sobre todo Adiós a las armas (1929), basada en su participación en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias, la que le lanzó a la fama. 

La Habana se convirtió en su base de operaciones, con breves estancias en el Hotel Sevilla, y más largas en el Hotel Ambos Mundos, antes de alquilar la finca La Vigía, a 12 kilómetros del centro de la capital cubana, que el escritor acabaría comprando con los beneficios de llevar al cine Adiós a las armas

“Es cuando recibe los honorarios de su adaptación al cine cuando decide hacer construir su yate El Pilar y comprar La Vigía, que debe su nombre al hecho de haber sido un fuerte español, por estar situado en una loma con esplendidas vistas”, dice el biógrafo Ciro Bianchi.  

Visité por primera vez La Vigía a mediados de 1990, cuando todavía debías esquivar gatos en su escalinata. Paseando por su interior y casi palpando su librería, pude contemplar la tarima donde escribía manualmente de pie, la mesa del despacho con la máquina de escribir Corona, la cabeza disecada de un león o una copia de La masía, el cuadro que el periodista le compró a Joan Miró en París, transportado desde su estudio a su casa en el techo de un taxi parisino y que actualmente es propiedad del National Gallery of Art, en Washington, tras su donación por parte de Mary Hemingway en 1987. 

Hemingway, comiendo con amigos en La Vigía, su casa de Cuba. ERNEST HEMINGWAY COLLECTION/JFK PRESIDENTIAL LIBRARY AND MUSEUM

Regresé en otras dos ocasiones a La Vigía, 20 años después, para realizar el documental Constante y El Floridita de Hemingway. Fue de la mano de Ciro Bianchi. Entonces ya no era posible deambular por su interior. Una avalancha de turistas se dedicaba a fotografiar la finca, el jardín, el torreón anexo donde dicen que escribía (aunque al parecer los destinaba a otros menesteres), la piscina ahora vacía (donde se bañaba Ava Gardner desnuda) y el varado yate Pilar, con el que tantas aventuras de pesca y amoríos protagonizó Hemingway y que, según Bianchi, tomó su nombre de la Virgen del Pilar, ya que el periodista se convirtió al catolicismo. 

“Aquí no entra nadie que no sea invitado”, recordó Bianchi al citar el ambiente que se vivió en La Vigía de Hemingway. “Él recibía a artistas de Hollywood, pelotaris, toreros, boxeadores, pero a escritores no. No le gustaban…”, citó Bianchi. Fruto de su pasión por el boxeo, Hemingway entabló amistad en París con el púgil Kid Tunero, a quien definió como “el atleta más completo” que ha dado Cuba. “Si aún quedan caballeros en la Tierra, Tunero es uno de ellos. Recto, lacónico, sencillo; es simple y puro como el pan, como el oro”, escribió Hemingway, según cita Xavier Montanyà en su libro Kid Tunero. El caballero del ring. El boxeador cubano —que desarrolló parte de su carrera en Barcelona, donde, tras hacerse famoso como el hombre de un solo golpe, murió en 1992—  pasó largas temporadas en La Vigía, sobre todo cuando Hemingway viajaba por Europa o África. 

Eran tiempos en que Hemingway había vuelto de su misión como corresponsal en la guerra civil española. Fue en esa contienda cuando se enamoró de su tercera esposa, la periodista Martha Gellhorn, y donde ambientó la novela Por quién doblan las campanas (1940) y rodó un documental que se visionó en la Casa Blanca, bajo la presidencia de Theodore Roosevelt. El escritor había tomado parte en alguna batalla el lado de los republicanos españoles, a quienes intentó ayudar, sin conseguirlo, enviado ambulancias desde Estados Unidos. Fue, quizás, por esa actitud militante que el FBI, bajo el mando de Edgar Hoover, tenía bajo su lupa las actividades de Hemingway en La Habana.  

Entre los muros de La Vigía, se montaron fiestas, juergas e, incluso, dicen que conspiraciones contra las tramas de cubanos, alemanes e italianos que durante la Segunda Guerra Mundial veían con simpatías la ofensiva de Hitler en Europa, según relató el escritor cubano Enrique Cirules en su libro Hemingway, ese desconocido. 

Hemingway, escribiendo en su estudio de La Vigía, en Cuba. ERNEST HEMINGWAY COLLECTION/JFK PRESIDENTIAL LIBRARY AND MUSEUM

Hemingway tuvo escarceos con el poder político cubano cuando el presidente Ramón Grau San Martín mando un pelotón militar a La Vigía con el fin de detenerlo. Le requisaron armas de caza. Él no se encontraba ahí, al haber sido alertado por su médico y amigo, el doctor José Luís Herrera Sotolongo, que se exilió a Cuba en 1941 después de ser comandante cirujano del ejército republicano en la guerra civil española. 

