El trumpismo resucita un macartismo con ecos del discurso eugenésico nazi con un informe de 100 páginas en el que señala a periodistas, políticos y activistas.
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Marco Rubio, secretario de Estado de EEUU, durante una rueda de prensa en mayo de 2026.
Escrito por Sebastiaan Faber
El 20 de julio, el Departamento de Estado de
Estados Unidos publicó un informe de 100 páginas sobre Cuba que argumenta que,
desde 1959, el régimen castrista ha sido un motor de una “izquierda terrorista”
mundial que ha logrado infiltrarse en grandes partes de la sociedad
norteamericana, aliándose con organizaciones poderosas y reclutando a
políticos, periodistas y activistas prominentes. No es casual que el informe se
publicara días después de una cumbre
internacional, con 60 países, sobre “el auge mundial del
extremismo de izquierdas y el terrorismo político” en la que Marco Rubio, el
secretario de Estado y potencial candidato a la presidencia en 2028, indicó que
la mayor amenaza a la seguridad ya no proviene del terrorismo islámico, sino de
la izquierda.
En comparación con la Estrategia de Seguridad Nacional –el estrafalario documento de noviembre que, entre
otras cosas, reafirmaba la hegemonía hemisférica de Estados Unidos–, el informe
sobre Cuba no solo es más extenso, sino más coherente y riguroso. También está
mejor escrito. Pero lo más llamativo son sus ecos macartistas: no duda en
señalar con pelos y señales a una larga lista de individuos y colectivos,
incluidos periodistas como Amy Goodman (de Democracy Now!), organizaciones
como los Socialistas Demócratas de América (DSA) y el Gremio Nacional de
Abogados (National Lawyers Guild); políticos como Zohran Mamdani y Karen Bass
(alcaldes de Nueva York y Los Ángeles), congresistas como Alexandria
Ocasio-Cortez, Bernie Sanders e Ilhan Omar y activistas como Ben Cohen
(empresario cofundador de Ben & Jerry’s) o Alicia Garza (fundadora de Black
Lives Matter).
El objetivo del informe parece doble: no solo
se trata de reafirmar a Cuba como un poderoso enemigo de la American
way of life –justificando de antemano una posible intervención en la
isla–, sino, sobre todo, de demonizar a una gran parte la izquierda norteamericana como
peligrosa, terrorista, antipatriótica, inmoral y, en última instancia,
subhumana. En este sentido, este informe sobre Cuba solo es el capítulo más
reciente en una clara estrategia que ya se anunciaba en el Proyecto 2025 y que
se aceleró a la zaga del asesinato de Charlie Kirk en septiembre.
Así, el memorándum presidencial Seguridad
Nacional (NSPM-7), publicado ese mismo mes de septiembre, buscaba tildar
de “terroristas” una larga serie de ideas progresistas que se resguardaban
“bajo el paraguas del autodenominado ‘antifascismo’”. “Los hilos comunes que
animan esta conducta violenta”, afirmaba, “incluyen el antiamericanismo, el
anticapitalismo y el anticristianismo; el apoyo al derrocamiento del Gobierno
de los Estados Unidos; el extremismo en torno a la migración, la raza y el
género; y la hostilidad hacia quienes mantienen las visiones tradicionales
estadounidenses sobre la familia, la religión y la moralidad”.
El NSPM-7 ya ha servido para que las fuerzas
de seguridad y los servicios de inteligencia redoblen su vigilancia y
persecución de la izquierda en Estados Unidos. Aunque su éxito en los
tribunales ha sido desigual, la invocación de “Antifa” como una red de
“terroristas domésticos” dedicada a organizar una conspiración violenta para
derrocar el Estado ha permitido detener a 15 ciudadanos de Minneapolis por
hacer seguimiento al ICE (la policía migratoria) y condenar a penas inauditas
de entre 20 y 100 años a un grupo de activistas en Texas, como reportaba Guillem Martínez a finales de junio. Es muy posible
que el informe sobre Cuba tenga una secuela judicial similar.
