En la masturbación del hombre no hay evocación alguna del consuelo, sino una idea de autosuficiencia
Colección de artículos eróticos
Escrito por ÁLEX GRIJELMO
El término
“consolador” significa “aparato, generalmente en forma de pene, utilizado para
la estimulación sexual”; una definición académica que evita dar otras pistas
biológicas y por tanto incluye a hombres y mujeres.
Esa acepción se incorporó al Diccionario en 2014. En la edición de 2001 aún
se definía el adjetivo “consolador” con una obviedad: “Que consuela”.
Su conversión en sustantivo se produjo quizás
durante el siglo XX. El cubano Guillermo Cabrera Infante emplea el nuevo
sentido de “consolador” en su obra Tres tristes
tigres, en los
años sesenta; y doña Pura, uno de los personajes de Las bragas
perdidas en el tendedero (1980), del extremeño Manuel Martínez Mediero, dice en esa obra de
teatro: “Como usted pasa mucho a Francia, a ver si me puede traer un consolador
con pilas recargables”. (Señal de que en España no había muchos entonces. Al
menos con pilas).
Pero ¿por qué lo llamamos “consolador”? Pues
quizás por la óptica masculina del asunto.
Detrás de “consolador” se ve el verbo “consolar”;
es decir, “aliviar la pena o aflicción de alguien”. ¿Y de qué pena consuela ese
aparato? Se supone que de la falta de un hombre con su instrumento genuino, lo
cual anima a compensar esa privación mediante el sucedáneo; pues todo consuelo
consiste en que hallemos solaz en algo que palia una carencia o la sustituye.
Por tanto, el término “consolador” evoca la idea
de que ese artilugio aporta un consuelo ante la soledad, o ante la ausencia de
un amante. Es decir: confórmate con un triciclo si no tienes una bicicleta. El
consolador se presenta siempre, por tanto, como un plan B. Como si no pudiera ser en sí mismo un plan A.
En la masturbación del hombre, por el contrario,
no hay evocación alguna del consuelo, sino una idea de autosuficiencia. Las
muñecas hinchables no tienen nombre de remedio para las aflicciones.
En cambio, “consolador” abarca incluso los casos
en que cabría hablar de “vibrador”. Pero también es cierto que esta segunda
opción no serviría como alternativa cuando el instrumento careciese de pilas.
Quizás por estos motivos empieza a usarse el
vocablo dildo. ¿De dónde ha salido? Para variar, procede
del inglés, donde tanto la palabra como el objeto tienen uso acreditado desde
hace siglos, aunque no se
haya logrado determinar su etimología.
En caso de que alguien deseara evitar tanto el
cuestionable vocablo “consolador” como ese anglicismo no muy extendido,
dispondría de locuciones probables como “pene de plástico” o “falo artificial”.
No obstante, si miramos cómo se dice “consolador”
en francés (y se dice gode, vocablo relacionado con “gozar”), también podemos
pensar en el neologismo “gozador”. Por ejemplo, en frases así: “Le compramos
para la despedida de soltera un gozador”. ¿Gozador? Demasiado para el
puritanismo reinante.
Pero también cabría recordar que los griegos
llamaban a este instrumento olisbos, vocablo que no recogen las Academias
pero sí el Diccionario del Español Actual de Seco, Andrés y Ramos. Los
fabricaban con madera o cuero y los untaban con aceite. Y como olisbos significaba en griego “deslizador”, ahí
tenemos otra alternativa más discreta: “A mi hermano le regalamos un
deslizador”.
Con estas opciones no se lamentaría
subliminalmente la ausencia de nadie desde el mismo nombre de la palabra, sino
que se evocaría la decisión libre de la persona que decidiese bastarse a sí
misma.

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