El filósofo
publica 'Gaza y el destino del mundo', un ensayo en el que reflexiona sobre el
punto de no retorno que implica el genocidio y lo que revela de nosotros como sociedad
Santiago Alba Rico reflexiona
sobre Gaza en su último libro.
Escrito por Neus Tomàs
En un país que no
va sobrado de pensadores, Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) se ha convertido en
un referente para la izquierda, y ojalá no solo para ella. Su voz tímida, casi
susurrante, se abre paso en artículos y libros que ayudan a combatir el
griterío de parlamentos y tertulias. Su último ensayo, Gaza y el destino del mundo (Arpa), nos sitúa ante un espejo
incómodo, el de la doble moral de Occidente.
“Israel es obra
del antisemitismo europeo y en ese sentido, no debería haber existido. La
fundación de Israel es injusta en todos los sentidos”, denuncia Alba Rico.
Considera que la solución de los dos Estados ya no es posible. Defiende que los
propios israelíes, junto con los europeos, son los que tienen que desionizar Israel.
“Entonces podrán plantearse cosas como las que decía Martin Buber: un Estado
binacional o un solo Estado democrático en el que sea posible establecer unas
reglas de juego compartidas”, añade.
Mientras, el
filósofo se niega a caer en el pesimismo. No porque falten motivos sino porque
si los palestinos resisten, pese a todo, a no tener nada, hay que aguantar y
seguir denunciando el genocidio del que son víctimas. Alba Rico nos obliga a
pensar sobre ese mundo que Gaza ha marcado como punto de no retorno
civilizatorio y, también con las imágenes de Ceuta en la retina, lanza esta
advertencia: “Estamos en un momento de la historia en el que uno puede creerse
bueno mientras participa en un linchamiento”.
El arranque
del libro es sorprendente porque se retrotrae a dos aspectos de la infancia: la
diurna, que, por resumirlo, sería más la del juego; y la nocturna, que podría
ser más la del miedo. Y a partir de ahí las vincula a algunas dinámicas del
poder. ¿Cómo se le ocurrió?
Es una analogía
que está presente en mi cabeza desde hace ya algún tiempo. Como lector de Freud
creo que era casi inevitable plantearlo así. Pero quizá también tiene que ver
con la percepción de los últimos años, en un contexto de descomposición de las
democracias y de expansión del autoritarismo. El proyecto de la Ilustración ha
fracasado claramente.
Kant decía que la
Ilustración era la humanidad que alcanza la mayoría de edad. Durante dos siglos
hemos creído, a ratos, que había sido así, pero en los últimos años vemos que
no. Nunca hemos llegado a ser mayores de edad del todo. Seguimos como en un
patio de colegio en el que los más fuertes, los que menos se atienen a los
principios pactados por todos, son los que finalmente se apoderan de
territorios, de las vidas de los demás y deciden, en definitiva, quién merece
vivir y quién no.
Eso que yo llamo
la infancia diurna, que es la del juego, en un momento determinado se convierte
en hipocresía. Hemos seguido jugando a los valores morales, a la democracia, a
la división de poderes. Lo que ha ocurrido es que se ha venido abajo ese
aparato lúdico, más o menos pactado, en el que todos, hipócritamente, nos
guiábamos por ciertos principios en los que quizá no creíamos, pero que nos
defendían del niño nocturno. Y ese niño nocturno se ha apoderado del patio del colegio.
En ese patio
incluso los juegos infantiles tienen reglas. Trasladado al comportamiento de
dirigentes como Trump y Netanyahu, ¿el resumen sería que ellos no respetan
ninguna regla?
Exactamente. Es
una idea que recojo de Chesterton, de ese libro maravilloso que es Ortodoxia, en el que explica la obsesión que tienen los
niños por las reglas. Pueden inventar las reglas, pero lo importante es
seguirlas. Recuerdo en el libro una frase de un libreto de Wagner, Los maestros cantores de Núremberg, en la que dice: “Cread vuestras propias
reglas, pero seguidlas”.
