Visitantes delante de La Gioconda. R.S.Vizuete.
Escrito por Giuliana Mazzoni
Professor of Psychology, University of Hull
Hace poco visité el Hermitage
en San Petersburgo (Rusia), uno de los mejores museos del mundo.
Esperaba disfrutar sus obras de arte con serenidad, pero la
contemplación fue continuamente bloqueada por un muro hecho de smartphones
que hacían fotos a las pinturas. La pesadilla no terminaba ahí, ya que
cuando lograba encontrar un resquicio aparecía gente haciéndose selfies para inmortalizar su visita.
Para muchas personas, tomar cientos (si no miles) de fotografías se
ha convertido en una parte fundamental de sus vacaciones: documentan
cada detalle y lo suben a las redes sociales. ¿Afecta esto a nuestros
recuerdos y a cómo nos vemos nosotros mismos? ¿De qué manera? Como
experta en memoria, este asunto despierta mi curiosidad.
Desgraciadamente, los estudios psicológicos sobre el tema son, hasta ahora, más bien escasos. Hacemos uso de los smartphones y de las nuevas tecnologías como almacenes de recuerdos;
nada nuevo, ya que los humanos siempre nos hemos valido de dispositivos
externos como ayuda para la adquisición de sabiduría y para poder
recordar lo que nos sucede.
La escritura cumple fielmente este cometido. Los registros históricos
son recuerdos externos colectivos; los testimonios de migraciones,
asentamientos o batallas ayudan a las naciones a trazar un linaje, un
pasado y una identidad. Para una persona, los diarios escritos cumplen
una función parecida.
Los efectos de los recuerdos


Actualmente tendemos a utilizar muy poco nuestra memoria, almacenando
grandes cantidades de información en la nube. No solo es ya insólito
recitar poemas, sino que hasta los eventos más personales los grabamos
habitualmente con el móvil, y en lugar de recordar qué comimos en la
boda de algún conocido, repasamos la galería de nuestro smartphone para ver las fotos que hicimos a los platos.
Esto tiene consecuencias. Se ha demostrado que hacer fotos de un
evento en lugar de disfrutarlo sin más preocupaciones conlleva una menor capacidad de recordarlo al distraernos en el proceso de la inmortalización.
Confiar en recordar por medio de fotografías tiene un efecto similar.
La memoria necesita ser ejercitada regularmente para que su
funcionamiento sea correcto. Numerosos estudios documentan la
importancia de practicar la recuperación de la memoria en, por ejemplo,
los estudiantes universitarios,
ya que siempre ha sido y será fundamental para el aprendizaje. De
hecho, existen evidencias que prueban que confiar casi todo el
conocimiento y los recuerdos a la nube podría disminuir la capacidad para recordar información.
Sin embargo, hay un aspecto positivo. Aunque algunos estudios
proclamen que todo eso nos hace más estúpidos, lo que sucede realmente
es que cambiamos la simple habilidad de recordar por la de ser capaces
de controlar la manera en que recordamos de manera más eficiente. Esto
se denomina metacognición, y es una habilidad general esencial para los
estudiantes: les ayuda a planificar qué y cómo estudiar para un examen.
También existen pruebas fiables y con fundamento que indican que los
recuerdos externos (selfies incluidos) pueden ayudar a los individuos que sufren problemas de memoria.
Pero mientras que las imágenes pueden, en ocasiones, ayudar a las
personas a recordar, la calidad de estos recuerdos puede verse limitada.
Quizá tengamos presente de manera más clara el aspecto de algo, pero
esto podría ocurrir en detrimento de otros tipos de información. Una
investigación demostró que si bien las fotografías podían ayudar a la
gente a recordar lo que vieron durante un determinado acontecimiento,
también reducían sus recuerdos sobre lo que habían escuchado.
Cuando hablamos de los recuerdos personales aparecen algunos riesgos
de gran calado. Nuestra identidad es el producto de nuestras
experiencias vitales, a las que podemos acceder fácilmente mediante los
recuerdos. Así pues, ¿la documentación fotográfica constante de todo lo
que nos pasa puede alterar la forma en que nos vemos a nosotros mismos?
Aún no existe evidencia empírica, pero yo me aventuraría a decir que sí.
Es probable que demasiadas imágenes nos hagan recordar el pasado de manera fija, bloqueando otros recuerdos. No es extraño que las reminiscencias de la niñez más temprana se basen en fotos más que en los sucesos, pero no siempre se trata de verdaderos recuerdos.
Otro problema, tal y como ha descubierto la investigación, es la falta de espontaneidad en los selfies
y en multitud de fotos. Están planeadas, las poses no son naturales y,
en ocasiones, la imagen que percibimos de la persona está distorsionada.
Estas instantáneas reflejan, además, una tendencia narcisista que hace
que el retrato sea antinatural: grandes sonrisas artificiales,
expresiones sensuales y gestos violentos.
Es importante destacar que los selfies y muchas otras fotos son también demostraciones públicas
de actitudes, intenciones y posturas específicas. En otras palabras: no
reflejan quiénes somos, sino que dejan ver lo que queremos mostrar a
los demás en un determinado momento. Si al recordar nuestro pasado
dependemos en exceso de las fotos, quizá estemos creando una identidad
propia distorsionada basada en la imagen que queremos dar a los demás.
Dicho esto, realmente nuestra memoria natural no es tan precisa. Las investigaciones demuestran que, en ocasiones, creamos recuerdos ficticios sobre el pasado.
El motivo por el que lo hacemos es para mantener la identidad que
queremos tener a lo largo de nuestra vida, evitando así conflictos
narrativos sobre quién somos. Quizá usted siempre haya sido una persona
sensible y amable, pero si ha vivido una experiencia ciertamente
complicada puede que se haya visto a sí mismo como alguien duro. Esto
puede conducir al desenterramiento de algún recuerdo o recuerdos en los
que demostró agresividad.
Tener múltiples recuerdos en el teléfono de cómo fuimos o estuvimos
en cada momento de nuestra vida podría convertir nuestra memoria en una
herramienta menos maleable y menos adaptable a los cambios producidos
por la vida, haciendo que nuestra identidad resulte más estable y fija.
Esto puede generar problemas si nuestra identidad presente es
diferente de la pasada, que creíamos fija. Se trata de una experiencia
incómoda, y es exactamente lo que el funcionamiento “normal” del cerebro
trata de evitar: es maleable con el fin de que podamos construir una
narrativa no contradictoria sobre nosotros mismos. Queremos pensar que
tenemos un “núcleo” inalterable, pero si no nos vemos capaces de cambiar
el modo en que nos vemos a medida que pasa el tiempo, nuestro sentido de agencia y nuestra salud mental se pueden ver seriamente afectados.
Por lo tanto, nuestra obsesión con sacarnos fotos podría estar
causándonos tanto pérdidas de memoria como incómodas divergencias
identitarias.
Resulta interesante pensar cómo la tecnología moldea la manera en que
nos comportamos y funcionamos. Siempre que seamos conscientes de los
riesgos a los que nos exponemos, probablemente podamos mitigar sus
efectos negativos. Lo único que me produce escalofríos es la posibilidad
de perder todas las maravillosas fotografías que tenemos por culpa de
un fallo en nuestros smartphones.
Así que la próxima vez que visite un museo, concédase un momento para
observar detenidamente y vivir la experiencia. Solo por si las fotos se
pierden.
[Fuente: www.theconversation.com]
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