quinta-feira, 9 de julho de 2026

Para ganar, la izquierda alemana necesita seguir transformándose

En las elecciones alemanas de 2025, el partido socialista Die Linke cerró filas, desafió los pronósticos que auguraban su desaparición y duplicó su militancia. Sin embargo, los preparativos para el congreso partidario demuestran que muchos de los cuadros más antiguos siguen aferrados a los peores vicios de la izquierda alemana. 

Die Linke es una fuerza opositora clave en Alemania, pero se encuentra muy rezagada frente al avance de la extrema derecha. Frenar el crecimiento de Alternativa para Alemania requiere llegar a nuevos votantes y no limitarse a disputar el espacio ya consolidado.

Escrito por Loren Balhorn

Traducción: Natalia López 

Hace casi dos años que Jan van Aken e Ines Schwerdtner —exeditora de la edición alemana de Jacobin— asumieron la copresidencia del partido de izquierda de Alemania Die Linke. La dupla obtuvo una amplia mayoría en el congreso del partido en octubre de 2024, lo que posiblemente reflejaba menos un apoyo universal que la situación desesperada del partido en ese momento. Con una intención de voto estancada en torno al 3% y la formación rupturista Alianza Sahra Wagenknecht (BSW) aparentemente lista para dejar al partido fuera del parlamento, nadie más parecía dispuesto a aceptar el cargo. Cuando pocas semanas después se anunciaron elecciones anticipadas, su destino parecía sellado. 

Hoy, de cara al congreso de Die Linke de este fin de semana en Potsdam, las cosas no podrían parecer más diferentes. Con un renovado énfasis en el populismo económico, una comunicación en redes sociales enormemente mejorada y una agresiva campaña puerta a puerta, el partido desafió las expectativas en las elecciones federales de febrero de 2025 al recuperar varios bastiones tanto históricos como nuevos, al tiempo que duplicó con creces su número de afiliados. Su camada de dirigentes jóvenes y carismáticos, como Heidi Reichinnek y Schwerdtner, se convirtieron en figuras destacadas en internet, ayudando a consolidar al partido como la fuerza más popular entre los votantes jóvenes. 

Este giro representa un rayo de esperanza en un clima político que, por lo demás, es sombrío, tal como lo refleja el eslogan «organizar la esperanza». Pero la esperanza solo te lleva hasta cierto punto. Aunque Die Linke sigue rondando el 11% (lo que no es un logro menor para un partido que estaba en su lecho de muerte hace dos años), en las recientes elecciones estatales no logró superar el umbral del 5%, lo que supuso su primer revés electoral desde los comicios federales y un alarmante recordatorio de su seguidilla de derrotas en el oeste de Alemania a principios de la década de 2010. Por si fuera poco, aunque los socialdemócratas (SPD) siguen perdiendo apoyo tras sumarse a otro gobierno encabezado por los demócrata-cristianos (CDU), su declive solo ha servido para catapultar a la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) al primer puesto en la mayoría de las encuestas nacionales. 

Sin embargo, si Die Linke se está estancando, lo hace en un nivel considerablemente más alto que antes. A pesar de ello, tras un año de paz interna, surgieron varias voces que se oponen de hecho a Schwerdtner, quien se postula a la reelección junto al diputado Luigi Pantisano luego de que van Aken retirara su candidatura por motivos de salud. Las críticas van desde una retórica supuestamente simplista o presuntos errores en política exterior hasta acusaciones más amplias de estar consolidando una estructura verticalista que pasa por encima del debate democrático. Aunque provienen de distintos sectores, los críticos tienen algo en común: ninguno presenta una alternativa integral, algo que se simboliza en la ausencia de candidatos opositores para el congreso de este fin de semana. Entonces, ¿a qué viene tanto revuelo? 

A mitad de camino con Jan van Aken 

No se puede negar que el camino que Die Linke emprendió a finales de 2024 —centrado en campañas activas sobre temas sensibles como el control de los alquileres y un renovado enfoque en la construcción de la organización partidaria desde las bases— ha dado resultados. Un enfoque implacable en el costo de vida y el uso hábil de las redes sociales (a veces criticado por ser unidimensional) han instalado al partido como una piedra en el zapato para el gobierno y le han permitido adueñarse de esa agenda. El despliegue de campañas de agitación puerta a puerta tras las elecciones, también enfocadas en la economía familiar, ha ayudado a orientar la actividad local hacia afuera, aunque posiblemente a costa de una formación política que se necesita con urgencia. 