Hay algo siempre
tranquilizador en las reglas. Incluso, si se quiere, en las mafias que tienen,
o han tenido durante algún tiempo, reglas internas que había que respetar. Y
los niños están obsesionados con ellas: quieren a toda costa que se cumplan.
Ese niño diurno
que juega con reglas inventadas, pero en todo caso rígidas y de obligado
cumplimiento, se convierte en un hipócrita civilizado, diría Freud. En El malestar en
la cultura, la
civilización sirve fundamentalmente para reprimir al niño nocturno. Y ese niño
nocturno ha quedado liberado, desencadenado. No cumplir las reglas tiene en
estos momentos muchas ventajas en términos de poder, de ganancia, de beneficio
capitalista, de beneficio imperialista y de protección de los propios
intereses.
En uno de los
capítulos se hace una pregunta: ¿qué es Gaza? Y una de las conclusiones
destacables sería que es mucho más que un territorio físico con una historia
milenaria.
Sí. A mi juicio,
Gaza no es solo un territorio, como han señalado autores como Pankaj Mishra. Es un cambio de paradigma, un concepto, un
objeto mental.
En algún momento
lo comparo con otros conceptos que ha habido a lo largo de la historia, sobre
todo del siglo XX. Hablo de Verdún, que nadie sabe dónde está, pero que es un
paradigma de guerra que, de alguna manera, establece también un parteaguas en
la historia del siglo XX. Las trincheras de Verdún fundan el siglo XX. Y luego
tenemos claramente dos conceptos que originalmente son territorios: Auschwitz e
Hiroshima. Auschwitz, el de la liquidación horizontal del otro; Hiroshima, el
de la liquidación vertical del otro.
Gaza es otro
nuevo concepto en el que se combina lo horizontal de Auschwitz y lo vertical de
Hiroshima. Al mismo tiempo, se introduce una novedad tecnológica que convierte
—o ha convertido— Gaza en un laboratorio de una nueva forma de hacer la guerra;
por ejemplo, mediante el uso de la inteligencia artificial.
Hay semejanzas
y, como señala, también alguna diferencia.
Hay una cosa que
rompe con el modelo del siglo XX. Auschwitz, después de todo, fue ocultado. Los
nazis intentaron ocultarlo, no se jactaron de Auschwitz. La decisión relativa a
lo que llamaban, eufemística y terriblemente, la “solución final” se tomó en
una reunión secreta. Todo ocurría en la niebla, en la oscuridad. En Gaza, ha
sido exactamente lo contrario: lo hemos vivido en tiempo real, a la vista de
todos. Digo en algún momento, con mucha amargura, que si Hitler hubiera
introducido cámaras de televisión en las cámaras de gas quizá habría podido ir
más lejos de lo que llegó, que fue realmente bastante lejos.
No podemos
mirarlo todo sin contaminarnos; no podemos permitirnos mirarlo todo sin que
sufra también nuestra alma, nuestra integridad moral. Hemos visto demasiadas
cosas. Las hemos visto en tiempo real, minuto a minuto, sin poder cambiar lo
que estaba ocurriendo. Esto es un batacazo civilizacional y moral sin
precedentes por una sencilla razón: ya no ocultamos los crímenes; incluso nos
enorgullecemos de ellos.
Hay un 90% de la
población mundial que está absolutamente en contra del genocidio en Gaza y que,
sin embargo, totalmente impotente, ha tenido que contemplar imágenes que han
dañado moralmente a la humanidad. Lo han hecho de una manera que no voy a
llamar irreparable, pero sí con efectos muy duros.
Dice que un
90% de la población mundial pero al final parece que ese 10% restante de la
población es el que acaba decidiendo qué pasa en Gaza.
Pues sí. El libro
también es un acta de acusación a Estados Unidos y a la Unión Europea. Esto es
algo que podemos constatar en otros campos, no solamente en Gaza. Lo
decía Gaetano Mosca, filósofo y teórico del derecho en la
Italia prefascista: una minoría organizada siempre es más poderosa que una
mayoría desorganizada.
