Escrito por Carlos Alberto Ríos Gordillo
Carlo Ginzburg murió en la madrugada del 17 de junio de 2026, en
Bolonia, Italia. El 15 de abril había cumplido 87 años. La noticia la comunicó
su familia, propagándose en pocas horas con la fuerza de un terremoto: el
historiador que transformó la historiografía de los últimos cincuenta años
había muerto. Su vida, como la de quienes protagonizaron las grandes mudanzas
del siglo XX, encarnó la contradicción de crecer a la sombra del fascismo, la
guerra, la orfandad, pero también al amparo de un deslumbrante universo
intelectual. Su padre, Leone Ginzburg (1909–1944), intelectual antifascista de
origen judío nacido en Odesa, traductor y cofundador con Giulio Einaudi de la
editorial que lleva ese nombre, fue detenido por la Gestapo, torturado y muerto
en la cárcel romana de Regina Coeli cuando Carlo tenía cinco años. Su madre,
Natalia Ginzburg (1916–1991), novelista, traductora, autora de Lessico
Famigliare (1973) fue una de las voces más importantes de la
literatura italiana de la posguerra. Su abuelo materno, el biólogo Giuseppe
Levi (1872-1965), formó una escuela de la que salieron tres premios Nobel y
legó al nieto, quien lo imaginaba abriéndose paso a través de una ballena, la
idea de que la investigación científica era una aventura. “Proviene de
una familia ilustre”, dijo en 2014 el embajador de Italia en Guatemala, a
la hora de brindar por Carlo y Luisa.
Entre memoria de la persecución y modelos culturales familiares, el
léxico familiar de la ciencia y la literatura, el valor de los hechos y de la
narración como pequeñas cosas, fue formándose desde la infancia una
sensibilidad intelectual que perfilaría su obra. Marcado por las paradojas,
Carlo alguna vez confesó que al no poder convertirse en pintor se decidió por
la escritura. Escapando de las modas, para no estudiar los temas de la
izquierda o de la organización política de la época contemporánea, emprendió el
estudio de los procesos inquisitoriales, las herejías, los procesos contra
brujas y campesinos en un largo período. En una entrevista con su amigo Adriano
Sofri en 1982, cobró conciencia de que la persecución sufrida durante la
infancia por su origen judío y la posición antifascista de su familia, lo hacía
sentir empatía política por aquellos perseguidos por la inquisición que había
estudiado durante años. Y en un momento de plena conciencia escribió que sentía
empatía científica por los inquisidores que inquirían a los acusados de
brujería como si fuesen antropólogos.
Aprendió a leer entre líneas y a contrapelo cuando en los archivos
descubrió las actas inquisitoriales que lo formaron en la lectura detallada,
lenta y a fondo, permitiéndole interpretar los silencios, los espacios en
blanco, las relaciones de fuerza. Los expedientes de Paolo Gasparutto, Battista
Moduco, Pietro Manelfi y Domenico Scandella, Menocchio, lo
entrenaron en transcribir minuciosamente los testimonios, a descifrar las
creencias de los perseguidos a través de los ojos de sus perseguidores. Maestro
en paleografía y filología, acucioso trabajador de archivo (en la bolsa llevaba
un lapicito con el sacapuntas), también tradujo una obra de la vida rural y del
campesinado analfabeta a través de las huellas que dejaron en el paisaje, en
los regímenes agrarios, en las formas de los campos: I caratteri
originali della storia rurale francese (Einaudi, 1973) de Marc
Bloch.
Carlo se formó en la Scuola Normale Superiore de Pisa, completó su
formación en el Warburg Institute de Londres y enseñó en las universidades de
Roma, Lecce, Bolonia, Harvard, Yale, Princeton y UCLA, donde ocupó desde 1988
la Cátedra Franklin D. Murphy de Estudios del Renacimiento Italiano. Entre 2006
y 2010 fue profesor de Historia de las Culturas Europeas en la Scuola Normale
Superiore de Pisa, donde fue nombrado emérito. Sus libros fueron traducidos a
más de treinta idiomas. Recibió el Premio Aby Warburg (1992), el Premio
Feltrinelli para las ciencias históricas (2005) y el Premio Balzan por la
historia de Europa 1400–1700 (2010), entre otros diecinueve doctorados honoris
causa en cuatro continentes, entre ellos el de la Universidad Autónoma
Metropolitana de México (UAM) en 2008, a iniciativa del Departamento (no de
historia) de antropología. Fue miembro de los comités de redacción de Quaderni
Storici, Comparative Studies in Society and History, y de Contrahistorias. La
otra mirada de Clío, donde también figuraron Immanuel Wallerstein, Bolívar
Echeverría, por la cual conocimos a Giovanni Levi.
