Por Marco Feoli
Un alocado e imparable posteo de una dudosa noticia acerca de la generosa disposición del Gobierno español de conceder la nacionalidad a los descendientes de sefardíes desfiló, hace un par de semanas, por las redes sociales. Gente feliz, que no cabía de la contentera, anunciaba urbi et orbi el parentesco con algunos de los judíos hispano-portugueses que, luego de la llegada a Andalucía de los devotísimos reyes católicos, cuando, por cierto, España no era España, sino un montón de reinos desperdigados en la Península Ibérica, se vieron compelidos a abandonar su tierra. Fueron expulsados, como tantas veces y como en tantas partes.
La noticia era suficientemente inverosímil, aunque con un sustrato real, el Gobierno de Mariano Rajoy prepara un proyecto, todavía en pañales, que anticipa farragosos e inacabables trámites para reconocer la ciudadanía a quienes descienden de aquellos expulsados. Tendrán, para empezar, que demostrar su pertenencia a una comunidad judía sefardí ¿Se imaginan a Rajoy regalando pasaportes en un país en el que miles de personas han sido empujadas a irse por una sangrante crisis económica y unos índices de desempleo a tope? Ni “jarto vino”, como dicen los españoles. Imposible.
No importa no estar más o menos situados en cómo está España ahora mismo o no tener la más remota idea de quiénes son los sefardíes. Daba igual. Lo importante fue que circulaba una lista que decía que los Fernández, los Araya, los Alfaro, los Villalobos, los Villaverde, y así hasta contar 5000 apellidos, podíamos irnos a jurar lealtad a Su Majestad don Juan Carlos de Borbón para que nos diera nuestro flamante pasaporte.
La posibilidad era absurda, sin embargo, más allá de eso, de la candidez o de la estupidez, llámenla como quieran, hay algo muy revelador en todo ello. Me sorprendió, especialmente, ver tanto muro copado de “información de calidad” sobre nuestras genealogías porque si algo despreciamos los ticos es al que se atreva a cuestionar lo que hay aquí adentro. ¿Para qué querer irse a otro lado si aquí somos lo más de lo más?
Recuerden, como ejemplo, el polvorín de ataques e insultos descargados contra aquella muchacha que escribió que se largaba de Costa Rica porque no le gustaba. Es muy contradictorio que en un país tan receloso con el que lo critica, porque como se le dijo a Sofía, en su día, exigimos un amor casi ilimitado por estos 51100 km2 y pobre de aquel que exprese en voz alta sus frustraciones con lo que tenemos, tenga tantos sacrificados dispuestos a buscar otra cédula de identidad.
No me parece mal tener doble nacionalidad, yo la tengo, no sirve para mucho, pero no tiene nada de malo. Sólo no tener que cargar un folder atiborrado de certificaciones de salario, órdenes patronales y reservas de hotel, cada vez que alguien viaja a Europa, para garantizarle a la policía migratoria que no se va con la intención de montarse un puesto de tamales y empanadas en mitad de la Puerta del Sol, es un alivio.
Lo que me resulta cuestionable es la sensación de hipocresía colectiva que a al menos a mí me generó esta historia, la contradicción con nuestros discursos chauvinistas. Este es un país para sentirse orgulloso; pero también para zarandearlo y muchas veces para sentirse avergonzado. También se vale despotricar o, incluso, querer estar en otro lado, sin que eso suponga, como mecanismo de validación social, la exigencia de ser Juanas de Arco, dispuestos a convertirnos en la tierra prometida, o la imposición de la condena más despiadada. Cuando se basuree a alguien por hablar mal de Costa Rica que no se nos olvide que hay otros soñando nuevas nacionalidades, europeas para más señas.
Por cierto, suerte a los descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica, se saldará, de concretarse, una deuda histórica, una injusticia cometida, como tantas otras, en nombre de la cruz.
[Foto: Thomas Doyle © - fuente: www.revistapaquidermo.com]

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