La campaña antiargentina fue un discurso de odio revestido de progresismo.
Por Martín
Mosquera
Entrevista por Gabriel
Vera Lopes
Durante el
Mundial de fútbol recién finalizado, el enfrentamiento entre selecciones derivó
rápidamente en una campaña internacional contra Argentina. Figuras muy
diversas, de Rosalía y Patti Smith a Samuel L. Jackson, Yanis Varoufakis y el
escritor y activista Etan
Thomas, participaron de una denuncia masiva del supuesto racismo
excepcional del país, amplificada por las redes sociales y por buena parte de
la prensa occidental, conservadora y progresista. El apoyo a sus adversarios
llegó así a presentarse como una causa antirracista, mientras la sociedad
argentina era reducida a una caricatura blanca, xenófoba y supremacista.
En esta
entrevista, Martín Mosquera analiza el origen emocional y político de la
campaña, discute la situación real del racismo en Argentina y cuestiona el
papel desempeñado por una parte de la intelectualidad progresista global. La
conversación fue realizada originalmente para Brasil de Fato y se publica
aquí en una versión ligeramente adaptada.
¿Qué
pensás de la ola antiargentina global?
Martín
Mosquera
La verdad
es que fue un fenómeno bastante impresionante. Durante algunos días, Argentina
llegó a aparecer en las redes como el país más odiado del mundo, incluso por
encima de Estados Unidos. Hasta cierto punto, nada de esto debería
sorprendernos demasiado. El fútbol moviliza rivalidades nacionales intensas y
las redes sociales las procesan dentro de un ecosistema dominado por la
agresividad y las noticias falsas. Pero la situación pronto pasó a otro nivel.
Lo que
comenzó como una reacción bastante típica de la competencia deportiva fue
creciendo hasta alcanzar a buena parte de la prensa internacional. Desde la
derecha se recuperó la vieja representación del argentino como una figura
bárbara y deshonesta. The Telegraph, un diario conservador inglés,
por ejemplo, tituló «Fútbol 1, delincuentes 0». El partido dejó de ser una
competencia deportiva y pasó a presentarse como una confrontación moral entre
el supuesto juego civilizado de España y la violencia constitutiva de los
argentinos.
Más
sorprendente todavía fue el papel de los medios progresistas o liberales
occidentales. Publicaciones como The New Yorker, The
Guardian, Los Angeles Times o El País se
sumaron, con distintos grados y matices, a una narración que presentaba el
torneo como una lucha entre una Argentina blanca y racista y el
multiculturalismo encarnado por las selecciones europeas. La operación era diferente
de la conservadora, pero complementaria. Mientras unos denunciaban la barbarie
argentina, otros la convertían en una expresión de supremacismo racial.
La escena
era, como mínimo, paradójica. Pensemos un segundo. Cuando la campaña alcanzó su
pico, el cuadro de semifinales reunía a tres selecciones pertenecientes a
países centrales, con extensas historias coloniales y problemas contemporáneos
muy documentados de racismo, frente a la selección de un país periférico. Sin
embargo, una parte del progresismo internacional consiguió presentar el apoyo a
España, Inglaterra o Francia como una posición anticolonial y antirracista
frente a Argentina.
Creo que
fue un caso bastante característico de nuestra época. En pocos días se produjo
colectivamente una imagen completamente delirante de Argentina. Tal vez pueda
resumirse en la intervención de Samuel L. Jackson, que llegó a presentar a
Argentina como el país probablemente más racista del mundo y sugirió que las
personas negras no debían alentar a su selección. Jackson es un actor
genuinamente comprometido con los derechos civiles y vive, además, en un país
cuya historia de esclavitud y segregación sigue proyectándose sobre el
presente, donde se mantiene una enorme tradición de supremacismo blanco y son
habituales los crímenes de odio. Creo que sus palabras dan la medida de la
distorsión alcanzada por la campaña.
Estamos
hablando de un poderosísimo aparato cultural global que se montó sobre una
campaña de hostigamiento surgida en las redes sociales y amplificada por ellas.
