quinta-feira, 5 de março de 2026

De Miami para el mundo: los cubanos de ultraderecha

A partir de 2014, la ofensiva mediática y política aprovechó el ‘momentum’ MAGA para “corregir” la diversificación ideológica entre los migrantes cubanos y restablecer el monopolio republicano 

Exterior del famoso restaurante Versalles, situado en la calle Ocho en el barrio Little Havana de Miami, EE.UU.

Escrito por Iramis R. Rosique Cárdenas  

En estos días, por la conducta de muchos emigrados, pudiera parecer que de veras los cubanos apoyan a Trump en su política de colapsar a Cuba con un bloqueo de combustible. Este espejismo, tan necesario para legitimar la política hostil de Estados Unidos contra la isla, obedece a la radicalización por la derecha de una parte de la diáspora cubana, y al monopolio de la voz que este sector ha conquistado en detrimento de otros y, sobre todo, de los cubanos que viven en Cuba.

Cuando el gobierno de Raúl Castro reformó y flexibilizó la legislación migratoria cubana, y eliminó definitivamente, a principios de 2013, el llamado “permiso de salida”, las voces más duras de la política cubanoamericana del sur de Florida –como Mario Díaz-Balart y la entonces representante Ileana Ros-Lehtinen– se alarmaron. Advirtieron entonces que habría que revisar los privilegios migratorios de los cubanos para evitar que, en este nuevo contexto de libre movilidad, Estados Unidos se llenara de “rojos”, con “perturbadoras” consecuencias para la política y la economía.

Esto da cuenta del mito de que las nuevas olas de migrantes cubanos, al haber nacido y crecido íntegramente bajo la Revolución, arribarían a Estados Unidos con posturas más progresistas o, al menos, moderadas frente al llamado “exilio histórico”. La realidad actual en el sur de la Florida ha destrozado esa premisa. Durante la última década, hemos presenciado una acelerada radicalización de la emigración cubana reciente hacia la extrema derecha. 

Lejos de atenuar el conservadurismo, los nuevos migrantes se han convertido en la base más ferviente del trumpismo y de las políticas de línea dura. Pero este fenómeno no es una mera curiosidad electoral del condado de Miami-Dade. Es un proceso de hegemonía ideológica que irradia, a través de las redes sociales y el poder económico, hacia la “diáspora periférica” en América Latina y Europa, y que impacta directamente en el corazón de la isla.  

La identidad por oposición    

Para comprender la asimilación del migrante cubano a las filas de la derecha radical, es indispensable analizar el choque material y psicológico que supone la llegada al sistema capitalista estadounidense, especialmente a Miami. El migrante reciente no huye de expropiaciones de latifundios como la élite de los años sesenta, sino de la escasez crónica, el deterioro de los servicios públicos y el discurso de estoicismo y resistencia del Estado. En ese sentido Miami es desde hace décadas –para bien y para mal– una “anti-Cuba”: lo que en la isla no se puede, en Miami sí. Para ser aceptado por la élite miamense y despojarse del estigma del “recién llegado”, el migrante asimila rápidamente el hiperindividualismo y la radicalidad política de su nuevo entorno consumista, y así se purifica del pasado.   

El mero acto de migrar no produce estas transmutaciones ideológicas. Es cierto que el migrante llega a una comunidad de acogida con reglas y jerarquías que fomentan el fortalecimiento de unas identidades políticas por encima de otras. Pero a esto debe sumarse que la ola migratoria cubana posterior a 2020 está conformada por cubanos y cubanas que vivieron –y probablemente creyeron en– las promesas del “socialismo próspero, democrático y sostenible” que la reforma económica de Raúl Castro, y la normalización de relaciones con los Estados Unidos de Obama, debían lograr. 

En su lugar, por las razones que fuesen, salieron de un país que no solo no cubría las expectativas de aquellas promesas, sino que además estaba retrocediendo en cuanto a calidad de vida por debajo del punto de partida de la reforma económica de 2011. Entonces no solo se fueron decepcionados, sino agraviados, porque durante una década muchas de estas personas se adaptaron a un estándar de vida que se desplomó de la noche a la mañana, como si alguien se lo hubiera arrebatado. La ira social no suele dirigirse a objetos abstractos como las “medidas coercitivas unilaterales” del gobierno norteamericano, sino a figuras concretas a las que se le puede atribuir intención y culpa: en este caso, el gobierno cubano, y todo lo que él representa, o dice representar.  

