terça-feira, 20 de janeiro de 2026

Lampedusa y las letras hispánicas

 

Librería Flaccovio, en Palermo (Italia), 1968


Escrito por 

Hubo un tiempo en el que, en Palermo, los buzones postales distinguían en sus ranuras dos tipos de destinos. De una parte estaba Sicilia y, de otra, el continente. La anécdota tiene especial valor en la medida en que por el continente se entendía no solo Italia, sino el resto del mundo. Así lo advierte Gioacchino Lanza Tomasi, primo lejano de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que acabó convertido en su hijo adoptivo y cuyas reflexiones sobre el autor de El Gatopardo y España se publican ahora en Acantilado con edición y epílogo de Alejandro Luque. El libro parte de una conferencia pronunciada en Sevilla en el año 2008 y ahora hace accesible al público una sucesión de anécdotas menores, pero no insignificantes, que nutrirán, sin duda, la curiosidad de quienes asisten al renovado interés por la vida y la obra de Lampedusa.

El detalle de los buzones postales no es menor y suscribe la singularísima conciencia que durante siglos han albergado los sicilianos sobre sí mismos. Una percepción especial que el propio Lampedusa puso en boca del Príncipe de Salina en su inmortal novela. Cualquiera que viaje hoy a Sicilia sabrá reconocer la excepcional personalidad de una isla que gobierna, en lo simbólico, la eterna memoria cultural del Mediterráneo. La geometría de su protagonismo civilizatorio no engaña, puesto que Palermo está casi tan cerca de Estambul como de Barcelona, de Roma como de Argel, de Atenas como de Marsella. Roma pudo ser caput mundi, pero el corazón del mundo hubo un tiempo en el que, sin duda, fue siciliano.

La centralidad simbólica y casi espiritual de Sicilia interpela de un modo especial a España, en la medida en que la historia de la isla y la de nuestro país jamás podrían entenderse sin los muchos paralelismos que guardan ambas realidades. Y en esa atracción recíproca entre España y Sicilia, Lampedusa tenía algo que decir. No se trata solo de la influencia árabe y romana, ni de la común dinastía borbónica o de los rigores climáticos compartidos. Si todo lo que ocurre en Sicilia afecta a nuestro país de una forma específica, la manera en la que El Gatopardo pudo y puede hablarnos todavía nos obliga a sondear las conexiones, explícitas o veladas, que pudieran darse entre Lampedusa y España. Esa tarea de reconstrucción estaba pendiente y dependía de lazos frágiles y no siempre visibles que, por fortuna, ahora quedan fijados de forma definitiva en el texto de Gioacchino Lanza Tomasi. El título es claro: Lampedusa y España, aunque bien podría haberse llamado Lampedusa y la literatura hispánica. El texto no es una genealogía cultural ni una crónica de viajes que no existieron. Se trata de un testimonio en primera persona en el que se precisan la forma y el contexto en los que el escritor siciliano entró en contacto con la literatura española.

Gioacchino Lanza Tomasi no solo fue un familiar remoto de Lampedusa. Ejerció como hijo adoptivo y tuvo la fortuna de participar en los talleres literarios que el autor de El Gatopardo desarrolló en la década de los cincuenta. Esa posición excepcional basta para validar su testimonio a la hora de reconstruir los rasgos de la personalidad del genio. Pero si del Mediterráneo se trata y la historia es verdadera, esta narración solo podía cobrar la forma de una historia de familia, que es, al fin y al cabo, lo que queda fijado en este breve pero revelador texto. Lampedusa y España, traducido graciosamente por Andrés Barba, es un librito «gatopardesco», por cuanto se orienta a partir de una genealogía familiar, una herencia y una tradición. Lo que en El Gatopardo sirve para construir una lectura metafísica sobre el paso del tiempo, en este testimonio personal se ordena para explicitar la manera en la que Lampedusa contactó con la cultura literaria española de forma casi accidental. Hay más anécdotas que teoría, y tal vez por eso el libro resulta tan agradable en su sencillez.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa jamás puso un pie en nuestro país, por lo que toda relación con España estuvo condenada a quedar determinada casi exclusivamente por sus lecturas. Lanza Tomasi, autor del libro, es hijo de la española María Concepción Ramírez y Villa Urrutia y Camacho, hija a su vez de Anita Camacho, quien fue retratada por Picasso. Estas genealogías fortuitas salpimentan la historia, emparentando personajes distantes y advirtiendo de la proximidad azarosa en la que convivieron los genios. El lazo entre España y Lampedusa estuvo propiciado por esta filiación de Lanza, quien, siendo español por parte de madre, supo y pudo aproximar la literatura hispánica al príncipe de Lampedusa.