Para una sociedad periférica con escasa capacidad de intervención en la
conversación pública mundial, contrarrestar un discurso de esa magnitud resultó
prácticamente imposible. Hubo voces críticas, pero fueron minoritarias y no
consiguieron alcanzar una circulación comparable. Entre ellas estaban,
precisamente, muchas de las personas en cuyo nombre supuestamente hablaba la
campaña, desde organizaciones afroargentinas hasta colectivos de migrantes
latinoamericanos que describían experiencias y formas de recepción muy
distintas de la caricatura que circulaba en el exterior.
Creo que el
inicio de todo esto fue mucho más prosaico de lo que después pretendieron las
racionalizaciones políticas. La materia prima de nuestras conductas, de las de
todos nosotros, son las emociones. Las razones suelen llegar después, como
coartada o disfraz de nuestras pasiones. Y en el fondo de todo esto hubo una emoción
muy intensa, reactivada en el contexto del Mundial de fútbol.
El punto de
partida fue la irritación que produjo en mucha gente el nuevo avance de la
selección argentina, después de haber «sufrido» la arrogancia de sus hinchas
tras el Mundial de Qatar de 2022. Había, sencillamente, un rechazo emocional
ante la posibilidad de otra victoria argentina. En España se sumó,
probablemente, la prolongada hostilidad hacia Messi de una parte importante del
«madridismo», que durante años organizó una cultura deportiva y mediática
alrededor de su rivalidad con el jugador argentino.
En América
Latina ya existía un sentimiento antiargentino previo, asociado a la fama de
arrogancia nacional. A eso se sumó la frustración de países enormes, con mucho
más presupuesto y población. México arrastra una larga historia de decepciones
futbolísticas, mientras Brasil atraviesa la mayor sequía mundialista de su
historia justo cuando su principal rival regional encadena una etapa de éxitos.
Brasil fue, de hecho, uno de los focos más activos de la campaña.
El fútbol
es un extraordinario movilizador de emociones y, durante un Mundial, se combina
con esa fuerza enigmática y poderosa de la modernidad que es el sentimiento
nacional. El origen del fenómeno fue, en buena medida, una mezcla de rivalidad
deportiva y orgullo herido ante la posibilidad de otra victoria argentina. Todo
ello amplificado por una tecnología construida para premiar la agresividad y la
indignación. Las redes sociales, y particularmente X bajo la conducción de Elon
Musk, funcionan como una maquinaria de exaltación de este tipo de discursos.
Sobre esa
base emocional se construyeron tres racionalizaciones políticas. La primera fue
la idea de un supuesto favoritismo de la FIFA hacia Argentina, una acusación
conspirativa con muy poco sustento. Cualquier decisión arbitral favorable era
presentada como prueba de un complot, mientras se ignoraban los errores que
perjudicaban al equipo o los beneficios recibidos por otras selecciones.
No
sorprende a nadie la opacidad de la FIFA, acentuada por la influencia de Donald
Trump en un Mundial organizado en Estados Unidos. Esa cercanía quedó expuesta
cuando el presidente intervino para que se levantara la sanción a Folarin
Balogun, jugador de la selección estadounidense. También resultó indignante la
exclusión del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, junto con decisiones
arbitrales muy polémicas, como las del partido entre Croacia y Portugal, tras
el cual la federación croata presentó una protesta formal. Ninguno de estos
episodios benefició a Argentina. El torneo confirmó hasta qué punto la FIFA
está atravesada por la mercantilización y la corrupción.
El segundo
eje fue el vínculo del gobierno de extrema derecha de Javier Milei con figuras
como Trump y Netanyahu. Ese alineamiento del gobierno argentino es real y forma
parte de una orientación política concreta cuyas consecuencias padece la
población del país. Sin embargo, su utilización dentro de la campaña fue
selectiva y distorsiva. Se señaló, por ejemplo, la participación de Messi en una
reunión institucional del Inter de Miami con Trump, un hecho repudiable. En
cambio, no generaron un repudio comparable encuentros mucho más personales,
como el de Harry Kane jugando al golf con Trump o la visita individual de
Cristiano Ronaldo.