Obviamente, esas
minorías que acaban apoyando un genocidio tienen más medios, más dinero y más
recursos. También más recursos de propaganda. No solo se han apoderado de las
armas y de la violencia, sino también de las palabras. En esas condiciones, una
mayoría desorganizada puede hacer muy poco, salvo sufrir desde lejos el veneno
moral de esas imágenes terribles en las que hemos visto a niños muertos,
enterrados bajo los escombros, disparados por francotiradores o asesinados en
sus camas.
Hay un momento
en el que habla de la doble moral occidental. Ahora mencionaba a Estados Unidos
y a la Unión Europea. ¿Un ejemplo es cómo se condena la violencia palestina,
pero se tolera la de Israel?
Cuando se hacen
condenas son puramente formales o retóricas y no van acompañadas de medidas
que, sin embargo, sí se han tomado en otros lugares. Se han tomado medidas
contra Rusia, muy legítimamente, frente a una invasión y una ocupación que hay
que condenar sin ambages. Pero eso no se hace con Israel.
En el libro
intento explicar que no se hace porque Israel forma parte de la peor historia
de Europa, la que una y otra vez se ha impuesto, salvo en este breve paréntesis
posterior a la Segunda Guerra Mundial. Israel es lo que queda de la Europa
anterior a la Segunda Guerra Mundial. Y, como superviviente de lo que era
aquella Europa, puede hacer retroceder a Europa. Lo estamos viendo con la
islamofobia, el racismo y la ultraderecha creciente en Europa.
Todo eso tiene
mucho que ver con Israel, como el propio Netanyahu reconoce y consagra
estableciendo relaciones privilegiadas con partidos de la ultraderecha europea,
que son los mismos partidos que antes de la Segunda Guerra Mundial perseguían a
los judíos. De manera que sí: Israel es la supervivencia de la peor Europa en
Oriente Medio y, desde allí, puede conducirnos a los europeos de nuevo a lo
peor de nuestra historia.
Hay un momento
en el que es especialmente contundente y dice que Israel no debería haber
existido nunca y que no fue, como a veces se ha explicado, la presencia
minoritaria y legítima de inmigrantes de religión judía en Palestina, en 1881 o
1906, la que reclamaba su existencia.
Israel es obra
del antisemitismo europeo y en ese sentido, no debería haber existido. La
fundación de Israel es injusta en todos los sentidos. Es fruto, en efecto, de
un proyecto nacionalista excluyente que surge a finales del siglo XIX, cuando
aparecen los nacionalismos, especialmente en Europa, y posteriormente en un
contexto de imperialismo colonial. Es, por lo tanto, como decía Theodor Herzl,
una avanzadilla de Europa en Oriente Medio y un parapeto frente a los bárbaros
colonizados.
Ahora bien, que
su existencia no fuera justa no quiere decir que debamos perseguir ahora la
destrucción de Israel. No. Israel existe y no se puede neutralizar una
injusticia con otra injusticia 80 años después.
Por tanto,
tenemos una sola herramienta, una herramienta que va a dejar siempre
insatisfechos a los justicieros de uno y otro lado, pero que es la única que
tenemos: el derecho internacional.
Pero, cuando
habla del derecho internacional, en el libro lo presenta como un débil cascarón
en el que apenas se han contenido las ambiciones de las grandes potencias. Tal
como está concebido ahora, ¿nos sirve?
Tal y como está,
no nos sirve. Desde el mismo momento en que toda una serie de niños nocturnos
han declarado no vinculante ese derecho, de alguna manera se vuelve nulo o
inútil. También es consecuencia de cómo se construye ese derecho a partir de la
Segunda Guerra Mundial. Pensemos, por ejemplo, en las Naciones Unidas.
Hay mucha gente
que lleva mucho tiempo pidiendo una reforma de las Naciones Unidas. No puede
ser que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial sigan teniendo derecho de
veto después de un largo proceso de descolonización, con un protagonismo
creciente de otros países y de potencias al menos medias. Hay que reformar las
Naciones Unidas. Es un buen momento para, al menos, plantear esa reforma. No
para ejecutarla, porque para eso necesitamos más fuerza y más poder del que
tenemos las mayorías desorganizadas, pero sí para plantearla.
