Woody Allen rodará en primavera en Madrid su filme número 51. Tiene 90 años y como en él andan confundidas vida y películas, no parece que, de momento, si el cuerpo le aguanta, pueda sustraerse a la llamada del cine. Su caso es similar al de otros cineastas nonagenarios (Clint Eastwood, Costa-Gavras, Alejandro Jodorowsky), veteranos de la dirección mundial que siguen rodando como si no tuvieran edad, ejemplos de milagrosa supervivencia cinematográfica, cuyo patriarca fue el añorado Manoel de Oliveira, fallecido hace una década a los 106 años. A ellos, pero especialmente al quinto en activo hasta su muerte la semana pasada, el documentalista Frederick Wiseman, les dedicamos algunas notas y consideraciones sobre su asombrosa resistencia, a modo de elogio de la vejez tardía.
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Woody Allen, en ‘A Roma con amor’, de 2012, su última actuación en un largometraje.
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“Envejecer es un mal negocio”. La reflexión de Woody Allen ante la pregunta de un periodista se asemeja más a la respuesta ocurrente de alguien que repite un guion o una línea de una obra teatral de Woody Allen que a la imagen real del cineasta estadounidense, viejo, sí, pero más o menos ágil, departiendo con su equipo de rodaje en una calle europea o neoyorquina, planificando escenas, indicando la posición de la cámara o impartiendo instrucciones a sus actores.
Su acusada vejez de 90 años no parece un mal negocio, sino la boyante constatación de una longevidad furiosamente apegada al presente. Su próxima película, ese Untitled Woody Allen Project con que se anuncia, se rodará en Madrid esta primavera. De nuevo una comedia, la tercera que rueda en España después de Rifkin’s Festival y Vicky Cristina Barcelona.
No importan ya tanto sus películas como que las siga haciendo y mantenga esa cadencia imperturbable de una cada uno o dos años. Aunque uno ya no comparta el entusiasmo ante la inminencia de la próxima y aprecie cierta oxidación mental en sus estructuras, en su humor. Es difícil recordar los títulos de sus últimas diez o quince películas, casi inútiles refritos de su gran cine. Pero lo admirable es el impulso vital que, pese a las quejas físicas, lo mantiene en pie, a él y a Eastwood (95 años), a Costa-Gavras (93) y a Jodorowsky (97); y hasta la semana pasada a Wiseman (96). Cinco nonagenarios sin un ápice de resignación, de claudicación. Resisten sus cuerpos socavados, amparados por la fortuna de que algunos productores quieran poner no poco dinero en ellos, gentes que, aparentemente, deberían vivir ya en los márgenes, ajenos a lo público, ya cumplida su obra, satisfecha, si es que les hubiera inquietado su ausencia, la vanidad de que sus nombres aparezcan en enciclopedias, prontuarios, recordatorios de la memoria del cine que debe ser preservada.
Esa confusión de vida y cine que existe en ellos es la que en parte explica sus empeños creativos a esta edad tan tardía, cuando su mejor cine está ya cumplido y la expectativa ante sus nuevas obras (quizá salvo en Wiseman) carece de la ilusión de la novedad, de la sorpresa, de lo inesperado.
Cómo rebatir la plenitud del Woody Allen de los 70 y 80, la secuencia encadenada que une películas innovadoras, esenciales, como Annie Hall, Manhattan, Otra mujer o Delitos y faltas, por citar algunas por las que uno siente más apego. La muerte, la infidelidad, las inestables relaciones entre hombres y mujeres, la masculinidad, el azar se ordenaron entonces como en un diccionario de motivos en estos y otros filmes al que el director ha ido recurriendo una y otra vez para tramar sus obras tardías.
En esas dos décadas, Costa-Gavras alcanzó también su apogeo, el de Z, La confesión, Estado de sitio, Sección especial y Missing, su cúspide popular, al que contribuyó la emotiva interpretación de Jack Lemmon como padre en busca de su hijo desaparecido tras el golpe militar de Pinochet en Chile. El Costa-Gavras más político, el que leyó en la historia y en el presente el carácter conspirativo y represivo del poder político, halló en esa época, especialmente en los 70, una década de contestación cinematográfica política, la energía que produjo su cine más relevante.
El tercer contemporáneo de Allen y Costa-Gavras, Alejandro Jodorowsky, comparte con ellos la misma fuerza creativa en esos años. Jodorowsky es, como en cierto modo Wiseman, un marginal respecto a Allen, Costa-Gavras y Eastwood. Su creación es la menor (11 películas en casi 60 años) y la más excéntrica y experimental. En aquellos años concibió sus más recordados extravagantes ensayos cinematográficos, El topo y Santa sangre, dos incursiones en el surrealismo insertas en el western, la primera, y el horror, que traspasaban libremente los límites visuales de una producción comercial de entonces, con su aleación de sexo, violencia, misticismo y literatura.