Mientras se
condenaba a la selección argentina por esa supuesta cercanía política, también
se ignoraron gestos que iban en sentido contrario. Junto con la hermosa imagen
de Lamine Yamal celebrando con la bandera palestina, Argentina protagonizó uno
de los pocos actos de desobediencia política del torneo. Tras la semifinal
contra Inglaterra, varios jugadores desplegaron una bandera con la inscripción
«Las Malvinas son argentinas», desafiando una prohibición explícita de la FIFA,
respaldada incluso por el gobierno de Milei. El gesto conectaba con un
sentimiento popular profundo y exponía a los jugadores a posibles sanciones.
También generó incomodidad en el oficialismo, que reaccionó con hostilidad. Fue
una intervención breve pero poderosa.
El tercer
eje fue el racismo. En este punto, el rechazo encontró una racionalización más
noble y mucho más eficaz. La campaña dejó de presentarse como una rivalidad
futbolística y comenzó a describirse como una lucha moral contra un país
supuestamente blanco, colonial, racista, violento y tramposo.
Eso no
significa que Argentina carezca de racismo. Hay racismo, como existen otras
formas de discriminación y desigualdad. Distintos grupos racializados, entre
ellos pueblos originarios, afrodescendientes y migrantes regionales, sufren prejuicios
y formas de exclusión. Y el fútbol constituye uno de los espacios donde esas
expresiones aparecen de manera más desagradable e hipertrofiada. Pero la
situación real guarda muy poca relación con la imagen construida por esta
campaña.
Fue
realmente sorprendente leer cosas cada vez más delirantes escritas por personas
que conozco, muchas de ellas personas cercanas, además de inteligentes y
formadas. Reproducían noticias falsas de fácil refutación y generalizaciones
que jamás aceptarían si estuvieran dirigidas contra otros pueblos. También fue
inquietante observar la creciente agresividad del lenguaje. Un militante
marxista que está entre mis contactos en X llegó a pedir que Irán bombardeara
Buenos Aires. Evidentemente no hablaba en serio, pero el comentario mostraba
hasta qué punto se había naturalizado la hostilidad colectiva.
La
experiencia fue reveladora. Nos permitió observar desde adentro cómo funcionan
las redes de odio de las que se alimenta la extrema derecha. Todo empieza con
una emoción intensa. Después, algunos hechos verdaderos se sacan de contexto y
se mezclan con falsedades dentro de una comunidad que solo escucha lo que
confirma sus certezas. En muy poco tiempo puede construirse una realidad
completamente imaginaria y conseguir que personas inteligentes la reproduzcan
con convicción.
Creo que no
es exagerado hablar en este caso de un discurso de odio. Reunió varios de sus
rasgos característicos: partió de una emoción exaltada, se propagó por las
redes sociales, se alimentó de noticias falsas y medias verdades y atribuyó
características morales a una población completa. Como suele ocurrir, esa
estigmatización también tuvo consecuencias fuera de las redes, con episodios de
agresión contra argentinos en España, México y Brasil. Por el momento fueron
casos acotados, pero muestran que estas narrativas nunca son inocuas.
Lo más
llamativo fue que una parte de la izquierda y de la intelectualidad progresista
global, principalmente europea y estadounidense, funcionó como una pieza
decisiva de la campaña. Le proporcionó un lenguaje respetable y una
racionalización política.
Diría, por
eso, que fue un discurso de odio disfrazado de progresismo. Una rivalidad
futbolística perfectamente comprensible fue transformada en una condena moral
de una población completa, y una parte del progresismo internacional le otorgó
legitimidad política.
GVL
¿Cuál es
la situación del racismo en Argentina?
MM
Argentina
tiene racismo, pero no es la sociedad excepcionalmente racista que se construyó
durante esta campaña. Ambas afirmaciones deben sostenerse simultáneamente.
Existe
discriminación contra pueblos indígenas, afrodescendientes y migrantes de la
región. Hay violencia policial selectiva y una cultura futbolística en la que
sobreviven expresiones racistas y xenófobas muy fuertes. Durante mucho tiempo,
además, el relato oficial presentó a Argentina como una nación puramente blanca
y europea, minimizando la diversidad étnica y racial de su población.
Pero cuando
se dejan de lado las impresiones y los episodios virales y se observan las
instituciones, la historia social y los estudios comparativos, la caricatura
internacional empieza a desmoronarse.
