domingo, 23 de julho de 2017

Kilian Jornet, un hombre enamorado

Kilian Jornet, al término de la Hardrock 2017.

Escrito por Rodrigo Amorós


En octubre de 2011, Kilian Jornet, máxima figura mundial de las carreras por montaña,  dejó de correr en plena Cavalls del Vent, la competición que transcurre por su propia casa, en los Pirineos. «No tenía ganas de correr, perdí el placer de estar en la montaña, y eso me hizo llorar», dijo después. A los pocos días anunció que anulaba también el próximo reto que tenía fijado en su calendario, la ascensión al Machu Picchu. «Ahora, necesito aislarme en las montañas para recargar». Y se fue al Mont Blanc. A encontrarse consigo mismo.
En julio de 2017, Kilian Jornet ganó su cuarta Hardrock 100 consecutiva, la gran carrera del calendario ultratrail americano. Lo hizo después de correr 139 kilómetros con un brazo en cabestrillo, al haberse dislocado el hombro por una caída en el kilómetro 21 de la prueba. La hazaña es de tal magnitud que resulta difícil comprenderla. Y, sin embargo, lo más destacable no es el esfuerzo sobrehumano, sino la gestión del éxito por parte del ser humano que lo ha conseguido, desprovista de toda vanidad. 
Cuando en 2011 abandonó la Cavalls del Vent venía de ganar por tercera vez consecutiva el Ultra Trail Mont Blanc, la prueba más importante del mundo en su disciplina. Y sumaba varios campeonatos del mundo de Skyrunning y Kilómetro Vertical. Era el chico prodigio de la montaña. A la Hardrock que acabaría ganando “con un solo brazo” llegaba tras haber subido y bajado el Everest dos veces en menos de una semana, sin cuerdas ni sherpas ni oxígeno, fijando un récord de 21 horas para una hazaña que nadie había hecho jamás. En estos años la figura de Kilian Jornet ha terminado por convertirse en leyenda, pero también en símbolo. Quizás se deba a que es un hombre enamorado. Siente amor por la montaña y por la forma de vida de que ésta le ha proveído. Y como su amor es verdadero, está lleno de respeto. Ama la montaña y solo con ella se siente del todo feliz. No es en ella, sino con ella, con quien hace su deporte. Se integra en la naturaleza y cuanto más se interna en esa región primitiva del mundo y de los seres humanos que es la soledad, más lejos llega como deportista y como ejemplo de unos valores morales en la sociedad.
En su misma época han coincidido el mejor jugador de fútbol de la historia, la mejor tenista y los dos mejores tenistas de siempre, el hombre más veloz de todos los tiempos y, muy probablemente, la mejor gimnasta que jamás haya habido. Leyendas, sin necesidad de ver acabadas sus carreras. Algo insólito que determina lo que podría ser una edad de oro del deporte. No entre ellos, ni siquiera junto a ellos, sino aparte, está Kilian. Él domina su disciplina con la superioridad de los grandes campeones, pero sin tiranías ni fastos en consecuencia. En Kilian, más allá del mérito que mide la competición, hay un brillo ético especial, unos valores deportivos que no tienen que ver con ganar o perder en términos de superar rivales, sino de ser mejor persona.
Sin duda, cada deporte determina el grado de desarrollo de unos valores deportivos u otros, e incluso de lo que podríamos llamar “contravalores”. No veremos a un corredor de montaña llegar a meta el primero y señalar su nombre en la camiseta en un alarde de narcisismo o restregarle su victoria al segundo clasificado. En la Hardrock de 2016, Kilian compartió el primer puesto con Jason Schlarb. Entraron de la mano en meta. Después de correr juntos casi los 168 kilómetros de la prueba, ambos deportistas sabían que los dos habían ganado. «En las carreras de larga distancia —expresó entonces Kilian— lo más importante es el viaje, el descubrir y compartir momentos y sensaciones con la naturaleza, los voluntarios y los demás corredores. Tras pasar casi 23 horas juntos no tenía sentido ganar por uno o cinco minutos». 
Kilian se ha convertido en el ejemplo más claro de un tipo de deportista de élite antagónico al que los deportes hegemónicos nos tienen acostumbrados. La recompensa a su excelencia deportiva no tiene forma de Ferrari ni de yate de lujo. En el deporte-negocio, el gran campeón que aparece a todas horas en televisión es un hombre-marca al que no le falta una sonrisa cuando el patrocinador lo requiere, pero que se detiene un segundo con desidia para que un fan al que ni siquiera mira ni dirige la palabra se saque una furtiva fotografía a su lado. Se ha generado un paradigma de “triunfador” que los números uno del deporte simbolizan a la perfección, convirtiéndose a sí mismos en elementos de prestigio. Lo que prima es llevar las mismas gafas de sol o el reloj que anuncia el “gran campeón”. Kilian Jornet, sin embargo, ha emergido como un subversiva cordillera contra este estado de las cosas. Es hoy el símbolo de otro tipo de deporte —mal que le pese o no a él dicha responsabilidad, o le sonroje y niegue dicho mérito—, un deporte que tiene más que ver con la realización del ser humano que con medallas y trofeos.
La próxima vez que Kilian haga algo imposible sigámonos sorprendiendo. Y sobre todo, disfrutemos con el después, con el rehuso de los oropeles de quien ha culminado una gesta épica. El gran heroísmo está en no olvidar que cada uno de nosotros no somos más grandes que el mundo entero. Y en eso Kilian es el gran héroe del deporte actual.

[Foto vía Kilian Jornet Instagram - fuente: www.drugstoremag.es]

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