![]() |
| Capitán América: el soldado de invierno. Imagen: Marvel Studios / Marvel Entertainment / Sony Pictures Imageworks |
En una escena de Capitán América: el soldado de invierno, el héroe sacaba la libreta donde iba apuntando los eventos más importantes de los años que se había pasado ausente, y en ese momento el espectador podía echar una ojeada fugaz a las anotaciones. Lo interesante es que aquella hoja visible contenía una lista de cosas que variaban según el país donde fuese proyectada la película. En España los apuntes de Steve Rogers incluían a Rafa Nadal, los Chupa Chups, los pesados de Héroes del silencio, el año de la Constitución y Camilo José Cela. En realidad la lista original tenía apuntadas cosas un poco más estadounidenses como I Love Lucy, el aterrizaje en la Luna, el muro de Berlín, Steve Jobs y la música disco.
La versión rusa de la película garabateaba en el bloc de notas a Yuri Gagarín y Vladímir Vysotski, la inglesa a The Beatles y Sean Connery, los italianos verían el nombre de Roberto Benigni entre las páginas y los franceses a Louis de Funes junto a Daft Punk y El quinto elemento, en México Maradona y Shakira compartían hoja, Corea del Sur leía Old Boy y Dance Dance Revolution, y en Australia una de las entradas era AC/DC. En la versión brasileña además del nombre de Chaves también nos encontrábamos con el de Xuxa, con lo que podíamos empezar a considerar como canon que el «Ila-ila-ilarié» existe dentro del universo Marvel.
Es de agradecer que los responsables de la película se tomasen tanta molestia para retocar un puñado de fotogramas en el proceso de localización, y una ojeada a una recopilación en Internet de las diferentes versiones de la escena revelaba que los encargados del retoque digital simularon con una fuente de letra la escritura a mano y editaron el texto según el país, sin complicarse en exceso la vida: las cinco últimas anotaciones (comida tailandesa, Star Wars/Trek, Nirvana, Rocky y la banda sonora de Su majestad el hampa) eran comunes a todas las regiones, pero no porque los tailandeses tuviesen un marketing de cojones en el campo de la restauración, sino porque repintar por ordenador aquella zona resultaba más engorroso cuando la mano del personaje pasaba por encima del texto. Finalmente, y pese a las buenas intenciones de la adaptación, el resultado se estrellaba con la lógica: era bastante extraño imaginar al superhéroe tomando nota del grupo brasileño Mamonas Assassinas, destacando las virtudes literarias de Cela cuando un americano cogiendo un libro es lo más cercano que existe a juguetear con los pliegues de la realidad, o interesándose por la carrera de Bunbury, antes de que este empezase a mutar en una beta de Raphael.
De hecho, el propio Raphael también había sido utilizado como herramienta para otra localización extraña. En la versión original de la película animada de Disney Descubriendo a los Robinson, uno de los personajes aseguraba que a un secundario le soplaban aires de Tom Selleck en sus facciones y la coña visual que remataba la gracia consistía en plantar en los morros del espectador una foto real del propio Selleck. Para la versión española alguien decidió que Raphael podría ser el equivalente patrio (algo discutible, siendo Juan y Medio el auténtico Tom Selleck español) y se acabó sustituyendo la cara de Selleck por la del cantante de «Balada triste de trompeta», convirtiendo oficialmente a Raphael en un personaje Disney.
Hoy en día, abusar tanto del referente local chirría en exceso, aunque los espectadores lleven años siendo torturados con plantaciones de morcillas similares: el gato parlante de Sabrina mencionaba a Estopa y al Atlético de Madrid, del mismo modo que El príncipe de Bel-Air hacía chistes sobre la Pantoja. Y el doblaje de Futurama no solo sustituía a Jay Leno por Bertín Osborne y nombraba el queso de Burgos, sino que practicaba una vejación terrible a varios niveles en la tercera temporada: para derrotar a un cerebro malvado Fry, hacía uso de La hoguera de las vanidades en el libreto original. Pero en la adaptación al castellano el libro mutaba en la Biografía de Tamara, y Fry recitaba un «No cambié, no cambié», que fundía sesos a base de vergüenza ajena más allá de la pantalla.