Para empezar,
Argentina construyó uno de los sistemas de derechos civiles más avanzados de
América Latina. Fue el primer país de la región en reconocer el matrimonio
igualitario y la adopción plena por parejas del mismo sexo. Su Ley de Identidad
de Género permitió modificar el nombre y el sexo registrado sin autorización
judicial ni requisitos médicos o psiquiátricos, y fue considerada una
legislación pionera a escala mundial. También reconoció la migración como un
derecho humano y estableció un régimen relativamente abierto, con acceso de los
extranjeros a los servicios públicos.
Argentina
tampoco desarrolló nada comparable con el muro entre Estados Unidos y México ni
con el régimen fronterizo europeo en Ceuta y Melilla, donde las políticas de
contención migratoria han producido muertes y graves violaciones de derechos
humanos bajo gobiernos conservadores y socialdemócratas. Esto no lo menciono
para relativizar los racismos argentinos mediante la enumeración de los
crímenes ajenos, sino porque durante esta campaña España fue presentada como la
encarnación de una sociedad multicultural e integrada frente a una Argentina
cerrada y supremacista. ¿Acaso no exige esta contraposición borrar de un
plumazo buena parte de la realidad europea?
El gobierno
de Milei está atacando una parte considerable de ese entramado institucional y
promoviendo una política más restrictiva y punitiva. Hasta ahora, sin embargo,
su capacidad para desmontarlo ha sido limitada. Su ofensiva constituye un
retroceso precisamente porque existe una tradición previa de derechos civiles
particularmente avanzada.
La historia
argentina también presenta diferencias estructurales importantes. La Asamblea
del Año XIII fue una asamblea política reunida en Buenos Aires durante el
proceso de independencia del Río de la Plata. Aunque no abolió completamente la
esclavitud, dispuso que los hijos de mujeres esclavizadas nacieran libres y
adoptó medidas para limitar la trata. La abolición definitiva quedó establecida
en la Constitución de 1853. Estados Unidos, por su lado, abolió la esclavitud
en 1865, pero mantuvo durante casi otro siglo un régimen legal de segregación
racial bajo las leyes Jim Crow.
La economía
rioplatense nunca tuvo una estructura basada centralmente en la esclavitud
comparable con Brasil o el sur de Estados Unidos. Esto no ocurrió porque las
élites argentinas fueran antirracistas; eran abiertamente racistas. La
diferencia se explica por otra estructura económica y social. Pero esa
diferencia dejó consecuencias históricas.
A ella se
sumó una tradición igualitaria poderosa. Historiadores de orientaciones muy
diversas han vinculado esa tradición con la politización de la inmigración
obrera, la fuerza del movimiento sindical y la incorporación de las clases
populares mestizas a la vida política, especialmente durante el peronismo.
También señalan el papel integrador de la educación pública y de una sociedad
civil muy activa y densamente organizada.
Ese
igualitarismo convivió con el racismo, pero contribuyó a atenuar algunos de sus
efectos. También ayuda a explicar la ubicación relativa de Argentina frente a
sociedades atravesadas por desigualdades raciales mucho más profundas.
Argentina tiene enormes desigualdades materiales y simbólicas, pero existe a la
vez una norma cultural fuerte contra la afirmación abierta de una superioridad
fundada en el nacimiento, un fenómeno ampliamente documentado y estudiado por
politólogos e historiadores. Esa tensión forma parte de la historia nacional.
Los
estudios comparativos disponibles tampoco respaldan la imagen de una excepcionalidad
racista. En el World Values
Survey, que pregunta, entre otras cosas, si las personas rechazarían tener
vecinos de otra raza, Argentina suele ubicarse entre los países con menor
prejuicio racial declarado. Sus resultados son generalmente mejores que los de
buena parte de la región y comparables con los de sociedades europeas de baja
intolerancia. Según la pregunta considerada, Argentina suele ubicarse cerca de
España o Reino Unido y, con frecuencia, por encima de Francia.
El Project
on Ethnicity and Race in Latin America ofrece otra base comparativa.
