Escrito por Mehdi Hasan
El exjefe del ejército israelí, líder del partido Yashar,
de reciente creación, ha sido acogido con entusiasmo por la prensa
internacional, ahora que él y su partido lideran las encuestas de cara a las
elecciones de octubre.
«¿Acogerá Israel al “anti-Netanyahu” que perdió a un hijo
en Gaza?», se preguntaba el Times de Londres.
«Perdió a su hijo en Gaza. Ahora va a por
Netanyahu», declaraba el Daily Telegraph.
«Cómo el general más destacado de Netanyahu se convirtió
en su rival más fuerte», rezaba el titular de un extenso
perfil de Eisenkot escrito por David Remnick en The New Yorker.
«¿Le ofrece Gadi Eisenkot una nueva oportunidad a
Israel?», se interrogaba The Economist.
Es una pregunta razonable. Pero quizá los comentaristas
británicos y norteamericanos no sean las personas adecuadas para responderla.
¿Por qué no preguntarles a los palestinos de Gaza?
En el punto álgido del genocidio, entre octubre de 2023 y
junio de 2024, Eisenkot formó parte del gabinete de guerra de Benjamin
Netanyahu mientras Israel llevaba a cabo su bárbara campaña militar en Gaza.
Durante ese periodo, los ataques aéreos israelíes arrasaron edificios de viviendas enteros,
alcanzaron escuelas, hospitales y campos de refugiados, y mataron a más de 30.000 palestinos.
Eisenkot acabó dimitiendo del gabinete de guerra en 2024. Pero no por el
espantoso número de víctimas mortales. Se marchó por lo que consideraba fallos estratégicos del
Gobierno. Hasta Remnick, del New
Yorker, en el comprensivo perfil de su artículo,
señalaba cómo el general, que perdió a su propio hijo Gal —soldado— en los
combates, «sigue mostrándose reacio a condenar a Netanyahu en detalle por la
extraordinaria gravedad y duración de la guerra en Gaza».
Y Eisenkot tiene antecedentes en lo que respecta a la
matanza de palestinos en Gaza. Como jefe del Estado Mayor de Israel durante la
«Gran Marcha del Retorno» de 2018 y 2019,
supervisó la respuesta armada a las manifestaciones masivas palestinas contra
el asedio de Gaza.
Soldados israelíes, francotiradores en su mayoría, mataron a más de 200 palestinos, y
entre ellos a decenas de niños. «Las fuerzas de seguridad israelíes mataron y
mutilaron a manifestantes palestinos que no representaban una amenaza
inminente», concluyó una comisión de investigación de la ONU,
añadiendo que «encontró motivos razonables para creer que se disparó contra los
manifestantes violando su derecho a la vida».
Si The
Economist quiere saber si Eisenkot representa «una nueva
oportunidad», acaso debería preguntárselo también a los palestinos de la
Cisjordania ocupada.
Sí, puede que Eisenkot se oponga al plan de anexión del
Gobierno de extrema derecha de Netanyahu, pero también se opone a la
autodeterminación y a la creación de un Estado palestino. «Nunca he dicho “dos
Estados para dos pueblos”», declaró con
orgullo en una entrevista en junio, «porque comprendo la profundidad de este
conflicto religioso, nacional y social, y cualquiera que hable de “paz ahora” y
de dos Estados no entiende el conflicto».
«Creo firmemente en los asentamientos en Judea y
Samaria», continuó, utilizando el término bíblico para referirse a la
Cisjordania ocupada.
Ahí queda el supuesto pragmatismo y liberalismo de
Eisenkot. Rechaza abiertamente una solución de dos Estados y apoya con orgullo
los asentamientos israelíes —asentamientos que la Corte Internacional de Justicia y
múltiples resoluciones de la ONU consideran ilegales según el
derecho internacional.
