Es difícil sustraerse al lugar donde uno vive. El clima, las horas de
sol, la lluvia o una sempiterna niebla son accidentes climatológicos que
por sí solos nos modelan la vida y el carácter, y lo hacen de un modo
que para nosotros muchas veces es imperceptible, pues siempre pensamos
que nuestro poder de decisión, o sencillamente nuestros deseos, son más
fuertes que cualquier agente externo que no sea una persona.
Escrito por Ángel Silvelo Gabriel
Entonces, ¿qué es lo que nos cambia la vida? En "Topónimos",
Ramón Zarragoitia, reúne a lo largo de catorce relatos una parte de los
porqués y de las razones que muchas veces nos llevan a residir en un
determinado lugar, y de cómo ese lugar se comporta como una gran cúpula
que nos aísla del resto del mundo, para de ese modo perfilar en silencio
los acontecimientos más importantes de nuestra existencia. Los pueblos y
ciudades de estos relatos son espacios geográficos que cubren nuestras
vidas, pero también, a lo largo de su lectura, somos conscientes que,
quizá, ese perfil del horizonte de nuestro día a día lo vamos
construyendo cada uno de nosotros a nuestra manera sin necesidad de
acudir a agentes externos. No obstante, la toponimia de este conjunto de
relatos se extiende como un todo a lo largo y ancho de las palabras y
expresiones de cada historia, pues todas ellas están perfectamente
documentadas, tanto en lo geográfico como en lo lingüístico, ya que su
autor sobresale en el manejo del lenguaje y las distintas lenguas y
modismos en los que sus protagonistas se expresan.
Esta exhaustividad también está muy presente en las meticulosas
descripciones de los paisajes exteriores en lo físico e interiores en lo
íntimo, dándose la mano unos y otros sin que apenas seamos conscientes
de ello. Esta simbiosis entre lo externo e interno también se produce en
el planteamiento de las diferentes tramas, pues en ellas, Ramón Zarragoitia,
como buen cuentista que es, juega con la imaginación del lector y le
intenta llevar a su terreno; un espacio donde, aparte del factor
sorpresa presente en alguno de sus relatos, él nos quiere hacer entrever
las razones de sus protagonistas forzándonos a leer entrelíneas, pues
entrelíneas nos suceden muchas de las cosas más importantes de nuestras
vidas. Ese guante blanco que recorre las historias de Topónimos hace que
estas sean una suerte de tour de force vital al que Ramón
somete a sus personajes, para de esa forma, poner en valor una parte de
sus habilidades como narrador de historias.
A lo dicho hasta ahora, habría que añadir que, el mundo en Topónimos,
es un lugar de conflictos, donde una de sus características principales
es la presencia en cada relato de dos personajes antagonistas. Así, el
suicidio o la muerte se contraponen a la vida o al héroe que por sí
mismo es capaz de cambiar el destino que de antemano tenía dibujado en
su mente el protagonista de la narración, o donde el riesgo que es
recordado a modo de ensoñación del personaje masculino es aplacado por
la presencia y visión más realista de su mujer. Sea como fuere, siempre
hay una espacio para la sorpresa en estos catorce relatos, pero también
para una tensión muy bien perfilada y ejecutada por Zarragoitia, pues
sabe perderse muy bien, y de paso, perdernos a nosotros, en esos
afluentes que, adyacentes, recorren las líneas de estas historias hasta
hacernos llegar al momento álgido en cada una de ellas que, a modo de
sentencia, se precipita, como una avalancha de nieve, sobre nuestra
imaginación de lectores.
Si algo nos queda claro después de leer esta colección de relatos, es que Ramón Zarragoitia
no va a dejar indiferentes a todos aquellos que se acerquen a leerlos,
pues su técnica narrativa se alza victoriosa por encima de hombres y
mujeres, pueblos y ciudades, y sobre todo, por encima de unas vidas que
buscan salvarse de alguna manera de la angustia que su propia vida les
produce. No obstante, el bueno de Ramón deja espacio para la esperanza, y
lo hace en aquellos cuentos que parece que le tocan más de cerca, pues
se muestra muy generoso con las personas a las que el destino no parece
favorecerles. Esa bondad es un signo más de la majestuosidad de sus
planteamientos como escritor, pues como él sabe muy bien, a la hora de
plantearse una situación y su resolución, los finales felices también
existen. Y un ejemplo de ello es la materialización de este libro,
porque a través de su lectura asistimos a esa consagración con la que
todo escritor sueña cuando comienza a escribir. Y en donde, además,
somos testigos vivos, muy vivos, de que la vida y sus días son los
verdaderos héroes de una cotidianeidad que a veces se nos muestra
contraria a nuestros deseos.

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