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| El filósofo Eduardo Subirats en una imagen tomada en 2015 |
Publicado
por Bernardo Álvarez-Villar
“No
me creía que alguien quisiera hacerme una entrevista en España. Pensaba que era
una broma”. Hasta ese punto se considera Eduardo Subirats (Barcelona, 1947) una
figura censurada y ajena al país que abandonó hace ya más de tres décadas. Es
difícil pillarlo en España más de dos o tres días al año. El filósofo y
profesor en Princeton soltó amarras con una nación y una tradición cultural que
para él es la de la expulsión de los judíos y moriscos, la de la destrucción de
las culturas indígenas en América y el exilio y represión de los liberales e
ilustrados: “En España nunca ha existido sentido crítico ni voluntad
transformadora”, lamenta durante la entrevista. Uno de los muchos hilos que
conforman su amplia obra ensayística indaga en esa carencia: La ilustración
insuficiente, El continente vacío, Memoria y exilio, Deconstrucciones
hispánicas… Su España, de ser alguna, es la España que se marchó lejos, la
de Juan Goytisolo, Américo Castro o José María Blanco White. La España
ninguneada y silenciada bajo la losa del pensamiento único. La España
herética.
Pero
las ideas de Subirats se componen de una alquimia mucho más rica y heterogénea.
Una macedonia en la que el lector saborea las sabidurías y mitologías de las
primeras civilizaciones y del mundo precolombino americano, las corrientes
radicales europeas, la contracultura de los sesenta, la Escuela de Frankfurt,
el marxismo crítico, las vanguardias artísticas y literarias del siglo XX, la
alta cultura alemana, el psicoanálisis, la tradición sefardí… Sus dos últimos
libros, A plena luz caminamos a ciegas y El intelectual, obscena
ausencia, ambos editados en México, son una buena muestra de las
inquietudes de un pensador erudito, marginal e insobornable al que le gustaría
creer en aquel verso de Holderlin: “Allí donde está el peligro crece también lo
que salva”. Apenas está dos días en Barcelona, pero accede a dedicarle uno casi
entero a repasar su vida y pensamiento para CTXT.
Nació en 1947, ¿verdad? En
plena posguerra…
Nací
aquí, en este mismo barrio de Gràcia, y estudié en el colegio alemán, porque mi
madre era alemana de padre judío. Se salvó por poco del genocidio. A mi
bisabuela la metieron en un campo de concentración, pero entró ya tarde y no
tuvieron tiempo de liquidarla. Qué personajes, parecen fantasmas… La familia de
mi madre escapó de los campos de concentración y mi padre estuvo preso en uno
franquista después de la guerra, porque era republicano y había sido soldado de
la república. De pequeño me contaba historias de las vicisitudes que pasó en el
campo de concentración. Claro, con ese pasado, yo lo único que deseaba era
irme. Empecé Medicina porque quería ser psiquiatra. Me fui a trabajar a un
hospital psiquiátrico en Suiza, porque lo que había aquí eran cámaras de
tortura, una cosa horrorosa. La Suiza alemana era un lugar muy atractivo,
porque allí se concentraron durante la guerra, y ya antes, muchos psiquiatras
judíos que huyeron de Alemania, Jung entre ellos, y que generaron una cultura
psiquiátrica fascinante. Yo estaba enamorado de todo eso.
¿En qué año fue eso?
Yo
llegué allí en el 68, cuando la industria química empezó a expulsar a esos
psiquiatras de los hospitales y a sustituirlos por psiquiatras de una escuela
más bioquímica. Vi que aquello no era para mí. Éramos guardianes y nuestra
tarea consistía en vigilar que los internos tomasen todas las pastillas
prescritas. Además, se hacían experimentos humanos con fármacos. Pero era un
hospital muy bueno, con mucho dinero, y tenía un pabellón de internos artistas.
El mundo del arte está lleno de locos. Pero tuve dos experiencias trágicas, muy
desagradables, y me di cuenta de que no era lo mío.
Haber presenciado la
liquidación de las corrientes psiquiátricas fenomenológicas y humanistas en
favor de una metodología mecánica y positivista, ¿fue una primera experiencia
filosófica que luego fue desarrollando en su obra?
