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| El Illimani desde La Paz |
En estos tiempos de saturación y explotación
turística, tan alejados del sentido clásico y épico que antaño tenía todo viaje
que se preciara, cabría preguntarse si la literatura de viajes, y los viajes en
sí, tienen razón de ser; es decir, si tienen aún capacidad suficiente de
asombro para desvelarnos lo ignoto del mundo, tierras y costumbres
inexploradas. Revelaciones que se nos presentan para sentir la imperiosa
necesidad de contarlas a terceros, de escribirlas.
El viaje no puede cargarlo uno a cuestas.
Sucede que mientras se realiza, es habitual caer en las frases de relleno
invitando a pensarlo, a disfrutarlo sin perder estímulo que salga al paso para
guardarlo y sumarlo al deleite. Pero no es posible mantener la atención y el
nivel de sensibilidad al doscientos por cien las veinticuatro horas. Nos
cegaría la extenuación, y cualquier viaje causa dicho efecto,
independientemente de la ciudad o la zona que se visiten. Pasados los iniciales
deslumbramientos, salvo alguna sorpresa que reserve, todo va en caída y
dulcemente cediendo lugar a acostumbrarse a lo que estaba lejano y ahora
podemos tocar, recorrer, pero nunca adaptarnos, no del todo, porque nos quedará
el regreso.
Por ese motivo, pensar el viaje durante el
viaje mismo es impedimento de cualquier placer que pueda proporcionar. Cuando
se está de vuelta, deshechas las maletas, de nuevo en las estancias y paisajes
comunes ―si se es escritor
además, con las manías solitarias que conlleva, pensando en cómo ordenar y adaptar todo lo ocurrido a su visión, e
incorporar a la mesa de trabajo lo traído por contar con aroma exótico, antes
de que se pierda―, es razonable
pasar por un breve acceso de melancolía. Ya no se está allí. Ha sido mucho, o
nos lo parece, lo vivido y
ahora toca repasar. No digamos si la intención que sigue a dicha escapada es
plasmarlo en un libro. Ahí el viaje, en cierto modo, no termina. Se hace más
real, retornan las imágenes en cascada. Es momento de frenar el exceso de
sentimientos que reviven en consecuencia y pasarlos por el tamiz del talento;
recolocarlos para que otro pueda sentir esa vivacidad que en uno se produjo
aquel día, con ese encuentro, tales asombros capaces, ya se ha dicho.
Escribir y leer invitan e imitan ese
instante en el que decidimos marcharnos. El sano movimiento de partir. Es la
meta, como decía el verso de Giuseppe Ungaretti. Verso que gustó mucho y suele
reaparecer ocasionalmente en las páginas físicas y digitales de Miguel
Sánchez-Ostiz. Hace años, en 2004, sus ganas de aventura lo llevaron hasta
Bolivia, y tras venir y volver, con la trayectoria del viaje sintiéndola
completa, fue inevitable que se publicara su Chuquiago. Deriva de La Paz (La Línea del Horizonte, 2018), un rescate
de todas sus estadías en la capital boliviana. De lo que ha podido dejar
constancia, porque de otros garbeos nos quedaremos sin saber, me temo, según el
autor, pues ese material inédito quiso dejarse o a medias en sus diarios y
proyectos empezados, o con la superstición de poder volver. Lo no dicho por lo
que pueda aún verse, si sucediera.
Un breve inciso sobre la consideración de
este libro en la literatura de Sánchez-Ostiz. ¿Tiene razón de ser y continuidad
en cuanto al resto de sus creaciones? Si investigamos títulos atrás, la
tentación de poner pies en polvorosa, nos daremos cuenta, estuvo siempre
presente. En su primera novela, Los papeles del ilusionista (CAMP, 1982; segunda edición en Anagrama,
1990), punto de partida de su opus narrativo, está el protagonista que ha emprendido el viaje sobre sus
pisadas, regresando a la casa familiar en la que decide encerrarse y así
peregrinar por su existencia con sabor malgastado. Su primer libro de poesía se
titula Pórtico de la fuga (Ámbito, 1979). Su segundo dietario-recopilación
de artículos es una Gazeta de pasos perdidos (Pamiela, 1987). Y la nave va, así en adelante. La
fuga, el extravío, la huida, el picar espuelas son gestos poéticos y prosistas
recurrentes en sus personajes. Eligen el derrotero antes que la senda recta,
porque el temor les puede. Están abocados a la periferia de la memoria antes
que cegarse por un ahora que aplaste y en nada favorezca una actitud ensoñada. Ir a la suya,
escoger con todas las consecuencias. A veces el precio ha sido alto a pagar,
pero escribe con una testarudez que ayuda a justificar la verdad de su lado. Es
una postura loable. Sí, posee una coherente y saludable continuidad con sus
otros libros. No ya por complementarse con su Cuaderno boliviano (Alberdania, 2008), la Cirobayesca boliviana (Renacimiento, 2018), los extractos
en el diario Vivir de buena gana (Alberdania, 2011) o la novela Diablada boliviana (Pamiela, 2017), sino por reiterar
la inestabilidad de nuestras existencias, trabajos, términos, intentos de
exploración propia, autoconocimientos y demás futilidades de moda. Hasta el más
convencido del poder de la ficción le puede sobrevenir la revelación de no
servirle los libros si no le dejan ver la hierba, como decía el poema de Miguel
d’Ors. Hasta el más trotamundos sabe que pronto o tarde le tocará hacer «la
vuelta del gitano». Fuera de nuestro jardín, la vasta fronda, esperándonos.