En La Vigía, Hemingway creó la denominada Crook Factory (fábrica de maleantes), integrando a un variopinto grupo de personajes que se inquietaban por la deriva autoritaria del Gobierno cubano. Y, sobre todo, por las eventuales relaciones de los dirigentes de la isla con la Alemania nazi, cuyos submarinos operaban en aguas del Golfo, torpedeando navíos estadounidenses. Fue cuando Hemingway, a bordo de su yate Pilar, realizó incursiones en los Cayos, en especial en la zona de manglares y recodos de Camagüey, con la esperanza de cazar algún submarino, o tripulantes que salieran a la superficie en busca de agua fresca o alimentos. Algo que nunca logró, pero que inspiró su novela póstuma Islas en el Golfo (1970). Unas largas ausencias que, además, contribuyeron a que su tercera esposa, Gellhorn, abandonase La Vigía. 

Hemingway, a bordo del yate 'Pilar'. KEYS LIBRARIES/IDA WOODWARD BARRON COLLECTION

Eran tiempos, además, en los que La Habana era el epicentro de la expansión del crimen organizado en la isla caribeña. Los casinos, prostíbulos y trafico de drogas crecieron después del cónclave de las familias de la mafia estadounidense celebrado en 1946 en el Hotel Nacional, frente el Malecón. Dejaron al astuto Meyer Landsky, el hombre de confianza de Lucky Luciano, al mando de los negocios mafiosos tejiendo una trama con el poder, en especial con Fulgencio Batista, a cambio de sustanciosos sobornos. Es probable que Hemingway se cruzara más de una vez con capos mafiosos en el bar-restaurante El Floridita, el sitio de moda en aquellos alocados años habaneros. 

Ernest Hemingway escogió El Floridita desde sus primeras visitas a La Habana y lo convirtió en su lugar favorito. Pronto tuvo su rincón reservado, en la curva al final de la gran barra de caoba, donde escribía en su cuaderno entre daiquiri y daiquiri. Se los preparaba el propietario y maestro coctelero, el catalán Constante Ribalaigua, que había llegado con 14 años desde su Lloret de Mar natal para hacer fortuna en Cuba.  

Ribalaigua había reinventado el daiquiri. La bebida creada por el ingeniero norteamericano Thomas Cox a principios del siglo XX —y a la que dio el nombre de las minas de Daiquiri, cerca de Guantánamo— estaba compuesta de ron, zumo de limón y azúcar. El barman catalán lo dosificó y añadió hielo picado gracias a la llegada de la batidora desde Estados Unidos. También agregó unas gotas de marrasquino, un licor de cerezas blancas, que amalgamaba las dosis exactas del célebre daiquiri frappé creado por Ribalaigua. Entre otros barmans, y quizás socios iniciales, de El Floridita había otro personaje con raíces familiares en Lloret de Mar, aunque nacido en La Habana, que era Miguel Boadas quien, en aquellos años treinta, decidió viajar a Barcelona y fundar la mítica coctelería Boadas, que aún existe en una esquina casi al principio de las Ramblas. 

Constante Ribalaigua, el maestro coctelero de El Floridita, el bar favorito de Hemingway en Cuba

“¿Le gustó?”, dicen que preguntó Constante a Hemingway tras servirle uno de sus daiquiris. “Para mi gusto, no”, dicen que respondió el escritor, que era diabético, apuntando sus preferencias por un cóctel con más ron y sin azúcar, antes de dirigirse al servicio. “Cuando regresó, Constantino le había preparado, en una copa más grande, un daiquiri sin azúcar, con doble de ron y zumo de toronja y le dijo: “Aquí tiene el daiquiri, Papá Doble Hemingway”, me contó el presidente de los Cocteleros de Cuba, el amigo José Rafa Malem, ofreciéndome un Papá Doble Hemingway, sentado al lado de la escultura del premio nobel de literatura, obra del escultor José Villa Soberón, sin duda la más fotografiada por los visitantes a La Habana. 

En la pared al lado de la escultura hay un pequeño busto de Hemingway. “Se la hicieron los trabajadores de El Floridita cuando le dieron el Premio Nobel”, me contó Bianchi. “Es demasiado honor”, dicen que les respondió Hemingway cuando vio aquel homenaje, en un momento en que no daba entrevistas, pero continuaba acudiendo a su rincón en la barra del bar. Hay también, al lado del busto, una foto de Hemingway con Fidel Castro.