El estudio examina la relación entre color de piel y posición socioeconómica en
varios países de la región. Sus resultados muestran que las jerarquías raciales
atraviesan a toda América Latina, aunque con intensidades desiguales, y las
brechas asociadas al color de piel son especialmente pronunciadas en países
como Brasil, Colombia, México y Perú. Esto no elimina la existencia de racismo
en Argentina, pero sí contradice la imagen de una excepcionalidad argentina
construida por contraste con países vecinos que, en realidad, presentan
desigualdades étnico-raciales muy profundas.
En buena
parte de América Latina existen desigualdades étnico-raciales más profundas y
visibles que las argentinas. Brasil exhibe brechas raciales muy pronunciadas
tanto en las condiciones de vida como en la exposición al encarcelamiento y la
violencia policial. México presenta profundas desigualdades que afectan
especialmente a la población indígena y, de manera menos estudiada pero también
documentada, a las comunidades afromexicanas. En otros países de la región, la
pertenencia indígena o afrodescendiente también está estrechamente asociada a
la pobreza y la marginación social.
Francia y
Reino Unido, por su parte, cuentan con abundante evidencia sobre discriminación
en el mercado de trabajo y en el trato policial. España enfrenta un racismo
significativo contra migrantes africanos y una política fronteriza asociada a
graves violaciones de derechos humanos.
Por eso,
frente a la afirmación de que Argentina es más racista que las principales
sociedades latinoamericanas o que Francia, España o Inglaterra, la pregunta
inmediata debería ser: ¿según qué indicador? Los estudios comparativos de
actitudes no sostienen esa conclusión. Las instituciones de derechos civiles
tampoco. Las desigualdades étnico-raciales son considerablemente más profundas
en otros países de la región, mientras varias sociedades europeas presentan
problemas ampliamente documentados de discriminación institucional.
Esto no
permite elaborar un ranking definitivo de sociedades racistas. Pero sí permite
descartar la caricatura que circuló durante la campaña. No existe evidencia
seria para afirmar que Argentina sea una anomalía racista frente a esos países.
En varios indicadores, la evidencia disponible apunta en la dirección
contraria.
¿Cómo se formó,
entonces, la imagen exterior de una Argentina especialmente racista? Creo que
hubo dos factores decisivos.
El primero
es, precisamente, el fútbol. Los estadios son uno de los espacios donde el
racismo argentino aparece de manera más hipertrofiada. La cultura futbolística
local tiene naturalizados los cantos racistas. Además, los argentinos que
viajan regularmente a los mundiales no son una muestra sociológica del país.
Pertenecen en gran medida a sectores medios altos y altos, entre los cuales el
clasismo y el racismo pueden expresarse de manera particularmente cruda.
El segundo
factor es la dificultad para reconocer la diversidad argentina cuando no adopta
las formas fenotípicas y categoriales de Estados Unidos. La sociedad argentina
es profundamente mestiza, aunque ese mestizaje haya sido recubierto durante
décadas por una ideología de blanquitud. Desde el exterior, esa ideología suele
aceptarse literalmente. Argentina dijo alguna vez que era blanca y sus críticos
decidieron creerle.
Las
categorías argentinas de raza y clase tampoco coinciden con las
estadounidenses. La palabra «negro», por ejemplo, puede funcionar como
categoría racial, insulto clasista, pero también, y muchas veces, como una
forma afectiva de trato. Esa polisemia obliga a atender al contexto. Un ejemplo
de esto fue la sanción impuesta por la Federación Inglesa a Edinson Cavani por
escribirle «gracias, negrito» a un amigo. Un uso afectuoso del español
rioplatense fue interpretado como un agravio racial. Terminó sancionado un uso
afectivo del término porque una institución inglesa trasladó a otro contexto
lingüístico su propio código sobre el lenguaje racial.
El desafío
consiste en evitar dos simplificaciones. La primera es la vieja negación local
del racismo, según la idea de que, como aquí no existe una división racial
idéntica a la estadounidense, no hay discriminación. La segunda es la
caricatura inversa, que convierte a Argentina en una anomalía supremacista y
desconoce su composición popular y mestiza, así como la tradición igualitaria
expresada en buena parte de sus instituciones.