La recepción mundial de su obra fue extraordinaria. Sus libros circularon
en tradiciones académicas tan distintas como la anglosajona, la francesa, la
alemana, la japonesa y la latinoamericana, llegando también a espacios no
académicos —incluyendo el movimiento zapatista en Chiapas, donde el
Subcomandante Insurgente Marcos escribió sobre el paradigma indiciario en un
texto recogido en un libro de Adolfo Gilly. Con motivo de su viaje a Chiapas,
en septiembre de 2003, visitamos el Caracol de Oventik donde conversó con las
autoridades de las Juntas de Buen Gobierno. Mi padre fue el guía, el traductor
de realidades. Y años después, en la presentación de Miedo, reverencia,
terror. Cinco ensayos de iconografía política (Contrahistorias, 2014),
en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, el 7 de noviembre de 2014,
entonces cerrada en protesta por la desaparición de los 43 alumnos de
Ayotzinapa, Carlo levantó el puño cuando se escuchó el clamor: “¡Vivos se
los llevaron, vivos los queremos!”
A reserva de una revisión más detenida, pues la noticia es
todavía fresca, me gustaría proponer la hipótesis siguiente: su obra puede
organizarse en cinco líneas de fuerza (Carlo distinguió dos: los indicios y el
combate posmoderno) que se entrecruzan a lo largo de seis décadas,
constituyendo un proyecto de notable coherencia interna.
La primera, leer la historia a contrapelo: poder, persecución,
subalternidad, es la más extensa y la más reconocida. Desde I
benandanti (Einaudi, Turín, 1966) hasta Old Thiess, a Livonian
Werewolf (University of Chicago Press, Chicago, 2020, con Bruce
Lincoln), Ginzburg se interrogó sistemáticamente sobre cómo acceder a la
experiencia de quienes no dejaron documentos propios, sino únicamente la voz
que el poder les impuso al perseguirlos. La paradoja constitutiva de esta línea
es que el archivo inquisitorial —instrumento de destrucción— conserva
precisamente lo que intentaba destruir. Leer esos documentos en contra de su
intención productora para extraer huellas de una experiencia que el documento
no quiso registrar, pero registró involuntariamente, es la operación
historiográfica que Ginzburg practicó y teorizó. De ella nació Il
formaggio e i vermi (Einaudi, Turín, 1976), el libro más leído y
traducido de su obra, donde reconstruye el cosmos de Menocchio, molinero
friulano del siglo XVI procesado dos veces por la Inquisición. La escala
reducida de la observación no limita la ambición teórica, sino que la
posibilita: es en la singularidad del caso donde las estructuras culturales
amplias se vuelven legibles.
A través de Menocchio es posible ver la cultura popular. A esta línea
pertenecen también: Il nicodemismo (Einaudi, Turín, 1970)
—libro sobre la simulación y disimulación religiosa en la Europa del siglo XVI,
recordado aquí porque su olvido es injusto—, I costituti di don Pietro
Manelfi (Sansoni/The Newberry Library, Florencia-Chicago, 1970),
edición crítica de las declaraciones inquisitoriales de un sacerdote que
traicionó a sus correligionarios anabaptistas; Giochi di pazienza (Einaudi,
Turín, 1975, con Adriano Prosperi), seminario sobre el Beneficio de
Cristo como texto de la Reforma italiana, Storia notturna (Einaudi,
Turín, 1989), donde amplía la escala hacia las raíces eurasiáticas del
aquelarre y constituye un portento de erudición y osadía, y Old Thiess (University
of Chicago Press, Chicago, 2020), donde debate con Bruce Lincoln sobre la
interpretación de un campesino livonio que se declaró hombre lobo ante un
tribunal en 1691.