Claro,
me quedó la nostalgia de todo aquello. Había locos interesantes, es que había
locos muy interesantes. Pero, en fin, decidí estudiar Filosofía y me fui a
París y después a Berlín, donde aprendí mucho. En París, después del 69, iba a
las clases de Deleuze y Lyotard. También estuve en contacto con los
situacionistas, y conocí ese ambiente entre bohemio, artístico y
revolucionario. Luego me fui a Berlín, y lo que encontré allí no se puede
comparar con el mundo actual. Los estudiantes estábamos en pie de guerra y
queríamos acabar con aquel sistema siniestro –era la época de la guerra de
Vietnam–. Y algunos profesores, tanto en París como en Berlín, apoyaban a los
estudiantes. Había una dinámica intelectual tan activa, tan creativa y tan
libre que aprendías sin hacer nada. Me quedé unos años en Alemania, porque
vivir en aquel Berlín militarmente ocupado es la más profunda experiencia de
libertad que yo he tenido en mi vida.
Suena paradójico.
Suena paradójico. Pero, ¿por qué? Pues porque era una ciudad ocupada, donde
realmente no había Estado. Todos los estudiantes que no querían hacer el
servicio militar, y que por lo tanto tenían una actitud muy crítica con el establishment
político, iban a Berlín. Era una ciudad absolutamente maravillosa. Estaban los
viejos supervivientes de la guerra y los jóvenes. Era un perfecto caldo de
cultivo para el desarrollo de ideas y de acciones. Ahí empezó un feminismo muy
radical y una especie de nueva izquierda que tenía una visión filosófica
interesante. Un tema que me persiguió siempre y que perseguí siempre es el del
esclarecimiento. Yo estaba en un instituto que se llamaba Instituto de las
Ciencias de las Religiones. El título, con ese plural de “religiones”, ya era
un signo de crítica en un país protestante. Se hacían cosas fascinantes, y
había un clima volcado en la actividad intelectual y creativa. Eso ha
desaparecido completamente. En España nunca ha existido.
¿Conoció el ambiente universitario español en la época del final de la
dictadura?
Estudié
un tiempo Filosofía aquí en Barcelona. Un profesor se llamaba a sí mismo
tradicionalista, fascista y católico. Y luego había un liberal, un tal Emilio
Lledó, que era un ignorante, una mala persona realmente. Y luego había una
generación más joven, que eran ignorantes, que eran los marxistas-leninistas.
Manuel Sacristán no estaba, porque le habían expulsado, pero era el gurú. Los
profesores eran mediocres y dogmáticos, y ahí decidí irme y ya no regresé hasta
el 79 u 80. Cuando volví no me dejaron entrar en Filosofía, porque había estado
en Berlín y en Francia y era un competidor no deseado. Eso fue para mí una gran
suerte, porque entré en Arquitectura en Barcelona, donde había un ambiente
mucho más dinámico. Por la razón de que los arquitectos son artistas, y además
la arquitectura es una ciencia con gran compromiso social y político. La
Facultad de Arquitectura en aquella época era un verdadero campo de batalla.
Allí encontré a un grupo de jóvenes dinámicos con los que hicimos revistas y
algunas acciones de protesta muy divertidas. Era la actitud de una nueva
generación que cuestionaba a la que había entrado en el poder, es decir, a los
socialistas y los progresistas, porque nos dábamos cuenta de que eran unos
canallas y unos traidores. Se trataba de boicotear las tentativas de introducir
la conciencia neoliberal en el espíritu subversivo de la facultad. Eso duró dos
o tres años, bastante interesantes, y ya me fui a Estados Unidos y a Brasil.
En esa época, en España,
¿tuvo contacto con Agustín García Calvo, el grupo de los ácratas y esa
vertiente más heterodoxa del pensamiento español de la época?
A
los ácratas los conocí en un viaje a Madrid en el 68. Era un grupo pequeño,
pero muy atractivo para un joven. En ese viaje conocí el ambiente, que entonces
era mucho más radical que el catalán. El catalán es un hombre que puede ser
radical, y existen grandes nombres en la cultura del país que se pueden
considerar radicales, y quizás el más importante es Gaudí. Pero el catalán
siempre se fascina con lo estético, se queda en el mundo estético. Esto (mira
a su alrededor y abarca con sus manos los salones modernistas del Hotel Casa
Fuster) está hecho por una imaginación completamente revolucionaria,
explosiva. Eso era Barcelona, y en cambio Madrid era anarquista, de la
tradición de la generación del 98, de las novelas de Pío Baroja…
¿En qué momento y por qué
motivo se fue de España?
