El Gobierno lleva años manoseando la política migratoria al servicio de la reputación que de sí mismo intenta vender fuera. Hay un efecto llamada sistemático: del sistema en su conjunto y de nuestra tolerancia con la irregularidad
Escrito por Héctor
Cebolla y María Miyar
Algunas de las
transformaciones más profundas del Estado no han sido anunciadas. Muchas se han
consolidado poco a poco, gracias a reformas parciales, excepciones
administrativas y renuncias sucesivas hasta que un día el país amanece
funcionando conforme a una lógica distinta de la que proclaman sus propias
leyes. Así ha sucedido con la inmigración irregular en España, para la
que se ha construido, durante un cuarto de siglo, una arquitectura
institucional que la asume como un peaje, una etapa más del itinerario del
inmigrante en el país, confiando su resolución al arraigo o a regularizaciones
extraordinarias según sea el gusto del gobierno de turno. Hablar de pérdida de
control resulta demasiado generoso cuando nunca hemos ambicionado tenerlo y
hemos optado, en su lugar, por la gestión de las consecuencias. Así lo
ilustran los sucesos de Ceuta de esta semana.
Tenemos pocas
dudas de los ejes sobre los que girará el debate sobre este episodio. Unos
hablarán de la destrucción de España, mientras que otros, acusándolos de
racismo, invocarán principios cuya legitimidad no se pueda discutir. Los
interrogantes fundamentales, por su parte, quedarán sueltos en el aire, sin que
nadie los agarre. Pero si nos preguntamos cómo hemos llegado hasta
aquí, encontraremos respuesta en la propia forma de plantear la conversación
sobre la inmigración, que permite discutir cada episodio sin entrar a
valorar el modelo que lo produce, que es lo que conviene examinar.
Días antes de los
sucesos de Ceuta se debatía si la regularización extraordinaria en
marcha había generado un efecto llamada. El error intelectual más frecuente consiste en buscar este
efecto en una regularización concreta o en una reforma puntual del Reglamento
de Extranjería. Los sistemas institucionales no modifican el comportamiento
mediante impulsos súbitos, sino que van alterando las expectativas
progresivamente.
Durante décadas,
España ha generado lo que se suele denominar dependencia de trayectoria. Quien
decide emigrar no abre todos los días el Boletín Oficial del Estado para
entender los pormenores de la regulación, pero sí es testigo de las
trayectorias de quienes llegaron antes. Saber si permanecieron, tuvieron acceso a derechos
sociales, trabajaron, formaron una familia y finalmente se regularizaron pesa
mucho más que cualquier modificación legislativa aislada. La decisión de migrar
se construye paulatinamente a partir de la información compartida por las
propias redes migratorias, no nace de una decisión administrativa concreta.
A esas señales se
suma, además, la que conscientemente emite el propio Gobierno, que lleva años
manoseando la política migratoria al servicio de la reputación que de sí mismo
intenta vender fuera de España. Existe un efecto llamada sistemático,
pero este no procede de un evento extraordinario, sino del sistema en su
conjunto y de la legendaria tolerancia española con la irregularidad.
Todo ello
es especialmente relevante en el caso de la migración marroquí, la
de mayor tradición en la sociedad española y la que cuenta con las redes más
asentadas, las mismas que sostienen y retroalimentan los flujos. Se trata, al
mismo tiempo, de uno de los grupos con mayores dificultades de incorporación,
con tasas muy bajas de actividad, persistentes tasas de pobreza y
un nivel educativo de los más bajos entre los principales orígenes que
recibimos. Y nada de ello ha mejorado con el paso de los años.
España nunca ha
desarrollado una política migratoria orientada a seleccionar, atraer y
consolidar los perfiles que mejor responden a sus objetivos económicos,
sociales y demográficos. Su especialidad ha consistido, más bien, en absorber
flujos espontáneamente y regularizarlos después. Somos campeones
europeos en volumen de entradas, no en diseño institucional. A esa carencia se suma
la dejación de haber externalizado la gestión efectiva de la frontera sur a
Marruecos. Como en cualquier actividad, externalizar un servicio solo funciona
cuando ambas partes confían la una en la otra y comparten objetivos a largo
plazo, y aquí no se cumple ninguna de las dos condiciones.
