La reciente muerte
de Alfredo Bryce Echenique, a los 87 años, cierra una de las trayectorias más
singulares de la literatura hispanoamericana contemporánea. Durante más de
medio siglo fue una voz difícil de clasificar: demasiado tardío para pertenecer
plenamente al boom latinoamericano, pero demasiado influyente para ser
considerado simplemente un autor posterior. Su literatura, impregnada de humor
melancólico, confesión sentimental e ironía social, logró construir un
territorio propio dentro de la narrativa en español. Y, al mismo tiempo, su
figura pública estuvo marcada por una serie de controversias —especialmente las
acusaciones de plagio— que empañaron su prestigio en los últimos años de su
carrera.
Bryce Echenique nació en Lima en 1939 en el
seno de una familia acomodada de la vieja oligarquía peruana. Su padre era
banquero y uno de sus antepasados, José Rufino Echenique, había sido presidente
del Perú en el siglo XIX. Esa procedencia social —privilegiada, aristocrática,
rodeada de sirvientes y rituales de clase— acabaría convirtiéndose en uno de
los grandes materiales narrativos de su obra. En cierto modo, Bryce dedicó
buena parte de su literatura a observar con ironía y nostalgia el mundo del que
procedía. Estudió Derecho y Letras en la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos y muy pronto abandonó el Perú para instalarse en Europa, primero en
París y después en distintos puntos del continente. La capital francesa fue
decisiva: allí estudió literatura en la Universidad de la Sorbona, ejerció como
profesor universitario y trabó amistad con escritores latinoamericanos
expatriados como Julio Ramón Ribeyro. Aquella vida europea —bohemia, errante,
sentimentalmente caótica— alimentaría muchas de sus novelas posteriores.
Su irrupción literaria fue fulgurante. En
1970 publicó Un mundo para Julius,
una novela que rápidamente se convirtió en un clásico de la narrativa
latinoamericana. La historia del pequeño Julius, un niño de la alta burguesía
limeña que observa con asombro las desigualdades sociales que lo rodean, era al
mismo tiempo una sátira de clase y una novela de aprendizaje atravesada por la
ternura. El libro obtuvo el Premio Nacional de Literatura del Perú en 1972 y
fue traducido a numerosos idiomas. Más que una denuncia frontal, la novela proponía una mirada oblicua y humorística sobre la sociedad peruana, una
característica que se volvería central en el estilo de Bryce: el drama contado
con una sonrisa triste.
Durante las décadas siguientes desarrolló una
obra narrativa muy reconocible, centrada a menudo en personajes desbordados por
la vida, sentimentales hasta el exceso y siempre propensos al fracaso amoroso.
Entre sus títulos más conocidos figuran La
vida exagerada de Martín Romaña, quizá su novela más autobiográfica; Tantas veces Pedro; No me esperen en abril; o La amigdalitis de
Tarzán. En todas ellas aparece una mezcla muy peculiar de humor, nostalgia
y desamparo. Sus protagonistas suelen ser alter ego del propio Bryce: hombres
hipersensibles, enamoradizos, un poco ridículos y profundamente humanos. En ese
sentido, su literatura se alejaba del tono solemne de algunos autores del boom
y se acercaba más a una tradición narrativa que privilegiaba la voz confesional
y la ironía.
Bryce vivió durante años entre Europa y
América. Se instaló largas temporadas en Francia, Italia o Grecia, y también
pasó décadas en España, especialmente en Barcelona y Madrid. Esa condición de
expatriado permanente marcó su escritura: muchas de sus novelas transcurren en
el París de los estudiantes latinoamericanos o en la Barcelona literaria de
finales del siglo XX. En ese ambiente coincidió con figuras centrales del boom
como Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, aunque su estilo narrativo
nunca se confundió con el realismo mágico ni con la épica histórica de otros
contemporáneos.
Uno de los grandes hitos tardíos de su
carrera llegó en 2002, cuando ganó el Premio Planeta de Novela con El huerto de mi amada, una historia
ambientada en el Lima aristocrático de mediados del siglo XX que retomaba
muchos de sus temas habituales: el amor, la memoria, la nostalgia de una clase
social en decadencia. El premio consolidó su popularidad entre el gran público
y le otorgó una visibilidad mediática que hasta entonces había sido más bien
discreta.
Sin embargo, pocos años después su
reputación sufriría uno de los golpes más serios de su carrera. A mediados de
la década de 2000 comenzaron a aparecer denuncias de plagio en varios artículos
periodísticos firmados por él. Algunos textos resultaron ser prácticamente
idénticos a artículos publicados previamente por otros autores, entre ellos el
diplomático peruano Oswaldo de Rivero o el escritor español José María Pérez
Álvarez. Bryce se defendió alegando que los textos habían sido enviados por error
por colaboradores o secretarios, o incluso que existía una campaña en su
contra. Aun así, el caso tuvo consecuencias: las autoridades peruanas lo
sancionaron con multas y su prestigio intelectual quedó seriamente erosionado.
Para muchos lectores, aquella polémica introdujo una sombra incómoda sobre una
obra que hasta entonces había sido celebrada casi unánimemente.
Las controversias no lograron borrar del
todo la importancia literaria de Bryce Echenique. Su prosa, reconocible por su
tono conversacional, su humor ligeramente melancólico y su tendencia a la
digresión, influyó en varias generaciones de narradores latinoamericanos. En un
panorama literario dominado durante años por grandes gestos históricos o
experimentos formales, Bryce reivindicó una literatura de la intimidad:
historias de amor desastroso, amistades entrañables, nostalgias de juventud y
derrotas cotidianas.
En los últimos años se retiró
progresivamente de la escritura y regresó a vivir a Lima, donde pasó una
jubilación tranquila marcada por problemas de salud y por una vida más discreta
que en sus décadas europeas. Su última etapa estuvo dominada por libros de
memorias y por la evocación de un pasado que él mismo había contribuido a
mitificar. Cuando murió, muchos lectores recordaron una frase que solía
repetir: que escribía para que sus amigos lo quisieran más. Quizá esa
afirmación, mitad broma y mitad confesión, resume bien el espíritu de su
literatura.
Porque, con sus luces y sus sombras, con
sus novelas inolvidables y con sus polémicas inevitables, Alfredo Bryce
Echenique dejó algo que pocos escritores logran: un universo narrativo
inconfundible, poblado de personajes frágiles, sentimentales y desbordados por
la vida, que siguen hablando con una voz tan humana como profundamente literaria.
[Foto: wikipedia
- fuente: www.lapiedradesisifo.com]

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