Esta situación es canalizada y explotada desde las instituciones por el sólido bloque republicano de Florida. Figuras como el hoy secretario de Estado, Marco Rubio, y congresistas como María Elvira Salazar o Carlos A. Giménez fungen como traductores políticos de este trauma migratorio. La maquinaria conservadora ha logrado establecer una falsa equivalencia semántica: cualquier noción de Estado de bienestar, socialdemocracia, justicia social o derechos sociales con perspectiva de clase es inmediatamente vaciada de su significado y reempaquetada como la antesala del castrismo. Si las generaciones de migrantes posteriores a los años noventa afirmaban haber salido de la isla por motivos económicos, y poseían una visión más dialogante respecto a las relaciones bilaterales entre Cuba y EEUU, estos de ahora juran ser perseguidos políticos del comunismo.  

Este engranaje logra ese fenómeno electoral paradójico en el que una comunidad constituida a través de la migración ha terminado avalando las políticas de deportación masiva del trumpismo. El pánico anticomunista se impone a los propios intereses de clase y de estatus migratorio. Votar por el Partido Demócrata o simpatizar con movimientos sociales progresistas equivale a “abrirle la puerta al comunismo” que los “obligó” a emigrar. A esto se suma irónicamente la seducción por la figura del “hombre fuerte”. El movimiento MAGA ha explotado la cultura política en la que muchos cubanos crecieron: la centralidad del líder carismático, y la importancia de la lealtad como seña identitaria. Así vemos emerger un tipo de afecto en torno a Trump que recuerda a una suerte de fidelismo invertido y perverso.   

La cámara de eco y la maquinaria del resentimiento   

La radicalización no ocurre en el vacío: es cultivada en un ecosistema mediático único en Estados Unidos. Miami es un laboratorio de desinformación en español. Históricamente dominadas por la derecha tradicional a través de la radio y la TV, las ondas han dado paso a un fenómeno digital mucho más capilar y agresivo: los influencers de redes sociales. Este ecosistema es la adaptación local de las tácticas de la Alt-Right estadounidense impulsadas por estrategas como Steve Bannon, quienes identificaron a la clase trabajadora hispana de Florida como un terreno fértil para el populismo conservador.   

Un nombre que podría sintetizar el éxito de este modelo de resentimiento –y que ya es bien conocido por los cubanos dentro y fuera de Miami– es Alexander Otaola. Este influencer, cuyo programa ¡Hola! Ota-Ola comenzó siendo un espacio dedicado a la farándula y al entretenimiento, durante el primer gobierno de Trump dejó de ser un simple programa de chismes para convertirse en una plataforma de activismo político que llamaba a endurecer la política norteamericana hacia La Habana, y practicaba el acoso mediático contra las figuras públicas de la migración cubana que no exhibieran un claro posicionamiento en contra del gobierno cubano. La alineación con el trumpismo fue tan directa que Otaola escenificó su propia conversión ideológica renunciando en vivo al Partido Demócrata y afiliándose al Partido Republicano frente a su audiencia. A partir de entonces, su programa se convirtió no solo en un medio de propaganda, sino en un verdadero instrumento de disciplinamiento político de las voces de la migración cubana.   

Junto a Otaola se desató una pléyade de otros activistas digitales que contribuyeron a revertir una tendencia que atormentaba a los republicanos. Según los registros de la FIU Cuba Poll, el Partido Republicano pasó de dominar el 70 % del electorado cubanoamericano a inicios de los años noventa, a solo tener aproximadamente un 53 % para el año 2016. Además, en 2014 estos estudios de la FIU arrojaron datos “alarmantes” respecto a la nueva política de Obama: el 88 % de los cubanoamericanos jóvenes (de 18 a 29 años) y el 55 % del total de votantes registrados estaban a favor del “deshielo” y de mantener relaciones diplomáticas normales con Cuba. La ofensiva mediática y política, de la que estos influencers fueron pieza clave, aprovechó el momentum MAGA para “corregir” la diversificación ideológica entre los migrantes cubanos y restablecer el monopolio republicano: el apoyo a Trump entre los votantes cubanos del condado en 2024 de Miami-Dade alcanzó un máximo histórico del 68 %, y posturas de aislamiento hacia el gobierno cubano recuperaron el terreno perdido.    