El
momento de corte fue uno de los estados de excepción decretados por Franco, en
el que hubo una represión terrible. Diría que en el año 72. Para mi generación
aquel fue un momento de depresión absoluta. Eso en Cataluña dio lugar a dos
bandos: uno que se resignó, dejó la batalla y desapareció del mapa; y otro que
se fue por el lado de la estética o de la intelligentsia. Aún había un
cierto mundo intelectual, muy pobre, que permitía vislumbrar una salida: la
editorial Tusquets o Anagrama, en su época heroica, eran una especie de
alternativa, pero muy débil.
Uno de los primeros libros
del catálogo de Anagrama reúne textos situacionistas traducidos por usted.
En
ese momento estaban abiertos a ese tipo de cosas.
¿No quedaba en Barcelona
nada de la mítica tradición anarquista de la ciudad, de aquella Rosa de Foc?
Toda
esa generación había muerto. Yo conocí a algunos, un grupo de anarquistas en el
sur de Francia. Era un mundo de obreros que se habían adaptado y vivían en una
especie de poblado, de casitas muy chiquitas, muy humildes, pero con un pequeño
terreno que cultivaban. Allí realizaban esa utopía anarquista que viene de muy
lejos, porque es esa utopía que Cervantes pone en boca de Don Quijote, cuando
ve que no puede cumplir sus grandes deseos de transformar el mundo como
caballero andante y ya agonizando quiere tener un jardín. Es esa tradición que
reúne ciertos momentos de la tradición epicúrea y algo más que no sé muy bien
qué es. Así vivían esos anarquistas, que eran personajes muy interesantes. Pero,
claro, se los comió la historia. Sus hijos ya se adaptaron, eran franceses, y
yo fui amigo de alguno de ellos. Era un caldo de cultivo interesante, pero que
no tenía futuro. Luego me fui y me olvidé de ellos y de todo. No me enteré de
la muerte de Franco. Me dediqué a estudiar filosofía alemana en Berlín.
¿Y qué pensó cuando se
enteró de la muerte de Franco?
Como
conocía a la generación de recambio, que estaba en el establishment, y
sabía de sus limitaciones intelectuales, no me mezclé con esa gente.
¿Qué valoración hace del
68 y todo lo que ocurrió en torno a esa fecha? Me refiero a las diferentes
corrientes filosóficas, políticas, culturales, artísticas…
El
68 significó una ruptura en todos los aspectos, empezando por la psiquiatría.
Para mí fue un momento muy renovador y estimulante, también en la teoría
social, la teoría crítica y las filosofías críticas. Yo me alimenté de todo
eso. Las clases de Deleuze fueron un estímulo muy interesante, porque era
cuando estaba escribiendo El Antiedipo. Yo venía de la psiquiatría,
había huido de su declive y me había encontrado con un personaje que hacía
explícitamente la guerra contra el aspecto conservador del psicoanálisis.
Estaba ese mundo representado por Deleuze, pero antes fue Guy Debord.
¿Qué aprendió de Debord?
Debord
tuvo un gran éxito, porque realmente fue la chispa intelectual que prendió el
fuego del 68. Yo conocí a esas personas, auténticos enragés (enfurecidos),
un grupo brillante. La sociedad del espectáculo me parece un libro
absolutamente genial. Es la descripción del mundo en el que nos encontramos:
las guerras son espectáculos, y es el espectáculo el que decide la estrategia
de las guerras. Los sistemas de propaganda se han perfeccionado a tal nivel que
constituyen una nueva realidad. Ese punto de partida me abrió intelectualmente
a una nueva perspectiva.
Eduardo Subirats en 1959
¿Cuáles fueron sus
influencias intelectuales en Alemania?
Alemania
era otra cosa, porque allí todavía vivían los últimos intelectuales humanistas
en el sentido moderno y crítico. Adorno y los adornianos estaban en Frankfurt.