La
comparación internacional permite rechazar una afirmación empíricamente falsa
sin minimizar los problemas reales del racismo argentino. Esa falsedad, además,
produce efectos políticos negativos sobre los que vale la pena detenerse.
Argentina no aparece, ni en sus instituciones ni en los principales estudios
internacionales de actitudes, como una sociedad más racista que los países
latinoamericanos o las grandes potencias europeas que protagonizaron esta campaña.
En varios indicadores ocurre exactamente lo contrario.
GVL
¿Qué
pensás del papel de la intelectualidad progresista global?
MM
Fue uno de
los aspectos más decepcionantes. Una parte considerable de la intelectualidad
progresista europea y estadounidense reprodujo exactamente la actitud
eurocéntrica que los departamentos anglosajones de estudios decoloniales dicen
denunciar: habló desde un pedestal moral sin molestarse demasiado en conocer la
historia concreta ni la realidad social del país al que estaba condenando. De
ese modo, convirtió a una sociedad periférica en objeto de juicio e
invisibilizó el racismo característico de sus propias sociedades.
El
excelente artículo que
publicó Jacobin en Estados Unidos, hay que decirlo, uno de los pocos medios
importantes de izquierda que se opuso abiertamente a esta ola, y que tradujimos
con el título «Contra
el moralismo geopolítico futbolero», señaló algo fundamental: muchas de
estas intervenciones no intentaban comprender una realidad desconocida, sino
forzarla dentro de categorías preestablecidas del Norte Global.
Como los
autores lo formularon de una manera mejor de lo que yo podría hacerlo, voy a
citarlos ampliamente:
Las
desigualdades raciales en nuestro país no encajan, ni podrían encajar jamás, en
el patrón estadounidense. Verlas como versiones menores de las de Estados
Unidos encaja exactamente en la definición de lo «imperial», en la práctica de
«gobernar sobre» una multiplicidad de culturas por lo demás dispares. Este
«gobernar sobre» desestima las particularidades, ignora formas de ver ajenas y,
en general, espera que toda esa diversidad se subordine a esta mirada dominante
y monolítica. Esto no es un rasgo exclusivo de los ideólogos de derecha;
lamentablemente, se extiende también a algunos de quienes en otros contextos
denunciarían al imperio.
La historia
racial argentina no puede comprenderse como una versión incompleta o defectuosa
de la experiencia estadounidense. Convertir una historia nacional particular en
modelo universal y obligar a las demás sociedades a reconocerse en ella es un
gesto que podría considerarse, en definitiva, imperial.
Estados
Unidos organizó históricamente su sistema racial alrededor de la esclavitud de
plantación y, más tarde, de la segregación jurídica, dentro de una
clasificación relativamente binaria entre blancos y negros. Brasil tuvo otra
trayectoria, atravesada por una economía esclavista de enorme escala y por
jerarquías más graduales de color. Argentina tuvo una formación diferente,
marcada por la menor centralidad económica de la esclavitud y por un mestizaje
cuya visibilidad fue posteriormente desplazada por el peso demográfico y
simbólico de la inmigración europea masiva. A eso se sumaron la
invisibilización de afrodescendientes y pueblos originarios y una tradición de
integración social que convivió con formas concretas de discriminación.
Aplicar,
aunque sea de manera implícita, una clasificación racial binaria importada de
Estados Unidos conduce a inspeccionar los rostros y los tonos de piel de los
jugadores argentinos para decidir si son suficientemente negros. Como no
encajan en una imagen estereotipada de la negritud, la selección es declarada
blanca. Pero la selección argentina es mestiza y socialmente popular, formada
en su enorme mayoría por jugadores provenientes de hogares trabajadores de las
provincias y periferias urbanas. La sociedad, en su mayoría, se identifica con
ellos por sus trayectorias y porque reconoce en sus maneras una pertenencia
común, no porque representen una fantasía de pureza blanca.
La
selección argentina también es multicultural, aunque su diversidad no coincida
con la imagen que una oficina universitaria estadounidense espera encontrar.
Refleja las migraciones internas, así como una diversidad de ascendencias
integrada por instituciones populares como los clubes de barrio.