La segunda línea es el paradigma indiciario: morfología e historia. El
ensayo Spie. Radici di un paradigma indiziario (1979), en Miti
emblemi spie (Einaudi, Turín, 1986), constituye la intervención
epistemológica más influyente de Ginzburg y la que más fronteras disciplinares
atravesó. Su argumento articula una genealogía y una propuesta: existe una
forma de conocimiento que no opera por leyes generales, sino por indicios,
síntomas y rastros, cuyos representantes paradigmáticos son el cazador que lee
huellas, el médico que diagnostica por síntomas y el crítico de arte que
detecta, data, atribuye la autoría de una pintura por los detalles que el
pintor no controla conscientemente. Morelli, Freud y Sherlock Holmes: tres
contemporáneos que no se leyeron y compartieron, sin saberlo, el mismo
paradigma. Sin saberlo, lo compartieron con cazadores, marineros, adivinos,
connaisseurs. Morfología e historia se convocan de manera recíproca. La
morfología, en el sentido goethiano, como búsqueda de formas recurrentes a
través de diferencia, y el extrañamiento (el ostranenie de los
formalistas rusos, como operación que hace visible lo familiar al tratarlo como
ajeno), son sus instrumentos centrales.
La tercera línea, Indagini: datación, contexto, prueba, aplica ese
instrumental a la imagen visual como fuente histórica específica. En Indagini
su Piero (Einaudi, Turín, 1981; edición ampliada, Einaudi, 1994),
Ginzburg fecha y contextualiza la Flagellazione di Urbino de
Piero della Francesca a partir de indicios externos al objeto artístico:
contexto político, relaciones iconográficas, en polémica implícita con Roberto
Longhi. En Jean Fouquet. Ritratto del buffone Gonella (Franco
Cosimo Panini, Módena, 1996) reconstruye redes de influencia entre pintores del
siglo XV, a partir de un retrato anómalo. En Paura reverenza terrore (Feltrinelli,
Milán, 2008; edición ampliada, Adelphi, Milán, 2015) analiza cinco imágenes del
poder político, con los mismos instrumentos que emplearía ante un expediente
inquisitorial. El principio que sostiene esta línea es constante: la imagen no
ilustra la historia, sino que es ella misma fuente histórica, depositaria de
información que su autor no controló plenamente y que el método indiciario
puede extraer.
La cuarta línea fue un combate intelectual y político contra el
relativismo: historia, verdad, prueba. Desde Il
giudice e lo storico (Einaudi, Turín, 1991), donde defendió que
Adriano Sofri había sido condenado injustamente tras siete juicios en dieciséis
años, hasta Il filo e le tracce. Vero falso finto (Feltrinelli,
Milán, 2006), Ginzburg sostuvo una polémica sistemática contra el relativismo
posmoderno que equipara narración histórica y ficción. Lo verdadero, lo falso y
lo ficticio no son categorías intercambiables, sino construcciones históricas
que una persona profesional de la historia tiene la obligación de distinguir,
aun sin garantías absolutas. La prueba no garantiza la verdad, pero su ausencia
no la hace imposible ni irrelevante. Cuando un tribunal falla con pruebas
insuficientes, un inocente va a la cárcel: el relativismo epistemológico no es
una postura filosófica inocua, sino una complicidad efectiva con el poder que
produce los falsos. La pertinencia contemporánea de esta línea es evidente: la
reflexión de Ginzburg sobre cómo se fabrica lo falso y cómo circula disfrazado
de verdad ilumina, con instrumentos construidos sobre documentos del siglo XVI
y XVII, los mecanismos de la desinformación en el presente. Pertenece también a
esta línea History, Rhetoric, and Proof (University Press of
New England, Hanover, 1999) —cuya versión italiana ampliada, Rapporti
di forza. Storia, retorica, prova (Feltrinelli, Milán, 2000),
sistematizó su respuesta a Hayden White.