O quizá los periodistas deberían preguntar a los
residentes de los barrios del sur de Beirut, donde cientos de hombres, mujeres
y niños perdieron la vida durante la ofensiva israelí de 2006 contra el Líbano, si
Eisenkot representa un nuevo comienzo.
Como jefe del Mando del Norte de Israel, se le asoció
estrechamente con lo que se conoció como la «Doctrina Dahiya»: una estrategia
militar israelí de disuasión basada en la destrucción generalizada de
infraestructuras civiles.
«Lo que ocurrió en el barrio de Dahiya de Beirut en 2006
ocurrirá en cada pueblo desde el que se dispare contra Israel», explicó Eisenkot a un entrevistador en
2008. «Aplicaremos una fuerza desproporcionada contra él [el pueblo] y
causaremos allí grandes daños y destrucción».
El uso de fuerza disproporcionada contra objetivos civiles es,
por supuesto, un crimen de guerra innegable.
Netanyahu puede ser un villano evidente, pero también
puede ser un villano de tebeo. El peligro de
Eisenkot es que es un villano que proyecta la imagen de «moderado». Mientras
que Netanyahu se ha convertido en un pararrayos, gracias a su arrogancia y
beligerancia, y su acusación ante la Corte Penal Internacional (CPI) ha
convertido a Israel en un paria internacional, Eisenkot da la impresión de ser
una figura más sobria y razonable; un «soldado humilde», por citar a Remnick.
El mero hecho de no ser Netanyahu haría que un primer
ministro Eisenkot neutralizara buena parte de las críticas de los liberales
occidentales a Israel y restableciera la reputación del país en las capitales
occidentales, al tiempo que permitiría al ejército israelí y a los colonos
seguir aplicando las mismas políticas de expansión y destrucción tanto en
Cisjordania como en Gaza.
Eisenkot tampoco es un caso único. La escena política
israelí está llena de lobos con piel de cordero. En la oposición israelí hay
otros generales «moderados» retirados como Eisenkot: Benny Gantz, que en su día
se jactaba de enviar partes de Gaza «de
vuelta a la Edad de Piedra», y Yair Golan, el cual afirmó tras el 7 de octubre que
Israel debería impedir la entrada de ayuda humanitaria en Gaza y que la
población de allí se podía «morir de hambre —es algo totalmente legítimo—».
Luego está Naftali Bennett, que tiene un largo historial del más vil racismo antiárabe, que
supervisó el año más mortífero de la
historia para los palestinos de Cisjordania cuando fue primer ministro de
Israel por última vez en 2022, y que actualmente se dedica a amenazar tanto
a Turquía como a Catar.
La cuestión no es que todos estos políticos israelíes
sean idénticos. No lo son. Difieren en cuanto a tácticas, personalidades y
coaliciones políticas.
La cuestión es que substituir a Netanyahu por Eisenkot o
por cualquier otro líder de la oposición israelí no supondría un cambio
fundamental de rumbo en cuestiones clave como el genocidio, el apartheid y la
ocupación; sería solamente un cambio de imagen y de discurso. Para los
palestinos y los libaneses, entre muchos otros en Oriente Medio, el resultado
sería el mismo.
Así que es posible que el primer ministro más infame de
Israel se vea finalmente destituido en octubre. Si eso ocurre, todos podremos y
debemos celebrar el fin de la era Netanyahu, y esperar que la CPI consiga
llevar a su hombre ante la justicia.
Pero para entonces conoceremos al nuevo jefe de Israel, que será lo mismo que el antiguo jefe de Israel.
Mehdi Hasan es fundador y redactor de Zeteo, medio crítico y alternativo, fue redactor jefe de la sección política del semanario británico New Statesman, ha trabajado como editor de noticias en Channel 4 y presentador en la MSNBC, amén de coautor con James Macintyre de un libro sobre uno de los pasados líderes del Partido Laborista británico, “Ed: the Milibands and the Making of a Labour Leader”.
[Fuente: The Guardian - reproducido en www.sinpermiso.info]

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