Escultura de Hemingway en el bar El Floridita de La Habana, Cuba. FLICKR/FRANCK VERVIAL CC BY-NC-ND 2.0

“Hemingway nunca se acercó al mundo de la cultura cubana”, me dijo el actor Jorge Perugorría, protagonista, entre otras películas, de Fresa y chocolate. “Solo después del triunfo de la Revolución se hizo aquellas fotos con Fidel, después de un trofeo de pesca en estas aguas”, añade el actor sentado en su jardín frente a las aguas de la Marina Hemingway, en las cercanías de La Habana, cuyo barrio y club náutico fueron bautizados en honor del escritor. “A sus amigos los traía de Hollywood y se los llevaba de fiesta a La Vigía, a El Floridita o de excursión marina hacia los Cayos. Todo era como una película. Y Hemingway era como un Marlon Brandon literario dentro de aquellas películas”.

En Adiós, Hemingway, el escritor Leonardo Padura relató la vida en La Vigía, sobre todo los últimos tiempos, cuando en la trama novelesca aparece un cadáver, quizás de un agente del FBI, y tras una serie de aventuras Hemingway decide abandonar La Habana. El protagonista del libro es un niño que, sorprendido de ver a tan popular personaje en Cojímar, pequeño puerto a unos 20 kilómetros de la capital cubana, le dice adiós con la mano, poco antes de que el escritor abandonase definitivamente la isla. 

Y es que “Papá Hemingway” se hizo querer por los cubanos. Así lo demostraron los humildes pescadores de Cojímar cuando el escritor publicó El viejo y el mar (1952). La obra llegó después del fracaso de su anterior novela, Al otro lado del río y entre los árboles (1950), cuando críticos y público le dieron la espalda. Incluso consideraron que Hemingway había agotado su inspiración. El viejo y el mar tuvo un éxito fulgurante. Ganó el premio Pulitzer en 1953 y, quizás, fue la puntilla para distinguirlo con el Nobel un año después. Su discurso al recibirlo fue de extrema brevedad, unas 20 líneas, para acabar diciendo: “Como escritor he hablado demasiado. Un escritor debe escribir lo que tiene que decir y no decirlo. Nuevamente se lo agradezco”. 

También lo agradecieron los pescadores de Cojímar erigiendo en la plaza del pueblo un busto de Hemingway en bronce fundido procedente de viejas anclas y hélices de barcos, porque no tenían dinero para comprar cobre. El escritor se inspiró para su novela en el viejo pescador solitario Anselmo Hernández y en las técnicas de pesca del patrón del Pilar, su amigo Gregorio Fuentes, que murió a los 104 años de edad. Degustar un pez espada a la parrilla en el restaurante La Terraza evoca los tiempos del Hemingway marinero y pescador. 

Hemingway Carlos Gutierrez en el Pilar 1934 ERNEST HEMINGWAY COLLECTION JFK PRESIDENTIAL LIBRARY AND MUSEUM

De El viejo y el mar, otro premio Nobel, William Faulkner, escribió que en esta novela corta Hemingway “había encontrado a Dios”. El periodista cubano Fernando G. Campoamor, uno de los pocos amigos de Hemingway, fue más poliédrico al relatar: “Hemingway sabía de química y de geografía, de numismática y economía, de historia militar y de violines, e inventó el daiquiri especial al igual que inventó el monte Kilimanjaro, el idioma inglés y los costeros”. La cita aparece en el libro Memoria oculta de La Habana, de Ciro Bianchi, donde se recuerda también que los 5.000 dólares que pidió Hemingway para la edición en español de la novela en Cuba los donó al hospital de leprosos de El Rincón.  

Tampoco hay que olvidar que, tras recibir el Nobel de Literatura, Hemingway ofrendó su medalla a la Virgen de la Caridad del Cobre, la venerada patrona de la isla. “Este premio pertenece a Cuba, porque mi obra fue pensada y creada en Cuba, con mi gente de Cojímar, de donde soy ciudadano. A través de todas las traducciones está presente esta patria adoptiva donde tengo mis libros y mi casa”, escribió Hemingway.  

