domingo, 21 de junho de 2026

Carlo Ginzburg: «Cuando escribo, siempre pienso en Marc Bloch». Homenaje a un maestro

 


Escrito por Carlos Alberto Ríos Gordillo

Carlo Ginzburg murió en la madrugada del 17 de junio de 2026, en Bolonia, Italia. El 15 de abril había cumplido 87 años. La noticia la comunicó su familia, propagándose en pocas horas con la fuerza de un terremoto: el historiador que transformó la historiografía de los últimos cincuenta años había muerto. Su vida, como la de quienes protagonizaron las grandes mudanzas del siglo XX, encarnó la contradicción de crecer a la sombra del fascismo, la guerra, la orfandad, pero también al amparo de un deslumbrante universo intelectual. Su padre, Leone Ginzburg (1909–1944), intelectual antifascista de origen judío nacido en Odesa, traductor y cofundador con Giulio Einaudi de la editorial que lleva ese nombre, fue detenido por la Gestapo, torturado y muerto en la cárcel romana de Regina Coeli cuando Carlo tenía cinco años. Su madre, Natalia Ginzburg (1916–1991), novelista, traductora, autora de Lessico Famigliare (1973) fue una de las voces más importantes de la literatura italiana de la posguerra. Su abuelo materno, el biólogo Giuseppe Levi (1872-1965), formó una escuela de la que salieron tres premios Nobel y legó al nieto, quien lo imaginaba abriéndose paso a través de una ballena, la idea de que la investigación científica era una aventura. “Proviene de una familia ilustre”, dijo en 2014 el embajador de Italia en Guatemala, a la hora de brindar por Carlo y Luisa.

Entre memoria de la persecución y modelos culturales familiares, el léxico familiar de la ciencia y la literatura, el valor de los hechos y de la narración como pequeñas cosas, fue formándose desde la infancia una sensibilidad intelectual que perfilaría su obra. Marcado por las paradojas, Carlo alguna vez confesó que al no poder convertirse en pintor se decidió por la escritura. Escapando de las modas, para no estudiar los temas de la izquierda o de la organización política de la época contemporánea, emprendió el estudio de los procesos inquisitoriales, las herejías, los procesos contra brujas y campesinos en un largo período. En una entrevista con su amigo Adriano Sofri en 1982, cobró conciencia de que la persecución sufrida durante la infancia por su origen judío y la posición antifascista de su familia, lo hacía sentir empatía política por aquellos perseguidos por la inquisición que había estudiado durante años. Y en un momento de plena conciencia escribió que sentía empatía científica por los inquisidores que inquirían a los acusados de brujería como si fuesen antropólogos.

Aprendió a leer entre líneas y a contrapelo cuando en los archivos descubrió las actas inquisitoriales que lo formaron en la lectura detallada, lenta y a fondo, permitiéndole interpretar los silencios, los espacios en blanco, las relaciones de fuerza. Los expedientes de Paolo Gasparutto, Battista Moduco, Pietro Manelfi y Domenico Scandella, Menocchio, lo entrenaron en transcribir minuciosamente los testimonios, a descifrar las creencias de los perseguidos a través de los ojos de sus perseguidores. Maestro en paleografía y filología, acucioso trabajador de archivo (en la bolsa llevaba un lapicito con el sacapuntas), también tradujo una obra de la vida rural y del campesinado analfabeta a través de las huellas que dejaron en el paisaje, en los regímenes agrarios, en las formas de los campos: I caratteri originali della storia rurale francese (Einaudi, 1973) de Marc Bloch. 