Tampoco hay duda de que, como resultado, el partido está cambiando. A los ojos de algunos de sus seguidores más entusiastas, la afluencia de nuevos militantes significa que Die Linke ha sido «refundado de hecho», haciendo que su potencial para convertirse en un partido de masas sea más palpable que nunca. Sin embargo, detractores como la diputada de Berlín Katalin Gennburg critican lo que consideran una «revolución cultural desde arriba» y advierten contra un «dogmatismo estrecho e ideologización a expensas de una organización de masas renovada y rejuvenecida». 

La presencia de miles de activistas jóvenes, politizados en su mayoría no en la izquierda tradicional sino en movimientos de protesta (o en TikTok), ha cambiado el tono de los debates en torno a temas como Palestina o el cambio climático. La vieja guardia, representada en la campaña del año pasado por los tres Silverlocks («mechones de plata», llamados así por sus canas) Gregor Gysi, Dietmar Bartsch y Bodo Ramelow, ya no goza de la misma deferencia por parte de los miembros. Esto es especialmente evidente en la política exterior, donde el enfoque pragmático del partido en el este del país choca fuertemente con el antiimperialismo de fuerte carga moral que comparten muchos de los nuevos militantes. 

Más arriba en la estructura, sin embargo, persiste una mayor continuidad. En lugar de un golpe de palacio, la elección de Schwerdtner y van Aken representó un verdadero esfuerzo de equipo, posiblemente el primero en años. Fue gracias a la estrategia de la nueva copresidencia que la suerte del partido mejoró, pero todos pudieron adjudicarse parte del mérito. Aunque solo dos de los Silverlocks ganaron en sus distritos, sus rostros estuvieron fuertemente asociados a la campaña. Los centros de poder existentes dentro del partido se integraron en la medida de lo posible, lo que sirvió tanto para cooptarlos como para darles el oxígeno necesario para sostener futuras disputas internas. Además, como en cualquier aparato político, la mayoría de los cuadros a tiempo completo son empleados asalariados con contratos permanentes, lo que significa que se mantienen de una gestión a otra. 

Por lo tanto, aunque Die Linke se ha vuelto más dinámico, estructuralmente —y también en términos de personal— es en gran medida el mismo partido de hace dos años. Esto parece estar volviéndose ahora en contra de la nueva dirección. Si el partido hubiera tenido menos éxito el año pasado, el éxodo de cargos electos que comenzó en 2023 probablemente habría continuado, dándoles una página en blanco más limpia para remodelarlo a su imagen y semejanza. En cambio, con la supervivencia del partido ahora asegurada, parece que a más de un funcionario le gustaría volver a la normalidad de siempre. A medida que sectores del aparato del partido se resisten a los cambios (bastante modestos) de la dirección y temen perder más influencia en el futuro, levantan obstáculos de forma desordenada para frenarlos, al tiempo que se cuidan de no parecer opuestos a las transformaciones positivas que ya se han producido. 

Vino viejo en botellas nuevas 

Debido a esta renuencia a mostrarse abiertamente opositores, resulta difícil analizar cuáles son exactamente las críticas de la oposición a la conducción actual. Sin embargo, empezó a desarrollarse un relato, expresado en términos particularmente duros por figuras como la mencionada Gennburg, que culpa a la dirección de Schwerdtner de importar una cultura centralista que prioriza la disciplina organizativa por sobre las tradiciones supuestamente más pluralistas de Die Linke. Sus modelos de conducta más citados, el Partido Comunista de Austria (KPÖ) y el Partido del Trabajo de Bélgica (PTB/PVDA), son vistos con sospecha y tildados de reduccionistas económicos con inclinación al eslogan populista. La Izquierda Democrática, una nueva corriente surgida del ala pragmática tradicional del partido, va más allá y se burla de «una retórica en la que el término ‘clase’ es meramente una palabra clave para el fundamentalismo y la remasculinización». 

