El 2 de marzo, el palacio de Golestán fue parcialmente destruido por los ataques israelí-estadounidenses en Irán. Como herederos de una cultura milenaria, no podemos cerrar los ojos
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Escrito por Diego Gómez
Pickering
“Un rico y extraordinario testimonio de lenguaje arquitectónico y arte decorativo que constituye una las primeras representaciones simbióticas entre los estilos europeo y persa”. Con estas palabras describe la UNESCO el valor artístico y la importancia histórica del palacio de Golestán, patrimonio de la humanidad. Localizado en el corazón de Teherán, su construcción se inició hace más de 400 años, durante la dinastía de los safávidas. El vasto complejo de jardines y salones decorados con piedras preciosas, tapices de seda e intrincados azulejos, fue residencia oficial de la familia real Qajar y se convirtió en el epicentro de creación cultural del llamado Imperio de la rosa durante el siglo XIX. El pasado 2 de marzo fue bombardeado y parcialmente destruido por la incursión militar israelí-estadounidense en Irán.
Los daños infligidos al palacio de Golestán, considerado baluarte del patrimonio artístico e histórico de la capital iraní y una de sus edificaciones más antiguas aún en pie, fueron inmediatamente condenados por la UNESCO, máximo órgano internacional a cargo de la protección del patrimonio cultural, material e inmaterial, del mundo. La destrucción parcial del palacio de Golestán como resultado de los bombardeos contraviene la Convención para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado de 1954, conocida como Convención de La Haya, en donde se estipula que “...todo daño a los bienes culturales, independientemente de a quién pertenezcan, es un daño al patrimonio cultural de toda la humanidad, porque cada pueblo contribuye a la cultura del mundo…”. Convención de la cual son signatarios tanto Israel como Estados Unidos, además de Irán y, claro está, España.

Un techo en el interior del palacio de Golestán. / Aminfadakarr (Wikimedia Commons)
Desafortunadamente, el bombardeo al palacio de Golestán no es un incidente aislado, sino todo lo contrario, forma parte de una creciente tendencia en la que como parte de campañas militares auspiciadas por intereses económicos y militares se ataca y destruye el patrimonio cultural, artístico e histórico del mundo. Ello en un contexto de creciente polarización, desconfianza en la diplomacia y el multilateralismo y lacerante incumplimiento del derecho internacional. Los bombardeos de esta semana a la histórica ciudad persa de Isfahán por israelíes y estadounidenses son prueba clara de ello. Así lo son también los ataques rusos de los últimos cuatro años contra el patrimonio arquitectónico de las ciudades ucranianas de Leópolis y Odesa; la destrucción del milenario monasterio de San Hilarión en Gaza perpetrada por las Fuerzas de Defensa de Israel o el daño estructural causado por los bombardeos de estas últimas al complejo arqueológico de Baalbek en el Líbano, de incalculable riqueza por su historia fenicia, griega, romana y otomana. Todos esos sitios, considerados por la UNESCO como patrimonio mundial.
El desprecio que las guerras del siglo XXI muestran por la Historia es sintomático de un mundo que ha perdido la brújula, de una sociedad que enfrenta un severo dilema moral, para la que la muerte masiva de niños y niñas inocentes carece de toda misericordia, y de un liderazgo político corroído por la avaricia de poder y control, para el que no basta bombardear, derruir y arrasar, sino que es necesario borrar la Historia y el patrimonio que da cuenta de ella para imponer su propia narrativa mesiánica. Imaginemos por un instante que una lluvia de bombas es lanzada sobre la península, destruyendo la fachada modernista de la Sagrada Familia y decapitando la Torre de Jesús, dañando el Museo del Prado y derribando la galería de columnas de mármol que resguarda el Patio de los Leones en la Alhambra. Como herederos de una cultura milenaria, defensores de nuestro patrimonio que también es el de la humanidad, desde España no podemos cerrar los ojos ante lo que sucede.
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Diego Gómez Pickering es escritor y periodista, miembro del Consejo
Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS)
[Fuente: www.ctxt.es]

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