Carlo se formó en la Scuola Normale Superiore de Pisa, completó su formación en el Warburg Institute de Londres y enseñó en las universidades de Roma, Lecce, Bolonia, Harvard, Yale, Princeton y UCLA, donde ocupó desde 1988 la Cátedra Franklin D. Murphy de Estudios del Renacimiento Italiano. Entre 2006 y 2010 fue profesor de Historia de las Culturas Europeas en la Scuola Normale Superiore de Pisa, donde fue nombrado emérito. Sus libros fueron traducidos a más de treinta idiomas. Recibió el Premio Aby Warburg (1992), el Premio Feltrinelli para las ciencias históricas (2005) y el Premio Balzan por la historia de Europa 1400–1700 (2010), entre otros diecinueve doctorados honoris causa en cuatro continentes, entre ellos el de la Universidad Autónoma Metropolitana de México (UAM) en 2008, a iniciativa del Departamento (no de historia) de antropología. Fue miembro de los comités de redacción de Quaderni StoriciComparative Studies in Society and History, y de Contrahistorias. La otra mirada de Clío, donde también figuraron Immanuel Wallerstein, Bolívar Echeverría, por la cual conocimos a Giovanni Levi.

La recepción mundial de su obra fue extraordinaria. Sus libros circularon en tradiciones académicas tan distintas como la anglosajona, la francesa, la alemana, la japonesa y la latinoamericana, llegando también a espacios no académicos —incluyendo el movimiento zapatista en Chiapas, donde el Subcomandante Insurgente Marcos escribió sobre el paradigma indiciario en un texto recogido en un libro de Adolfo Gilly. Con motivo de su viaje a Chiapas, en septiembre de 2003, visitamos el Caracol de Oventik donde conversó con las autoridades de las Juntas de Buen Gobierno. Mi padre fue el guía, el traductor de realidades. Y años después, en la presentación de Miedo, reverencia, terror. Cinco ensayos de iconografía política (Contrahistorias, 2014), en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, el 7 de noviembre de 2014, entonces cerrada en protesta por la desaparición de los 43 alumnos de Ayotzinapa, Carlo levantó el puño cuando se escuchó el clamor: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”

A reserva de una revisión más detenida, pues la noticia es todavía fresca, me gustaría proponer la hipótesis siguiente: su obra puede organizarse en cinco líneas de fuerza (Carlo distinguió dos: los indicios y el combate posmoderno) que se entrecruzan a lo largo de seis décadas, constituyendo un proyecto de notable coherencia interna.

La primera, leer la historia a contrapelo: poder, persecución, subalternidad, es la más extensa y la más reconocida. Desde I benandanti (Einaudi, Turín, 1966) hasta Old Thiess, a Livonian Werewolf (University of Chicago Press, Chicago, 2020, con Bruce Lincoln), Ginzburg se interrogó sistemáticamente sobre cómo acceder a la experiencia de quienes no dejaron documentos propios, sino únicamente la voz que el poder les impuso al perseguirlos. La paradoja constitutiva de esta línea es que el archivo inquisitorial —instrumento de destrucción— conserva precisamente lo que intentaba destruir. Leer esos documentos en contra de su intención productora para extraer huellas de una experiencia que el documento no quiso registrar, pero registró involuntariamente, es la operación historiográfica que Ginzburg practicó y teorizó. De ella nació Il formaggio e i vermi (Einaudi, Turín, 1976), el libro más leído y traducido de su obra, donde reconstruye el cosmos de Menocchio, molinero friulano del siglo XVI procesado dos veces por la Inquisición. La escala reducida de la observación no limita la ambición teórica, sino que la posibilita: es en la singularidad del caso donde las estructuras culturales amplias se vuelven legibles.

A través de Menocchio es posible ver la cultura popular. A esta línea pertenecen también: Il nicodemismo (Einaudi, Turín, 1970) —libro sobre la simulación y disimulación religiosa en la Europa del siglo XVI, recordado aquí porque su olvido es injusto—, I costituti di don Pietro Manelfi (Sansoni/The Newberry Library, Florencia-Chicago, 1970), edición crítica de las declaraciones inquisitoriales de un sacerdote que traicionó a sus correligionarios anabaptistas; Giochi di pazienza (Einaudi, Turín, 1975, con Adriano Prosperi), seminario sobre el Beneficio de Cristo como texto de la Reforma italiana, Storia notturna (Einaudi, Turín, 1989), donde amplía la escala hacia las raíces eurasiáticas del aquelarre y constituye un portento de erudición y osadía, y Old Thiess (University of Chicago Press, Chicago, 2020), donde debate con Bruce Lincoln sobre la interpretación de un campesino livonio que se declaró hombre lobo ante un tribunal en 1691.