Sin embargo, la gran novela de Hemingway ambientada en Cuba estaba por llegar. El escritor dedicó años a escribir su gran novela con trama cubana durante la Segunda Guerra Mundial, pero que no vería la luz hasta casi 10 años después de su muerte, muy retocada y algunos hasta dicen censurada, bajo el título Islas en el Golfo. Curiosamente, cuando el libro se adaptó el cine, la trama se ambientó “en algún lugar del Caribe”, sin referencias explícitas a Cuba. La explicación, quizás, se deba a que Fidel Castro ya llevaba más de una década en el poder y se habían roto las relaciones entre la isla y EE UU. Un Fidel Castro que, por cierto, en más de una ocasión se había referido a Por quién doblan las campanas durante sus tiempos de guerrillero en Sierra Madre, antes de derrotar la dictadura de Batista. 

Fidel Castro y Ernest Hemingway, en los años cincuenta, en Cuba

Los grandiosos daiquiris que preparaba Constante, que no sabían a alcohol y daban la misma sensación, al beberlos, que la que produce al esquiar barranco abajo por un glaciar cubierto de nieve en polvo, después del sexto u octavo, la sensación de esquiar barranco abajo por un glaciar cuando se corre sin la cuerda”, escribió Hemingway en la mente de Thomas Hudson, el protagonista de Islas en el Golfo, su novela más autobiográfica. 

Dicen que Hemingway podía tomarse hasta una decena de daiquiris en sus tardes y noches en El Floridita. “Después se hacía preparar el ‘daiquiri del camino’, en una gran botella envuelta en corcho para que no se calentara camino con su chófer hacia La Vigía”, me contó Ciro Bianchi. Lo cierto es que Hemingway legó su fama tanto a El Floridita como a Constante. Tal era el apego y amistad del escritor con el barman que asistió a su entierro en diciembre de 1952.  

“Hemingway también fue el único hombre que fue al entierro de Leopoldina Rodríguez, una prostituta a la que dio el nombre de Liliana la Honesta en su novela póstuma”, me recordó Bianchi, destacando que Hemingway le pagaría los estudios a una de las sobrinas de esa bella mujer cubana. Así era el carácter del escritor. Cercano con los humildes y distante con los poderosos en sus vivencias cubanas. 

Si desean rendirle homenaje lean, o relean, cualquiera de sus novelas tomándose a su recuerdo unos daiquiris “Papá Doble Hemingway”.  

Pueden acompañarlo con la música de la canción ‘Floridita’, del Trío Taicuba:

 

¡Salud y larga vida a la obra literaria del gran Ernest Hemingway!

 

[Fuente: www.coolt.com]

El govern d’Andorra promou el català a la restauració i l’alimentació

Política Lingüística envia prop de 600 cartells i estovalles amb vocabulari en la llengua oficial a bars, cafeteries, fleques i comerços

El Departament de Política Lingüística del govern d’Andorra ha enviat prop de 600 cartells i estovalles amb vocabulari en català a bars, cafeteries, fleques i establiments del comerç d’alimentació per promoure l’ús del català i del vocabulari concret d’aquests àmbits. La iniciativa és fruit del conveni amb el Centre de Terminologia Termcat per actualitzar el vocabulari d’un àmbit o sector concret.

L’acord va consistir el 2025 en una col·laboració econòmica de 7.000 euros del govern per destinar-los al disseny i l’edició de cartells i estovalles individuals amb terminologia bàsica de les cafeteries i del comerç de queviures.

El Servei de Política Lingüística ha preparat un enviament a comerços, supermercats i grans magatzems, per una banda, amb una carta de la ministra en què demana la implicació dels establiments per situar-los en un lloc visible. També recorda les disposicions legals sobre la llengua pròpia i oficial, i el valor patrimonial i identitari del català com a element de valor afegit per a les empreses. 

En el cas dels cartells amb vocabulari de les cafeteries, s’envia un model de cartell diferent, acompanyat de la carta corresponent i un feix d’estovalles individuals de paper. A les cartes, la ministra també ofereix l’opció de demanar més unitats del cartell o les estovalles individuals als comerços i cafeteries.

Aquesta acció de difusió respon a l’objectiu 2.7 del Pla d’acció nacional per la llengua 2026-2028, “Fomentar l’ús del català en el comerç”, que s’inscriu en l’objectiu general 2, “Refermar el coneixement i l’ús del català entre la població”.


[Font: www.diaridelallengua.cat]


La lingua come arma. E noi come bersaglio

 

di M. Alessandra Filippi


Dal Covid a Gaza, il potere ha riscritto la realtà attraverso il linguaggio. Disinformazione è verità, controllo è sicurezza, aggressione è autodifesa: la neolingua che prepara alla guerra.

