En "Carta a un padre", su última película, el escritor y cineasta se reencuentra con la historia y la tierra de su familia. Un relato de los colonos judíos y de las dudas de un hijo.
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| SOÑAR CON EL RIO. Captura de Cartas a un padre, la película en la que Edgardo Cozarinzky bucea en su historia familiar. |
Escrito por Horacio Bilbao
Pasando los setenta, Edgardo Cozarinsky volvió a Entre Ríos, un lugar
en el que nunca había estado. No hay error en la frase anterior, su
viaje, evocado en Carta a un padre, último e
introspectivo ensayo fílmico que el escritor y cineasta acaba de
presentar en el Bafici, es un regreso a la tierra de sus padres, un
reencuentro con su progenitor. La película, ejercicio de búsqueda, tiene
un plano común a muchos argentinos y otro íntimo. Puede verse como la
historia de los colonos en nuestro país pero también seguir las dudas
del propio Cozarinsky simbolizadas, quizás, en el el cuchillo que su
padre le trajo de uno de sus viajes como marino, usado para la práctica
del ritual japonés del seppuku (harakiri), y que aquí es una parábola de
las preguntas que acechan al autor.
¿O tal vez Cozarinsky soñó
que estaba en Entre Ríos? No. Pasó de verdad. Vino de las luces
parisinas a las porteñas y después viajó hacia allá, a su pasado rural.
Lo vemos entonces hundir sus manos de intelectual en la tierra, casi
sentimos la respiración de sus pulmones acostumbrados al aire parisino o
al smog porteño disfrutando la brisa mesopotámica en un periplo que es
búsqueda, la búsqueda de su padre, que murió cuando él tenía 20 años.
"Me quedaron tantas preguntas por hacerle", dice Cozarinsky y lamenta
las pocas conversaciones que tuvieron, que siempre resultan pocas cuando
se terminan. Por eso ahora monologa, investiga, buscando esas
respuestas a preguntas que no hizo, buscándose también a él mismo en sus
silencios y dudas.
Recorre fotografías, lugares y lee algunas cartas. Sobre
todo una, que su abuelo le mandó a su padre en uno de sus viajes como
marino. Es otra la carta que le que da título a la película, pero en
algún punto es la misma. Piensa Cozarinsky que tal vez su padre, el
viajero, habrá extrañado el río, el campo, el cielo. Decide rápido que
Entre Ríos fue su lugar. Y él, que no vivió allí, que ni siquiera había
ido nunca, se conecta con su raíz, desgranando la tierra con sus manos
embarradas, mirando la última luz de un atardecer bucólico. Su recorrido
contrasta imágenes, costumbres y tiempos, también lo muestra a él mismo
recorriendo Buenos Aires en auto, o dando un plano de la Rue Buenos
Aires que permite espiar la Torre Eiffel. Buenos Aires, París y Entre
Ríos esta conectadas en él.
Si esa es una historia personal, en su
búsqueda hay también temas comunes, medulares para muchos de nosotros.
El de sus abuelos, llegados en barco desde Odessa en 1894, arropados
ellos como muchos otros en la Argentina durante el exilio europeo. La
imagen de los lugareños aindiados que cruzaban el río para llevarles
leche tibia a estos colonos hambrientos habla de otra época, otro
contraste con el hoy. Está el eterno agradecimiento de esas familias,
que quizás no haya sido tan eterno. Están las historias de su abuelo,
Abraham, hombre de acento atravesado. Tuvo once hijos, uno de ellos fue
su padre. Y Cozarinsky encuentra la casa de los abuelos, todavía en pie,
reconoce esas imágenes en las fotos que le mostraban. Esos campos
sembrados de lino y de trigo que hoy son solo soja. Sus preguntas viajan
a Villa Clara. Entre Ríos. ¿Cuánto hace que no pasa un tren por allí?
Va hasta un viejo hotel
de inmigrantes en Villa Domínguez, reflotado por Osvaldo Quiroga como
museo. Un gran establo que resguardó a cientos de colonos judíos. Que
pronto se hicieron de 80 mil hectáreas. Distribuyeron las parcelas, y
las trabajaron. Tenían allí una Caja Fraternal que Cozarinsky enfoca.