En Berlín estaba, entre otros, Klaus Heinrich, que era un profesor de tradición
humanista. Él formulaba una crítica contra la instrumentalización tecnocrática
de la ciencia moderna y de la tecnología con fines destructivos. Ese era el
punto de partida epistemológico de lo que más o menos claramente formulaba como
una nueva orientación o como una redefinición del proyecto de la Aufklärung
(Ilustración) alemana. Hacía además un trabajo de recuperación de las
tradiciones artísticas. Él juntaba el cielo con la tierra, juntaba crítica
filosófica y mitología griega con una conciencia política muy crítica. En torno
a él se formó un seminario con la perspectiva de reformular el espíritu del
esclarecimiento. Mi vida en Berlín oscilaba entre las protestas callejeras y
este humanismo esclarecedor, con una base de religiones griegas y referencias a
las tradiciones críticas del arte alemán. Esto era muy conveniente para un
joven español que se llevaba muy mal con el mundo español. Estoy hablando de
los años 80, que es el momento de la caída en picado del progresismo español en
la corrupción y en la banalidad. Eso fue lo que me salvó.
Durante sus años en Berlín
viajó por algunos países al otro lado del Telón de Acero, ¿cómo fue esa
experiencia de conocer el mundo soviético?
En
el 68 estaba en Basilea, en el psiquiátrico, y conocí a Karel Kosic, el
escritor checo. Nos invitó a mí y a otros amigos alemanes a conocer la
Primavera de Praga, y ahí fuimos. Fue una aventura, porque la situación era muy
grave. De hecho, estuvimos allí una semana antes de que entrasen los tanques.
Allí conocimos al grupo de intelectuales que rodeaban a Karel Kosik, que eran
fascinantes. Los jóvenes tenían un concepto del compromiso político mucho más
intenso del que podía haber imaginado en París o en Madrid. Los ácratas fueron
el ejemplo más interesante en Madrid, y los situacionistas en París, pero lo
que vi en Praga era política de verdad, con un proyecto claro que fue
destruido. Aquel viaje supuso el contacto con el mundo del fascismo, un
fascismo diferente al español, pero de una brutalidad comparable o quizás
peor.
¿Conoció también la
Alemania Oriental?
En
Alemania Oriental, lo mismo. Estuve en contacto con un grupo de comunistas del establishment
de allí. Nosotros éramos un grupo de jóvenes radicales con un proyecto de
educación social. Y crearon una institución maravillosa que eran los clubs
republicanos, algo parecido a los ateneos de la época republicana española.
Fuimos a Alemania del Este varias veces y allí contactamos con personas del
Partido Comunista que estaban interesados en esos clubs porque les servían para
extender su propaganda. Eran buena gente, pero provincianos. Un poco lo mismo
que ocurría con los republicanos españoles que conocí en Francia. Eran unos
santos, pero eso no iba a ninguna parte. Me interesaban más movimientos como
los situacionistas, que tenían una mente universal y procedían del surrealismo.
Ellos se consideraban herederos de la revolución surrealista, y generaron una
fuerza de choque intelectual inmensa. El mundo de los republicanos españoles y
el de los intelectuales comunistas, incluyendo el propio Kosic, no llegaban a
esa altura. En el fondo eran socialdemócratas, y trataban de alcanzar una
entente cordial con los valores liberales de esa Europa de principios de siglo
que ellos respetaban y añoraban. En todos encontraba limitaciones, y por eso me
fui.
¿Cómo fue la recepción de
sus primeras obras en España?
En
cuanto empecé a escribir cosas un poco más críticas, como el libro de La
ilustración insuficiente, fui atacado por el establishment. Que qué
me había creído. Era la actitud de esa izquierda desechable, y el ejemplo es
Fernando Savater. La izquierda madrileña que yo conocía, inclusive miembros de
los ácratas, venían de un contexto familiar y cultural fascista.
Eran los hijos rebeldes,
¿no?
Eran
los hijos rebeldes, como los Sánchez Ferlosio, con los cuales estuve
íntimamente relacionado a través de Carmen Martín Gaite. En un momento dado me
hice muy amigo de ella, que era esposa de Rafael Sánchez Ferlosio. Viví de
hecho unos meses en casa de Martín Gaite, y fue muy bonito. Era una voz
intelectual femenina, sensible, que conocía el mundo liberal. Tenía una hija
muy inteligente, algo más joven que yo, que era realmente de la generación de
la Transición. Ella y muchos de sus amigos tenían padres o abuelos en la
extrema derecha. Esta hija de Martín Gaite es un ejemplo muy claro de esa
generación: mujer bien formada, lúcida, crítica, pero completamente
decepcionada. Si a los 18 años pierdes toda la ilusión, ¿qué haces? Pues ella y
varios en su grupo de amigos acabaron en la heroína y contagiándose de sida.