C’è un filo rosso che attraversa questi anni e che si tende sempre di più, quasi a volerci soffocare: il controllo del linguaggio come forma di governo. Lo aveva immaginato Orwell con la neolingua, ma quello che abbiamo davanti agli occhi è un’operazione ben più sofisticata: non è solo la riduzione del vocabolario, è la riscrittura del senso, l’inversione semantica, la trasformazione delle parole in trappole.

 

La neolingua del potere

La tecnica è sempre la stessa: prendi un concetto, svuotalo, sostituiscilo, rovescialo. Alla triade orwelliana “Guerra è pace / Libertà è schiavitù / Ignoranza è forza”, oggi si affianca quella transnazionale del potere senza nome e senza faccia: Disinformazione è Verità, Controllo è Sicurezza. Aggressione è Autodifesa.

Un processo che non nasce oggi: ha iniziato a infiltrarsi quasi in sordina durante il Covid, quando l’immaginario bellico, la trincea, la prima linea, il nemico invisibile, ha colonizzato la narrazione pubblica. Era il primo passo: introdurre un linguaggio di guerra in un contesto non bellico, normalizzarne la sintassi, abituare l’orecchio.

Poi è arrivata l’Ucraina: la guerra con al comando un attore che prima di diventarlo nella realtà, è stato presidente in una serie TV. Con Zelensky, interprete e portavoce del dramma, la guerra è diventata un talk show infinito, come hanno osservato numerosi analisti dei media. Un distopico intrattenimento politico permanente. Non importava più capire, ma schierarsi. O Slava Ukraini o putiniano. La propaganda ha fatto un nuovo salto di qualità: non solo si è militarizzato il lessico, ma si è santificata la guerra, rendendo sospetta perfino la parola “negoziato”.

Nel giro di pochi mesi l’idea stessa di diplomazia – la spina dorsale del diritto internazionale – è stata dipinta come debolezza morale. Chi parlava di trattative veniva etichettato come “filorusso”, “pacifinto”, “utile idiota”. Ed è ancora così.

 

Le tre fasi del consenso

Lo dimostra l’ultima dichiarazione fatta dal presidente del comitato militare della NATO, Giuseppe Cavo Dragone qualche giorno fa: secondo lui l’Alleanza dovrebbe diventare “più aggressiva”, persino valutare “misure preventive” nei confronti della Russia. E quel “preventive” è la parola chiave: una parola che scivola via dolcemente nell’orecchio, come se fosse una misura profilattica, un vaccino geopolitico, qualcosa che si fa “per evitare guai”.

Ma la verità è brutale: un attacco preventivo a una potenza nucleare equivale a una dichiarazione di guerra. Lo capirebbe anche un bambino. Eppure, generali, editorialisti, ministri, pronunciano quella formula, guerra preventiva, con l’innocenza artificiale di chi sa perfettamente cosa sta facendo: normalizzare l’anomalia. Intanto, sulle testate mainstream campeggiano titoli che ancora una volta ribaltano la realtà, riportando una reazione come se fosse un attacco: “La Russia dichiara guerra all’Europa”.

Questa è la neolingua del presente: non più un meccanismo letterario, ma un dispositivo operativo, una tecnologia del consenso che prepara i cittadini a fuoco lento portandoli ad accettare l’inaccettabile. È un processo a tre stadi: il primo introduce le metafore della guerra anche dove non esistono; il secondo rende la guerra un’opzione legittima, quasi inevitabile; il terzo ribalta i significati, fino a far sembrare “difensivo” ciò che è aggressivo, “necessario” ciò che è suicida. È così che si prepara una popolazione alla catastrofe: non con le armi, ma con le parole.

 

Gaza, il punto di ebollizione

E oggi siamo arrivati al punto culminante di cottura della rana bollita: Gaza. Qui la distorsione linguistica ha superato perfino la fantasia distopica di Orwell. La realtà è stata sovvertita in diretta, alla luce del sole, con una sfacciataggine che fa quasi paura: i bambini uccisi vengono giustificati con l’accusa mai provata di essere usati come “scudi umani” da Hamas; la fame, provocata deliberatamente da Israele, viene ribaltata come accusa su Hamas, che sottrarrebbe viveri e rifornimenti per arricchirsi; la distruzione sistematica di un popolo viene presentata come “legittima difesa” di un altro che deve difendersi da Hamas che vuole distruggerlo.

