En un presente abarrotado de autoficciones, la más alta distinción de las letras en lengua alemana fue otorgada a una fabuladora innata que rehúye los reflectores.
Escrito por José Aníbal Campos
“Verblüffungskraft” [capacidad para sorprender], es uno de los rasgos que ha destacado de Christine Wunnicke (Múnich, 1966) el jurado del Premio Büchner, el cual, con su decisión, sorprende al distinguir la obra de una autora que, al decir del crítico Paul Jandl, ha sido hasta ahora una especie de inasible “personaje de fábula”, “poco vanidosa al extremo de perjudicarse a sí misma” en un mundillo literario que funciona según la “economía de los focos” y se muestra cada vez más dado a premiar el exhibicionismo y la aparatosidad. A Wunnicke se le ve apenas en lecturas, su carácter le hace evitar los escenarios, los medios y las entrevistas. Elude las presentaciones de sus propios libros y ha rechazado la participación en clubes de lectura y otros formatos más recientes de la promoción literaria.
Es
curioso que toda la obra narrativa de esta escritora parezca rendir homenaje a
figuras que, en cierto modo, se le parecen: gente que logró cosas muy
relevantes en el pasado, pero cuyos méritos quedaron sepultados bajo la
intrincada maleza del olvido. Su especialidad son las “miniaturas históricas”.
La trama de su última novela, Wachs [Cera] (2025), se
desarrolla en el París del siglo XVIII y cuenta la historia de una hoy poco
conocida Marie Marguerite Bihéron, que, deseosa de estudiar Anatomía –pero
imposibilitada de hacerlo por el simple hecho de ser mujer–, se dedicó al robo
y a la compra ilegal de cadáveres que le permitieran, a escondidas, estudiar el
cuerpo humano y hacer reproducciones precisas de sus órganos. Como la propia
autora ahora galardonada con la más alta distinción de las letras en lengua
alemana, Bihéron llegaría a alcanzar tal excelencia en el dominio de su arte,
que su fama se extendió por todo el mundo civilizado: la mismísima emperatriz
Catalina II de Rusia ordenaría la compra de parte de sus obras para la
colección de la Academia de Ciencias de San Petersburgo.
Después
de estudiar Lingüística, Psicología y Filología Germánica Antigua en Berlín y
Glasgow, Christine Wunnicke –que es también una destacada traductora– pasó
varios años trabajando para la Sociedad Max Planck de Múnich. Fue allí donde
probablemente surgió su interés por esas emergentes áreas del saber en un
pasado remoto en las que ya se vislumbran los orígenes de nuestra
contemporaneidad. Ella misma ha dicho: “La mayoría de las veces no sé por qué
algo, de repente, acapara mi interés. Es como un flash“. El
elemento característico de casi todas las novelas y relatos de Wunnicke, y lo
que convierte sus textos en lecturas apasionantes, es el uso de la prolepsis,
el flashforward: la narradora se adentra en épocas de las que
apenas tenemos ya memoria, pero de las cuales, gracias a la sabia
administración de detalles tan típica de su maestría como narradora, nos hacen
cobrar conciencia de que nuestra vida en sociedad es el resultado de una
continuidad, de la transformación y del mestizaje, de la cópula de ideas, que
no estamos donde estamos por la excepcional inteligencia de las generaciones en
activo (toda generación se cree siempre mejor que la anterior, hasta que llega
el duro despertar), sino que eso que llamamos “progreso” (y que consideramos
patrimonio nuestro) es el fruto de un largo proceso dialéctico de asimilaciones
y descartes, de confrontaciones y alianzas del que, de cara a un futuro,
también estamos participando sin darnos apenas cuenta.
En su
primera novela, Fortescues Fabrik [La fábrica de Fortescue]
(1998), nos adentramos “en los esplendores y miserias, en la vida y la muerte
de Douglas W. Fortescue (1810 -1842), la más célebre shooting-star del
arte poético inglés después de la muerte de Byron, inventor de la producción
industrial de poesía”. En este caso, el personaje central no es una figura
histórica. Lo que fascina en esa novela es el virtuosismo fabulador de Wunnicke
para narrar remedando el estilo victoriano que tan bien encaja con su personaje
de ficción.
