En el largometraje, que tiene dosis de humor y emoción, se da un nuevo ejemplo de la fascinación del manchego por la metaficción y los relatos ubicados como prolijas cajas chinas.
El film de Almodóvar llega a las salas argentinas una semana después de haber pasado por Cannes.
AMARGA NAVIDAD 8 puntos
(España,
2026)
Dirección y guion: Pedro Almodóvar.
Duración: 111
minutos.
Intérpretes: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón,
Victoria Luengo, Patrick Criado
Estreno en salas de cine
No es la primera vez que Pedro Almodóvar le da vida a un alter ego de su persona –con más o menos vínculos con la realidad, aunque siempre permeado por la ficción– para que atraviese alguna crisis artística y/o personal. El ejemplo más cercano en el tiempo es Dolor y gloria, pero no solo en esa película un director de cine enfrenta los nubarrones y tormentas del acto creativo, como lo confirman La mala educación y un clásico de la primera etapa de su filmografía, La ley del deseo.
En Amarga navidad, que se estrena en Argentina dos meses más tarde que en España y una semana después de pasar por el Festival de Cannes, el artista en cuestión es Raúl Durán (Leonardo Sbaraglia), un prestigioso realizador español que no filma desde hace un lustro. Es su teclado el que dicta las órdenes de una parte de lo que el espectador comienza a ver en pantalla, la historia de una mujer, colega de Raúl, que abandonó el cine de ficción para dedicarse al económicamente más reconfortante universo de la publicidad.
En gran medida, entonces, la protagonista del último Almodóvar es Elsa (notable, como es la costumbre, Bárbara Lennie), quien comienza a sufrir intensos ataques de pánico, consecuencia de una ansiedad a la cual resulta difícil aprehender y ponerle un nombre. Al menos lo es en un sentido literal, ya que ocupa más tiempo en el metraje total. Sin embargo la imbricación entre Elsa y Raúl es tal que resulta imposible separarlos, en un nuevo ejemplo de la fascinación del manchego por la metaficción y los relatos ubicados como prolijas cajas chinas. Elsa convive con un hombre bastante más joven, un bombero que, por las noches, suma unos billetes como stripper, y es durante una de sus falsas crisis físicas (la migraña, la falta de aire, las palpitaciones) que una médica que supo conocer a ambos por separado –uno de esos momentos típicos en Almodóvar donde el humor ataca de frente el drama– recibe una respuesta a su incógnita sobre el sentido del “cine de culto”.
Si en uno de sus niveles narrativos, que transcurre en 2004, Amarga navidad describe la existencia de Elsa a partir de un momento de su vida que parece tener forma de bisagra, a su vez pincelado con flashbacks del pasado reciente, en otro estrato Raúl intenta escribir un guion que podría implicar un retorno triunfal al métier. Que su productora de toda la vida, interpretada por Aitana Sánchez-Gijón, lo deje luego de dos décadas de trabajo en conjunto para cuidar de una amiga en problemas no es un elemento casual: la realidad comienza a penetrar con fuerza en ese relato de ficción que aún está en pañales. Que a Raúl se le achaque precisamente eso, tomar anécdotas no poco dolorosas de personas reales para construir una ficción, podrá tener poco o mucho que ver con algunos datos de la vida del director de Átame. Pero eso es lo menos relevante de todo el asunto, como lo confirma con humor la inclusión de no una sino dos canciones de Chavela Vargas, y el posterior comentario de un personaje acerca de la impertinencia de esa repetición.
Algunas reseñas luego de su estreno español le achacaron a la película la repetición de motivos y un ombliguismo exacerbado como nunca antes en la obra de Almodóvar. Sin embargo, como ocurre con otras películas de autores obsesionados con el acto creativo como exorcismo personal, Amarga navidad no podría ser de otra manera. Y si durante sus dos primeros actos el film parece un tanto frío cuando se lo compara con las creaciones más famosas del realizador, es recién en el tercero y final –cuando Elsa pasa unos días en Lanzarote, frente a paisajes encantados y la luz de su computadora personal, y Raúl hace lo propio en la soledad del estudio– cuando la emoción surge con fiereza y vuelve a poner en tensión el lugar del creador en el mundo que lo rodea y su nexo con las personas más cercanas.
[Fuente: www.pagina12.com.ar]

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