sábado, 21 de março de 2026

Sombra del Illimani

El Illimani desde La Paz


Escrito por 

En estos tiempos de saturación y explotación turística, tan alejados del sentido clásico y épico que antaño tenía todo viaje que se preciara, cabría preguntarse si la literatura de viajes, y los viajes en sí, tienen razón de ser; es decir, si tienen aún capacidad suficiente de asombro para desvelarnos lo ignoto del mundo, tierras y costumbres inexploradas. Revelaciones que se nos presentan para sentir la imperiosa necesidad de contarlas a terceros, de escribirlas.

El viaje no puede cargarlo uno a cuestas. Sucede que mientras se realiza, es habitual caer en las frases de relleno invitando a pensarlo, a disfrutarlo sin perder estímulo que salga al paso para guardarlo y sumarlo al deleite. Pero no es posible mantener la atención y el nivel de sensibilidad al doscientos por cien las veinticuatro horas. Nos cegaría la extenuación, y cualquier viaje causa dicho efecto, independientemente de la ciudad o la zona que se visiten. Pasados los iniciales deslumbramientos, salvo alguna sorpresa que reserve, todo va en caída y dulcemente cediendo lugar a acostumbrarse a lo que estaba lejano y ahora podemos tocar, recorrer, pero nunca adaptarnos, no del todo, porque nos quedará el regreso.

Por ese motivo, pensar el viaje durante el viaje mismo es impedimento de cualquier placer que pueda proporcionar. Cuando se está de vuelta, deshechas las maletas, de nuevo en las estancias y paisajes comunes si se es escritor además, con las manías solitarias que conlleva, pensando en cómo ordenar y adaptar todo lo ocurrido a su visión, e incorporar a la mesa de trabajo lo traído por contar con aroma exótico, antes de que se pierda, es razonable pasar por un breve acceso de melancolía. Ya no se está allí. Ha sido mucho, o nos lo parece, lo vivido y ahora toca repasar. No digamos si la intención que sigue a dicha escapada es plasmarlo en un libro. Ahí el viaje, en cierto modo, no termina. Se hace más real, retornan las imágenes en cascada. Es momento de frenar el exceso de sentimientos que reviven en consecuencia y pasarlos por el tamiz del talento; recolocarlos para que otro pueda sentir esa vivacidad que en uno se produjo aquel día, con ese encuentro, tales asombros capaces, ya se ha dicho.

Escribir y leer invitan e imitan ese instante en el que decidimos marcharnos. El sano movimiento de partir. Es la meta, como decía el verso de Giuseppe Ungaretti. Verso que gustó mucho y suele reaparecer ocasionalmente en las páginas físicas y digitales de Miguel Sánchez-Ostiz. Hace años, en 2004, sus ganas de aventura lo llevaron hasta Bolivia, y tras venir y volver, con la trayectoria del viaje sintiéndola completa, fue inevitable que se publicara su Chuquiago. Deriva de La Paz (La Línea del Horizonte, 2018), un rescate de todas sus estadías en la capital boliviana. De lo que ha podido dejar constancia, porque de otros garbeos nos quedaremos sin saber, me temo, según el autor, pues ese material inédito quiso dejarse o a medias en sus diarios y proyectos empezados, o con la superstición de poder volver. Lo no dicho por lo que pueda aún verse, si sucediera.

Un breve inciso sobre la consideración de este libro en la literatura de Sánchez-Ostiz. ¿Tiene razón de ser y continuidad en cuanto al resto de sus creaciones? Si investigamos títulos atrás, la tentación de poner pies en polvorosa, nos daremos cuenta, estuvo siempre presente. En su primera novela, Los papeles del ilusionista (CAMP, 1982; segunda edición en Anagrama, 1990), punto de partida de su opus narrativo, está el protagonista que ha emprendido el viaje sobre sus pisadas, regresando a la casa familiar en la que decide encerrarse y así peregrinar por su existencia con sabor malgastado. Su primer libro de poesía se titula Pórtico de la fuga (Ámbito, 1979). Su segundo dietario-recopilación de artículos es una Gazeta de pasos perdidos (Pamiela, 1987). Y la nave va, así en adelante. La fuga, el extravío, la huida, el picar espuelas son gestos poéticos y prosistas recurrentes en sus personajes. Eligen el derrotero antes que la senda recta, porque el temor les puede. Están abocados a la periferia de la memoria antes que cegarse por un ahora que aplaste y en nada favorezca una actitud ensoñada. Ir a la suya, escoger con todas las consecuencias. A veces el precio ha sido alto a pagar, pero escribe con una testarudez que ayuda a justificar la verdad de su lado. Es una postura loable. Sí, posee una coherente y saludable continuidad con sus otros libros. No ya por complementarse con su Cuaderno boliviano (Alberdania, 2008), la Cirobayesca boliviana (Renacimiento, 2018), los extractos en el diario Vivir de buena gana (Alberdania, 2011) o la novela Diablada boliviana (Pamiela, 2017), sino por reiterar la inestabilidad de nuestras existencias, trabajos, términos, intentos de exploración propia, autoconocimientos y demás futilidades de moda. Hasta el más convencido del poder de la ficción le puede sobrevenir la revelación de no servirle los libros si no le dejan ver la hierba, como decía el poema de Miguel d’Ors. Hasta el más trotamundos sabe que pronto o tarde le tocará hacer «la vuelta del gitano». Fuera de nuestro jardín, la vasta fronda, esperándonos.

