No es fácil concertar una cita con Johann Chapoutot, el autor de Los irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?, libro que, desde que se publicó en febrero de 2025, se ha convertido en un éxito comercial inesperado, con más de 70.000 ejemplares vendidos en Francia y traducciones a múltiples idiomas. Año y medio después no parece haber día en que el historiador de La Sorbonne, que nació hace 48 años en un pueblo pescador de Provenza, no aparezca en varios canales de la esfera pública francesa.
Johann Chapoutot
Escrito por Sebastiaan Faber
Es lógico. El 10 de septiembre, Chapoutot publicó
La Bascule (El balancín), que retoma el relato donde lo dejó Les
Irresponsables. El libro salió cuatro días después de que la
ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) registrara una
victoria electoral histórica –un 44 por ciento–
en el estado de Sachsen-Anhalt. En abril y mayo, Francia celebrará sus propias
elecciones presidenciales, en las que participará Marine le Pen, la líder del
ultraderechista Rassemblement National, quien, a pesar de su reciente condena
por corrupción, encabeza los sondeos con más de un 30 por ciento de la
intención de voto. Los franceses, en fin, buscan explicaciones y consejos, y
Johann Chapoutot está encantado de dárselos. Como escribe en el epílogo a La
Bascule: “Nos guste o no, la historia de 1933 nos habla”.
Los libros anteriores de Chapoutot, que se
centraban en las raíces culturales y filosóficas del nazismo, levantaban
polémica porque identificaban las huellas del nazismo en el presente mundo
neoliberal. Así, Libres para obedecer. El management desde el nazismo hasta
hoy (2020), vincula el pensamiento nazi con la cultura empresarial
del siglo XXI. Les Irresponsables, en cambio, es una obra de
historia política: abarca el período desde marzo de 1930 a enero de 1933,
cuando el bloque liberal-autoritario alemán –en el que se reunían intereses
empresariales, partidos conservadores y nacionalistas, medios reaccionarios y
élites tradicionales– se preocupó ante su pérdida de apoyo popular y decidió
intentar conservar el poder del modo que fuera. Acabó no solo por aliarse con
la extrema derecha sino por instalarla en el poder. La Bascule narra los
seis meses siguientes, del 30 de enero al 14 de julio de 1933, en los que se
produjo la propia toma del poder de los nazis.
Entre ambos libros, Chapoutot propone tres
argumentos centrales. Primero demuestra que, en contra de lo que se suele
afirmar, nunca hubo una mayoría electoral alemana que apoyara a los nazis.
Segundo, explica que estos solo pudieron hacerse con el poder porque las élites
–unas élites altamente irresponsables– les allanaron el camino. Tercero,
recalca la importancia de investigar estos hechos históricos de forma rigurosa
en la medida en que nos permiten comprender nuestro propio presente político.
El propósito de La Bascule, escribe en el epílogo, ha sido explicar,
“retroiluminado por la actualidad que desfilaba ante nuestros ojos atónitos”,
cómo “una banda de granujas incompetentes, corruptos y violentos, halagados,
financiados y sostenidos por todos los colaboradores que el capitalismo es
capaz de encontrar, hacía bascular a un país hacia el fascismo”. Y: “Si alguien
todavía se preguntaba cómo pudieron actuar los nazis, con toda serenidad, entre
1933 y 1939 ha tenido la respuesta casi a diario desde enero de 2025”.
Para los medios franceses, Chapoutot es el
invitado ideal. Se expresa de forma clara y comprensible, no rehúye las
aseveraciones polémicas y logra transmitir la relevancia –y la urgencia– de la
investigación histórica. “Hoy como ayer”, escribe, “la ultraderecha seduce a
una parte del electorado, pero no lo suficiente como para llegar al poder ella
sola”. Subraya que “nada está escrito”: la historia, siempre contingente, nos
da pistas que nos permiten evitar que se repita. Eso sí, hay que ponerse las
pilas –las antifascistas, para entendernos–.
El profesor me atiende en francés, por
videoconferencia, a finales de septiembre.
La historia política es para usted un campo
relativamente nuevo.
En efecto. Mis libros anteriores a Les
irresponsables se dedicaban a la historia cultural, partiendo de la idea de
que vale la pena tomar en serio los discursos de los actores sociales. Trabajé
sobre la visión nazi de la historia –en particular, del mundo clásico– y,
posteriormente, sobre la normatividad nazi en el derecho y la filosofía moral.
Solo hace dos años decidí interesarme por la forma en que los nazis se hicieron
con el poder y cómo pudieron prosperar en él.
Algo tendría que ver la situación política que
atraviesa Europa.
Evidentemente, como en toda historia, las
preguntas que le planteo al pasado son las del presente. Y como ciudadanos
europeos, estadounidenses u occidentales del siglo XXI, es comprensible que nos
llame la atención la forma en que se crean los movimientos de extrema derecha y
cómo se instalan en el poder.