Ese fue el desmoronamiento interno de la democracia liberal española, que no
tenía la menor consistencia. No fue un desmoronamiento político, sino moral de
sus hijos, que eran conscientes de que sus padres eran unos cabrones y que se
encontraban en una situación completamente esquizofrénica, en la que el discurso
decía ABC y la realidad decía XYZ. ¿Qué haces, entonces, en una sociedad que
tampoco ofrecía posibilidades de supervivencia en actividades intelectuales?
Pues te entregas a la droga, y cayeron por docenas.
La hija de Martín Gaite y
Sánchez Ferlosio falleció de sida.
Yo
estuve en el entierro, y creo que ese entierro fue el momento que me reveló la
profunda podredumbre de la derecha española, pero también de una izquierda que
se había adaptado a una retórica banal y cuyo máximo exponente era Savater:
brillante, potencia retórica, absoluta inconsistencia y ninguna visión de
futuro. Esa generación se suicidó. En ese entierro estaba un grupo fascista, de
la familia del padre de la difunta; el grupo del padre de su novio, que era
Carlos Castilla del Pino, un famoso psiquiatra marxista; y el grupo liberal de
Martín Gaite y sus amigos, en el que yo me encontraba. Y luego estaba el otro
grupo, el de los amigos de la difunta, que era totalmente siniestro y oscuro.
Veía cómo la depresión había acabado con ellos.
Una representación de la España de la época.
Sí,
y en medio de todo eso, el padre y la madre, que eran figuras muy importantes.
Allí había muchos personajes de la intelectualidad. Realmente estaba allí toda
la élite liberal. Aquello era una ceremonia en la que se rendía reconocimiento
a un proyecto fracasado, pero no se asumía como tal. Simplemente se reaccionaba
ante esa situación con una depresión profunda, que no era capaz de articularse
intelectualmente. Y ahí pensé: bueno, de aquí hay que irse rápido.
Eduardo Subirats en 1976
He leído en algunos de tus
textos de esa época comentarios muy elogiosos de María Zambrano…
¡Ah,
claro! ¡Me olvidaba de María Zambrano!
¿Es quizás la excepción a
esa nulidad intelectual que le achaca a la cultura española?
La
verdad es que lo que siempre me ha salvado de bastantes decepciones han sido
las mujeres. Las dos mujeres que me apoyaban en España eran Zambrano y Martín
Gaite. Zambrano tenía un pensamiento original, y había tenido una relación muy
íntima con la vanguardia literaria del Caribe. Había tenido la experiencia del
exilio en Suiza, que ella llamaba su paraíso, y hacía una crítica social,
digámoslo así, aceptable. Yo frecuenté su casa cuando vivía en Madrid. Decía
mucho una cosa que me hacía reír: “En Madrid hay mucha madera intelectual, pero
faltan chispas para prender la hoguera”. Tenía una visión muy distante, y
sentía mucho haber abandonado su paraíso en Suiza. Aceptó el convite, supongo
que por dinero, y la instalaron en un apartamento cerca del Hotel Ritz. Era un
personaje adorable, más adorable que Martín Gaite, con la que acabé peleándome
porque era muy nacionalista. Ella siempre me reprochaba que estuviera viajando
por el extranjero y que no viajase más por España antes de irme por esos
mundos.
Otra mujer de la que habla
mucho es de Luisa Isabel Álvarez de Toledo, la marquesa roja.
¡Ah!
Esa es la tercera mujer. Yo estaba escribiendo El continente vacío y me
encontré un libro suyo llamado No fuimos nosotros donde, en definitiva,
decía que España no había descubierto nada porque los árabes habían descubierto
América mucho antes. Ella tenía un archivo con mapas muy antiguos, que me
enseñó, y documentos que ponían de manifiesto eso. Fue muy osada y es un
personaje que habría que reivindicar. En el 93 publiqué El continente vacío
y el libro fue destruido.
¿Qué sucedió con ese libro?
