Los libros crueles, tal como los propone José Ovejero, nos interpelan y nos transforman a través de ese placer cada vez menos acostumbrado
Hombre leyendo (Georges Lemmen, 1883)
Escrito por Azahara Alonso
Es posible formular una queja de cliente a
modo de pregunta. Aunque no siempre pasa, bien lo saben quienes publican un
libro y se encuentran con algunos de sus lectores: ¿Por qué ha escrito un
ensayo y no una novela? ¿Nacen de un lugar genuino esos poemas? ¿No le parece
demasiado anodina la voz narrativa? En cierto momento de su trayectoria
literaria, a José Ovejero también le preguntaron varias cosas: ¿Por qué hay
tanta violencia en sus obras? ¿Es usted tan pesimista que solo ve la desgracia
o la mezquindad? ¿No quisiera a veces crear paraísos literarios en los que el
lector pueda refugiarse de la fealdad del mundo? Aventuro que quienes se lo
plantearon forman parte de una estirpe de lectores que no es nueva, y la
encontramos ya formulada en algunos personajes de las novelas de Virginia Woolf
–si alguien leyó la columna anterior, me disculpará la fijación presente con
esta autora, espero–, como aquel que “sintió deseos de saber si entre los
jóvenes escritores había alguno tocado por el espíritu de la magnanimidad,
alguien que infundiera al lector la creencia de que la vida es hermosa”. Esa
estirpe es consciente de la fealdad del mundo y tiene una idea muy clara de la
literatura: debe ser un oasis entretenido que compense la inhumanidad que nos
rodea. Y no se consigue ese remanso solo por la atmósfera, los finales felices
o el supuesto tema que acometa, sino –a juzgar por un sentir que parece
generalizado en reseñas virtuales y clubs de lectura– por la identificación de
quien lee con al menos uno de sus edificantes personajes.
He nombrado a Ovejero porque recientemente se ha reeditado La ética de la crueldad, libro con el que, además de otros reconocimientos posteriores, ganó el Premio Anagrama de Ensayo en 2012, y que fue escrito en respuesta, quizá, a las mencionadas preguntas que él recordó durante una de las presentaciones del texto en librerías. Lo reedita ahora Galaxia Gutenberg con un prefacio escrito para la ocasión y con una revisión en la que la propuesta inicial se completa con nuevos ejemplos. La tesis del autor se desarrolla en las primeras cien páginas, y con el riesgo de la síntesis podría resumirse en que lo cruel es en el ámbito literario un valor a tener en cuenta, la piedra de toque que permite que la narrativa sea implacable, honesta y catártica. Pero no se trataría, por tanto, de una “crueldad moralizante, que […] satisface la necesidad de certidumbres del lector, de verdades sencillas, de una división clara entre el bien y el mal”. Es al contrario, y esto se evidencia en el análisis que a continuación lleva a cabo, en el que se centra en libros cuya violencia no es un pasatiempo escrito, sino un mecanismo para ahondar en la condición humana. Como lectoras, claro, el disfrute de esos libros, de haberlo, es algo más complejo de lo habitual: no son fácilmente digeribles, no invitan a una identificación favorecedora y entretenido no es el adjetivo que se ajusta a su experiencia. Nada más lejos de la lectura como scroll infinito lleno de emociones en catálogo y sin riesgo ni concentración que, por alguna razón difícil de comprender, en tiempos recientes parece la medida de un libro apetecible. Pero los libros crueles, tal como los propone Ovejero, nos interpelan y nos transforman –no necesariamente en mejores personas, sí más lúcidas– a través de ese placer cada vez menos acostumbrado. De su complejidad sabrá quien haya leído algunas de las novelas que La ética de la crueldad tiene en cuenta, como El astillero, de Juan Carlos Onetti, La pianista, de Elfriede Jelinek o Claus y Lucas, de Agota Kristof.
Dice Ovejero que “no hay auténtica crueldad ética sin que aquellos que nos aprecian se sientan ofendidos; la crueldad que solo se dirige al antagonista es acomodaticia, falsamente atrevida”. Y eso va contra la comodidad de quienes leen, aunque no contra ellos. Porque un libro debe ser, como quería Kafka, “el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros”, gesto de amabilidad imposible. En respuesta a aquel personaje woolfiano, decimos entonces que quizá la vida no, pero precisamente por eso la literatura sí es hermosa a su manera.
[Fuente: www.ctxt.es]

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