Las sociólogas francesas Sarah Gensburger y
Sandrine Lefranc sostienen que el auge de la extrema derecha en Francia y el
resto de Europa pone de manifiesto el fracaso de la enseñanza de la historia y
de las políticas de memoria, sobre todo con respecto al Holocausto.
Me parece que tienen toda la razón, sobre todo en
la medida en que las llamadas “políticas de la memoria” suelen revestir, más
bien, una forma de catecismo. Al hablar del “deber” de la memoria, al moralizar
la relación con el pasado y al enfocarlo como una cuestión de valores, se acaba
por desarrollar un discurso que está totalmente desvinculado de la realidad
social que viven los alumnos, los estudiantes o los ciudadanos. Como
historiador, considero que, más que formular un discurso sobre la memoria, es
preferible, directamente, hacer historia. Y eso es lo que intento hacer en
estas dos últimas obras. Trato de analizar una realidad histórica concreta, con
los archivos en la mano, para hacerme una pregunta también muy concreta:
¿Quiénes fueron los actores sociales que decidieron que era pertinente,
razonable, racional y deseable llevar a la extrema derecha al poder? Creo que
la verdadera escuela de ciudadanía no es la recitación conmemorativa, que llega
a ser una especie de versión degenerada de la religión –una religión, además,
mecánica y bastante aburrida–; no, la verdadera escuela de ciudadanía está en
el cuestionamiento activo, vivo, del pasado. Esto es, en hacer historia.
En su trabajo, identifica a los facilitadores del
ascenso del nazismo: las élites económicas, el ejército, la Iglesia católica,
las universidades, el funcionariado –incluida la judicatura– y la prensa. No
sorprende que el gran capital prefiera un régimen no democrático a un gobierno
democrático que pueda amenazar sus intereses. ¿Es posible que hoy desempeñe un
rol similar?
Como demuestro en el libro, la patronal alemana
de los años treinta cambió de bando con bastante rapidez, incluso antes de que
los nazis llegaran al poder. Pero me parece que la patronal actual estaría
menos dispuesta a aprobar una solución de este tipo. Por un lado, porque no
deja de pesar la memoria de los años treinta y cuarenta, que, en este caso, se
manifiesta como un vago remordimiento por la actuación del gran capital alemán
bajo el nazismo. Por otra parte, hay una cuestión de interés inmediato, y es
que la patronal alemana necesita la inmigración. Si no se sube al carro de la
ultraderecha, en otras palabras, no es por ninguna sublime filantropía, sino
simplemente por un cálculo oportunista.
En el relato que nos cuenta sobre la subida al
poder nazi, no deja de chocar la complicidad de las universidades y la prensa.
Bueno, esto es importante verlo en el contexto de
la época. Los universitarios en 1933 procedían de un grupo social muy reducido,
en el que los valores –digamos– del progresismo y el universalismo no eran los
más extendidos. Más bien eran personas procedentes de los sectores más
conservadores de la sociedad, incluso los más reaccionarios. Como ya descubrí
cuando estaba haciendo mi tesis doctoral sobre el nazismo y la Antigüedad, en
el mundo universitario había excelentes antinazis que llegaron a ser auténticos
nazis.
¿Y
hoy?
Lo veo más difícil. En los años treinta, los
universitarios tenían una concepción particularista de la cultura. Nosotros, en
cambio, tenemos una concepción universalista. Después de 1945, y sobre todo en
los años sesenta, se produjo una masificación de la educación superior,
acompañada de una mayor diversidad social. Hoy tenemos una concepción más
abierta del acceso a la cultura y una concepción más universalista de la inteligencia.
En Estados Unidos, sin embargo, hemos visto cómo
muchas universidades se han plegado, casi sin chistar, a las exigencias de
Trump.
Sí, pero es importante señalar que si las
universidades son objeto de ataques por parte de la extrema derecha –como lo
son las norteamericanas, pero también, por ejemplo, las argentinas– es
precisamente por esos cambios que se produjeron desde los años sesenta. También
es cierto que para los nazis fue más fácil atacar a las universidades. Hoy, los
ataques se enfocan ante todo en los canales de financiación de la
investigación. Y sí, la actitud de algunas universidades en Estados Unidos ha
sido lamentable, aunque Harvard impugnó al Gobierno de Trump en los tribunales
y ganó. También es importante recordar que ha habido amenazas explícitas contra
ciertos investigadores, como a Mark Bray, un gran especialista en antifascismo, quien tuvo que abandonar Estados
Unidos y refugiarse en España.
Los académicos están en primera línea de fuego.
La ultraderecha ha puesto a los
intelectuales en el centro de la diana, se han convertido en una fuerza de combate.
