Emmanuel Carrère lleva a Buenos Aires los dilemas de su escritura y su inquietud ante el futuro: «Tengo hijos y un nieto, y tengo la impresión de que van a vivir en un mundo de pesadillas».
Emmanuel Carrère, durante su paso por Buenos Aires, una de las escalas de su gira por Argentina, Chile y Uruguay.
Escrito por Pablo Perantuono
A lo largo de sus más de 30 años de trayectoria, el público no solo ha
podido conocer la obra de Emmanuel
Carrère (París, 1957) y de ese modo disfrutar de títulos que rankean entre lo
más alto de la no ficción de Occidente, sino que ha podido sumergirse en los
pormenores de buena parte de su vida y de sus tribulaciones, habida cuenta de
su inclinación a, o necesidad de, que ellas formen parte de muchos de sus
relatos.
Se trata de un autor que desde muy temprano abandonó las producciones de
ficción para, a comienzos de este siglo, empezar a narrar sucesos de la
realidad, episodios que muchas veces albergaban situaciones o personajes que,
de tan extraordinarias, parecían inventados. Pero esa elección tuvo un añadido,
que fue la determinación, a la manera de Truman Capote, de involucrarse en esos
relatos e incluso decidir que, agotadas las historias o disipados los
personajes, él también podía ser el centro de esas construcciones. El salto
estético, que bien pudo haber redundado en un ejercicio literario vacuo, una
pirueta que poco tenía de artística y sí de un narcisismo mal procesado, al
contrario, terminó consolidando su carrera literaria y situándolo en la elite
literaria europea.
Entre 2009 y 2011 Carrère, que acaba de “girar” por Argentina, Chile y
Uruguay en modo estrella de rock, publicó dos libros que lo dotaron de fama y
prestigio universal. Hablamos de De vidas ajenas (Anagrama), un relato conmovedor que trata
sobre, pongámoslo en términos grandilocuentes, la condición humana, y de Limonov (Anagrama),
una especie de biografía diseccionada del hombre del título, un político y
escritor ruso que, como muchos de los personajes que aborda el francés, de tan
desmesurado y zigzagueante, resultaba inclasificable.
Iluminar esos claroscuros y bucear alrededor de los pliegues más turbios
de sus criaturas -incluido él mismo- ha sido y es uno de los mayores atributos
en el arte de Carrère. Para él, ninguna vida debe prescindir de sus pasiones
más bajas, de sus miserias o de esos temores que las acechan. Dueño de una
sensibilidad tan arrasadora como oblicua -hay pocos momentos de condescendencia
en su literatura-, esa honestidad puesta al servicio del relato lo ha llevado a
alcanzar cimas literarias infrecuentes.
Emmanuel Carrère conversa con periodistas durante su estancia en Buenos Aires.
Ya antes, en El adversario (Anagrama, 2001), Carrère había rozado
el genio con una inquietante capacidad para hundirse en las profundidades
de la psiquis de un asesino, Jean-Claude Romand, reconstruyendo desde adentro
los detalles más siniestros de un caso que sacudió a la opinión pública
francesa a finales del siglo pasado. El libro se convirtió en best seller
(vendió 250 mil ejemplares en todo el mundo) y fue llevado al cine. “Nunca llegué a sentir
simpatía por el personaje de Romand -le dice a COOLT y a otros medios en un bar
de Palermo, en Buenos Aires-, pero sí cierta empatía, como con cualquier ser
humano. Con él hay una cosa muy paradójica. En general, el mal lo asociamos con
la crueldad y el deseo de hacerle daño al otro, y eso está totalmente ausente
en Romand. No es malo. Mató a todo el mundo para no generarles dolor a ellos.
El mal en él está definido por la menticon cara y el miedo y no por la maldad
tradicional, clásica. Eso fue
muy perturbador para mí”.
Algunos años después, el éxito rotundo de De vidas ajenas
posibilitó que Carrère pudiese abordar Limonov, su obra siguiente, en
condiciones muy favorables. El proyecto le permitió reconstruir la desbordante
aventura vital del biografiado y, de esa manera, poder adentrarse en una tierra
y en una historia que, por linaje, siempre le interesó: la de la URSS y, más
adelante, la de los territorios de la gran Rusia. Sus abuelos maternos eran de
origen georgiano y su madre, la reconocida historiadora Hélène Carrère
d’Encausse, se especializó en la Unión Soviética y llegó a ocupar cargos
diplomáticos en Moscú. De ella habla en dos de sus últimos libros, Una novela rusa (Anagrama), que molestó a su madre y en la
que repasa la historia familiar y, sobre todo, en Koljós (Anagrama),
el más reciente de sus opus, que es una forma de hacer las paces con ella y, en
simultáneo, resulta una especie de (auto)biografía suya, de sus padres y
hermanos.