Lo de agarrar voces conocidas de la región es otra de esas prácticas cuestionables. El salto del actor cómico a la sala de doblaje a veces funciona bien —Josema Yuste como el genio de Aladdin o Anabel Alonso interpretando a Dory en Buscando a Nemo—, pero en otras la imagen del intérprete supera al personaje y desubica —Emilio Aragón como Stuart Little o Santiago Segura como Sulley en Monstruos S.A—. Y, en el peor de los casos, da barra libre para clavar latiguillos propios: José Mota deslizando un «Ahora vas y lo cascas» en Shrek o Fernando Tejero con su «Un poquito de por favor» en El espantatiburones. Los productos que mejor han encarado todo esto siempre han sido aquellos donde los cameos se limitan a un par de líneas, si el doblador no proviene del mundo de la actuación: Ferrán Adriá en Ratatouille, Fernando Alonso en Cars, Ana Rosa Quintana junto a Carlos Herrera y Álex de la Iglesia en Los increíbles, o la ya mencionada Descubriendo a los Robinsons, que también colocaba a la familia de Raphael ante micrófono en roles menores.
En general, esta opción era una buena idea: le das cuatro palabras al famoso de turno, no molesta mucho, todos contentos y un poco de publicidad adicional. Aunque esto de los fichajes chalados se ha demostrado en casos concretos que no siempre es contraproducente, en caso de recaer sobre el papel protagonista: Dani Martín ha hecho más por acercar a las gentes al cine en versión original al doblar School of rock que cualquier blogger moderno y cinefílico.
Esos exóticos lenguajes extranjeros
La cosa de Carpenter perdería bastante gracia si uno fuera amigo de las lenguas nórdicas, porque los personajes que aparecían al comienzo gritando algo supuestamente ininteligible, en realidad estaban jodiendo la sorpresa del bicho a los espectadores que hablasen noruego al berrear «¡Alejaos! ¡No es un perro, es una cosa que está imitando a un perro! ¡No es real, alejaos idiotas!», en dicho idioma. Algo similar ocurría al comienzo Iron Man: cuando un par de terroristas, que mantenían secuestrado a Tony Stark (Robert Downey Jr), discutían sin subtítulos a la vista, en realidad estaban spoileando un importante giro de guion a cualquiera que hablase urdu, un idioma que aquellos terroristas compartían con cien millones de personas en el globo.
La mayor parte de la humanidad difícilmente habla correctamente el lenguaje propio, con lo que es fácil suponer que no tiene mucha idea del ajeno y eso ayuda a los creadores a deslizar chanzas gamberras: la portada de un tebeo de Namor en 1993 tenía a una asesina cuyo kimono rezaba un «No llevo ropa interior» escrito en kanji. En Eurotrip, un cantante entona en alemán una tonadilla cuya única letra es «No puedes entenderme». La vuelta al mundo en ochenta días protagonizada por Jackie Chan escondía entre las frases pronunciadas en chino soeces como un «Me pica el culo». Y el personaje de Catalina en la versión original de Me llamo Earl utilizaba sus discursos en español, supuestamente de enfado, para hablar con la audiencia y agradecer a todos los latinos su interés por el programa, felicitar a los no latinos por haber aprendido un segundo lenguaje o disculparse por los agujeros del guion.
Para evitar tanto baile de idiomas y subtítulos, el cine tiene una norma no escrita que ha acabado convirtiéndose casi en ley: si dos personajes alargan mucho una conversación en una lengua que no sea inglés, en algún momento dado ambos acabarán acordando saltar al idioma de Shakespeare, con la excusa de practicarlo o de hacer más fluida la conversación, un acuerdo que suele ocurrir incluso cuando ambos personajes comparten nacionalidad.
Un diálogo extranjero en cualquier film puede suponer algún tipo de dolor de cabeza para el departamento de traducción, concretamente cuando la charla en cuestión se encuentra en el idioma al que la película está siendo adaptada. Por eso mismo, a la hora de doblar al español a un personaje que habla nuestro mismo idioma, y a quien el resto del casting no entiende en la ficción, se suele cambiar la nacionalidad del interlocutor y convertirlo en italiano o portugués, por la similitud con dichas lenguas. Sucede lo mismo en sentido inverso: la versión estrenada en Italia de Un pez llamado Wanda convertía los balbuceos en italiano macarrónico de Kevin Kline en frases en castellano, y el galo chef Louis de La sirenita se transformaba en italiano al enfocar su estreno en Francia. En algunas ocasiones particulares, se puede optar por la solución absurda y acabar convirtiendo accidentalmente alguna escena en un chiste involuntario: a la hora de traducir ¿Conoces a Joe Black? a nuestro idioma, algún iluminado decidió que la mejor forma de conseguir que siguiese sonando a extranjera la cháchara, que el guión original indica que se desarrolla en un inglés caribeño (west indian dialect), entre el personaje de Brad Pitt y una secundaria era doblarlo con un demencial acento cubano, como si aquel fuese una lengua nueva, mágica y exótica.