En
esa época viajaba mucho a México, y allí contacté con Siglo XXI, les dije que
estaba escribiendo un libro sobre la conquista de México y me dijeron que
estaban interesados en publicarlo. En esos años vivía entre Princeton, Madrid y
Toledo, donde me había comprado una casa linda en el barrio judío. En ese
periodo, alrededor del 92, se concentró en España un grupo curioso de jóvenes
exiliados judíos latinoamericanos, que llegaban huyendo de las dictaduras
militares. Era un grupo muy interesante, y ahí fue donde conocí a Mario
Muchnik, que acababa de crear una editorial independiente dentro del grupo de
Anaya. Le hablé del manuscrito y aceptó publicarlo. Muchnik tenía muy buenas relaciones
con la política, sobre todo con socialistas, y estaba muy bien colocado. Hizo
una campaña publicitaria y de presentaciones muy sólida, lo más sólido que
nunca he visto en España. El libro tuvo cierta repercusión, pero una
repercusión negativa. El libro es un ataque al papel de la Iglesia católica en
el proceso de conquista, y así lo expuse claramente sin saber dónde me metía.
Menos de un año después de aparecer el libro, la gente que estaba al frente de
Anaya, ligada al Opus Dei, decidió que aquello no se podía tolerar. Primero
defenestraron a Muchnik y luego vendieron el libro como papel.
¿Con La ilustración insuficiente y El continente vacío se ganó
la fama de intelectual antiespañol?
Sí,
ahí se acabó. El continente vacío creo que es algo que los españoles no
me van a perdonar. Mi posición siempre había sido muy ambigua, muy crítica.
Además, con esto ya me metía con la política, porque estábamos en los festejos
del Quinto Centenario. Pero no me gané la fama de antiespañol, sino de
criptojudío.
Que viene a significar lo mismo en los códigos del tradicionalismo castizo.
Sí,
pero además hay una cosa que yo defiendo, y que me parece obvia, y es que la
conquista de América solo se podía haber hecho sobre la base del genocidio
islámico y de la expulsión de los judíos. Muchos judíos expulsados se fueron a
América, y hay una gran cantidad de literatura crítica con la colonización
escrita por judíos que tenían que ocultar su judaísmo, como Bartolomé de las
Casas. Yo me protegía con esos autores como aliados y decía: señores, estoy
defendiendo una tradición que es más española que nadie. Ahí está Vives, los
hermanos Valdés, Bartolomé de las Casas…
¿Se había mudado a la judería de Toledo en un gesto consciente y deliberado
de reivindicar esas raíces?
Sí,
eso fue. Tenía curiosidad y la sigo teniendo. El mundo sefardí es muy actual y
tiene una tradición maravillosa.
Aquel año 92, además del
Quinto Centenario de la conquista, lo era también de la expulsión de los
judíos.
Y de la destrucción del reino islámico de Granada, la gramática castellana y la
lexicografía de Nebrija, que es el acto de purificación de la lengua española
de elementos hebraizantes e islamistas. Es un paquete. Yo no me di cuenta
cuando lo estaba escribiendo. Ahora estoy escribiendo un libro sobre Cervantes
que va en una línea similar.
¿En qué
sentido?
Sostengo que el Quijote es la conciencia histórica
del fracaso del imperio español. El proyecto de ese loco de hacerse caballero
andante es el proyecto que nace de la conciencia de la decadencia española. Y
es algo muy claro en el texto, aunque se recubre sutilmente en esas situaciones
que te hacen morir de risa. Mi interpretación hace de Don Quijote una crítica
contemporánea de la crisis de la sociedad española. La segunda parte del
Quijote, que nadie lee, la reconstruyo desde la perspectiva de la crítica del
espectáculo de Guy Debord. Ahí está la modernidad que se atisba y se critica
ácidamente, pero con humor, y la conciencia de un imperio que nace como poder
genocida. Todo esto lo hago apoyándome en Américo Castro, otra persona
expulsada de la cultura española.
Fue uno de los
intelectuales más críticos con los fastos del Quinto Centenario, igual que
antes lo había sido con la Movida, dos de los grandes hitos culturales del
progresismo oficialista español.
A
la Movida no le doy mucha importancia porque era algo que no tenía ni pies ni
cabeza. Sí, supongo que me he ganado a pulso que me odien. Lo que ocurre es que
ahora el mundo español ya no existe intelectualmente. Es un erial. No se puede
hacer nada. Ni siquiera hay fuerzas en este momento en el que crece la nueva
derecha, lo que es mucho peor. Supongo que en algún momento alguien va a
despertar, y ese momento supongo que está cerca. La derecha tiene un discurso
patético, pero es que la izquierda no tiene discurso. Es una atrofia completa
en una situación mundial catastrófica. Ahora, pienso que es posible que esta
situación catastrófica genere una nueva crítica. Una crítica del totalitarismo
democrático que no puede tardar mucho, porque las catástrofes irán en aumento.