En términos prácticos, las críticas suelen converger en torno al puerta a puerta a gran escala que se desplegó sucesivamente en la campaña del año pasado y que desde entonces se integró en el trabajo cotidiano. Nadie niega su papel en la recuperación del partido, pero insisten en que no se puede limitar la actividad a golpear puertas. En el acto de lanzamiento de una nueva corriente llamada morgen:rot (Amanecer Rojo), armada con los restos del ya desaparecido movimiento Movement Left, uno de los miembros fundadores explicó que el partido no puede limitarse a tocar puertas, sino que realmente tiene que escuchar. Los diputados recientemente electos Jan Köstering y Donata Vogtschmidt señalan en la revista para miembros del partido, Links bewegt, que «el desparramo puerta a puerta es un método y no todavía una estrategia política», una afirmación con la que pocos estarían en desacuerdo. «La puerta no puede ser solo un espacio de movilización», explican, «sino el punto de partida de la estrategia política».

¿En qué consiste entonces esa estrategia? Ahí es donde las cosas empiezan a ponerse difusas. Según Köstering y Vogtschmidt, «Un partido de izquierda… no puede limitarse a formular eslóganes», sino que «debe tener en todo momento un valor agregado para la gente. Debe ser útil en el mejor de los sentidos: como un espacio de solidaridad, una herramienta de autoempoderamiento político, un baluarte contra la atomización, un contrapoder organizado y una ayuda práctica en la vida cotidiana». La explicación no se vuelve mucho más concreta que eso, pero en última instancia esboza una práctica política que parece más o menos limitada a la actividad parlamentaria y a los horarios de atención al ciudadano. 

Así, mientras critica a la conducción actual por copiar ideas de otros partidos de izquierda, lo único que ofrece la oposición es lo que el partido viene haciendo desde los últimos veinte años: un poco de todo sin prioridades claras, todo en nombre del «pluralismo». El problema es que precisamente ese pluralismo es el que erosionó la base del partido durante la última década. Se puede ver en Brandeburgo, donde tras dos mandatos en el gobierno Die Linke ya no tiene representación en el parlamento, o en Berlín, donde solo los años en la oposición y un giro hacia el trabajo con otros movimientos sociales le permitieron salir adelante. Incluso en Turingia, que a menudo se presenta como un modelo de éxito, Bodo Ramelow gobernó el estado durante diez años con cierto éxito, pero la actividad del partido terminó completamente marchita al final de su mandato. 

Sin embargo, este pobre balance no aparece en absoluto en el debate actual. En su lugar, intelectuales del ala pragmática, como Benjamin-Immanuel Hoff, argumentan en contra de la visión de un «partido de cuadros de izquierda», contraponiéndola a la de un «partido popular socialista», cuyos contornos son tan vagos que uno podría proyectar prácticamente cualquier cosa en él, excepto, obviamente, un partido de cuadros. En cuanto a los horizontes a mediano plazo, Jan Schlemermeyer, de la Izquierda Democrática, plantea el objetivo de formar un gobierno de centroizquierda. Que Die Linke ya haya hecho campaña con ese tema en 2021 con resultados desastrosos no se menciona, ni tampoco se nos dice por qué funcionaría mejor esta vez. 

La dirección, por su parte, también esquiva la crítica abierta, presumiblemente para ganarse a la mayor parte posible del partido. Esto significa que no se produce una disputa realmente abierta sobre la estrategia correcta. En su lugar, los debates se llevan a cabo en forma de ataques indirectos desde los márgenes, lo que quizás se traduzca en algunos compromisos más sobre la redacción de los documentos en el congreso. 