La segunda línea es el paradigma indiciario: morfología e historia. El ensayo Spie. Radici di un paradigma indiziario (1979), en Miti emblemi spie (Einaudi, Turín, 1986), constituye la intervención epistemológica más influyente de Ginzburg y la que más fronteras disciplinares atravesó. Su argumento articula una genealogía y una propuesta: existe una forma de conocimiento que no opera por leyes generales, sino por indicios, síntomas y rastros, cuyos representantes paradigmáticos son el cazador que lee huellas, el médico que diagnostica por síntomas y el crítico de arte que detecta, data, atribuye la autoría de una pintura por los detalles que el pintor no controla conscientemente. Morelli, Freud y Sherlock Holmes: tres contemporáneos que no se leyeron y compartieron, sin saberlo, el mismo paradigma. Sin saberlo, lo compartieron con cazadores, marineros, adivinos, connaisseurs. Morfología e historia se convocan de manera recíproca. La morfología, en el sentido goethiano, como búsqueda de formas recurrentes a través de diferencia, y el extrañamiento (el ostranenie de los formalistas rusos, como operación que hace visible lo familiar al tratarlo como ajeno), son sus instrumentos centrales.

La tercera línea, Indagini: datación, contexto, prueba, aplica ese instrumental a la imagen visual como fuente histórica específica. En Indagini su Piero (Einaudi, Turín, 1981; edición ampliada, Einaudi, 1994), Ginzburg fecha y contextualiza la Flagellazione di Urbino de Piero della Francesca a partir de indicios externos al objeto artístico: contexto político, relaciones iconográficas, en polémica implícita con Roberto Longhi. En Jean Fouquet. Ritratto del buffone Gonella (Franco Cosimo Panini, Módena, 1996) reconstruye redes de influencia entre pintores del siglo XV, a partir de un retrato anómalo. En Paura reverenza terrore (Feltrinelli, Milán, 2008; edición ampliada, Adelphi, Milán, 2015) analiza cinco imágenes del poder político, con los mismos instrumentos que emplearía ante un expediente inquisitorial. El principio que sostiene esta línea es constante: la imagen no ilustra la historia, sino que es ella misma fuente histórica, depositaria de información que su autor no controló plenamente y que el método indiciario puede extraer.

La cuarta línea fue un combate intelectual y político contra el relativismo: historia, verdad, prueba. Desde Il giudice e lo storico (Einaudi, Turín, 1991), donde defendió que Adriano Sofri había sido condenado injustamente tras siete juicios en dieciséis años, hasta Il filo e le tracce. Vero falso finto (Feltrinelli, Milán, 2006), Ginzburg sostuvo una polémica sistemática contra el relativismo posmoderno que equipara narración histórica y ficción. Lo verdadero, lo falso y lo ficticio no son categorías intercambiables, sino construcciones históricas que una persona profesional de la historia tiene la obligación de distinguir, aun sin garantías absolutas. La prueba no garantiza la verdad, pero su ausencia no la hace imposible ni irrelevante. Cuando un tribunal falla con pruebas insuficientes, un inocente va a la cárcel: el relativismo epistemológico no es una postura filosófica inocua, sino una complicidad efectiva con el poder que produce los falsos. La pertinencia contemporánea de esta línea es evidente: la reflexión de Ginzburg sobre cómo se fabrica lo falso y cómo circula disfrazado de verdad ilumina, con instrumentos construidos sobre documentos del siglo XVI y XVII, los mecanismos de la desinformación en el presente. Pertenece también a esta línea History, Rhetoric, and Proof (University Press of New England, Hanover, 1999) —cuya versión italiana ampliada, Rapporti di forza. Storia, retorica, prova (Feltrinelli, Milán, 2000), sistematizó su respuesta a Hayden White.