¿Qué descubrió cuando
llegó a Brasil? Ese mundo de la Amazonía y las culturas precolombinas…
Llegué
a Brasil casi por accidente, y allí me encontré con arquitectos. Los
arquitectos brasileños son el grupo social más dinámico que ha tenido el siglo
XX. Me encontré con los últimos descendientes de un movimiento que comienza en
el 28, cuyos líderes habían muerto. Pero quedaban Niemeyer, Vilanova Artigas y
Lina Bo Bardi. A los tres los conocí en sus últimos años, pero me hice muy
amigo de ellos. Esos personajes eran odiados por el establishment
brasileño, pero eran verdaderos genios y muy accesibles. Cuando llegué a Brasil
me abrieron las puertas. Era una constelación que había vivido quince años de
penurias bajo la dictadura. Llegué allí los dos últimos años de la dictadura
militar, y en un momento en el que ningún intelectual iba a Brasil. Era el único
europeo que pasaba por allí. Había una curiosidad mutua, y fue un gran
descubrimiento. Fue una generación de creadores, escritores, pensadores,
arquitectos y artistas que claramente formularon un concepto de modernidad que
no tenía nada que ver con las directrices de las vanguardias europeas. Al mismo
tiempo, eran líderes intelectuales conscientes de la decadencia europea. Era un
pensamiento completamente traumatizado y marcado por la conciencia histórica
del desastre de la Revolución rusa y de la revolución fascista que le siguió, y
del desastre de la supuesta recuperación liberal bajo la égida del imperialismo
gringo. Y ahí me encontré con ese mundo que era crítico, pero que no asumía el
nihilismo europeo y que creaba; que quería crear y creaba porque podía, porque
había un pueblo indígena, un pueblo negro y unas condiciones políticas
favorables a una izquierda proletaria. Entré en este mundo maravilloso y fue
como una segunda adolescencia. Me encontré con un mundo que se parecía mucho al
que viví en el 68. Nada más llegar allí participé en descomunales
manifestaciones de millones de personas que eran fantásticas.
México y Chiapas también fueron importantes en su descubrimiento de América,
¿es así?
Sí,
Chiapas para mí fue muy interesante. En El continente vacío cuento mi
participación en un congreso organizado por los más altos niveles de la
política en México. Yo estaba terminando el libro y me llegó esta invitación de
alto nivel para ir a Chiapas, donde el PRI había organizado una reunión de
todos los líderes indigenistas imaginables de las Américas, desde Hawaii hasta
la Patagonia. Allí conocí gente formidable. Me contaron cosas aterradoras.
Chiapas en aquel momento era un infierno. El acto mismo estaba capitaneado por
el gobernador, que era un gánster. Cuando lo oí hablar, pensaba que los
déspotas de la Roma imperial debían de ser sus padrinos. Lo peor que he visto
en mi vida en carne y hueso. Y un asesino. El libro lo presenté en Ciudad de
México en los días en que el movimiento de los zapatistas apareció en escena.
En Ciudad de México nadie sabía nada de Chiapas. Y mi comportamiento en este
congreso fue completamente disparatado, porque decía lo que veía. Yo no tenía
nada que ganar ni que perder, porque los indios estaban muy calladitos, porque
sabían cómo se las gastaban en el poder político.
En A plena luz
caminamos a ciegas, su penúltimo libro, hace una defensa filosófica del
patrimonio cultural, mitológico y religioso de esas culturas amerindias.
Cito
un libro maravilloso transcrito por un antropólogo francés en conversación con
un chamán yanomami: La caída del cielo. Es un libro impresionante, muy
inteligente y escalofriante. Su visión del futuro es brillante. La frase final
del libro dice: “Nosotros moriremos, pero vosotros también”.
¿Ha estado en el Amazonas?
Tiene que ser sobrecogedor estar envuelto por esa naturaleza tan exuberante,
casi un lugar sagrado.
