Lo primero que verá Gustavo al llegar a Piedras Blancas, desde la ventanilla de la avioneta, es el pequeño y derruido galpón que hace las veces de terminal de aeropuerto. Con las paredes agrietadas y de color terroso, el galpón alberga una sala sin aire acondicionado, donde se hacinan los pasajeros que arriban y los que están a punto de irse y los que se encuentran en tránsito.
Gustavo entra a la sala por una puerta estrecha, se hace sellar su pasaporte, camina por un pegajoso piso de mosaicos sucios y se pregunta por los azares del destino que han conjurado para traerlo a este olvidado lugar del mundo, mientras por los altoparlantes voces ininteligibles anuncian llegadas y salidas y vendedores ambulantes ofrecen revistas y mendigos piden limosnas y las moscas se agolpan sobre las maletas. Gustavo ha venido aquí porque un amigo le aseguró que en Piedras Blancas, “ciudad a la vanguardia de la arquitectura contemporánea”, encontraría excelentes ideas para renovar su casa, heredada de sus abuelos y preservada desde entonces como se la recibió, a manera de homenaje a su memoria. Ahora quiere renovarla para sorprender a su esposa, que todos los días se queja del estado poco moderno de la sala y el living, del aire a museo que se respira en las habitaciones del segundo piso, de la glorieta trasquilada en el jardín. Quizás la renovación de la casa logrará el milagro de la renovación del amor, que se ha ido quedando tal como se fue quedando la casa, destrozando por la velocidad de la cosas.
Gustavo camina por ese lugar oscuro, pecera con agua muy turbia, y piensa que su amigo le hizo una broma de muy mal gusto. De pronto se topa, en el cuarto de la sala, con una maqueta de venesta y plastoformo del futuro aeropuerto de la ciudad. Es un aeropuerto ultramoderno, de varios pisos con vidrios espejados, de escaleras metálicas y piso alfombrado y reflectores que iluminan con potencia su perímetro y crean en la noche un día artificial: el ambicioso sueño de los habitantes de Piedras Blancas. A un costado hay un recipiente de latón en el que se piden contribuciones para hacer realidad ese proyecto. Gustavo deposita unas monedas, y se aleja turbado, pensando en la maqueta incongruente, demasiado sofisticada y pretenciosa para ciudad tan desangelada.
Ese es tan solo el comienzo. En los días siguientes, Gustavo encontrará, a la entrada del decrépito hospital de la ciudad, una maqueta esplendorosa que promete un hospital a la altura de las grandes capitales del mundo (depositar unas monedas), y en el hall principal de la Prefectura, cuyos cimientos apenas resisten el ir y venir del obeso Prefecto, una faraónica maqueta del futuro edificio de la Prefectura, tan extenso que para construirlo habría que desalojar dos manzanas. Hay una maqueta de la catedral, que plagia orgullosamente a la Sagrada Familia de Gaudí, una de la Alcaldía, y otras del Teatro Municipal y de la Federación de Fútbol y del Estadio y del edificio de Telecomunicaciones y del Correo y del Liceo de Señoritas Salustiano Carrasco. Cuando Gustavo vaya a almorzar a la desvelada casa de un lejano pariente (dos habitaciones en un conventillo), y descubra en el living una maqueta de la futura casa (tres pisos, jardín y piscina), concluirá que no hay en Piedras Blancas edificación alguna que carezca de maqueta. En la plaza principal, al lado del busto de un decimonónico Libertador, se encuentra incluso la minuciosa maqueta de la futura ciudad (teleféricos y centros comerciales subterráneos).
Gustavo pensará que, si las maquetas fueran más modestas, habría más posibilidad de que se tornaran realidad. Luego, cuando se entere que en la Facultad de Arquitectura hace mucho que se ha dejado de enseñar a los estudiantes el arte de construir maquetas, concluirá que los habitantes de Piedras Blancas no están interesados en tornar realidad sus sueños de venesta y plastoformo, acaso porque saben que no pueden, acaso no quieren. El sueño ha adquirido su propia dinámica, y ahora, por sí solo, es para ellos más que suficiente.
En la avioneta de regreso, Gustavo mirará Piedras Blancas por última vez, y comenzará a diseñar en su mente, extasiado, la espectacular e imposible maqueta de su futura casa, esperando que logre la renovación del amor con su esposa. O quizá, quién sabe, la renovación sea, como la maqueta, un modelo en miniatura, un proyecto de realidad que jamás abandonará esa condición.
(Extraído de Las dos ciudades, ed. Metalúcida, 2014)
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