No podemos
permitirnos el pesimismo mientras los palestinos sigan resistiendo
Una cuestión
sobre la que también reflexiona en el libro es la identificación entre el
Estado de Israel y el pueblo judío. ¿Es un error que se ha cometido tanto desde
la derecha como desde la izquierda?
Creo que sí. Esto
es fruto también de esa culpa histórica resultado del Holocausto. Como cuentan
muy bien Pankaj Mishra y Finkelstein, esto es relativamente reciente: empieza a
ocurrir en los años sesenta.
Hasta finales de
los años sesenta, hasta la Guerra de los Seis Días, no se establece una
identificación entre el Estado de Israel y el Holocausto. De hecho, Israel no
era un Estado victimista. Había una especie de huida: el sionismo intentaba
huir precisamente de esa identificación que establece el imaginario europeo
entre el judío y la víctima. El sionismo reclamaba su derecho a la violencia, a
no ser la víctima.
Pero, a partir de
finales de los años sesenta, sí se establece esa identificación y el Estado de
Israel comienza a extraer legitimidad de la invocación permanente del
Holocausto y de la identificación entre el Estado de Israel y el pueblo judío.
Tenemos a Peter Beinart o a Marc H. Ellis, toda una serie de judíos que de ninguna manera
están dispuestos a aceptar que Israel mate niños en su nombre. Hay que recordar
constantemente esas voces judías y tratar de disolver esa identificación entre
el Estado de Israel y el llamado pueblo judío que busca el sionismo para
legitimar sus crímenes.
No hay un pueblo
judío; hay una religión judía, hay una cultura judía. Y lo que no se puede
hacer, desde luego, es identificar a Israel con el pueblo judío.
¿Por qué?
Porque la
identificación entre el pueblo judío e Israel, allí donde Israel es una empresa
colonial que comete un genocidio, hace algo que, por lo demás, desea el
sionismo: promover el antisemitismo.
Y la mejor manera
de combatir el antisemitismo es romper esa identificación entre el Estado de Israel
y el pueblo judío. El pueblo judío, la cultura judía, la religión judía, no son
culpables de los crímenes de Israel.
¿Cómo se
podría desionizar Israel?
Va a ser difícil
porque nace con el sionismo. La fundación de Israel es indisociable de ese
proyecto, que desde el principio es excluyente y supremacista. Pero creo que es
la única solución. Ahora mismo vemos muy lejos cualquier solución. La de los
dos Estados es imposible. Hay que tener en cuenta que, en realidad, esto es lo
que desde el principio se pretendió: hacer imposible la existencia de un Estado
palestino.
Me irrita
muchísimo que se hable constantemente del derecho a la existencia de Israel
cuando el único derecho a la existencia que está siendo cuestionado
constantemente, incluso desde Europa y desde Estados Unidos, es el derecho a la
existencia de Palestina.
Con la
particularidad de que Israel y sus gobernantes, desde Ben-Gurión, no han dejado
de expresar clarísimamente su negativa a aceptar la existencia de un Estado
palestino. Netanyahu no ha dejado de repetirlo en los últimos años. En el
propio programa fundacional del Likud está escrito que el territorio de Israel
va desde el río hasta el mar. Se reprocha constantemente a los palestinos que
utilicen ese lema cuando está incluido en el programa fundacional del Likud.
No hay ninguna
disposición por parte de Israel a aceptar la existencia de un Estado palestino.
Por eso es necesario desionizarlo, y la única manera de hacerlo es que quienes
han apoyado desde fuera a Israel dejen de apoyarlo.
Si Israel es un
proyecto europeo, para que deje de ser un proyecto colonial, un proyecto
genocida, es Europa la que tiene que dejar de apoyar a Israel.
¿Cree que
veremos el fin de la ocupación?
Personalmente, no
lo sé. Confío en que mis hijos lo vean. Para eso es muy necesario que muchos
más israelíes, y no solo judíos, se den cuenta de que la propia existencia de
Israel, como señalan Ilan Pappé o Gideon Levy, está en peligro. Lo está porque es completamente
inviable el proyecto sionista de un Israel excluyente en permanente guerra
civil. Y son los propios israelíes, junto con los europeos, los que tienen que
desionizar Israel.
