quarta-feira, 6 de junho de 2018

Terry Gilliam: “Si el humor muere, será el final de la civilización”


El director británico clausura Cannes con su anhelado proyecto 'El hombre que mató a Don Quijote', al que ha dedicado dos décadas de su vida 
 
   Terry Guilliam el pasado mes de marzo en París
 
Escrito por GREGORIO BELINCHÓN 
 
El viaje ha acabado. Terry Gilliam (Minneapolis, 1940) ha cabalgado contra tormentas y huracanes, aviones de la OTAN, enfermedades de sus actores, productores que se escapaban sin poner el dinero, demandas judiciales y rumores de ictus. Pero finalmente El hombre que mató a Don Quijote clausura mañana sábado el festival de Cannes y el cineasta, que durante estas dos décadas de frustrantes intentos parecía sufrir él también el síndrome Alonso Quijano (al volverse loco en el intento de adaptar una novela de caballerías), sonríe. Nunca ha dejado de hacerlo en 20 años, pero ahora su risa suena más clara, sin matices. Y su mejor reflejo es el cartel con el que empieza la proyección de su película: "Y ahora, después de más de 25 años haciendo... y deshaciendo: un filme de Terry Gilliam".
 
En un encuentro con la prensa española en Cannes, Terry Gilliam se sabe el rey del momento. Esta misma mañana ha logrado su segunda victoria judicial contra el productor portugués Paulo Branco. Mañana, a la vez que se proyecta en el festival, se podrá estrenar comercialmente su Quijote en Francia. Esto, unido a que hace diez días la justicia también rechazó la demanda de Branco para que la película no se viera en Cannes, ha mejorado mucho el humor de Gilliam. "Estoy bien, de verdad, mi salud está estupenda, relax. Estoy encantado con el festival, porque ha apostado fuerte y protegido la película de los ataques de mi amigo portugués. Yo iba a enseñar la película de una manera o de otra en el certamen”.
¿Ha merecido la pena tamaño esfuerzo, que incluyen dos rodajes, un ristra de actores contratados y dos protagonistas fallecidos? "Probablemente, la única cosa buena que me pasa es que no tengo memoria, olvido todo lo malo y solo recuerdo lo bueno. Por eso he seguido haciendo películas”. A Gilliam ni le preocupan las críticas de su sacrosanto esfuerzo. "No, porque yo he escrito la mayoría", y suelta un de sus extrañas risotadas. Más en serio, reflexiona sobre el peligro de hacer realidad los sueños, porque en ocasiones no cumplen las expectativas. "A través de estos años, muchísima gente se ha hecho una idea de la película que probablemente sea mejor que la película real. Espero sorprender a algunos". Y durante este proceso ha ido depurando el guion, en el que ha desaparecido, por ejemplo, un viaje en el tiempo. "¡Porque era una idea malísima!". La estructura se mantiene desde que en 1991 Gilliam empezó a acariciar la idea, que logró llevar a cabo en octubre de 2000... solo durante seis días de rodaje en el desierto de las Bardenas Reales. Las inundaciones, la espalda de Jean Rochefort (que entonces encarnaba al Quijote) y el ruido del vuelo de los cazas de una cercana base de la OTAN mataron aquel intento.
Hoy, Adam Driver encarna a un personaje que arrancó con el rostro de Johnny Depp, Toby, un estudiante de cine que en un momento de idealismo rodó una versión del libro de Cervantes, y que años más tarde, convertido en un cínico director de publicidad, vuelve al pueblo español donde rodó su filme iniciático, para descubrir que el zapatero que hizo de don Quijote, Javier (Jonathan Pryce), se cree de verdad el caballero de la triste figura. A partir de ahí, la película delira como solo puedo hacerlo un trabajo de Gilliam, hipnotizado como su protagonista con esta aventura. "No, la pregunta no es si yo estaba obsesionado con el Quijote, sino por qué el Quijote se obsesionó conmigo. Nunca me dejó solo, me ha maltratado durante 25 años y yo le he culpado de todos mis problemas". Al menos, él lo ha acabado, porque otros lo dejaron por el camino, como Orson Welles. "Lo hice por Orson", bromea. "Dije que haría al menos una cosa mejor que Welles y así ha sido: ¡He finalizado la película!", y desvela un guiño que ha dejado en homenaje al director de Ciudadano Kane. El cineasta británico (hace años renunció a su nacionalidad estadounidense) no quiere recordar mucho cuánto ha cambiado en estos años. "Creo que ha mejorado mi humor. Si el humor muere, sería el final de la civilización. La vida se ha vuelto solemne. Me lo molesta mucho la gente que se toma todo en serio”.   
 
En su libro Gilliamismos, el cómico asegura: "Si algo es imposible, lo intento". En Cannes se reafirma: "Pero no solo yo, sino la humanidad. El Everest no existía hasta que se consideró imposible escalarlo. Creo que los retos imposibles son los que hacen avanzar al ser humano". Dicho lo cual, asegura que "sería más responsable invertir esfuerzos y dineros en cuidar la Tierra más que en escapar de ella en viaje espacial”. Y en esos imposibles entra adaptar la novela de Miguel de Cervantes. “Como todo el mundo, yo pensaba que sabía algo del Quijote. Hace 25 años le convencí a un productor para que me diera 25 millones de euros para adaptar Las aventuras del barón de Munchausen y el Quijote. Y entonces fue cuando leí el libro. Me pareció enorme, y sentí que tenía que traicionarlo para quedarme con su esencia. ¡Que se joda el libro! ¡Que se joda Cervantes! Pero la segunda parte me parece la primera novela moderna de la historia, sobre todo cuando el caballero se enfada al descubrir que están escribiendo y ficcionando sus aventuras”. 

Dicho eso, Gilliam se baja de Rocinante, pero deja para la siguiente generación un nuevo reto: “Puede que sea el momento de que lo encarne una mujer, de que veamos a Doña Quijota”.
 
[Foto: S. DE SAKUTIN AFP - fuente: www.elpais.com]




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