Por qué resistirse al encanto de los clubes de lectura
Por Adam Sternbergh
"Entonces, si leer –en este
sentido de invasión placentera– es una experiencia sexual, el club de
lectura sería el equivalente a un vestuario de colegio. Es el lugar en
el que nos reunimos para intercambiar y comparar notas después del
acto".
Leer es posiblemente la segunda actividad humana más íntima y, al
igual que con la primera actividad humana más íntima, hay personas que
tratarán de convencerlo de que es mejor hacerlo en grupo. Estos grupos
se llaman clubes de lectura. Pertenezco a uno. Tal vez usted también. En
caso de que sea así, le diré por qué los dos hemos cometido un terrible
error.
En teoría, hay muchas razones para recomendar estos clubes.
Fomentan la lectura. Enriquecen a los autores que, como usted
seguramente ha leído, por estos días no andan enriqueciéndose mucho que
digamos. Promueven la socialización, por lo general cara a cara, otra
actividad valiosa y en peligro de extinción. Los clubes de lectura
públicos –como el de Oprah en Estados Unidos– se han convertido en un
potente motor económico para la industria editorial. Y el club de
lectura sigue siendo atractivo para quienes, como yo, anhelan largas
discusiones sobre sonetos en cafés llenos de humo, o que ocasionalmente
extrañan el vientre de un salón de clases en donde, como estudiantes
entusiastas, nos convencieron de que en cada novela no leída estaba el
poder de dar forma a nuestras vidas.
Entonces no es ninguna sorpresa que el interés colectivo por los
clubes de lectura haya crecido, incluso cuando el interés por la lectura
ha disminuido. Este año el Globe y el Mail, dos
periódicos canadienses que como otros diarios también han reducido su
cobertura de libros, lanzaron una columna acerca de clubes de lectura
titulada –tristemente– Clubland. La palabra “clubland” usualmente
se asocia con discotecas y en este caso con lograr, a las patadas, que
los clubes de lectura parezcan sexis y divertidos, ustedes saben: como
bailar. Es casi la misma forma, también a las patadas, en la cual los
clubes de lectura están diseñados para hacer que la lectura parezca sexi
y divertida.
Como ya dije, hago parte de un club de lectura. Tiene otros cuatro
miembros, todos son personas a las que respeto y entre todos cubrimos un
amplio espectro de gustos literarios. Nuestras selecciones van desde El malogrado de Thomas Bernhard hasta Dinero de Martin Amis y Tiburón blanco
de Peter Benchley. Y como todo club de lectura hacemos nuestras cositas
de club. Acordamos los horarios. Nos reunimos. Tomamos vino. Comemos
queso. Y hablamos del libro elegido durante algunos minutos obligatorios
antes de continuar con la parte del club que, creo, la mayoría de
nosotros realmente espera: cuando dejamos de hablar del libro.
Usted podrá decir que su club es distinto, que le ha abierto los
ojos a autores nuevos y exóticos, que tiene debates maravillosos,
endulzados por el vino, que le enriquecen el alma y se extienden hasta
altas hora de la noche. Puede ser. No lo dudo ni lo cuestiono. Pero
sugiero que esta fascinación por los clubes de lectura –crearlos,
vincularse, hablar sobre ellos– es opuesta al disfrute de la lectura y
está completamente a tono con nuestra convicción moderna de que no vale
la pena hacer nada que no pueda ser compartido inmediatamente.
Tal vez sea válido cuando colgamos en Facebook fotos de las
vacaciones o twitteamos todos los detalles del desayuno o montamos en
YouTube el video del fiestón de matrimonio. Ahora, amo un buen fiestón de matrimonio. Pero sugerir que la experiencia de leer La casa de la alegría –una selección muy bien recibida por mi club de lectura– mejora tan pronto se habla de haber leído La casa de la alegría es afirmar que leer La casa de la alegría
es una experiencia que puede, y necesita, ser mejorada. Y creo que
cualquiera que haya leído un libro y lo haya disfrutado entiende que eso
sencillamente no es cierto. Si usted leyera Moby Dick mientras navega solo por el mundo no lo disfrutaría menos. De hecho, creo que lo disfrutaría más.
Entonces volvemos a lo íntimo de la lectura. Piense en algo,
incluso tan tonto y modesto como este artículo: estoy en su cabeza en
este momento. Usted, muy amablemente, me ha dejado entrar a la esfera
privada de su conciencia, aunque sea por unos minutos. Es como un giro a
esa remota película de terror y niñeras: ¡la voz viene de dentro de su
cabeza! Esta experiencia es muy diferente de la que se tiene con
cualquier otro tipo de arte. No importa qué tanto disfrute de una
pintura o se regocije con una sinfonía, no existe la sensación de que el
pintor se ha apoderado de sus ojos o el compositor de sus oídos. El
escritor, en cambio, sí se apodera de sus pensamientos. (¡Hola! ¡Hola!
Yo lo estoy haciendo decir esto.) ¿Nunca ha sentido que después de leer a
un escritor con cierta cadencia musical, sus pensamientos imitan esos
ritmos durante días? La experiencia de leer imita de un modo tan cercano
el proceso de la conciencia que adquiere un nivel único de intimidad
artística. El arte realmente bueno permea la barrera de la conciencia,
el acto de leer la disuelve completamente. Literalmente pasa dentro de
usted. ¿Qué tal eso para hablar de intimidad?
Entonces, si leer –en este sentido de invasión placentera– es una
experiencia sexual, el club de lectura sería el equivalente a un
vestuario de colegio. Es el lugar en el que nos reunimos para
intercambiar y comparar notas después del acto. Tratamos torpemente de
contar los hechos pero no podemos evitar restarles importancia y quitar
valor a la experiencia misma que nos hemos reunido a celebrar. Claro,
puede ser una forma divertida de relajarse una noche después del
trabajo, pero no se puede comparar con el acto mismo. (Y eso sin
mencionar la emoción floja y de tercera mano que suscita leer acerca de
gente que habla acerca de leer, como en la columna Clubland del Globe.)
Y, como aprendemos todos finalmente, algunas experiencias son mejores
cuando uno no va por ahí parloteando al respecto después. ¿Fue bueno
para usted? Entonces eso debería ser más que suficiente.
[Fuente: www.elmalpensante.com]

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