Y esto se aplica aún más, si cabe, al campo historiográfico. Por su
enfoque de elucidación crítica, para la ultraderecha siempre constituirá un
peligro, una presencia insoportable. Por tanto, siempre tendrá en la diana a
las y los historiadores.
Usted no ha rehuido esa primera línea. Como
intelectual público, ha asumido un papel destacado como analista crítico de la
ultraderecha, tanto en Alemania como en Francia, subrayando sus vínculos
históricos con movimientos nacionalsocialistas y fascistas.
Yo me considero un profesor e investigador de la
Historia. Y este, para mí, no es un papel que se limite a mi universidad. En
primer lugar, porque la enseñanza es un servicio público. Pero fíjate que, en
Francia, además, el vínculo entre Historia y ciudadanía –y entre Historia y
República– es consustancial. Recordemos que fue la Tercera República la que
hizo obligatoria la enseñanza de la historia en todos los niveles educativos,
desde los seis hasta los 18 años. Por lo tanto, cabe decir que existe una especie
de osmosis o fusión entre la historia y la ciudadanía en la Francia
contemporánea. La actividad de profesor-investigador en Historia, en otras
palabras, es consustancial con la reflexión política. Desde ese punto de vista,
no tengo la impresión de estar haciendo nada extravagante al responder a
solicitudes de los medios de comunicación o a invitaciones a conferencias para
hablar de los resultados de mis trabajos en el ámbito público.
Pero en su caso ese ámbito no se limita al
territorio francés: escribe sobre Alemania, un país cuya relación con Francia
siempre ha sido compleja. ¿Cuál ha sido la recepción de su trabajo al otro lado
del Rin?
Tengo el privilegio y el honor de que mis obras
se traduzcan al alemán, algo que no es nada fácil. Cuando eres un extranjero,
no es seguro que te traduzcan en el país sobre el que investigas. Y la verdad
es que mis trabajos han tenido buena acogida. Por otra parte, lo que digo en Les
irresponsables y en La bascule se ajusta bastante bien a lo que
hacen mis colegas alemanes sobre el tema –colegas a los que, por supuesto, leo
y cito con frecuencia–. El último libro de Peter Longerich, por ejemplo,
también hace hincapié en la escasa adhesión de los alemanes al nazismo en sus
inicios.
Yo estaba pensando en la influencia que tuvo, en
su día, un historiador extranjero como Robert Paxton en la autoimagen de
Francia y el colaboracionismo de Vichy.
Ya. Pero a estas alturas, en temas como Vichy o
el Tercer Reich, el intercambio internacional es intenso. Existe una comunidad
internacional de investigadoras e investigadores. Mantenemos un diálogo entre
todos, nos relacionamos, nos invitamos mutuamente, etcétera. Por lo tanto, yo
diría que la nacionalidad de cada uno ya no entra en juego tanto. Quizá para mí
el ser francés fuera un factor cuando era un historiador novato. Cuando mi
tesis sobre la percepción de la Antigüedad en el nacionalsocialismo se publicó
en Alemania, yo era un desconocido, por lo que hubo reacciones por el hecho de
que, como historiador francés y sin ser clasicista, trabajara ese tema. Pero
eso se desvaneció rápidamente en favor del reconocimiento de que yo hacía un
tipo de historia que mis colegas alemanes no hacían. Por ejemplo, mis
investigaciones sobre la visión nazi de la historia o sobre la normatividad
nazi jurídica y moral pertenecen a lo que se podría llamar una historia
culturalista. No es un tipo de historia que los alemanes suelan practicar. El
suyo es más bien un paradigma de historia social, externalista y objetivador.
Pero al final esa diferencia solo ha servido para que se interesaran más en mi
trabajo.
Hablemos de Francia. ¿Cuál ha sido el papel de
Emmanuel Macron en el ascenso de la ultraderecha?
Macron ha sido elegido dos veces para hacer de
barrera contra la extrema derecha. En las segundas vueltas fue elegido,
directamente, por personas que solo querían evitar que la extrema derecha
llegara al poder. Pero en lugar de actuar como barrera a la extrema derecha, le
ha abierto un bulevar. Ha tendido un puente con ella al retomar
sistemáticamente sus términos, temas y tesis.
Otro paralelo con 1933, pues.
