Su expandió en el mundo antiguo, con los barcos fenicios y las
legiones romanas, y ahora es un nicho en el que la Argentina puede expresar
todo el potencial de la bioeconomía.
En el país hay 227.000 hectáreas plantadas con vides. Es el noveno
productor mundial y el décimo exportador.
Escrito por
Fernando Vilella
La globalización del vino tuvo
algunas etapas fundantes, una primera y fuerte expansión por los fenicios en
todo el Mediterráneo, posteriormente los romanos lo llevaron hasta 300 km al
norte de Londres. Eso era porque los soldados debían llevar semillas de trigo
y sarmientos en su equipaje, el centurión como símbolo de poder también tenía
un sarmiento mayor. Por eso donde fueron no faltó trigo ni vino.
La organización comercial incluyo un hub
vitivinícola en Aquileia, donde por la forma y marcas de las
ánforas se hacía trazabilidad de origen, productor y calidad, como en el
aceite de oliva.
En
el actual territorio de Argentina también el cultivo de la vid y el vino aparece
ligado a lo religioso, ya que los sacerdotes católicos,
además de los conquistadores como consumidores culturales, requieren vino y
trigo para concelebrar la misa. Ellos son los primeros que lo ingresan
primero en Santiago del Estero en 1536 y luego en muchos territorios, tanto
los franciscanos como la mayor multinacional de la época: la
Compañía de Jesús.
Los jesuitas con estancias en múltiples regiones del país lo
propagan en Córdoba llegando a Buenos Aires y Entre Ríos. Portugueses
expulsados de Colonia de Sacramento son radicados en Mendoza y allí empieza
otra historia, la del éxito y la calidad. A partir de la Revolución de Mayo,
se corta la dependencia de España también en los vinos y se promueve el
cultivo local. Consolidado con el arribo de la migración italiana, española y
francesa a partir de mediados del siglo XIX.
Con
el ferrocarril se llega a Buenos Aires más rápido, en
carreta llegaban rancios, y se expande el consumo. Y como en
muchas cosas importantes fundadoras aparece Sarmiento con su
idea de que el conocimiento mejora todo. En su discurso en la inauguración de
la Quinta Normal dice: “Poseemos tierras más feraces que la de Estados
Unidos. Tenemos labradores inteligentes. No nos son desconocidas las máquinas
ni los instrumentos. ¿Dónde está pues la dificultad?. En la falta de
artes accesorias a la labranza. Y en la ineptitud del peón por falta de
desarrollo de su inteligencia”.
Es no solo un discurso de la Sociedad del
Conocimiento, que aconsejo leer entero, sino también un pionero de la bioeconomía que
agregaba conocimiento a la biomasa. Pero para este tema lo importante es que
en esa Agrotécnica, la primera, pone como director a Aimé Pouget un
inmigrante francés que venía de dirigir la Quinta de Santiago de Chile y en
su equipaje trae sarmientos de diversas variedades, entre las que está el malbec.
Alejandro Gennari es uno de los mayores
expertos argentinos de nivel mundial y en una publicación con Jimena Estrella
Orrego y Leonardo Santoni nos dice que “la introducción de las variedades
nobles francesas (Cabernet Sauvignon, Merlot, Tannat y Malbec especialmente),
italianas (Barbera, Nebbiolo, Sangiovese, Bonarda) y españolas (Tempranillo,
Semillón, Pedro Giménez) se produce conjuntamente con la llegada del
ferrocarril a Mendoza y San Juan, favoreciendo la inmigración y la
introducción de nuevas variedades, técnicas de cultivo y vinificación”.
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[Fuente: www.clarin.com]

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