Según se destaca en el prólogo de Salvatore Silvano Nigro, fue en 1955 cuando el autor de El Gatopardo le pidió a Lanza Tomasi que le enseñara español y que le acercara a la lectura de las letras hispánicas. La biblioteca de Lampedusa era conocida y su admiración por Alberto Moravia, Elsa Morante o incluso Antonio Gramsci estaba ya confirmada. Sin embargo, el valor de Lampedusa y España pasa por desvelar la existencia de lecturas que seguramente marcaron la personalidad del escritor y que comenzaron, precisamente, de la mano de Lanza Tomasi. En el marco de aquellos talleres, en los que el ya veterano escritor se rodeaba de jóvenes lectores, Lampedusa quiso empezar por Cervantes, pero pronto se aburrió y optó por pasar a Lope. Este tipo de detalles menores sobre el ritmo de lectura no solo humanizan a un hombre de talento superlativo, sino que nos permiten constatar que Lampedusa podía equivocarse y que estaba expuesto a los mismos errores y tropiezos que cualquier lector medio. Solo así puede interpretarse que, equivocadamente, imputara alguna influencia de Cervantes sobre Montaigne, siendo tal cosa imposible por puro imperativo cronológico.

Que Lampedusa se adentrara en la literatura española de la mano de un joven como Lanza Tomasi es un hermoso gesto de humildad. Conocía, como buen italiano culto, las lecturas de Benedetto Croce sobre España, pero sus carencias fueron parcialmente mitigadas por este seminario en el que se comentaban textos de clásicos y contemporáneos. Hay algo revelador en que a Lampedusa le agradara San Manuel bueno y mártir, de Unamuno, o en que le decepcionara Galdós. Su aproximación cultural a España estaba mediada por otros creadores como Byron o Bizet, pero el contacto directo con Quevedo, Góngora o Lorca le devolvió una imagen mucho más inmediata de la cultura española.

Lampedusa y España tiene el valor especial de presentarse como un testimonio directo, casi como una confesión. Conocer de primera mano las impresiones del escritor siciliano en contacto con nuestra literatura, poder valorar las traducciones personales que realizó de las palabras que no entendía cuando leyó Bodas de sangre o constatar la lista de títulos de la colección Obras Eternas de Austral que había adquirido nos permite trazar la biografía intelectual de quien escribiera El Gatopardo.

Lampedusa y España

Gioacchino Lanza Tomasi

Barcelona, Editorial Acantilado, 2025

Traducción de Andrés Barba Muñiz

112 págs.

Se trata de un retrato absolutamente personal y directo en el que podemos constatar también la precariedad con la que se desenvolvía un noble que, como sus propios personajes, apenas contaba con una fortuna suficiente para soportar el peso y el signo de su linaje. Lampedusa era heredero de una nobleza extinta y, para seguir comprando libros en Flaccovio, la librería de la vía Ruggero Settimo, le decía a su mujer que le habían hecho un precio especial. Era noble, pero no era rico, y su afán lector buscaba excusas para invertir el escaso capital que tenía en nuevas lecturas. Gracias a Lanza Tomasi sabemos que parte de sus adquisiciones fueron españolas. Y quien busque saciar su curiosidad y guste de las anécdotas lectoras de Lampedusa encontrará en este pequeño libro una lectura provechosa.


Al final, Lampedusa y España no solo ilumina una zona poco transitada de la biografía intelectual de un escritor excepcional, sino que confirma algo más hondo y perdurable: que la literatura no avanza por sistemas ni por programas, sino por afectos, por filiaciones inesperadas y por lecturas compartidas en voz baja. Entre Sicilia y España en la vida de Lampedusa no existieron viajes, pero sí una conversación lenta, doméstica y casi secreta, sostenida en una biblioteca privada y en la confianza entre generaciones. Tal vez por eso este libro importa: porque nos recuerda que las grandes tradiciones no se heredan como un patrimonio cerrado, sino que se transmiten de manera frágil, a través de gestos mínimos, errores lectores y entusiasmos provisionales. Y en esa precariedad —tan mediterránea, tan humana— la literatura encuentra todavía su forma más cierta.



Diego S. Garrocho Salcedo es profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, donde ejerce como vicedecano de investigación y coordinador del Máster en Crítica y Argumentación Filosófica. Garrocho es autor de El último verano (Debate, 2023), Sobre la nostalgia (Alianza, 2019) y Aristóteles. Una ética de las pasiones (Avarigani, 2015). Columnista de El País, en el año 2021 recibió el Premio David Gistau de periodismo.



[Fuente: www.revistadelibros.com]

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