En 2008, un adolescente de 15 años sospechoso de pertenecer a la pandilla narcotraficante Terceiro Comando fue uno de los detenidos durante un operativo policiaco en la favela Acari ubicada al norte de Río de Janeiro.
Por DAVID GONZALEZ
El título del libro de João Pina, 46 750, tiene una precisión fría y lúgubre. La cifra no es una referencia a un código postal ni a un monto de dinero ahorrado: representa el número de asesinatos en Río de Janeiro desde 2007 hasta 2016.
De pronto, esa cifra cobra un significado importante para las pandillas de narcotraficantes que gobiernan las favelas de Río; para la policía y el Ejército, que los combate o les acepta sobornos, y para la población que está atrapada en el medio. Esa década en que Brasil fue anfitrión del Mundial de Futbol y de los Juegos Olímpicos, estuvo repleta de campañas de pacificación que solo desviaban la violencia hacia otros lados mientras el gobierno, corto de fondos luego de gastos deportivos exorbitantes, parecía incapaz de salir adelante.
“Los servicios públicos se están desmoronando”, dijo Pina en una entrevista telefónica desde su país de origen, Portugal. “Hay menos trabajo para los pobres. Es una situación de gran crisis social en la que las personas que están atrapadas en medio del conflicto piden la presencia de un Estado cuyo gobierno no tiene dinero. Estos enormes eventos deportivos crearon sueños grandiosos que se han convertido en desilusiones, ahora que ha llegado el momento de pagar la factura”.



Un conteo ascendente de muertes se va mostrando a lo largo del libro —páginas llenas de dígitos, como una escena de Matrix—, al igual que los comentarios líricos de Viviane Salles, una poetisa de Ciudad de Dios, una favela que se hizo famosa por la película del mismo nombre. Sus contribuciones fueron vitales, dijo Pina.
“Quería esa voz, y ella creó muchas voces”, comentó. “Ella eligió las fotografías para las que quería escribir. Para mí era importante iniciar la conversación con otra voz”.

Un joven monta un caballo dentro de la favela Morro da Mineira, al norte de Río de Janeiro en 2011. El distrito financiero de la ciudad se aprecia a la distancia.


La imagen que Pina tenía de Brasil mientras crecía en Portugal era la típica: telenovelas demasiado dramáticas o reportes de delincuencia en las noticias. Sin embargo, la realidad de la vida en las favelas de Río —las cuales llegan a unas mil, según sus cálculos— aún estaba fuera de su conocimiento. En 2006, decidió realizar una exploración a largo plazo de la violencia urbana. Empezó con la policía: se ganó la confianza de algunos oficiales que le avisaban de las redadas. Los reporteros locales también lo ayudaron, dijo, a pesar de que la cobertura de noticias se había detenido luego de que un periodista fue asesinado cuando se le descubrió una cámara oculta.
Un momento crucial para Pina sucedió cuando estaba tomando fotografías para un artículo de Jon Lee Anderson en The New Yorker. Mientras completaba el encargo, conoció a un pastor evangélico que trabajaba con miembros de pandillas y él le dio entrada a ese mundo.
Tres años después de haber comenzado el proyecto, ya tenía más que suficiente material para la cobertura. La policía, cuya famosa campaña de pacificación apareció en innumerables encabezados antes de los Juegos Olímpicos, resultó ser menos eficaz de lo que aparentaba, afirmó Pina.
“En mi opinión, la supuesta pacificación fue solo propaganda”, dijo. “Hay más de mil favelas, pero en el auge de la campaña, solo 45 fueron pacificadas. ¿Qué ocurrió? Cuando lograban traer paz a un lugar, la violencia se mudaba a otro. Había vecindarios tranquilos que se volvieron muy violentos. Lo único que logró la ‘pacificación’ fue dispersar ecosistemas que ya estaban formados y controlados”.



En todo caso, comentó, esos aumentos en la actividad y la violencia pandillera se enfrentaron a reacciones complicadas por parte de los funcionarios.
“Había graves violaciones a los derechos humanos y la corrupción era descarada”, dijo Pina. “Todo mundo dice en Río que se le paga a la policía para que no entre a ciertos lugares. Obtienen un salario semanal de los narcotraficantes para no patrullar”.
Efectivamente, se dio cuenta de que algunos líderes pandilleros estaban a salvo –de la policía y de sus rivales– siempre y cuando se quedaran en sus comunidades, donde normalmente los residentes acudían a ellos para obtener medicamentos o para darle fin a conflictos. Un líder de pandilla acusado de once cargos criminales, incluyendo el de asesinato, había estado escondido en su comunidad durante quince años, dijo Pina.
Algunos de los miembros de pandillas que conoció habían logrado dejar atrás esa vida gracias a los esfuerzos de la iglesia, como un joven que recibió un disparo en el cuello de un supuesto amigo suyo. No obstante, para muchos civiles, la solución ha sido irse del país. Pina comentó que unos 80.000 brasileños se han mudado a Portugal en los últimos años. Esa cifra no incluye a los residentes de favelas, que siguen atrapados en medio de la violencia.
Pina dijo que, de una forma u otra, consideraba a todos los bandos víctimas de una situación insostenible que puede empeorar mientras que la gente sigue exigiendo seguridad a un Estado que ha politizado la violencia. “Los políticos tienen que hacer algo”, afirmó. “Y cabe recordar que este año habrá elecciones”.


Jóvenes miembros de la pandilla Terceiro Comando posando para un retrato grupal dentro de la favela Parque Royal, en isla del Gobernador en julio de 2008; el joven de chamarra blanca, conocido como Vesguinho, era el líder del grupo y fue asesinado por la policía militar el verano siguiente.




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