Escrito por Rafael Núñez Florencio
Los españoles mantenemos con el
refranero una relación curiosa, que no sería muy exagerado llamar de
atracción-rechazo, es decir, de amor-odio. Por un lado, el refrán genera un
cierto fastidio: ¡vaya, hombre, las frases hechas, los tópicos! Por otro lado,
¿quién no ha acudido en algún momento en una discusión o incluso en una
conferencia a echar mano de un refrán como puntualización socorrida y
contundente? Es verdad que este recurso al refranero está descendiendo a una
velocidad desconcertante, como tantas otras cosas. Ya para los de mi generación
el refranero había perdido gran parte de su virtualidad. Sobre todo para
quienes, aun siendo de pueblo, nos hemos educado en una cultura urbana y luego
hemos vivido en grandes ciudades. Para nosotros, el inabarcable mundo de los
refranes había quedado acotado a no más de unas decenas –seguro que no llegaban
al centenar‒ de sentencias, las más afortunadas, las que habían sobrevivido por
las razones que fuesen, más o menos explicables, a la transformación social y cultural
de las últimas décadas (en el caso de España, desde mediados del siglo XX). De
las nuevas generaciones, los actuales sistemas pedagógicos y las nuevas pautas
culturales, ya ni hablo: en todas ellas los refranes desempeñan un papel casi
marginal, descontando unas cuantas frases hechas que probablemente puedan
contarse con los dedos de las manos. A lo mejor exagero un poco o, por lo
menos, eso me gustaría a veces creer. Pero observo que, en el mundo de la
comunicación digital, otros recursos, como el apócope, la onomatopeya o los
emoticonos, no encuentran rivales en los refranes, esas perlas de sabiduría
popular de una sociedad completamente distinta a la actual.
En algún momento del párrafo anterior he
empleado el concepto de sentencia. El refrán es sentencioso. Si no somos
nosotros quienes lo traemos a colación, nos pone en un brete: o asientes
completamente o te crea una manifiesta incomodidad. El refrán no admite
términos medios ni, mucho menos, una argumentación contraria en toda regla. A
un refrán debe combatírsele con otro refrán, cosa que, por otro lado, tampoco
es tan difícil, porque no hay refrán que no tenga su opuesto o su antídoto. La
ventaja de ese carácter sentencioso es que, como todos sabemos por experiencia,
si está en la onda de lo que opinamos, nos exime de seguir acumulando pruebas.
Lo habitual es que, después de expresarlo, ya no sea necesario hablar más sobre
el particular, pues somos conscientes de que todo lo que podamos decir no va a
servir lo más mínimo para mejorarlo. La concisión del refrán actúa como un
golpe seco, un puñetazo o un disparo, todo ello entendido ‒naturalmente‒ como
metáforas en el estricto ámbito dialéctico. Además, el refrán opera de un modo
que recuerda al chiste por, al menos, tres motivos de diferente índole: en
primer lugar, es anónimo, pero en ese anonimato radica en gran medida su fuerza
(no lo he inventado yo, procede del pueblo, del común); segundo, tanto el
chiste como el refrán establecen una cierta complicidad entre los
interlocutores, normalmente sobre supuestos culturales compartidos; y en tercer
lugar, formulado el refrán o contado el chiste, lo habitual es una cierta
relajación, bien en la forma contenida de sonrisa, bien como franca explosión
risueña.
Pero, como habrán supuesto con toda
razón, no me he puesto al ordenador para hablar de refranes en general, sino
para un asunto mucho más concreto que, por otra parte, ya viene determinado por
la sección en que aparece este artículo: por decirlo sin muchos circunloquios,
pretendo tratar de la vertiente cómica (voluntaria o involuntaria: esto ya lo
explicaré luego) del refranero español. Les adelanto también desde ahora mismo
que no he indagado en las distintas compilaciones de refranes que cualquier
interesado tiene a su alcance en bibliotecas o librerías. La mayor parte de
ellas, sobre todo las aparecidas en los últimos años, tienen un designio
divulgativo, pero la verdad es que tampoco escasean las de carácter erudito.
Unas y otras están consignadas en la acertada selección bibliográfica que
incluye Amando de Miguel en la obra que sí me va a servir de marco y fuente
para las cuestiones que quiero desarrollar aquí. Se trata del ensayo que, bajo
el título de El
espíritu de Sancho Panza y el más concreto subtítulo de El
carácter español a través de los refranes, publicó hace ya un
puñado de años (2000) en la editorial Espasa.