También
hubo una asimetría evidente en los criterios. Argentina quedó sometida a un
examen moral absoluto, mientras España, Francia e Inglaterra eran liberadas de
toda evaluación histórica y contemporánea. Desaparecieron sus historias
coloniales y las formas contemporáneas de violencia contra migrantes y
poblaciones racializadas.
¿España es
una sociedad multicultural y Argentina una sociedad racista? España es una
sociedad con una importante población de origen migrante, y Lamine Yamal,
además de ser un jugador excepcional, ha sostenido posiciones políticas
valientes, reivindicando sus orígenes humildes y expresando su apoyo a
Palestina. Muchos argentinos vimos en él algo de Diego Maradona, probablemente
el futbolista que más abiertamente se enfrentó a la FIFA y que asumió
compromisos políticos y populares reconocibles.
Pero
también vimos al capitán de España celebrar junto a su afición «por el rey y
por España», cuando esa idea de España ha estado históricamente asociada a la
subordinación de las identidades nacionales catalana, vasca y gallega. España
enfrenta, además, una violencia sistemática contra migrantes africanos y una
derecha xenófoba que todavía se alimenta de las persistencias culturales del
franquismo. Francia presenta una discriminación ampliamente documentada contra
personas de origen africano y magrebí. En el Reino Unido existen brechas
raciales en las condiciones de vida y una fuerte desigualdad en el
encarcelamiento y el trato policial.
No se trata
de defender al propio país reemplazando un estigma por otro. Se trata,
sencillamente, de mostrar la arbitrariedad de una intelectualidad occidental
que convirtió a esas sociedades en emblemas del multiculturalismo y el antirracismo
mientras sometía a Argentina a un juicio moral absoluto.
Nada de
esto convierte a esas sociedades en esencias racistas. Ese es precisamente el
criterio que debería aplicarse también a Argentina. Las sociedades son
formaciones contradictorias, atravesadas por relaciones de poder y conflictos
internos. No pueden reducirse a una esencia moral deducida de una selección de
fútbol.
El comentario de
Yanis Varoufakis fue un ejemplo particularmente elocuente de esa
simplificación, aunque la lista es lamentablemente interminable. Varoufakis
celebró el triunfo español afirmando que el fútbol había vencido a su
mercantilización y que la brillantez colectiva de España se había impuesto al
individualismo argentino.
Pero ¿por
qué Argentina representaría la mercantilización y España su superación? La
Federación Española forma parte de una de las industrias futbolísticas más
ricas y poderosas del mundo, dominada por clubes como Real Madrid y Barcelona.
Argentina, en cambio, ocupa una posición periférica y forma jugadores que luego
son absorbidos por las ligas europeas. Convertir al polo subordinado en símbolo
del mercado y a uno de sus centros principales en emblema de la resistencia
muestra hasta qué punto una preferencia deportiva fue revestida arbitrariamente
de contenido político. También revela una considerable ignorancia, tanto sobre
la estructura del fútbol mundial como sobre las relaciones entre centro y
periferia, un terreno en el que cabe exigir bastante más de una figura del
prestigio intelectual y político de Varoufakis.
También
resulta arbitrario identificar a Argentina con el individualismo por la
presencia de Messi. Es cierto que la selección se benefició de una figura
providencial, comparable únicamente, en otros contextos históricos, con Pelé o
Maradona. Pero el equipo argentino de los últimos años fue profundamente
colectivo, construido alrededor de la solidaridad entre sus jugadores y de la
subordinación de sus figuras a un proyecto común. Lo importante, de todos
modos, no es la discusión futbolística, sino la desfiguración de la realidad a
la que se prestaron figuras prestigiosas de la intelectualidad europea. El
comentario de Varoufakis dice mucho menos sobre el juego argentino que sobre la
necesidad de convertir un episodio deportivo en una victoria moral y política,
de manera irresponsable y contribuyendo a una suerte de hostigamiento global
contra un país.
No se trata
necesariamente de mala fe. Fueron, más bien, actos irresponsables que dicen
mucho sobre nuestro tiempo. Una persona con autoridad intelectual debe ser
especialmente cuidadosa cuando habla de una sociedad que no conoce. No puede
convertir intuiciones formadas a partir de publicaciones virales en
afirmaciones generales sobre la historia y el carácter de un pueblo. El
prestigio aumenta esa responsabilidad, porque sus palabras proporcionan
legitimidad a comportamientos que luego circulan de manera mucho más agresiva.