Entonces podrán
plantearse cosas como las que decía Martin Buber: un Estado binacional o un
solo Estado democrático en el que sea posible establecer unas reglas de juego
compartidas.
Hoy eso es
totalmente inviable, pero no porque no pueda existir Hamás, sino porque existe
un Estado de Israel gobernado, además, por partidos ultrarreligiosos que de
ninguna manera pueden aceptar que exista un Estado palestino, ni siquiera que
existan los palestinos.
No hay un
reconocimiento de la existencia de los palestinos. No los llaman palestinos:
los llaman árabes, precisamente para no tener que reconocer que existe un
pueblo palestino.
En el libro
señala que Gaza marca el inicio de un nuevo mundo. ¿Pronostica que ese mundo
todavía será peor?
Últimamente, me
resisto a dejarme llevar por el fatalismo o por el pesimismo. Creo que hay algo
también muy político en esto: la decisión política que podemos tomar es
precisamente la de no dejarnos arrastrar por ellos.
¿Cómo dejarse
llevar por el fatalismo desde Europa cuando los palestinos están todos los días
levantando escuelas en una jaima entre los escombros de Gaza; cuando están una
y otra vez cambiando los pañales a sus niños, reconstruyendo sus casas,
cuidando el olivo que les han quemado?
Lo que sí creo es
que se avecinan tiempos aún peores, porque ese modelo Gaza es
un modelo que estamos viendo en todas partes. Israel lo aplica en Líbano, Estados
Unidos e Israel lo aplican en Irán, Rusia lo aplica en Ucrania, y estamos
viviendo un proceso de desdemocratización mundial que no augura precisamente la
reconstrucción de un derecho internacional más vigoroso y con mayor capacidad
de protección, sino lo contrario.
No podemos
permitirnos el pesimismo mientras los palestinos sigan resistiendo.
Hablando de
cómo será ese nuevo mundo y viendo lo que ha pasado en Ceuta, tampoco parece
haber demasiados motivos para el optimismo. ¿Cuál es su análisis de lo que
está pasando?
Lo que más me
preocupa, dejando de lado los análisis geopolíticos —que ya se han hecho, y muy
buenos y muy finos; desde luego también en vuestro periódico—, es algo en lo
que insisto en el libro. De pronto, estos días nos estamos encontrando con
gente que se cree buena mientras impide que la Cruz Roja entregue pan y agua a
los inmigrantes, los expulsa de los lugares donde los ha instalado
precariamente el Gobierno o quema sus pertenencias.
Eso me preocupa
mucho, porque estamos en un momento de la historia en el que uno puede creerse
bueno mientras participa en un linchamiento. Es un poco lo que ocurre en Gaza.
Hemos visto a ciudadanos israelíes que suben a la colina en Sderot para ver
arder Gaza mientras toman una suculenta merienda o que impiden que se hagan
entregas de ayuda humanitaria. Cómo se han tenido que quebrar los vínculos con
algo que antes llamábamos ética o moral universal para que puedas creerte bueno
mientras estás participando en un linchamiento.
Ese nuevo marco
moral, o amoral, esté siendo alimentado por partidos políticos que aspiran a
gobernar, incluso a derrocar a un gobierno legítimo por cualquier vía,
amparándose en el niño nocturno, en el niño nocturno que todos llevamos dentro.
Que nos creamos buenos ciudadanos o buenas personas mientras excluimos al otro,
perseguimos al otro o matamos al otro es lo que más me preocupa en estos
momentos.
Y en lo de Ceuta
ya lo vemos: a través de Ceuta, este nuevo modelo, este modelo Gaza,
está también deslizándose muy deprisa en España, que hasta ahora era un poco
una isla que se mantenía protegida del fascismo. Creo que a través de Ceuta el
fascismo desembarca definitivamente en España.
[Foto: Marta
Jara - fuente: www.eldiario.es]