“Cuando publiqué Una novela rusa -cuenta- mi madre tenía miedo de que eso fuera una catástrofe para ella. Estuvimos distanciados varios años. Pero no pasó nada de eso. No hubo ningún problema de los que ella imaginaba. En el fondo, lo que creo es que ese libro la alivió. Finalmente fue una terapia muy violenta, pero una terapia al fin. Unos años después me dijo: “Creo que hiciste bien en escribir ese libro”. No se detuvo demasiado en la frase, pero lo dijo. Cuando tenés una espada de Damocles que te está pendiendo sobre la cabeza y de pronto ves que cae y no pasa nada, eso es algo positivo para tu vida. Creo que tal vez sea por eso que Koljós es un libro mucho más sereno, aplacado, a diferencia de Una novela rusa, que es algo más estridente, más transgresor y más nervioso”.
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Emmanuel Carrère durante su participación en el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires.
Escribir con libertad
Prolífico, ecléctico, Carrère se convirtió en una
presencia permanente en el panorama periodístico y literario de Francia y buena
parte de Europa. Desde fines del siglo pasado que el autor de El adversario escribe
en medios galos, tanto ensayos como reportajes o incluso crónicas de largo
aliento. Buena parte de ese material está reunido en otro de sus grandes
libros, que quizás pasó algo desapercibido en Sudamérica pero que guarda un
puñado de gemas entre sus páginas, Conviene tener un sitio adonde ir (Anagrama,
2017). Allí, Carrère ofrece dos perfiles extraordinarios narrados algunos años
antes. El primero es uno sobre, justamente, Limonov, que serviría de base para
su libro posterior. El otro, La vida de Julie (publicado
originalmente en la revista Six Mois, en marzo de 2011), es una pequeña gran
pieza en la que el escritor se sumerge en el oficio de Darcy Padilla, una galardonada fotorreportera norteamericana que,
a su vez, trabaja en un ensayo fotográfico de largo aliento sobre la vida de la
Julie del título, una madre soltera y adicta de la costa oeste de los Estados
Unidos. Como muchos de sus textos, Carrère termina alumbrando un demoledor
ensayo sobre los vínculos contemporáneos. “Soy consciente -asegura con hablar
sereno y mirando a su interlocutor- de la suerte que tengo, de que gracias a mi
notoriedad puedo permitirme escribir para un medio periodístico con la misma
libertad y soltura con la que lo hago en un libro. Y la libertad significa
también tener espacio. Además me gustaba esta limitante de tener que entregar
una crónica los lunes después de haberla trabajado durante el fin de semana.
Por más que la temática que estaba abordando era terrible, ese ritmo de trabajo
me gustaba y me servía”.
En persona, Carrère tiene algo notable: su
vestuario es juvenil y su presencia desprende un hálito vital que parece
refutar su edad (cumple 69 años en dos meses), pero su rostro es como el mapa
físico de un territorio surcado por ríos y canales. Hay vida consumida en esas
arrugas. Su cabello desprolijo conserva un dejo de rebeldía que su mirada
huidiza y ligeramente melancólica subraya. No sonríe muy a menudo pero, cuando
lo hace, su boca es tan grande que allana la totalidad del hemisferio inferior
de su cara, en un desplazamiento que más que una expansión parece una
conquista. He aquí un hombre que ha puesto el cuerpo, que se ha caído, que se
ha levantado y vuelto a caer. Él mismo se ha encargado de revelarlo en algunos
de sus libros. Ha contado que es bipolar, que pasó por no menos de dos largas
depresiones, que dos de sus matrimonios terminaron en pleitos desgastantes e
incluso escandalosos. Esas experiencias han nutrido su literatura.
En Yoga (Anagrama,
2020), por caso, una de sus nonfiction menos celebradas pero igualmente
potente, relató entre otras cosas la desintegración de su matrimonio, lo que le
generó un conflicto legal con su ex y, debido a eso, a último momento debió
mutilar parte del libro. El incidente no pareció dañar su reputación: al año
siguiente ganó el Premio Príncipe de Asturias, uno de los más de 20 galardones
que ha cosechado a lo largo de su carrera. “Uno tiene la plena libertad de
contar lo que quiera cuando habla de sí mismo -dice sobre su trabajo-. Pero
cuando uno habla de un tercero, siempre tiene que tener cuidado. Yo no tengo
ningún problema en contar cosas que puedan resultar incómodas o para nada
adorables respecto de mi persona; creo, incluso, que cuando uno puede decir
esas cosas de sí mismo, le hace bien al lector, ve ahí algo auténtico y algo
que produce identificación. Por otro lado, cuando uno escribe sobre sí mismo,
es uno el que decide lo que cuenta: lo más problemático es escribir sobre los
demás. En esos casos hay imperativos éticos que uno debe enfrentar en esas
situaciones y que en Una novela rusa o Yoga claramente los
transgredí. Lo hecho, hecho está, pero no me gustaría repetirlo”.