Una imagen necesaria de aquel otro mundo, en el que los colonos que
podían aportaban dinero para aquellos que perdían la cosecha, que
sufrían plagas, enfermedades. Un fondo para las familias que estaban en
las malas. ¿Por eso hunde Cozarinsky las manos en su tierra? ¿Para
recuperar aquellas raíces fraternales?
La historia de su padre es
la de un hombre judío, criado en un pueblo de inmigrantes, que eligió
mirar el mundo desde un barco, que tal vez por eso se unió a la Marina.
Es una película geográfica, con buques y mares, con cartas de viajes.
Pero como Cozarinsky hijo eligió mirar el mundo desde los libros y el
cine, también está allí su música, la literatura, la citas de autores.
De Wilcock al Gerchunoff de "Entre Ríos mi país". Desde Tarkovsky a
George Perec. Hay foráneos y locales, si es que a esta historia le caben
fronteras.
Lo que si le caben son fronteras personales, lecturas
personales. A las que se impone la del autor y sus preguntas sobre un
padre que de joven se alistó en la Marina, que en 1940 estuvo, por
ejemplo, en Japón, en uno de los tantos viajes militares. ¿Por qué se
metió en la Marina? ¿Qué fue lo que hizo que ingresara a la Armada? ¿Qué
encontró mi padre en sus viajes?, dice Cozarinsky. Y responde con una
selectiva recuperación de recuerdos, como ese día en el que su padre lo
llevó a Plaza Francia, a celebrar la liberación de París del yugo nazi. O
ese acto nazi en 1938 en el que la Argentina fascista llenó el Luna
Park para celebrar la anexión de Austria al Tercer Reich. Dos actos, a
pocas cuadras de distancia. Dos mundos sin lugar para neutrales.
Cozarinsky
cruza, contrasta, pasado y presente, ciudad y campo, historia privada
con la historia argentina, la social y la política. Y de ese cóctel
íntimo, obtiene respuestas. ¿Habrá tenido su padre que aceptar lo
inaceptable? Esa pregunta no tiene otro rumbo que el derrotero trágico
de la Marina argentina, copada en los setenta por dictadores asesinos,
torturadores. Cozarinsky, que lamenta la muerte temprana de su padre,
admite el atenuante de que haya sido antes de los setenta. "Sentí alivio
de no haber tenido que enfrentar la posibilidad de que su lealtad a la
Marina y su respeto por el orden establecido lo hubiesen llevado a
ponerse de parte de los verdugos", dijo en una entrevista con Roger Koza.
"Tuve miedo de que pudiese ensuciar mi recuerdo de él". Había elegido
cierta protección para no ser herido. Pero ese temor a descubrir algo
sobre si mismo se diluyó con los años. Y se volvió pregunta.
Impostergable.
Lo mismo le pasa con el cuchillo japonés para el seppuku que le trajo su padre, y que Cozarinsky guarda. Lleva una
inscripción en su vaina, un mensaje al que le teme, porque quizás sea
banal, tal vez revelador. Finalmente se atreve a descifrar su enigma
(vean la película) como se atreve a bucear en la historia de su padre,
que para su lápida no quiso una estrella ni tampoco la cruz.
Cuenta
Cozarinsky que de "su pueblo" no todos se han ido, que hay
descendientes. Y eso que cuenta puede leerse como un mensaje
esperanzador. Estamos a tiempo. Sobre el final, elige dos imágenes para
nada azarosas. La caja fraternal y el cementerio del pueblo. Hunde su
mano en la tierra, escarba, desgrana. E intenta atrapar la última luz
del día, allí está su raíz, su Carta a una padre, un ensayo personal que
se cierra en un atardecer, que le pertenece a él como de alguna manera
nos pertenece a todos.
Ficha técnica:
Dirección: Edgardo Cozarinsky
Guion: Edgardo Cozarinsky
Producción: Constanza Sanz Palacios
Fotografía: Lisandro Negromanti
Sonido: Julia Huberman
Música: Chango Spasiuk
Montaje: Edudardo López López
[Fuente: www.clarin.com]
[Fuente: www.clarin.com]

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