El mayor triunfo de esta maquinaria fue que su alcance no se detuvo en las costas de Florida. En la era del transnacionalismo digital, cualquier frontera es porosa. Un monólogo cargado de desinformación o un llamado al boicot grabado en Hialeah llega y se difunde rápidamente en La Habana a través de internet. Aunque la dirigencia cubana blindó celosamente sus medios tradicionales para evitar una glasnost a la soviética, no previó que la llegada masiva de internet a la isla rompería el aislamiento “protector”, y serviría en bandeja a millones de cubanos ante el aparato político y mediático cubanoamericano. Es revelador cómo el propio gobierno estadounidense pasó de impedir con embargos tecnológicos que el país accediera a internet antes de 2010, a crear en 2018 una Fuerza de Tarea de Internet para Cuba dirigida a promover el acceso a internet de los cubanos.

La derecha cubanoamericana ha logrado así exportar sus marcos conceptuales. Las frustraciones legítimas del ciudadano en la isla frente a la escasez, la inflación o la gestión del gobierno son rápidamente capturadas y decodificadas a través del lente de la extrema derecha de Miami. Desde allí se establece qué significa ser “opositor”, quién entra y quién sale del canon de la disidencia. Todo esto, además, en completa sintonía con las nuevas derechas hemisféricas, lo que envía la señal de que un componente esencial de la lucha contra el gobierno cubano es la lucha contra el progresismo y la izquierda en todo el mundo. Atrás quedaron los días en que cuando un cubano decía no estar de acuerdo con el modelo implementado en la isla, su referente era Canadá, o Suecia, o Noruega: ahora todo eso es “comunismo”, y la única alternativa al socialismo cubano actual sería el capitalismo neoliberal más descarnado.   

Esta hegemonía miamense alcanza a los cubanos que residen en otros lugares de Estados Unidos, en México, España u otros países de América Latina. Aunque estos suelen estar insertados en contextos con debates políticos más plurales, y desarrollan posturas críticas con La Habana, pero más progresistas, no pueden escapar fácilmente del efecto disciplinario de Florida. Los que no se alineen con aquella agenda serán tildados de “agentes del régimen” o “cómplices de la dictadura” o –como llaman en Miami a los que aún dicen ser migrantes económicos y no perseguidos políticos– “pan con bistec”. Esta diáspora periférica, que o se alinea o calla, queda con una voz usurpada.    

Esto explica por qué hacia afuera de Cuba solo se escucha una voz cubana: la del MAGA-cubano, que en España es pro Vox, que en México es prianista, que en Argentina es libertario, y que en todo país que habita actúa como un activista radical que da testimonio de los “males del comunismo” a los que cualquier sociedad se expone si vota a la izquierda. Pero estos no son “los cubanos”, sino “unos cubanos” que se han radicalizado y no solo son más ruidosos que cualquier otra identidad política en la emigración, sino que también gozan de mayor favor mediático y de mayor ventana de visibilidad que el resto de la diáspora, y que la población de la isla.   

Vista bajo este prisma, la cuestión nacional no es ya entre socialismo o capitalismo, ni siquiera entre democracia o no democracia: la pregunta decisiva es si esa sobrerrepresentación de una voz terminará –o permitiremos que termine– consolidándose como representación política y simbólica de la nación. De ser así no solo sería la cesión de un espacio discursivo, sino que se legitimaría –en nombre de todos– una política que, en medio siglo, no ha hecho otra cosa que medrar a costa del sufrimiento y el castigo de la misma nación y el mismo pueblo que dice “defender”.


[Foto: Sharon Hahn Darlin - fuente: www.ctxt.es] 




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