Narrazioni costruite a tavolino, non fatti. Non esiste una sola prova concreta di quel che dice l’IDF, né sugli ospedali che secondo loro nascondono centri militari, né sui centri umanitari usati da Hamas come ricovero di armi e di uomini, né sui presunti “bunker” sotto le scuole. Più realisticamente, suonano come mistificazioni utili a coprire un progetto di annientamento che risponde alla definizione della Convenzione ONU sul genocidio («sterminare in tutto o in parte» un gruppo), e che colpisce soprattutto i bambini perché rappresentano il futuro demografico dei palestinesi.

 

Criticare Israele è davvero un crimine?

Si. Ogni critica a Israele e all’ideologia sionista è stata trasformata in antisemitismo, una manipolazione calcolata che non serve a proteggere gli ebrei ma a silenziare qualunque dissenso politico, storico, etico. Il linguaggio è diventato una gabbia. E nella gabbia, oggi, hanno deciso di chiudere anche la politica estera. Non a caso negli ultimi mesi in Italia sono fioccate proposte di legge volte ad adottare la controversa definizione operativa di “antisemitismo” fissata dall’International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA), una definizione molto criticata perché, di fatto, livella ed equipara la critica politica allo stato di Israele all’odio razziale e religioso.

Il più noto è il DDL 1627, presentato al Senato a ottobre 2025 dal senatore Maurizio Gasparri, che mira a rendere vincolante per scuole, università e istituzioni pubbliche la definizione IHRA, compresi i suoi “esempi esplicativi” che equiparano critica a Israele o sostegno alla causa palestinese ad antisemitismo. Un secondo testo, a firma del senatore della Lega Massimiliano Romeo, propone analoghe misure restrittive sotto la “lotta all’antisemitismo” ed è segnalato come potenziale “bavaglio al dissenso”. Un terzo disegno, il DDL S.1575, presentato da un esponente di Italia Viva, Ivan Scalfarotto, si trova attualmente in commissione e propone analoghe misure, finalizzate all’adozione della definizione IHRA.

Tutte queste proposte, pur con dettagli diversi, condividono la stessa matrice: rendere giuridico e sanzionabile ciò che secondo la definizione IHRA può ricadere sotto “antisemitismo”, inclusa la critica politica allo Stato di Israele e al sionismo. L’equiparazione sistematica di “antisionismo = antisemitismo” è non solo una pericolosa deriva antidemocratica e verso una plateale manipolazione delle radici delle parole, ma rischia di trasformare il dissenso in crimine, in reato politico semplici opinioni, analisi, reportage, manifestazioni, con conseguenze concrete e imprevedibili su libertà di espressione, di ricerca, di insegnamento. L’approvazione di uno o più di questi ddl significherebbe non solo un controllo semantico sui media o sulla piazza, ma un’effettiva regolamentazione del pensiero critico. Questo non è accanimento retorico: è una strategia politica repressiva che si serve della legge per imporre un confine invalicabile tra ciò che è lecito dire e ciò che invece è reato anche solo pensare.

 

Asimmetrie morali

Ma la distorsione linguistica non si ferma qui: produce effetti tangibili, immediati, mostruosi. Soprattutto, produce una gerarchia morale in cui alcune vite contano infinite volte più di altre. Lo si è visto pochi giorni fa: Fadi e Jumaadue fratellini palestinesi, 9 e 12 anni, sono stati uccisi da un drone israeliano nella Striscia di Gaza mentre raccoglievano legna. Non c’era alcuno scontro, nessun combattente, nessuna “minaccia”. Solo due bambini che avevano osato superare una linea immaginaria di sicurezza imposta da Israele. Colpiti, dilaniati, cancellati. La notizia è scivolata presto nei feed come un rumore di fondo: nessuna apertura dei telegiornali, nessun editoriale furibondo, nessun comunicato dell’Unione europea, nessun cordoglio istituzionale. Un massacro classificato come “incidente”, cioè come rumore.

A due giorni di distanza, a Roma, sono apparse quattro scritte su un muro accanto alla Sinagoga di Monteverde e sulla targa dedicata al piccolo Stefano Taché, il bambino di due anni ucciso nell’attentato al Tempio di Roma del 1982. In un attimo si è scatenato l’inferno: conferenze stampa, dichiarazioni furibonde della Comunità ebraica, del sindaco, della Regione, del Presidente della Repubblica Mattarella, che pure sui bambini palestinesi aveva taciuto. Nulla da eccepire, gli atti vandalici vanno condannati senza esitazioni. Ma è l’asimmetria che sconcerta. È la sproporzione etica che si inserisce perfettamente nella logica della neolingua: la parola incisa sul muro diventa più grave di un bambino vaporizzato da un drone.