La quinta línea es la de filiaciones, lecturas, conversaciones: filología retrospectiva— es la más abierta y la más personal. La expresión, acuñada por Carlo en Aún aprendo. Cuatro experimentos de filología retrospectiva (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2021), designa una operación que revierte la dirección habitual de la lectura histórica: leer hacia atrás, desde el presente hacia el pasado, para encontrar en los textos de los maestros preguntas que el presente todavía no sabe formular con claridad. En Nondimanco. Machiavelli, Pascal (Adelphi, Milán, 2018), pone en diálogo a dos pensadores que nunca se leyeron para extraer de esa comparación algo que ninguno de los dos dijo. En Un dialogo con Vittorio Foa (Feltrinelli, Milán, 2003), convoca la memoria política de la izquierda italiana en forma de conversación intergeneracional. En Cinco reflexiones sobre Marc Bloch —publicado por primera vez por la Universidad de San Carlos de Guatemala en 2015 y reeditado por Prohistoria/Contrahistorias, Rosario, 2018—, regresa una y otra vez al historiador fusilado por los nazis como interlocutor metodológico irrenunciable.

A esta línea pertenecen también Cesare Garboli e il suo antagonista segreto (Premio Pozzale, Empoli, 2007; reeditado en Garboli, Tartufo, Adelphi, 2014) y, como cierre involuntario y conmovedor de toda su trayectoria, Il vincolo della vergogna. Letture oblique (Adelphi, Milán, 2026), publicado apenas cinco meses antes de morir, en el aniversario redondo de sus tres grandes libros: sesenta años de I benandanti, cincuenta de Il formaggio e i vermi, cuarenta de Miti emblemi spie. La filología retrospectiva no es anacronismo: es la convicción de que los textos guardan más información de la que sus autores pusieron en ellos, y que esa plusvalía solo se vuelve legible cuando el tiempo ha depositado capas suficientes sobre su superficie. Leer un texto filológicamente es, en el fondo, leer sus huellas involuntarias.

Lector infatigable, capaz de resolver en la última página del artículo el problema que había enunciado desde el principio, o de relacionar temas inconexos leyendo sus huellas para enlazarlas con el hilo de Ariadna y mostrar desde cuándo habían viajado, cómo lo había hecho, por dónde habían pasado. Hace más de veinte años, cuando no teníamos las tecnologías de las cuales disponemos hoy, escribió a propósito de su conversación con Orión: el buscador de la biblioteca de la Universidad de California, Los Ángeles, en un diálogo fuera de serie. Carlo fue el historiador e intelectual europeo más extraordinario de su época. Reunía erudición portentosa, cosmopolitismo intelectual, creatividad problemática, originalidad como método, curiosidad única. Es lo que puede verse a través de aquella frase que pronunció en una entrevista para el diario La Jornada, con motivo de su primer viaje a México: “La mirada del historiador es más importante que su objeto de estudio”. O como decía su admirado Marc Bloch: “En el principio está la inteligencia”

Carlo se ha ido. Leerlo, escucharlo, conversar con él es parte de una conversación donde las palabras ya no son posibles. Mientras escribo estas últimas líneas, Luisa respondió a mis condolencias con singular belleza: “Ya no tengo más palabras porque él no está”, me dice en un punto. Ante la partida del maestro nos queda su legado, los bellos recuerdos compartidos. Quisiera compartir uno, del día cuando lo conocí hace 23 años, mientras subíamos hacia San Cristóbal de Las Casas desde Tuxtla Gutiérrez, y entre las montañas la niebla nos abrazaba. Él me escuchaba mientras yo le contaba de mis esfuerzos por terminar la tesis sobre Marc Bloch. Clavó esa mirada volcánica en mi y fue entonces cuando me confesó: “cuando escribo, siempre pienso en Marc Bloch”.

Cuando escribamos, pensemos en Carlo Ginzburg.

Carlos Alberto Ríos Gordillo es profesor del departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco.


[Fuente: www.sinpermiso.info]

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