Partido y Parlamento 

Lo que realmente está en juego en el congreso de este fin de semana se ilustra mejor, tal vez, en lo que ha resultado ser el debate más polarizante: la propuesta de poner un tope a los sueldos de los parlamentarios. Schwerdtner y van Aken predicaron con el ejemplo y anunciaron antes de su elección que no ganarían más que un trabajador calificado promedio. Al principio, esto generó poca oposición —después de todo, no parecía que Die Linke fuera a seguir en el parlamento por mucho tiempo— y sirvió como una buena estrategia de relaciones públicas. Pero ahora que el partido está de regreso en el parlamento, varios funcionarios empezaron a expresar sus dudas, sobre todo los coportavoces parlamentarios Heidi Reichinnek y Sören Pellmann, cuya carta a la ejecutiva del partido en abril fue citada extensamente hace poco en Der Spiegel. Mientras tanto, Bodo Ramelow ha manifestado repetidamente su preocupación de que la norma viole la constitución alemana. 

Los opositores al tope salarial se empeñan en insistir en que no se trata de dinero, sino de alguna otra cuestión vagamente definida. «No conocemos a ningún diputado que quiera enriquecerse personalmente con su mandato», insisten Köstering y Vogtschmidt. Reichinnek y Pellmann reafirman al partido que «Ninguno de nosotros quiere enriquecerse con su mandato». El problema es más bien la falta de confianza que implica el tope. Como socialista, uno tiene que preguntarse: ¿No debería esperarse eso de los cargos electos en un partido socialista que aspira a convertirse en la representación política de la clase trabajadora? Además, el tope salarial propuesto en el próximo congreso del partido ya es varios cientos de euros superior a los 2850 euros al mes anunciados en 2024, y contiene una serie de excepciones para los diputados con personas a cargo u otras circunstancias atenuantes. Incluso con el tope, los diputados ganarían significativamente más que la mayoría de los trabajadores. 

Entonces, si no es por dinero, ¿por qué es? Parece que para algunos diputados, el tope simboliza la subordinación del bloque parlamentario a la dirección del partido elegida democráticamente. Desde su fundación, los diputados de Die Linke han utilizado sus bancas en el parlamento para presionar en contra de las posiciones que no les gustaban. Nadie lo hizo de forma tan evidente como Sahra Wagenknecht, que utilizó su puesto como coportavoz parlamentaria para socavar la conducción de Bernd Riexinger y Katja Kipping y, en última instancia, fundar su propio partido rupturista; pero no es ni mucho menos la única. Ramelow y Gysi, en particular, han criticado repetidamente a su partido en los medios de comunicación a lo largo del último año, especialmente los intentos de alinear la posición sobre el genocidio en Gaza con la de la izquierda internacional.  

Además, aunque ser diputado de Die Linke no te convierta en millonario, sí ofrece numerosas oportunidades para tejer redes y ascender personalmente. Nadie encarna esto mejor que Andreas Büttner, quien denunció repetidamente a sus propios compañeros como antisemitas antes de dejar el partido a principios de este año. Tras no lograr entrar en el parlamento del estado de Brandeburgo como candidato de los Demócratas Libres (FDP) y trabajar como director de oficina para el grupo de lobby proisraelí The European Leadership Network (ELNET), el antiguo joven conservador se pasó a Die Linke en 2015 justo a tiempo para ser elegido, desempeñarse como secretario de Estado en un gobierno regional y, finalmente, ser nombrado comisionado contra el antisemitismo de Brandeburgo, a pesar de no haber estado nunca involucrado de manera significativa en la política de izquierda. 

Büttner puede ser un ejemplo especialmente flagrante de un actor de mala fe que utilizó a Die Linke para su propio ascenso personal, pero no hay razones para pensar que será el último. Debido a la falta de una línea ideológica vinculante en el partido —una herencia de su «ruptura con el estalinismo como sistema» posterior a 1989—, la dirección dispone de pocos mecanismos para expulsar a miembros por motivos políticos. Esto hace que el tope salarial sea tanto más importante, no solo como un acto simbólico sino como una medida concreta para mantener a raya a los oportunistas burdos. El hecho de que se apruebe o no será un indicador elocuente de la trayectoria de Die Linke: ¿hacia una fuerza política más unificada, donde el parlamento y el partido trabajen codo con codo, o de vuelta a la cacofonía incoherente que casi lo hunde hace unos años? 