También
hubo una forma de ventriloquia política. Se habló en nombre de distintos
colectivos racializados de Argentina, pero rara vez se los escuchó. Muchas de
esas voces rechazaron la caricatura internacional sin negar los problemas
reales de discriminación en Argentina. Sin embargo, tuvieron mucha menos circulación
que las opiniones de celebridades extranjeras. El supuesto antirracismo volvió
a colocar a los centros culturales internacionales en el lugar de quienes
explican una sociedad periférica por encima de quienes viven en ella.
Una
intelectualidad verdaderamente internacionalista debería juzgar menos rápido y
conocer mejor las historias nacionales sobre las que interviene. También
debería resistir la opinología irresponsable y el vedetismo narcisista que
estimulan las redes sociales. El antirracismo pierde fuerza cuando se convierte
en una distribución arbitraria de certificados morales y se vuelve directamente
imperial cuando transforma las categorías del Norte Global en la medida
universal con la que deben ser juzgadas las sociedades periféricas.
GVL
¿Por qué
esta campaña constituye un problema político y no solamente una representación
injusta de Argentina?
MM
Porque el
problema excede ampliamente la reputación internacional del país. Mi
preocupación no es defender el honor nacional ni demostrar ninguna presunta
superioridad moral de los argentinos. Lo grave es que una parte de la izquierda
y del progresismo internacional haya adoptado los procedimientos de una campaña
de odio y los haya presentado como una forma de antirracismo.
Ese
mecanismo perjudica, en primer lugar, a quienes combaten el racismo dentro de
Argentina. Los colectivos racializados quedaron enfrentados a una caricatura
exterior que tenía poco que ver con sus experiencias concretas. La derecha
puede aprovechar ahora esa exageración para negar el problema real. Si es
absurdo afirmar que Argentina es el país más racista del mundo, entonces, dirá,
toda denuncia de racismo es falsa. El moralismo extremo termina ofreciéndole
una coartada.
La campaña
también divide a pueblos que deberían reconocerse como aliados. Las sociedades
latinoamericanas están atravesadas por problemas específicos de racismo, pero también
por historias de luchas obreras, indígenas, democráticas y anticoloniales.
Convertir rivalidades futbolísticas en una competencia moral entre pueblos
resulta políticamente desastroso, sobre todo en un momento de avance de la
extrema derecha y renovada presión estadounidense sobre la región.
El problema
de fondo es qué tipo de izquierda se está formando cuando puede participar con
tanta facilidad en campañas de estigmatización nacional. El internacionalismo
se vacía cuando la solidaridad entre pueblos es reemplazada por una competencia
por demostrar quién ocupa el lugar moralmente correcto. El racismo debe ser
combatido y denunciado allí donde aparezca. Pero una izquierda incapaz de
distinguir entre combatir el racismo y estigmatizar a un pueblo termina
empujando hacia la reacción a personas que no son racistas ni derechistas. La
extrema derecha ha sabido explotar muy bien esa experiencia de humillación
moral.
El
internacionalismo siempre consistió en construir solidaridad entre pueblos
diferentes a partir del conocimiento de sus historias y de las estructuras que
los enfrentan. Una campaña que convierte a un pueblo periférico en objeto
colectivo de odio destruye ese vínculo.
Por eso
debe ser denunciada con claridad. Argentina no está libre de racismo, pero
ningún racismo se combate estigmatizando una nacionalidad. Las críticas
extranjeras son legítimas, pero deben fundarse en hechos y en un conocimiento
histórico capaz de aplicar criterios simétricos. La solidaridad entre los
pueblos oprimidos es demasiado importante como para dejarla subordinada al
moralismo y a la lógica de las redes sociales.
Sobre el entrevistador
Gabriel Vera Lopes es corresponsal de Brasil de Fato y
participa en distintos espacios de formación vinculados a movimientos sociales
de América Latina.
[Foto: Lucia Prieto - fuente: www.jacobinlat.com]

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