 

Quando il linguaggio annienta la realtà, tutto diventa possibile

Questo è il punto di non ritorno. Un mondo in cui quattro scritte indignano più dell’esecuzione di due bambini non è un mondo confuso: è un mondo perso, alla deriva, programmato per non vedere il naufragio. È un mondo in cui il linguaggio non descrive più la realtà, la annienta. E quando ciò accade, tutto diventa possibile: l’impunità, il rovesciamento dei significati, la repressione del dissenso, perfino la criminalizzazione di chi ancora si ostina a dire che due bambini morti valgono più di una vernice su un muro.

La realtà è stata messa fuorilegge. Siamo a un passo dal rendere, stavolta per davvero, come scriveva Orwell, il crimine di pensiero un reato perseguibile. E allora sì: il filo rosso che parte dal Covid, attraversa l’Ucraina e arriva a Gaza, non è solo un mutamento del linguaggio. È la costruzione di un sistema politico che ha deciso di governare non attraverso la verità, ma attraverso il controllo del sensoDisinformazione è Verità, Controllo è Sicurezza. Aggressione è Autodifesa. E questo, più di ogni altra cosa, dovrebbe farci paura.


: storica, ricercatrice e scrittrice, indaga le fratture della storia e le rimozioni dell’Occidente, dal conflitto israelo-palestinese alle manipolazioni linguistiche. Non allineata per scelta, esplora mondi, discipline e le sfide dell’intelligenza artificiale. Viaggiatrice e pellegrina, ha percorso 3.000 km a piedi in solitaria, 450 dei quali in Terra Santa. Camminare è il suo modo di pensare, un’indagine radicale dello spazio e del tempo. L’incontro e l’ascolto sono il fulcro del suo approccio: custodisce storie e testimonianze che continuano a formarla e ad ampliare il suo sguardo sul mondo.

[Fonte: www.sinistrainrete.info]

quinta-feira, 9 de abril de 2026

Los lugares que perdimos



Escrito por Rubén Darío Álvarez

Supe que la nueva imagen no era lo que esperaba cuando al llegar me recibió una geometría regular, luminosa y transparente. El discreto toldo que servía de refugio a los fumadores dio paso a una estructura de vidrio que podrá ser cualquier cosa menos discreta y que estará más a tono con el consumo de vaporizadores electrónicos, según los tiempos que corren. Un letrero resplandeciente grita “COVADONGA”, pero no se lee por ninguna parte el lema del lugar, “tradición y bohemia”, lo cual resulta adecuado pues su imagen exterior no proyecta ni tradición ni bohemia. Si tuviera que definir la arquitectura de la nueva fachada diría que tiene un estilo mítico y métrico, pues evoca a partes iguales el centro comercial Mitikah y algunas estaciones del metro, sobre todo de la renovada línea 1.

Cuelga del techo una lámpara con varios círculos tangentes que desde el ángulo adecuado me parece una serpiente de neón o de halógeno o de cualquier otra tecnología fluorescente. Esta serpiente imaginaria me recuerda al reptil que en el mito bíblico invitó al pecado, pero aquí no hablamos de Eva sino de Nuestra Señora de Covadonga, y la tentación en la que finalmente cayó fue la del diseño corporativo. O quizás, la verdadera tentación fue la de apelar a un público cada vez más homogéneo y moderno, manzana que han mordido muchos establecimientos de la Ciudad de México.

Adentro la luz es incluso más intensa que antes, pero lo demás sigue igual. Todo en orden: tradición y bohemia. Los niños sonríen. Por fortuna, el Covadonga sigue siendo el Covadonga, a diferencia de otros tantos lugares que ya no son lo que eran, o que de plano ya no existen.

A propósito de nada, me acuerdo que hace unos meses caminaba por avenida Revolución, cerca de un lugar en el que viví durante mis últimos años como estudiante universitario. Como no tenía prisa pero sí nostalgia, decidí desviarme de mi camino para pasar enfrente de ese sitio. Tenía curiosidad de ver cómo habían pasado los años por esa casa, sabiendo con exactitud cómo habían pasado por mí mismo. Pronto, mi ánimo de voyerista se topó con pared, vaya, con una de esas paredes de metal que se suelen colocar alrededor de las grandes construcciones para aprovechar y rentarlas con fines publicitarios. La casa ya no existía y en su lugar había un espacio vacío en el que pronto habría un edificio de departamentos. 