¿Y dónde hallar el cénit de Eastwood y Wiseman, cuyas carreras regulares difícilmente dibujan la figura de una única montaña ascendente y descendente? Al contrario, uno ve una secuencia que se prolonga durante varias décadas, de las que, en el caso de Eastwood, escoge hitos como El fuera de ley de 1976, El jinete pálido de 1985, Sin perdón de 1992, de la que quizá fue su década áurea; y Million dollar baby de 2004. Si uno pensara en la figura de un director clásico de estudio hollywoodiense, Eastwood contendría sus principales cualidades: versátil, indiferente a la idea de autoría en el sentido formal en que se la piensa si se cita a Hitchcock o a Godard, apegado al guion, escrito por otros a partir, en general, de novelas secundarias. Más que la búsqueda de un estilo, Eastwood ha perseguido la óptima resolución en imágenes de cada situación dramática.
Wiseman recuerda formalmente la pintura de Morandi, la de un artista encerrado en su estilo. Sus documentales observacionales, filmados como si la cámara se situara en un lugar aparentemente neutral, no invasivo, desde donde capta lo que ocurre delante (un juicio, la preparación de una comida en un restaurante, un pleno municipal, la sala de urgencias de un hospital, una biblioteca…), han permitido asistir al interior de la vida pública de instituciones políticas, sociales, empresariales, culturales. En su cine no hay personajes sino gentes que circulan dentro de esas instituciones, valga decir, democráticas, pues Wiseman ha sido el gran cronista de la democracia, un propagandista del mecanismo de funcionamiento de las democracias, el de la deliberación de los asuntos públicos, el de la confrontación razonada, ordenada de la vida pública. Fuese en Juvenil court, sobre el funcionamiento de la justicia para menores; en State legislatura o City Hall, sobre la política; o en documentales reveladores de esas mismas instituciones, como las sanitarias de Titicut follies, su ópera prima, o las empresariales de Meat.
¿Cómo han gobernado estos cineastas un tiempo que al prolongarse sus vidas y su oficio más allá de un horizonte común les ha ido mermando naturalmente? ¿Qué han hecho de su propio cine, si, en apariencia, el fondo creativo de sus películas iba agotándose? Uno da con una manera de resistir ese tiempo, sobre todo física, que no ha llegado aún al límite de aquel declinante John Huston, muerto apenas cumplió 81, rodando su última película, Los muertos, sentado en silla de ruedas mientras inspiraba oxígeno de una botella.
Pasados los 90 años, ni Allen, Eastwood, Costa-Gavras, Jodorowsky ni, hasta fallecer, Wiseman, han sido apartados, abatidos por la enfermedad. Al contrario, los vemos erguidos, sumidos en una especie de combate entre lo físico y lo mental, que según reconocía Eastwood en una entrevista en el diario La Razón en 2019, tiene más de “emocional que intelectual”. Guiado por las señales de su propio cuerpo, el cineasta concluía sobre su final como artista: “Creo que cuando de verdad me canse, lo sabré”. Él mismo ha sabido encauzar la menguante energía, la quebradiza estructura ósea, la incesante roturación de la piel, la voz desfalleciente a su propio favor en Cry macho (Llora, macho), estrenada cuando cumplió los 91 años, y en la anterior, Mula, ambas protagonizadas por él y gozosos gestos de rebeldía contra el confinamiento senil.
Costa-Gavras ha seguido aferrado a lo político (la inmigración, el capitalismo, la corrupción eclesiástica, la crisis), pero sin que sus películas hayan logrado recoger el ruido y la furia de este tiempo, como lo hizo en su mejor temporada. Tenía 91 años cuando estrenó en 2024 El último suspiro, un llamativo alegato sobre el final de la vida. Temía de la vejez, declaró a la revista Mastermind, “el declive: la vejez extrema, la dependencia”.
El nuevo proyecto de Alejandro Jodorowsky después de su última película, Psicomagia: un arte para sanar de 2016, es el guion de su propio cómic, El incal, uno de los logros de la novela gráfica europea de la década de los 80. Este viaje iniciático, de descubrimiento personal, de un detective en un futuro distópico, procede de la inagotable bolsa de ideas y planes del director chileno. “Quiero vivir hasta los 120 años, porque tengo muchas cosas que hacer y muchas películas que rodar”, decía en una entrevista al medio islandés MBL hace diez años.
Quizá sea Wiseman, cuya producción, en los márgenes, ha sostenido la televisión pública de Estados Unidos, quien ha llevado más lejos una longevidad intelectualmente provechosa. Pasados los noventa, aún sorprendió con una ficción, la segunda entre su cerca de 50 documentales: A couple, sobre la relación entre Tolstoi y su esposa Sofía, y con una inmersión, de nuevo documental, en uno de los templos mundiales de la alta cocina: Menus-plaisir: Les Troisgros.
Cuando estrenó en 2023 este, su último filme, declaró a Euronews Cultura que nunca le había resultado muy estresante hacer películas. Se cansaba, claro; pero disfrutaba, como siguen haciendo sus otros compañeros de dirección, de la inmersión en su material para crear orden en aquel caos de horas y horas rodadas. “Es una forma estupenda de pasar el tiempo”.
‘Menus-plaisirs-Les Troisgros’, de Frederick Wiseman, puede verse en Filmin, junto a una selección de otros de sus documentales
‘El último suspiro’, de Costa-Gavras, disponible en Movistar Plus
‘El topo’, de Alejandro Jodorwosky, en alquiler en Apple TV
‘Cry macho’, de Clint Eastwood, en Movistar Plus
‘Golpe de suerte’, de Woody Allen, en alquiler en Amazon Prime Video
[Fuente: www.elasombrario.publico.es]

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