La actitud y actuación de Macron constituyen un
ejemplo más de lo que yo denomino “los irresponsables”. Se basa en la
connivencia entre la extrema derecha y el extremo centro: entre la extrema
derecha que conocemos y ese centro que se autoproclama moderado –por encima de
los partidos, y más allá de la derecha y la izquierda–, pero que en realidad es
extremista en su voluntad de concentrar el poder, de centralizar las cosas y de
rechazar toda oposición. Se consideran los más competentes y estiman que el
poder les corresponde de hecho. Los puntos de alianza entre la extrema derecha
y el centro extremo son muy numerosos. Tienen el mismo electorado –básicamente
jubilados que quieren proteger sus prestaciones o ricos que quieren proteger
sus rentas–. Tienen los mismos mecenas, el gran capital. Tienen la misma
filosofía antropológica, el darwinismo social. Y tienen el mismo enemigo, que
es la izquierda, sea cual sea. No sorprende, por tanto, que la alianza funcione
bastante bien. De hecho, cabe decir que la fusión entre la extrema derecha y el
extremo centro ya se ha producido. Los votos de los diputados macronistas,
tanto en la Asamblea Nacional francesa como en el Parlamento Europeo, son casi
siempre idénticos a los de la extrema derecha. Defienden los mismos intereses.
Tienen la misma concepción de la sociedad y del Estado. Y la misma concepción
del futuro.
Hablando del futuro: en sus libros y entrevistas
se opone al fatalismo histórico, subrayando que “nada está escrito”. Pero las
analogías con el pasado que establece, ¿no acaban precisamente por fomentar el
fatalismo?
No, al contrario. Porque identificar esas
analogías permite distinguir a los actores sociales, sus intereses y sus
tácticas o estrategias. Así pues, permite identificar quién está moviendo los
hilos y, por lo tanto, permite actuar de forma cívica a la hora de votar –por
ejemplo, evitando votar a quienes allanan el camino a la extrema derecha,
participando en manifestaciones, etcétera–. La reflexión analógica es, en
definitiva, un trabajo de elucidación histórica que nos permite comprender
mejor a qué nos enfrentamos y qué está en juego. Y, por lo tanto, nos invita a
la acción. Una acción, además, informada.
Con respecto a la posibilidad de resistencia,
usted subraya que, en la Alemania de 1933, la izquierda antifascista era
mayoritaria, pero se encontraba fracturada por la tremenda hostilidad que había
entre los socialistas del SPD y los comunistas del KPD.
Exacto. Además, hay que matizar. El SPD, que rechazó
la alianza con los comunistas en 1932 y que luego rechazó la acción conjunta en
1933, había aprobado durante varios años, desde septiembre de 1930, la política
de austeridad. El problema no solo fue el conflicto con el KPD, sino el hecho
de que una izquierda que renuncia de forma tan rotunda a ser de izquierdas no
consigue despertar el entusiasmo, la adhesión y la resistencia de los
ciudadanos.
Una pregunta final. En su lectura de la historia
alemana, atribuye una gran responsabilidad a las élites. ¿Es un historiador
populista?
Bueno, el término “populista” es complejo y,
además, se utiliza mal en el ámbito público de Estados Unidos; hace referencia
a una filosofía política del siglo XIX, aunque hoy también se usa para
describir una estrategia política. Yo no me incluyo ni en uno ni en otro. Yo lo
que hago es nombrar a los actores sociales y describir las estrategias de
aquellos actores sociales que llevaron a los nazis al poder –y que luego
permitieron que los nazis prosperaran durante los primeros seis meses de 1933–.
¿Cuál era el contexto alemán en aquella época? A partir de la dimisión del
canciller socialdemócrata, en marzo de 1930, ya no hay democracia en Alemania.
Los gobiernos y los cancilleres son nombrados independientemente del resultado
de las elecciones. Todo se concentra, en virtud de los poderes de excepción del
artículo 48, apartado 2, en manos del presidente del Reich y de su entorno. Así
pues, los principales actores sociales que están al mando de Alemania en
aquella época no son las masas populares, ni los sindicatos, ni los partidos de
izquierda. Se trata de un grupo muy reducido –la famosa camarilla, como
se decía con una expresión española– que, por otra parte, representa a sectores
sociales bien identificados: hay militares, banqueros, grandes terratenientes y
empresarios. Y fueron precisamente esos grupos sociales los que tomaron la
decisión de llevar a los nazis al poder. Por lo tanto, yo como historiador no
me adhiero a ningún “ismo”, salvo a una forma de positivismo histórico que
consiste en decir cuál es la realidad. Y lo hago, además, con el fin de
desmontar los discursos fantasiosos que se mantienen sobre este periodo, según
los cuales sería el pueblo alemán el responsable del ascenso de Hitler, cuando
nunca se votó mayoritariamente a los nazis. ¡Pero nunca! Es un discurso que
también vemos resurgir hoy. Otro tipo de discurso fantasioso que ha vuelto hoy
es que todo sería la culpa de la izquierda. Del mismo modo que los
megaincendios en España y en Francia de este verano serían culpa de… ¡los
ecologistas! Es todo totalmente descabellado.
[Foto: Francesca Mantovani -
fuente: www.ctxt.es]

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