¿Qué llevó, entonces, al escritor navarro a tomar un avión y dejarse caer a más de tres mil metros de altura sobre el nivel del mar? La curiosidad, indudablemente. Con una carrera más que sólida dejada en la península, tocaba explorar un país nuevo, empezar de cero. El estado vacacional quitaba hierro; él estaba de paso, pero no contaba con que la realidad boliviana le fuera a encantar, en su sentido de embrujo, es evidente. Cuatro años tardaría en volver, pero después fueron sucesivas las veces de venidas, de idas para desandadas que lo empapasen una vez más de ese «caos cataclismático», como hubiera calificado Gómez de la Serna en boca de Sánchez-Ostiz con mucha fortuna, de La Paz.

Desde el primer capítulo nos constata que una ciudad, aunque jamás lleguemos a conocerla al dedillo, podrá estar dispuesta a que entremos en ella si carecemos de rumbo, si vamos a la deriva, «patiperreando arriba y abajo sus calles», las pesadas y empinadas cuestas y bajadas, sin miedo, que no van a gastarse los adoquines, los suelos polvorientos y susceptibles en devenir muladar a la menor lluvia de cambio, y las lluvias bolivianas no son asunto ligero. Un sinfín, un bendito sindiós. En la entrada de Chuquiago pone el tono a modo de señal: gamberro y lírico, preparado con su fardo importante de datos y nombres y una coquetería gozosa por sentir de nuevo su tejido urbano.

«Un espacio que para mí está marcado por la presencia de algunos edificios emblemáticos», cuenta a su llegada, chocando de frente con su bullebulle inmigratorio, las colas que se forman ante cualquier evento. Las plazas e iglesias, los conventos, conventillos, los cementerios delirantes esos capítulos y los mercados. Especialmente los mercados serán lugares de mucha frecuencia para Sánchez-Ostiz, para degustar y ser testigo de peleas que enriquecen y acompañan vistosamente el ritual de las comidas al paso. Los sonidos, los olores, sabores y colores se hacen tangibles. «Mi ración de lechón, con su camote, su papa, su plátano y su bolsita de llajua, más el par de marraquetas de la panadera gruñidora que se instala enfrente de la caseta del asado podía ser verdaderamente dégueulasse, pero también completamente delicioso…», confiesa al reaccionar a la mueca de asco que dos turistas francesas hacen de su estampa agachada, en las gradas al sol, recogiendo dos versiones del turismo. Porque el autor es consciente que no es uno más, pero se ha de intentar pasar desapercibido. Y es cierto que en Bolivia permanece latente el racismo entre cholos e indígenas, y de estos hacia los cholos o los españoles o cualquier otro extranjero que se precie, además de un largo número de problemas y contradicciones que no tiene proceder discutir, e igual postura toma Sánchez-Ostiz, pues su presencia no es la del profeta ni el dechado de virtudes respecto a la patria hermana latinoamericana, sino alguien que está para mirar y hablarnos de sus peripecias, lo mejor que puede y sin quedarse corto. Cumple de manera sobresaliente.

Los intereses, por supuesto, son más humanos y literarios en su travesía. Los primeros porque, según avanzamos con él en la encrucijada paceña, corroboramos la mirada comprensiva, libre de juicios, receptiva con los tipejos y los bondadosos, con los chorizos, borrachos y gente de busca y también con quienes lo acogieron en sus casas, tertulias, excursiones por los rincones más peliagudos y desconchados de leyenda y habladurías. A los amigos también va dedicada esta Deriva. Y a los segundos, porque es de naturaleza obligatoria. Jaime Sáenz, Juan de Recacoechea, el Reca, Ramón Rocha Monroy, Arturo Borda, la Academia Boliviana de los Ficticios, Mariano Baptista, Cees Noteboom, Eugenio Noel en sus trancas y barrancas, Ciro Bayo de pasada y fantasmal, Paul Morand, exquisito. Son algunos de los nombres, predominando los locales, que más repiten aparición. Las vidas de Sáenz y Borda son las que más impactan. Sánchez-Ostiz deja cierta ambigüedad al lector a la hora de recomendar encarecidamente sus obras. Buscarlas ya sería una odisea, en especial refiriéndose a la de Borda, ya que mucho ha sido tapado por sus diabluras, por su hosquedad y malditismo en detrimento de sus obras, pero sin restar cualidades. La noche y el trago, tomarla hasta «sacarse el cuerpo». Esfuerzos vanos que acaban en letra muerta. Al fondo de todo y de todos, siempre, la cumbre nevada o no, imponente, del Illimani.

Sale uno de esta inmersión boliviana fatigado. La Paz es única, pensamos. Sin duda. Hay que estar preparado para el remolino que ofrece. No se me ocurre mejor forma de cerrar esta crítica que con el mismo humor desengañado y la rara satisfacción de este párrafo, yéndose el autor y su compadre un día de fiesta, que repartida en muchos, suele ser lo similar a un viaje.

«Pero cuando nos íbamos aquello era una borrachería y el viento que había comenzado a soplar repentino, arrastraba miles y miles de hojas de coca resecas que hacían un ruido insidioso: otro ruido, otra furia. El suelo teñido de verde».


Chuquiago. Deriva de La Paz

Miguel Sánchez-Ostiz

Madrid, La Línea del Horizonte, 2018

296 págs.

Luis Bravo (1994, Madrid) es poeta y escritor. Su último libro publicado es el diario Las terrazas desiertas (La Pipa de Kif, 2025).

[Foto: Jack Prommel- fuente: www.revistadelibros.com]

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