Alrededor de estos informes se ha construido
un discurso cuyo objetivo es la erosión del Estado de derecho y los derechos
constitucionales. “Se pueden llamar a sí mismos anticapitalistas o
antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas”, declaró Rubio ante The Guardian el 16 de
julio. “Siempre es lo mismo. Es un resentimiento tóxico revestido
de un discurso sobre la igualdad, la justicia y la liberación –una necesidad
abrumadora de tirar abajo, de destruir todo lo que es bello y justo, de parte
de una gente que está repleta únicamente de fealdad y practica la violencia y
el terror porque no tiene nada más que ofrecer al mundo–”.
Al día siguiente, Stephen Miller, subjefe de
gabinete y principal asesor de política y seguridad nacional de Donald Trump,
aprovechó una rueda de prensa para subir el tono. “No es una
coincidencia”, dijo, “que cuando miras estas manifestaciones violentas de
Antifa, cuando ves cualquiera de las fotos de quienes se reúnen en ellas,
ninguna persona, para decirlo francamente, parece normal. Ni una parece normal.
Todos están, de alguna u otra forma, deformados en su apariencia, su forma de
vestir, en su manera de ser. ¿Por qué? Si comparas dos fotos, de una calle
normal en Estados Unidos y una manifestación antifa, ¿por qué no hay ninguna
persona normal entre la gente que se manifiesta de forma violenta? Porque cada
uno, a través de su vida y de sus decisiones, ha dejado cicatrices en su cuerpo
y en su aspecto, de muchas formas diferentes, hasta el punto de que su aspecto
exterior se convierte en una manifestación de su odio interior”. Son obvios los
ecos de la eugenesia nazi. (Y, para un público español, del falangismo. En su
novela Madrid de corte a checa, Agustín de Foxá describía a sus
personajes republicanos como seres movidos por “la revancha de los débiles
contra los fuertes, de los enfermos contra los sanos, de los brutos contra los
listos” porque “odiaban toda superioridad”.)
En la carta que envió la historiadora Heather Cox Richardson el
17 de julio a sus más de cinco millones de suscriptores en Substack y en las
redes, recordaba que J.D. Vance, el vicepresidente neocatólico, ayudó a
promocionar hace dos años el libro Unhumans: The Secret History of
Communist Revolutions (and How to Crush Them) (“Los antihumanos. La historia
secreta de las revoluciones comunistas –y cómo aplastarlas–”), del influencer ultra
Jack Posobiec. “En el pasado”, afirmó Vance, “los comunistas marchaban por las
calles con banderas rojas. Hoy, marchan por los departamentos de recursos
humanos, los campus universitarios y los tribunales, donde practican lawfare contra
gente buena y honesta”.
En el libro, Posobiec tilda a las personas de
izquierdas de “antihumanos” porque “se oponen a todo lo que constituye la
humanidad. Al oponerse a la humanidad misma, ellos se autoexcluyen por completo
de la categoría [de lo humano], ubicándose en una subdivisión completamente
nueva, impulsada por la miseria, de lo antihumano”. Posobiec se une al conjunto de pensadores de la extrema derecha norteamericana que reconocen
como modelo y héroe anticomunista a Francisco Franco. “Algunas de las personas
más poderosas del actual gobierno son conversos recientes al catolicismo que no
han ocultado su admiración por los regímenes integristas, incluido el
franquismo”, dijo la historiadora Kirsten Weld en estas páginas el
pasado noviembre. “Forman parte de una corriente del pensamiento reaccionario
estadounidense que buscó inspiración en España, no solo en los años 30, sino
también en los 60 y 70”.
Para Richardson, los ecos del libro de
Posobiec en los discursos de Rubio y Miller son inconfundibles. La historiadora
recuerda, además, lo que el prólogo al libro, escrito por Stephen Bannon, pone
como epígrafe: “El comunismo ocurre cuando freaks feos y
deformados ilegalizan la normalidad y, después, roban y/o matan a todas las
personas exitosas, movidos por un resentimiento mezquino y por la crueldad. La ideología
no es más que una fachada”.
[Foto: Molly Riley / TWH - fuente: www.ctxt.es]

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