No quiero decir con ello que me disponga
a comentar el libro en cuestión (mi
reseña ya apareció
publicada en su día en Revista de Libros),
sino que me voy a servir libremente del ensayo de Amando de Miguel para un
propósito muy diferente al suyo y que, por supuesto, no se desarrolla en sus
páginas más que como leves apuntes: me refiero, como antes adelantaba, a la
comicidad del refranero y, en especial, a la vertiente más oscura de esa mirada
sarcástica a la condición humana. En la mayor parte de los casos que voy a
considerar en estos párrafos, la susodicha comicidad no es un efecto pretendido
o buscado, sino la consecuencia no querida de una contemplación descarnada de
nuestros semejantes y de la vida en general. En otro orden de cosas, el humor
deriva también del contraste entre nuestra perspectiva actual y los prejuicios o
creencias del pasado.
En todo lo dicho hasta ahora opera un
sobreentendido que, si no directamente falso, induce cuando menos a un error de
apreciación y análisis que, en la medida de lo posible, me gustaría sortear. Es
usual, y hasta cierto punto inevitable, hablar del refranero en singular, pero
no hay nada de esto. El refranero no es una obra homogénea ni coherente, ni
siquiera un corpus con diversas vertientes, dispares pero complementarias. Ya
sé que en muchas obras –incluso en la de Amando de Miguel que me sirve aquí de
referencia‒, pese a la inevitable admisión previa de la heterogeneidad, se
incurre luego en una interpretación que termina por proporcionar coherencia y
sentido al variopinto mundo de los refranes. Dicho de otra manera, el propósito
enunciado en el subtítulo de esta obra –El carácter español a través de
los refranes‒ es un imposible por dos sencillos motivos. El
primero, porque no tiene sentido hablar de carácter español de manera
intemporal: aun suponiendo, que ya es suponer, que hubiera tal cosa, un (¿uno
solo?) carácter español, ¿sería el mismo en tiempos de Cervantes, que se vale
de él como apoyo recurrente, que en los tiempos actuales? ¿Serviría lo mismo
para una sociedad rural, hambrienta y atrasada, que para una sociedad urbana, consumista
y tecnificada? El segundo motivo, más importante aún para el propósito de esta
reflexión, es que, si diéramos por buena la búsqueda del temperamento español
en los refranes, nos saldría, si no hiciéramos trampas, una cosa y su contraria
pues, como ya dije antes, hay refranes para todos los gustos. Depende del color
del cristal con que miremos.
No pretendo aquí, por tanto, utilizar el
refranero con fines trascendentes, entendiendo por tales los propósitos de
trazar los rasgos esenciales de una colectividad que supuestamente se
mantuviera estable a lo largo de los siglos y hubiera hallado en los refranes
(la sabiduría popular) una de sus formas más características de manifestarse.
Por supuesto que el análisis o la mera exposición de los refranes nos muestran
la mentalidad subyacente, pero esto no significa que debamos elevarlos a la
categoría de expresiones acreditadas de cómo eran y pensaban los españoles en
su conjunto. Cada refrán es, en cierta manera, un mundo, con su carácter
autosuficiente, y refleja una disposición que es compartida por muchas
personas, pero no por toda la sociedad. Estas limitaciones no significan que
debamos renunciar a la búsqueda de un significado profundo, sobre todo cuando
consideramos un racimo de refranes en un mismo sentido, sino que debemos ser
cautos con sus implicaciones. Es indispensable que tengamos en cuenta el
contexto: los refranes nacen en el seno de una sociedad pobre, áspera, inculta
y supersticiosa. Una sociedad de desigualdades e injusticias casi inconcebibles
desde la mentalidad actual. En términos materiales y cotidianos, la gente vive
acosada por las inclemencias del clima, la dureza de la tierra, el azote de la
guerra y la embestida de las enfermedades. Los refranes, como no podía ser
menos, reflejan esa durísima realidad. Son, casi podría decirse, más que pautas
de vida, consejos para sobrevivir.