Los acentos son otros de los obstáculos de estos trasvases entre lenguas. Existen razones para quejarse de que Raj en The Big Bang Theory pierda por el camino su deje indio. Pero resulta más grave que en la excelente Kung-Fu Sion el doblaje se haya permitido la desfachatez de introducir entonaciones de la Península, justificándose en el hecho de que la versión original también jugueteaba con acentos locales de los orientales; cuando aquello da como resultado un reparto compuesto de chinos con acento gallego o catalán, es fácil preguntarse si no hubiera sido mejor dejar la ocurrencia aparcada en un foso. Ni siquiera es algo únicamente propio de nuestro país: las precuelas de La guerra de las galaxias introducen acentos locales en su doblaje ruso, a Shrek le pusieron un acentazo de Osaka en Japón y Mrs. Doubtfire se volvía española en su versión mexicana. Casos aceptables son los de El color púpura y Django desencadenado, donde la jerga iletrada hablada por los esclavos, bastante complicada de adaptar, se acababa sustituyendo por el lenguaje habitual del usuario de Tuenti.
Lost in translation
Roger Rabbit es familia del conejo Tambor de Bambi, pero esto es algo que los castellanoparlantes ignoran, porque el traductor de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? no se dio cuenta de que el Thumper de la frase «My Uncle Thumper had a problem with his probate, and he had to take these big pills, and drink lots of water» era realmente el amigo del cervatillo.
Lo cierto es que la lista de meteduras de pata en las traducciones es extensa: En E. T. el extraterrestre, un error de interpretación convirtió el verbo de «E. T. phone home» («E. T. telefonear a casa») en un sustantivo al hacerle pronunciar el «E. T. Teléfono. Mi casa». Blade runner también gozaba de una colección de fallos notables en la adaptación que hacían algunas líneas de diálogo incomprensibles (cambiar «Pienso, Sebastián, luego existo» por «Yo creo, Sebastian, que es lo que soy») o directamente inexactas (el überfamoso «Atacar naves en llamas más allá de Orión», en realidad tendría que haber sido un «Naves de ataque en llamas más allá de Orión»). Slumdog Millionaire denominaba antorchas a unas linternas, porque en inglés la palabra torch significaba ambas cosas.
La guerra de las galaxias se marcaba un spanglish reverso al traducir mental probe como «prueba mental» y no como «sonda mental». Y si en La intérprete un personaje afirmaba que se había evitado un asesinato delante de dos cadáveres recién asesinados era por culpa de escoger la traducción errónea de una palabra y no de las dioptrías. En Regreso al futuro se cambiaba la marca Calvin Klein por Levi Strauss, por no ser la primera una empresa muy conocida por estas tierras durante los años ochenta. Pero al mismo tiempo se creaba un error de continuidad, porque los pantalones de Strauss sí eran una marca común en los cincuenta americanos y el personaje de Lorraine no podía haber confundido ese logotipo bordado en los calzoncillos con el nombre del usuario de los mismos.
Los errores más notables y dolorosos ocurrían en un par de clásicos. En Casablanca, desaparecería de la versión en español una de las frases más icónicas del film, ese «Here’s looking at you, kid», que Bogart soltaba tanto con un vaso en la mano como con una despedida anudada en la garganta, porque realmente nadie tenía muy claro cómo traducirla. Y en Mogambo, la censura franquista decidiría que mostrar una infidelidad dentro del sagrado matrimonio era intolerable, y se utilizó el doblaje para convertir en hermanos a la pareja de casados que interpretaban Grace Kelly y Donald Sinden. La solución era ligeramente cuestionable: hacer desaparecer unos cuernos para sustituirlos por un confuso incesto entre una hermana y un hermano que se achuchan mucho.
En Terminator 2, el «Hasta la vista, baby» de la cinta de James Cameron sería reemplazado por un «Sayonara, baby», porque el objetivo era que la frase sonase extranjera. Pero sería la TVG, grande como ella sola al crear magia doblando películas, la que ganaría la competición de largo al convertirlo en el muchísimo más celebrado «Vai rañala, raparigo». La televisión tampoco se libraba de atentados, porque a algún sociópata se le ocurrió que en The Big Bang Theory era buena idea sustituir el «Bazinga» por un «Zas en toda la boca», en lugar de dejarlo tal cual estaba.
Quizás uno de los temas más sobados del mundo de la adaptación sea la maravillosa libertad creativa que parecen tener los responsables de traducir los títulos de películas. Aquí ya hemos hablado de eso y más de doscientos comentarios insinúan que siempre hay alguien capaz de acordarse de un ejemplo más. Por tanto, es mejor pasar de puntillas por el tema y mencionar únicamente tres pequeños ejemplos que alcanzaron cima y clavaron bandera: la cinta Ice Princess que transformada en Soñando, soñando… triunfé patinando lograba un doble combo al combinar la idea de mierda con el cáncer del título rimado. Lo de Get Him to the Greek que aquí se tradujo como Todo sobre mi desmadre, o la señal de advertencia, ignorada, de que ciertos traductores estaban tonteando con lo arcano. Y la sensación de que es más sencillo abandonar toda esperanza porque la cosa viene de muy lejos: Godzilla vs. Megalon se convirtió en Gorgo y Superman se citan en Tokio ya en los setenta.
