Naturalismo mediterráneo
Por Javier Castro
La verdad es que no me considero capacitado para hablar de una película de este director, del cual he visto muy poco y no me ha gustado casi nada. Sé que suena a herejía cinéfila, pero así es. He intentado ver algunas de las que se consideran sus mejores películas, como La dolce vita (Ídem, 1960) o Giulietta de los espíritus (Giulietta degli spiriti, 1965) y no he conseguido terminarlas. Hace años consideraba que me gustaban algunas de sus películas, pero luego fui descubriendo que todas las que yo pensaba que eran de Fellini y me gustaban, eran en realidad de Luchino Visconti, director del que conozco buena parte de su obra y que me gusta infinitamente más que Fellini. De todas formas, y gracias a la película de la que os voy a hablar, me han entrado ganas de repasarlas y ver alguna más. Esto es, yo creo, lo mejor que puedo decir de esta estupenda película que es Los inútiles. Espero que una vez que lo haga pueda retractarme humildemente de lo dicho anteriormente, aunque la verdad, no confío en ello.
Fellini nos cuenta la no-vida de un grupo de jóvenes habitantes de una ciudad de provincias en la Italia de los 50. Ya pasada la posguerra y con el país en plena recuperación, pero aún con miseria y necesidad, Fellini nos pasea entre unos jóvenes que nunca han conocido el hambre o el sufrimiento. Mirémonos al espejo, pues casi todos nosotros somos como ellos. Su vida consiste en salir de fiesta por la noche, al bar o el billar, intentar ligar con alguna de las chicas del lugar, llegar tarde por la noche, dormir hasta el mediodía, y repetir la misma rutina día tras día. Hasta que uno de esos días uno de los chicos deja embarazada a la hermana de otro, y tras intentar eludir sus responsabilidades huyendo, no le dejan otra que casarse con ella. No es que esto produzca un cambio en la actitud de los jóvenes; tan solo el hermano de la chica se comienza a replantear su existencia. El nuevo padre de familia comienza a trabajar en una tienda de antigüedades, pero no asienta la cabeza y tras intentar cortejar a la mujer de su jefe (entre otras) es despedido. Su mujer decide darle una lección.
Más o menos este es el argumento. Los personajes, sus motivaciones, su estilo de vida, nos podrán recordar tal vez a los protagonistas de la genial Calle mayor (1960) de Juan Antonio Bardém. Con ellos comparten el aburrimiento, sinónimo de desánimo, la ociosidad que provoca la falta de expectativas. La misma actitud de falta de respeto por los demás, que no es otra cosa que falta de respeto por ellos mismos. Recuerdan también a los andaluces descritos por Antonio Machado, pues sólo son maestros al igual que Don Guido en refrescar manzanilla (hay una escena en la que es literal), el vacío del mundo en la oquedad de sus cabezas. Inconscientes de su propia impotencia y falta de genio para ello, se engañan a sí mismos asegurando que cualquier día tomarán una determinación y se irán a buscarse la vida, ignorantes de su inutilidad. Ese carácter de la alta burguesía mediterránea que contrasta con el espíritu emprendedor nórdico, y por eso el turismo es tanta bendición.
Fellini rueda sin estridencias; de esto ya se encargan algunos de los actores, que en la línea habitual de la comedia clásica italiana, son bastante histriónicos, aunque aquí no se trate de una comedia precisamente. En cualquier caso, no va mal con los papeles que interpretan. Aún no era el tiempo de los excesos formales del director de Amacord (ídem, 1973). La música corre a cargo del siempre competente Nino Rota, que junto con una fotografía muy lograda (la película se nota que está rodada con muchos medios para lo que se estilaba en la época, prueba de la confianza que ofrecía el guion y el casi novel director) la dotan de un aspecto visual muy conseguido, sin nada que envidiar a las producciones americanas del momento (salvo quizá el color).
En plena época neorrealista en el cine italiano, Fellini, coinventor del movimiento, se decantó por una cinta bastante alejada de las que se realizaron bajo esta premisa, aunque no por ello deja de tener algunas influencias de dicho movimiento, como ese niño que se levanta para ir a trabajar a la hora a la que vuelven de sus fiestas los inútiles. El guionista de Roma, ciudad abierta (Roma, citta aperta, 1945. Roberto Rossellini) y Paisà (ídem, 1946. Roberto Rossellini) cambia de ambiente aunque no de registro, manteniendo ese estudio casi entomológico de sus personajes, a los cuales se puede aplicar que miseria no es sólo sinónimo de pobreza.
[Fuente: www.miradas.net]

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