¿Qué llevó, entonces, al escritor navarro
a tomar un avión y dejarse caer a más de tres mil metros de altura sobre el
nivel del mar? La curiosidad, indudablemente. Con una carrera más que sólida
dejada en la península, tocaba explorar un país nuevo, empezar de cero. El
estado vacacional quitaba hierro; él estaba de paso, pero no contaba con que la
realidad boliviana le fuera a encantar, en su sentido de embrujo, es evidente.
Cuatro años tardaría en volver, pero después fueron sucesivas las veces de
venidas, de idas para desandadas que lo empapasen una vez más de ese «caos
cataclismático», como hubiera calificado Gómez de la Serna en boca de
Sánchez-Ostiz con mucha fortuna, de La Paz.
Desde el primer capítulo nos constata que
una ciudad, aunque jamás lleguemos a conocerla al dedillo, podrá estar
dispuesta a que entremos en ella si carecemos de rumbo, si vamos a la deriva,
«patiperreando arriba y abajo sus calles», las pesadas y empinadas cuestas y
bajadas, sin miedo, que no van a gastarse los adoquines, los suelos
polvorientos y susceptibles en devenir muladar a la menor lluvia de cambio, y
las lluvias bolivianas no son asunto ligero. Un sinfín, un bendito sindiós. En
la entrada de Chuquiago pone el tono a modo de señal: gamberro y lírico, preparado con su
fardo importante de datos y nombres y una coquetería gozosa por sentir de nuevo
su tejido urbano.
«Un espacio que para mí está marcado por
la presencia de algunos edificios emblemáticos», cuenta a su llegada, chocando
de frente con su bullebulle inmigratorio, las colas que se forman ante
cualquier evento. Las plazas e iglesias, los conventos, conventillos, los cementerios ―delirantes esos capítulos― y los mercados. Especialmente los
mercados serán lugares de mucha frecuencia para Sánchez-Ostiz, para degustar y
ser testigo de peleas que enriquecen y acompañan vistosamente el ritual de las
comidas al paso. Los sonidos,
los olores, sabores y colores se hacen tangibles. «Mi ración de lechón, con su
camote, su papa, su plátano y su bolsita de llajua, más el par de marraquetas
de la panadera gruñidora que se instala enfrente de la caseta del asado podía
ser verdaderamente dégueulasse, pero también completamente delicioso…», confiesa al reaccionar a la mueca
de asco que dos turistas francesas hacen de su estampa agachada, en las gradas
al sol, recogiendo dos versiones del turismo. Porque el autor es consciente que
no es uno más, pero se ha de intentar pasar desapercibido. Y es cierto que en
Bolivia permanece latente el racismo entre cholos e indígenas, y de estos hacia
los cholos o los españoles o cualquier otro extranjero que se precie, además de
un largo número de problemas y contradicciones que no tiene proceder discutir,
e igual postura toma Sánchez-Ostiz, pues su presencia no es la del profeta ni
el dechado de virtudes respecto a la patria hermana latinoamericana, sino
alguien que está para mirar y hablarnos de sus peripecias, lo mejor que puede y
sin quedarse corto. Cumple de manera sobresaliente.
Los intereses, por supuesto, son más
humanos y literarios en su travesía. Los primeros porque, según avanzamos con
él en la encrucijada paceña, corroboramos la mirada comprensiva, libre de
juicios, receptiva con los tipejos y los bondadosos, con los chorizos,
borrachos y gente de busca y también con quienes lo acogieron en sus casas,
tertulias, excursiones por los rincones más peliagudos y desconchados de
leyenda y habladurías. A los amigos también va dedicada esta Deriva. Y a los segundos, porque es de
naturaleza obligatoria. Jaime Sáenz, Juan de Recacoechea, el Reca, Ramón Rocha Monroy, Arturo Borda, la
Academia Boliviana de los Ficticios, Mariano Baptista, Cees Noteboom, Eugenio
Noel en sus trancas y barrancas, Ciro Bayo de pasada y fantasmal, Paul Morand,
exquisito. Son algunos de los nombres, predominando los locales, que más
repiten aparición. Las vidas de Sáenz y Borda son las que más impactan.
Sánchez-Ostiz deja cierta ambigüedad al lector a la hora de recomendar
encarecidamente sus obras. Buscarlas ya sería una odisea, en especial
refiriéndose a la de Borda, ya que mucho ha sido tapado por sus diabluras, por
su hosquedad y malditismo en detrimento de sus obras, pero sin restar
cualidades. La noche y el trago, tomarla hasta «sacarse el cuerpo». Esfuerzos
vanos que acaban en letra muerta. Al fondo de todo y de todos, siempre, la
cumbre nevada o no, imponente, del Illimani.
Sale uno de esta inmersión boliviana fatigado.
La Paz es única, pensamos. Sin duda. Hay que estar preparado para el remolino
que ofrece. No se me ocurre mejor forma de cerrar esta crítica que con el mismo
humor desengañado y la rara satisfacción de este párrafo, yéndose el autor y su
compadre un día de fiesta, que repartida en muchos, suele ser lo similar a un
viaje.
«Pero cuando nos íbamos aquello era una borrachería y el viento que había comenzado a soplar repentino, arrastraba miles y miles de hojas de coca resecas que hacían un ruido insidioso: otro ruido, otra furia. El suelo teñido de verde».
Luis
Bravo (1994,
Madrid) es poeta y escritor. Su último libro publicado es el diario Las terrazas
desiertas (La Pipa
de Kif, 2025).
[Foto: Jack Prommel- fuente: www.revistadelibros.com]


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