Unos anuncios de lona en inglés y español invitaban al peatón a aprovechar la preventa pues era una excelente oportunidad de inversión. A pesar de que entiendo las dinámicas económicas y sociales que hacen brotar cada vez más construcciones de ese estilo, no pude evitar sentirme triste por la destrucción de esa casa en cuyo lugar habrá un edificio de departamentos. No estoy seguro de qué pasará con los fantasmas que queden bajo los escombros.

He llegado a pensar que todos los lugares que amé ahora son una marisquería, o una taquería con vocación de baño, o un café de matcha, o una sala de despecho. O pronto lo serán: para allá vamos todos. Y con estos cambios en el paisaje de la ciudad es natural que cambien también los hábitos de convivencia de sus pobladores, que en este nuestro año 2026 es lo mismo que decir hábitos de consumo. Pienso en varios de estos fenómenos de consumo y de convivencia que me resultan por una parte desconocidos y por otra parte difíciles de comprender.

Pienso, por ejemplo, en que han ganado popularidad los clubes de runners, es decir corredores. Asociaciones de gente que se reúne para realizar en grupo actividades (en este caso, correr) que yo consideraba ideales para hacer solo. Y pagan por ello. Y está bien, porque no lo pagan con mi dinero, pero no está tan bien, porque pagan por algo que podrían hacer gratis. 

Hace poco me enteré de la existencia de clubes de escucha de vinilos. Y hace poco me enteré de que un bar (así es, en la Roma) invitaba al público a una sesión grupal para escuchar el Artaud de Pescado Rabioso, previo pago de una cuota que ahora no recuerdo si ascendía a doscientos o doscientos cincuenta pesos. Y eso sí que no está bien aunque no lo hagan con mi dinero, porque escuchar el Artaud debería ser un acto íntimo, confesional, que induzca un éxtasis a partes iguales erótico y religioso. Pero quién soy yo para decir cómo debe practicar la gente su fe y ejercer su placer y cómo debe escuchar sus vinilos.

Pienso en los coffee raves, que al igual que los running clubs y las listening parties abrevan del inglés para referirse a conceptos que podrían nombrarse en español y que, de hecho, podrían solo no existir. No es que tenga algo en contra de este tipo de reuniones diurnas y cafeinadas, simplemente no las entiendo, y me imagino que su auge reciente tiene que ver con aquel mandamiento de que las tiendas de café no han de vender café sino experiencias.  

Hace poco (a propósito del inminente mundial de futbol) el gobierno de la Ciudad de México organizó un desfile de catrinas futboleras. En marzo. Así que este año me tocó sentir en marzo lo que siempre siento entre octubre y noviembre: que la película en la que James Bond es un expat en la Ciudad de México tuvo consecuencias desastrosas para nuestra identidad cultural. Y me pregunto si, en algún momento, todos los meses tendrán su propio desfile de catrinas hasta que estos (desfiles y catrinas) se hayan desprendido por completo de su significado original. También me pregunto qué sentido tienen todos estos desfiles de catrinas si, a final de cuentas, ya todos llevamos a cuestas nuestro propio cadáver.

Antes si querías ver a gente disfrazada de cadáver tenías que ir a Centro de salud, el after, y se me ocurre que hace años que no voy y más bien es posible que ya nunca iré. Por su cercanía relativa, me acuerdo de Abarrotes Minions y concluyo que uno no siempre puede volver a los lugares donde fue feliz, porque a veces esos lugares cierran para siempre.

Pienso en las cosas que antes eran y ya no son. En los lugares que perdimos por el sismo y por la pandemia, en los que perdimos por la motosierra y en los que hemos perdido por cualquier otro motivo, y en todos aquellos que cambian porque no pueden ir a la velocidad de esta metrópoli (al final, como reza el eslogan político, esta es la capital de la transformación). Me alegra saber que nuevas generaciones seguirán llegando a vivir en  esta ciudad, a transformarla y transformarse con ella, y seguirán encontrando un lugar aquí.

Debajo de la marquesina de vidrio del Covadonga, pienso que esta ciudad es muy diferente de la que conocí hace diez años, cuando empecé a vivir en ella, y que en diez años será tan diferente que me costaría reconocerla si no viviera aquí. Sobre todo porque nunca dejará de cambiar, la Ciudad de México seguirá siendo la misma de siempre. Y allá afuera la gente seguirá paseando a sus therians bajo la suave lluvia. 

Y el Covadonga seguirá siendo el Covadonga. Y nosotros, aunque habremos cambiado, también seguiremos siendo los mismos.

Rubén Darío Álvarez, ensayista y cazafantasmas

[Fuente: .www.nexos.com.mx]