Todo
eso ha muerto, y va a peor. Quise ir por última vez hace un par de años, con un
amigo antropólogo, pero es que son lugares en los que la contaminación por
mercurio hace imposible comer pescado, y eran riquísimos los pescados allí. Es
una cosa escalofriante luchar por tu supervivencia, a lo que se suma la
contemplación de un desastre humano para el que ya no tengo estómago.
La destrucción industrial
del paraíso.
Sí,
y a una escala que uno no… La última vez que estuve fue en un encuentro de
defensa de los derechos indígenas, y recuerdo a los indios berreando contra los
representantes de la justicia brasileña por un tema de venta de tierras y polución
de los ríos. Es un tema tan complejo, tan terrible y tan amenazador, que no
puedes hacer nada. Y si mueves un dedo, te pegan un tiro.
Sus dos últimos libros, A
plena luz caminamos a ciegas y El intelectual obscena ausencia, son
muy pesimistas.
Sí,
claro, ¿cuál es la perspectiva que podemos tener sobre el mundo contemporáneo?
Es un libro desolador, pero acaba con una cita de Robert Jungk, que dijo que el
futuro es negro, pero no hay que parar.
En A plena luz
caminamos a ciegas le confiere una gran importancia a lo sagrado y a lo
religioso, llama a combatir “la manipulación fascista de los mitos” y a
reivindicar esos mitos como un manantial de sabiduría.
Ese
es el lado positivo. El libro tiene un proyecto intelectual, obviamente
fragmentario, pero con una dirección bastante clara. Hoy nadie quiere saber
nada de sentido crítico y voluntad transformadora, y en España es algo que
nunca ha existido.
¿Cómo está llevando la
presidencia de Trump?
El
problema no es solo Trump, hay mucha hipocresía en eso. La política salvaje
contra la inmigración viene ya de los demócratas. Yo vivo en Princeton, una
universidad que en tiempos de guerra debe de ser un paraíso. Es una ciudad que
vive de las rentas, de los réditos de su capital, y no de lo que pagan los
estudiantes, que pagan mucho. Estás allí en un país aparte, y ahora me da miedo
tomar el metro, ir a Nueva York y regresar de noche. Constantemente hay
ataques, y cada vez más fuertes. Nueva York se ha vuelto peligroso y la vida
intelectual está a cero. Me sorprende ahora cómo la universidad se ha
deshinchado. Y no es por Trump, es por el rector que agacha la cabeza y asume
que no hay que discutir de nada, excepto de inteligencia artificial.
Como profesor ya veterano, ¿percibe una merma en las capacidades e inquietudes
de sus alumnos?
Los
estudiantes son cada vez más analfabetos y desinteresados. No entienden nada, y
además han asumido que no tienen por qué trabajar, y que hay que darles las
cosas hechas. Pero el problema no son solo los estudiantes. La función del
departamento de literatura, mi departamento, parece ser eliminar la literatura.
No se lee una novela, no se lee nada, no se sabe pensar. Nada. Cero. Sale de
allí gente absolutamente analfabeta. Y la gente que apoya ese sistema lo hace
con la mayor tranquilidad, y encima pensando que ellos son los grandes
defensores de los derechos humanos, los grandes feministas, los grandes
defensores de la homosexualidad, de las minorías, etcétera, etcétera, etcétera.
Su discurso es políticamente intachable, y si tú les pones en cuestión algo, te
miran con muy malos ojos. Te podría contar millares de anécdotas, y te das
cuenta de que es un país que se va a la mierda. Pero Europa también.
¿Y ve alguna ruta para
salir de ese atolladero civilizatorio?
Creo
que la única salida es la redefinición de un proyecto de esclarecimiento y su
traducción en un proyecto técnico que aborde ecología y nuevas tecnologías. Yo
no sé nada de inteligencia artificial, pero claramente intuyo y veo que estamos
convertidos en esclavos de las máquinas, constantemente invadidos. Frente a eso
se puede pensar una alternativa, pero es difícil. ¿Quién va a solucionar esto?
China, quizás. La propaganda occidental decía que se iba a asfixiar en la
polución. Y efectivamente, la primera vez que estuve en China era asfixiante.
Una de las cosas que creo que hemos de repensar es el concepto de democracia.
Tal y como existe ahora, es una coartada que justifica genocidios y el poder de
los poderosos sobre los vencidos. La mezcla de confucianismo y prevención
estatal que supuestamente gobierna China tiene aspectos positivos, al menos
sobre el papel…
[Fuente: www.ctxt.es]