Cada vez es
más evidente que con Rabat mantenemos una confrontación soterrada de la que no
se conocen todos los detalles, pero, además, carecemos de una agenda común que vaya más allá de la
coyuntura y la cortesía diplomática. Marruecos está dirigido por una élite muy
estable y estratégica que, con seguridad, tiene menos escrúpulos para
planificar que los líderes que seleccionan nuestros partidos. Delegar
nuestra frontera en un socio como Marruecos evita hacerse cargo del trabajo
sucio, pero nos deja expuestos a episodios inenarrables como el de esta semana,
que no es más que la consecuencia previsible de nuestro propio modelo.
Cuando la
previsión se ha cumplido, nos hemos encontrado con que el Estado no ha
sido capaz de garantizar la integridad de la frontera, ni la seguridad de
los ceutíes, ni de dar una respuesta diplomática a la altura de lo que
cualquier país serio exigiría a quien acaba de demostrar que le puede atacar
sin coste alguno. Y son estas entradas en frontera, pese a su escaso peso
cuantitativo en el conjunto de los flujos, las que más avivan la alarma
ciudadana y retratan los fundamentos y las consecuencias del verdadero efecto
llamada del modelo migratorio español.
Ceuta simboliza el agotamiento de la ilusión de que podíamos combinar una inmigración extraordinariamente intensa, una infantil tolerancia con la irregularidad, una frontera parcialmente externalizada a un socio no alineado con nuestros intereses y una opinión pública acostumbrada a convertir en juicios morales cualquier intento de elevar el perfil técnico del debate sobre inmigración. Ningún orden institucional soporta indefinidamente semejante acumulación de contradicciones.
Es cierto que el
Gobierno actual no creó este sistema, pero decidió conscientemente profundizar
en él precisamente cuando los servicios públicos están más tensionados, la
vivienda es más inaccesible, y el auge del populismo exige una discusión mucho
más rigurosa. Como argumento defensivo de su falta de planificación y de sus
excesos en materia de inmigración, además, ha ahondado en la presentación
de un problema institucional como uno moral, dibujándose como el último valedor europeo del humanismo,
cuando en realidad sus acciones (e inacciones) son combustible para el
populismo que por un lado le sostiene, y por el otro le alimenta.
Por ello, hoy
cualquiera que plantee la idoneidad de su modelo es sospechoso de xenofobia o,
incluso, de racismo. Más preocupante que la existencia de posiciones
extremas sobre inmigración resulta que sea el propio funcionamiento del Estado
el que les proporcione, episodio tras episodio, las imágenes y los argumentos
con los que nutrirse. Es así como la cohesión social, que rara vez se rompe de
golpe, se va erosionando, mermando credibilidad en las instituciones y agotando
las reglas que antes se percibían como comunes.
En el fondo de
este deterioro late la confusión entre una política guiada por
convicciones morales y una política sustituida por ellas. La primera se esfuerza
en traducir determinados principios en instituciones eficaces y sostenibles,
mientras que la segunda da por hecho que basta con invocarlos para que las
instituciones resulten innecesarias. España lleva casi una década instalada en
esta última tradición, entregada a un cierto quijotismo moral que ha
reemplazado el análisis de los incentivos y el diseño institucional por la
fantasía de que las buenas intenciones producen, por sí solas, buenos
resultados.
Las sociedades
abiertas no se deterioran por discutir sobre inmigración, sino por renunciar a
gobernarla. Una
democracia puede sobrevivir a una mala política migratoria, pero lo que
difícilmente soportará es la imposibilidad de discutir racionalmente cualquier
cosa.
Héctor Cebolla es investigador científico en el Instituto de Economía, Geografía y
Demografía del CSIC. María Miyar es directora de Estudios
Sociales de Funcas y profesora de Sociología de la UNED
[Ilustración: LUIS PAREJO - fuente: www.elmundo.es]

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