El compromiso tiene sus desventajas 

El resultado del congreso de Die Linke es particularmente relevante dadas las circunstancias políticas en las que opera actualmente el partido. Die Linke languideció en la década de 2010, mientras muchos de sus partidos hermanos europeos acumulaban victorias históricas. La década de 2020, sin embargo, viene demostrando ser un momento mucho más volátil en la política alemana. Las continuas subas de precios, las amenazas al sector industrial del país y, no menos importante, los crecientes ataques del canciller Friedrich Merz al Estado de bienestar están alimentando lo que podría describirse como un momento populista tardío, unos diez años después de su auge inicial. La confianza en los partidos tradicionales ha alcanzado mínimos históricos, una situación de la que suele beneficiarse principalmente la derecha populista. Revertir esa tendencia es el principal desafío para Die Linke. 

Si los experimentos de izquierda populista de la década anterior pueden ofrecer a Die Linke alguna lección estratégica, esta consiste probablemente en lo que no se debe hacer: a saber, formar prematuramente un gobierno de centroizquierda tras un golpe de suerte electoral. Ya sea en Grecia, España o Portugal, la izquierda transformadora —encontrando incluso mejoras reales en los casos en que llegó al gobierno— vio pronto cómo caía su apoyo, a medida que los votantes regresaban a la socialdemocracia tradicional o abandonaban por completo a la izquierda. Al carecer de estructuras duraderas fuera del parlamento, partidos como Syriza y Podemos se encuentran hoy con respirador artificial en términos organizativos y son en gran medida irrelevantes en lo electoral. 

El destino de los gobiernos de izquierda en Europa sugiere que, al menos por ahora, el foco principal de la izquierda debería centrarse menos en los detalles de los procedimientos parlamentarios que en la construcción de un movimiento de oposición capaz de capitalizar el malestar populista y canalizarlo en una dirección progresista. El ejemplo tan citado del PTB de Bélgica, o incluso de la France Insoumise, demuestra que esto es posible. Aunque ninguno de los dos cuenta con algo parecido a una mayoría popular, han ido construyendo gradualmente sus fuerzas hasta el punto de representar hoy una verdadera amenaza para el establishment político. 

Los opositores a la dirección actual tienen razón en una cosa: Die Linke no podrá importar fórmulas ganadoras del extranjero en su totalidad. Como toda gran organización con cierta antigüedad, tiene demasiada historia y tradiciones propias que inevitablemente influyen en su estrategia. También tienen razón cuando dicen que no existen recetas preestablecidas sobre cómo será el socialismo del futuro. Pero, en realidad, nadie afirma lo contrario. La copresidencia de Die Linke se esfuerza constantemente por incluir a las distintas corrientes del partido y situar sus políticas dentro de las tradiciones de la organización. Por lo tanto, la opción a la que se enfrenta hoy Die Linke no es entre un partido de cuadros comunistas y el socialismo democrático, sino más bien si continuar con la (exitosa) consolidación estratégica del último año y medio. 

Hasta ahora, la dirección ha logrado llevar adelante esta consolidación sin alienar a sectores significativos de la vieja guardia. De todas formas, si los debates de las últimas semanas sirven de indicio, habrá muchas cuestiones polémicas después del congreso del partido que requerirán respuestas claras. ¿Considera principalmente al Partido Socialdemócrata (SPD) y a los Verdes como competidores políticos a los que superar, o como socios en un gobierno «progresista» o incluso «antifascista»? ¿Se ve a los trabajadores sobre todo como votantes potenciales o como el núcleo de la construcción del partido? ¿Sobre qué base debe Die Linke formar políticamente a sus decenas de miles de nuevos miembros y construir una identidad coherente? 

Por el momento, las respuestas a estas y otras preguntas críticas son, en el mejor de los casos, esbozos vagos, debido al menos en parte a los compromisos sobre los que descansa la estrategia actual del partido. Sin embargo, si se quiere que el camino actual dé frutos a largo plazo, tarde o temprano tendrá que haber un debate abierto y, sobre todo, una visión más profunda de lo que un partido socialista puede lograr realmente en una democracia capitalista, y cómo.

 

[Foto: Sebastian Gollnow / picture alliance via Getty Images  - fuente: www.jacobinlat.com]

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