De ahí precisamente que podamos detectar
como uno de los rasgos más comunes de los refranes una actitud defensiva ante
la vida. Por decirlo literalmente en dos palabras: «Mundo, inmundo». No puede
decirse más con menos. Hoy, en unas circunstancias muy diferentes, nos hace
gracia lo que antaño era experiencia vital. Estamos en una posición muy
parecida a la del espectador de una película que contempla con regocijo ‒mientras
se zampa un cubilete de palomitas‒ las cuitas del personaje de la pantalla. Las
creencias y temores de nuestros antepasados no son, afortunadamente, los
nuestros. Pero hay un refrán que dice, con gran penetración psicológica, que
«quien con la sopa se quema, con la fruta sopla». Significa lo contrario de
«tropezar dos veces con la misma piedra»: el hombre que ha vivido una mala
experiencia mantiene una actitud recelosa ante todo, incluso aquello que parece
menos peligroso. Ese recelo viene a ser la coraza del desvalido: «Quien fio y
confió, pronto se arrepintió». O también: «Bien lo dijo Jeremías: maldito el
hombre que del hombre se fía». La desconfianza se convierte así en un modo de
encarar la vida y el mundo en su totalidad: «Aun de aquello que veas, ni la
mitad creas». La gente es mala y mucha gente, peor, como sostiene esta genial
muestra de humor negro: «La mucha gente solo es buena para un entierro».
Esa conducta, aplicada a las relaciones
personales, da como resultado una susceptibilidad de ribetes cómicos: «Trata
con tus amigos en la plaza y no los lleves a tu casa». Y también: «¿Amigo?
¿Amigo? O viene por tu mujer o viene por tu trigo». Es decir, «no puedes fiarte
ni de tu padre». Si de los demás esperas traición o, como mínimo, infidelidad,
es normal que, si puedes, te adelantes a ellos: «A mi amigo soy leal hasta
salir del umbral». En la vida normal y corriente se diluyen las grandes
palabras (o los valores excelsos): «Amigo, de lejos te traje un higo; pero así
que te vi, me lo comí». De modo que, en líneas generales, «de los amigos me
guarde Dios, que de los enemigos me guardo yo». Siempre precavidos, no debemos
sincerarnos ni en la intimidad: «Cuando estuvieres con tu mujer vientre con
vientre, no le digas cuanto se te venga a la mente». Con estos mimbres ya puede
suponerse cómo se aconseja encarar las relaciones familiares: «A los parientes,
enseñarles los dientes». Y en algunos casos se sugieren métodos expeditivos:
«Cuñados y rejas de arado solo son buenos enterrados». Casi idéntico es el que
dice que «el estiércol y los suegros bajo tierra son buenos».
Obsérvese que, como decía antes, el
humor negro es aquí una consecuencia casi involuntaria. No se pretende un
efecto cómico, sino casi diría todo lo contrario. Lo que estamos viendo son consejos,
a modo de amparo o resguardo ante las adversidades del mundo, las inclemencias
de la vida y las asechanzas de nuestros semejantes: «Cuanto más veo, más mal
veo, dijo curado el ciego». Todo lo que nos rodea es malo, todo conspira en
nuestra contra para hacernos daño. Por tanto, es natural que intentemos
protegernos. Como consecuencia de todo ello se destila, en último término, una
filosofía de la vida que rebasa el simple pesimismo («A dos días buenos, ciento
de duelos») y entra de lleno en un determinismo fatalista: «Lo que ha de ser,
tiene por fuerza que suceder». La vida es una condena para todos, pero aun así
hay algunos especialmente desgraciados: «Al desdichado le nacen gusanos en el
salero». En último extremo, nadie burla a la Parca: «A quien no fuma ni bebe
vino, el diablo se lo lleva por otro camino». Solo queda el sometimiento y la
resignación: «Cosa cumplida, solo en la otra vida».
En estas coordenadas, las
recomendaciones de carácter epidérmico dejan paso a veces a auténticas joyas
que condensan en su brevedad y contundencia una profunda filosofía de la vida,
como estas dos tomadas del Quijote: «No hay
memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma». Entre
el dolor y la muerte, el ser humano es como es: «Cada uno es como Dios le hizo
y aún peor muchas veces». Esta mirada profunda, esta disección implacable de la
miseria humana no puede engañarse y hallar consuelo en los bienes mundanos,
empezando por la riqueza material. Como bien hubiera suscrito Schopenhauer, el
deseo ya de por sí nos hace infelices: «Por más rico que sea, pobre es quien
algo desea». Aunque «poderoso caballero es don Dinero», al fin el hombre comprende
que «no hay cosa más barata que la que se compra». Bien es verdad que existe
una diferencia notable entre unos hombres y otros: unos pueden comprar y otros
tienen que venderse. El refrán reza así: «Este mundo es un mercado, donde unos
compran y otros son comprados».
Me quedan aún varias vertientes que
tratar: el matrimonio, la familia, la consideración de la mujer, la
intolerancia, la crueldad, la muerte y la vena anticlerical, entre otras cosas.
Como creo que ya ha sido suficiente por hoy, lo dejo para el próximo día.
[Fuente: www.revistadelibros.com]
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