La quinta línea es la de filiaciones, lecturas, conversaciones: filología
retrospectiva— es la más abierta y la más personal. La expresión, acuñada por
Carlo en Aún aprendo. Cuatro experimentos de filología retrospectiva (Fondo
de Cultura Económica, Buenos Aires, 2021), designa una operación que revierte
la dirección habitual de la lectura histórica: leer hacia atrás, desde el
presente hacia el pasado, para encontrar en los textos de los maestros
preguntas que el presente todavía no sabe formular con claridad. En Nondimanco.
Machiavelli, Pascal (Adelphi, Milán, 2018), pone en diálogo a dos
pensadores que nunca se leyeron para extraer de esa comparación algo que
ninguno de los dos dijo. En Un dialogo con Vittorio Foa
(Feltrinelli, Milán, 2003), convoca la memoria política de la izquierda
italiana en forma de conversación intergeneracional. En Cinco
reflexiones sobre Marc Bloch —publicado por primera vez por la
Universidad de San Carlos de Guatemala en 2015 y reeditado por Prohistoria/Contrahistorias, Rosario,
2018—, regresa una y otra vez al historiador fusilado por los nazis como
interlocutor metodológico irrenunciable.
A esta línea pertenecen también Cesare Garboli e il suo
antagonista segreto (Premio Pozzale, Empoli, 2007; reeditado en
Garboli, Tartufo, Adelphi, 2014) y, como cierre involuntario y conmovedor de
toda su trayectoria, Il vincolo della vergogna. Letture oblique (Adelphi,
Milán, 2026), publicado apenas cinco meses antes de morir, en el aniversario
redondo de sus tres grandes libros: sesenta años de I benandanti, cincuenta
de Il formaggio e i vermi, cuarenta de Miti emblemi
spie. La filología retrospectiva no es anacronismo: es la convicción
de que los textos guardan más información de la que sus autores pusieron en
ellos, y que esa plusvalía solo se vuelve legible cuando el tiempo ha
depositado capas suficientes sobre su superficie. Leer un texto filológicamente
es, en el fondo, leer sus huellas involuntarias.
Lector infatigable, capaz de resolver en la última página del artículo
el problema que había enunciado desde el principio, o de relacionar temas
inconexos leyendo sus huellas para enlazarlas con el hilo de Ariadna y mostrar
desde cuándo habían viajado, cómo lo había hecho, por dónde habían pasado. Hace
más de veinte años, cuando no teníamos las tecnologías de las cuales disponemos
hoy, escribió a propósito de su conversación con Orión: el buscador de la
biblioteca de la Universidad de California, Los Ángeles, en un diálogo fuera de
serie. Carlo fue el historiador e intelectual europeo más extraordinario de su
época. Reunía erudición portentosa, cosmopolitismo intelectual, creatividad
problemática, originalidad como método, curiosidad única. Es lo que puede verse
a través de aquella frase que pronunció en una entrevista para el diario La
Jornada, con motivo de su primer viaje a México: “La mirada del historiador
es más importante que su objeto de estudio”. O como decía su admirado Marc Bloch:
“En el principio está la inteligencia”
Carlo se ha ido. Leerlo, escucharlo, conversar con él es parte de una
conversación donde las palabras ya no son posibles. Mientras escribo estas
últimas líneas, Luisa respondió a mis condolencias con singular belleza: “Ya no
tengo más palabras porque él no está”, me dice en un punto. Ante la partida del
maestro nos queda su legado, los bellos recuerdos compartidos. Quisiera
compartir uno, del día cuando lo conocí hace 23 años, mientras subíamos hacia
San Cristóbal de Las Casas desde Tuxtla Gutiérrez, y entre las montañas la
niebla nos abrazaba. Él me escuchaba mientras yo le contaba de mis esfuerzos
por terminar la tesis sobre Marc Bloch. Clavó esa mirada volcánica en mi y fue
entonces cuando me confesó: “cuando escribo, siempre pienso en Marc Bloch”.
Cuando escribamos, pensemos en Carlo Ginzburg.
Carlos Alberto Ríos Gordillo es profesor del
departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad
Azcapotzalco.
[Fuente: www.sinpermiso.info]

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