Hazlo tú mismo
La primera película en la que Woody Allen se estrenó como director ni siquiera sería dirigida por él. En 1966, American International Pictures compró una película japonesa con tono de comedia de espías llamada Kokusai himitsu keisatsu: Kagi no kagi, pero pronto se dieron cuenta de que era tan confusa como para licuar el cerebro del americano medio. Los productores decidieron entonces que sería bastante gracioso doblarla como una película completamente diferente y que no perdían nada por hacer un poco el cafre con el material del que ya tenían los derechos.
Llamaron a Allen, quien un año antes había firmado con maña el guion de ¿Qué tal, Pussycat?, y este se encerró en una habitación con un grupo de colegas, donde se dedicaron a doblar la película con coñas sobre la cultura asiática a paladas, reescribiendo el guion, volviendo a montar escenas y añadiendo algunas otras. Como resultado, lo que fueran las aventuras de un primo asiático de James Bond acabaron convirtiéndose en Lily, la tigresa (What's up, tiger Lily?) una comedia absurda con un agente secreto en busca de una receta culinaria. Una ocurrencia hilarante por abrazar la chifladura sin pudores hasta las últimas consecuencias: un striptease de la playmate China Lee («Le prometí que la pondría en la película… en algún sitio», aseguraría Allen) tenía lugar durante unos títulos de crédito que simulaban las letras de una consulta oftalmológica, por si el espectador necesitaba revisar la miopía al andar dedicándose a leer aquello en lugar de contemplar a la chavala. En aquellos años, esa idea de doblaje idiota era tan novedosa que el propio director aparecía en la película para tratar de explicársela al público.
Años más tarde, lo de hacer locuras con el doblaje no resultaba tan novedoso, pero seguía provocando vástagos mutantes curiosos. James Riffel estrenó en 1991 su Night of the Day of the Dawn of the Son of the Bride of the Return of the Revenge of the Terror of the Attack of the Evil, Mutant, Alien, Flesh Eating, Hellbound, Zombified Living Dead Part 2: In Shocking 2-D, una película (completa aquí) que en realidad era un doblaje casero en tono cómico de La noche de los muertos vivientes. En España tendríamos a El informal atrapando a los espectadores, al pervertir vídeos ajenos. Un grupo de franceses convertiría una película hongkonesa en un discurso situacionista con mucho chiste sobre pedófilos llamado Can dialectics break bricks? (disponible aquí). En Rusia, Dmitry Puchkov ganaría fama al currarse por puro hobby él solito la traducción y doblaje de decenas de películas extranjeras, pero sobre todo por crear versiones jocosas de algunas de aquellas películas. Esas adaptaciones bastardas de Puchkov en su país llegaron a alcanzar tanta fama como para ser trasladadas ellas mismas a otros formatos: su The Lord of the Rings: the Fellas and the Ring se convertiría en libro e incluso, sorprendentemente, en un videojuego. El DVD de Galaxy Quest incluía una pista de audio en la que toda la película estaba doblada en lenguaje extraterrestre. Y todavía hay quien dice que lo que hacía Miguel Mihura con los guiones de los hermanos Marx también tenía mucho de adaptación propia, al asegurar que el autor de Tres sombreros de copa iba justito de inglés.
A principios de los 2000, Steve Oedekerk, director de Ace Ventura 2 y Nada que perder, recogió en parte el espíritu de aquel primer Allen y acabó convirtiendo un chiste privado en una película completa y de paso en una mamarrachada carísima. Kung Pow era el resultado de Oedekerk, comprando los derechos de una película de artes marciales de Hong Kong y dedicándose a editarla, remontarla, borrar por ordenador al protagonista original y sustituirlo por sí mismo, protagonizarla y doblar a todos los personajes masculinos con unos diálogos cercanos al mencionado programa patrio El informal y muy representativos de la comedia imbécil sin motivo. Aquel producto inclasificable contenía una ocurrencia descacharrante: ¿cómo doblar una escena en la que no habla ninguno de los personajes que aparecen? Transformándolos en ventrílocuos.
Imagen de portada: Kung Pow (20th Century Fox)
[Fuente: www.jotdown.es]

Sem comentários:
Enviar um comentário