Emmanuel Carrère, ante un auditorio abarrotado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.
La realidad se nos escapa
El paso de Carrère por Buenos Aires revalidó las
credenciales de la ciudad como un enclave cultural inapelable: la charla que el
escritor brindó en la facultad de derecho de la Universidad de Buenos Aires
(UBA) fue presenciada por más de 800 personas, con gente que quedó afuera y
espectadores parados o ubicados en lugares infrecuentes. A Carrère, esa
condición de star no le produce temor, es decir, no parece habitar en él
la neurosis por sentirse obligado a mantener con su próxima obra su condición
de artista consagrado: “No me da miedo no tener un proyecto grande o un libro
por delante”, asegura. “Ahora, cuando vuelva a Francia, voy a escribir para una
revista una crónica para la que voy a estar durante 15 días en una comisaría.
Me lo propusieron y dije: no puede no ser interesante. Hago cosas así. Tengo
dos proyectos como guionista, algunos encargos periodísticos, así que no estoy
desesperado.”
Una de sus participaciones en medios gráficos más destacadas ocurrió hace cinco años, cuando presenció las audiencias del juicio por los atentados yihadistas perpetrados en París en noviembre de 2015. El resultado de ese trabajo fue V13, crónica judicial (Anagrama, 2022), un libro que refleja su mirada sobre todo el proceso. Esa cercanía con el caso lo hizo empaparse del tema, de los fundamentalismos y del conflicto árabe-israelí, que desde los juicios a esta parte no ha dejado de intensificarse. “Por supuesto -confiesa- que comparto el sentimiento de espanto generalizado que hay respecto a la situación en Gaza y en los territorios ocupados. Es algo obvio, pero esa es mi posición en tanto ciudadano”. Carrère medita sus respuestas y, después de tomarse unos cuantos segundos, prosigue con el tema: “La verdad es que como escritor me cuesta mucho (tomar posición), porque siento que en este momento la realidad se nos escapa completamente. Y en todos los campos. En el de la política y la geopolítica… o en el campo de lo ecológico, obviamente. Me siento muy desamparado como hombre y también como padre. Tengo hijos, tengo un nieto, y tengo la impresión de que van a vivir en un mundo de pesadillas”.
Carrère vuelve a su historia familiar en 'Koljós', su libro más reciente.
Una biografía doméstica
Con cada nueva publicación, Carrère nos tiene acostumbrado a sacudir el panorama francés y europeo. Este año no fue la excepción. En febrero salió a la venta Koljós, obra de no ficción en la que, como señalamos arriba, repasa tierna pero quirúrgicamente la vida del núcleo duro de su familia. Es, en parte, una biografía doméstica. Los grandes protagonistas son sus padres: ella una reputada intelectual, de habitual presencia en los medios, y él un vendedor exitoso pero algo anodino, que coleccionaba y catalogaba recuerdos familiares y que vivió opacado por la figura imperial de esa mujer exigente, culta y de aires patricios. Aun cuando la crítica lo trató de forma dispar, o en todo caso señaló que no estaba a la altura de sus grandes obras, el libro tiene momentos extraordinarios, dignos del mejor Carrère, con esa capacidad única para ir hasta el grado cero de la existencia. Como cuando describe la tristeza que había engolfado el ánimo de su padre al momento de darse cuenta de que Hélène, esa monumental mujer con la que había tenido tres hijos, ya no tenía más interés en él.
Escribe Carrère: “Guardo una imagen muy
nítida de ese sufrimiento, una imagen fija, como un plano cinematográfico. Para
ir al baño, pasamos por delante de esa habitación del fondo en la que ahora
está relegado. La puerta no cierra bien, siempre queda ligeramente
entreabierta. Un resquicio de apenas unos centímetros, suficientes para ver lo
que ocurre dentro. Mi padre, con camisa y corbata, está tumbado en el camastro,
como una efigie funeraria. Tiene los ojos abiertos, mirando al techo. No me ve.
No se mueve. Está petrificado por el sufrimiento. Todo lo que ama, todo lo que
da sentido a su vida es mi madre, y mi madre le da la espalda. Ella quiere a
otro hombre, lo abandona. Sin ella, no puede vivir.”
[Fotos: JINIVA IRAZABAL / FILBA - fuente: www.coolt.com]





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