La
novela, con distancia, más exitosa de Wunnicke llegó a librerías en 2020.
En Die Dame mit der bemalten Hand [La mujer con la mano
pintada] se nos cuenta la historia de un encuentro ficticio entre el
matemático, cartógrafo y explorador alemán Carsten Niebuhr (1733-1815) y un
astrónomo persa, Musa al-Lahuri. El crítico Hubert Winkels destacaba la
capacidad de Wunnicke para crear una “poética historia de la ciencia” sin renunciar
a la carcajada hilarante derivada de los fallidos intentos de comunicación
entre ambos científicos, más allá de barreras idiomáticas y culturales. Para
Winkels, que considera la historia una “grandiosa ridiculización del Logos y
del monoteísmo”, esas escenas recuerdan el mejor slapstick comedy à
la Marx Brothers.
No es
posible reseñar aquí, siquiera brevemente, la obra completa de Christine
Wunnicke, con más de una docena de libros en su haber. En mi opinión, uno de
sus libros más logrados y apasionantes es la biografía novelada del castrato Filippo
Balatri, un pisano nacido en 1682 que llegó a actuar para las cortes de Rusia y
de los Wittelsbach, en Múnich, ciudad en la que murió en 1756. En Die
Nachtigall des Zaren [El ruiseñor del zar], un título de por sí
irónico, Wunnicke se basó en los abundantes escritos autobiográficos que dejó
el cantante y que hoy se conservan en la Biblioteca Estatal de Baviera.
Cabe
destacar, además, el hecho de que la editorial Impedimenta haya sabido apostar
por esta gran autora unos años antes de este premio consagratorio que hoy se le
concede. En La mujer zorro y el doctor Shimamura (Impedimenta
2022), la autora recurre de nuevo a uno de sus temas favoritos y hoy más
candentes que nunca: la confrontación y el intercambio entre culturas. En su
reseña para Babelia, José Luis de Juan destacaba con acierto la
esencia de esta historia: “Es una suerte de ikebana: palabras y frases como
flores desaliñadas cuyos tallos se fijan con instintiva naturalidad sobre el
agua inmóvil”. Y añadía De Juan: “Esta novela divertida y sagaz, con personajes
que se ven y se comprenden (esa paciente-asistenta que lleva dentro una novela
‘de amor, miseria, silencio y suicidio’), muestra el abismo entre Japón y
Occidente, así como entre la psicología y el corazón humano […]. Wunnicke, con
una luminosa, rica y libre manera de narrar […] deja en el aire un tintineo que
nos remite a la nimiedad de la razón, a la par que cuestiona la fiabilidad de
la memoria humana; es decir, logra que el lector se mire en el espejo de la
novela y esboce una tímida sonrisa de complicidad”.
En
nuestro presente, un ahora abarrotado de asfixiantes autoficciones (valga, en
este caso, la anticuada cadena de aliteraciones), con un mercado del libro
saturado de historias que pretenden usar la literatura como una especie de
terapia para superar un divorcio, la muerte de un ser querido o el catarro de
un ahijado (esto último sin la capacidad de un Thomas Bernhard para convertir
en gran literatura una afección pulmonar), es de celebrar que se premie la obra
de una fabuladora innata, de una escritora que rehúye los focos y que, desde la
soledad de sus estudios y sus inmersiones en archivos de toda índole, nos
regala historias que nos conmueven, nos hacen reír y cuestionarnos, burlarnos
de nosotros mismos, al tiempo que nos permiten aprender y reflexionar sobre
nuestra (tranquilizadoramente) invariable condición humana. ~
Zúrich, julio de 2026.
[Foto: Gene Glover - fuente: www.letraslibres.com]

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