Quienes aprenden dos lenguas al mismo tiempo tienen más habilidades cognitivas
Por Ignacio Morgado Bernal
Nuestro país es de los más atrasados de la Unión Europea en el
conocimiento y dominio de segundas lenguas. Ello afecta, además de a la
cultura de los ciudadanos, a la economía. Una de las razones de un grupo
internacional de empresarios para calificar a Barcelona como una ciudad
buena para vivir pero mala para los negocios era el bajo conocimiento de inglés en las instituciones y la administración1. Además de insuficiente inversión en recursos educativos,
la causa principal de esa carencia es bien conocida: las segundas
lenguas no sólo se aprenden tarde, sino que además se aprenden mal.
Aprender inglés, por ejemplo, es algo parecido a dejar de fumar: ¿quién no lo ha intentado mil veces? Este artículo analiza los fundamentos científicos de dichas causas.
Hace algunos años, un grupo de investigadores norteamericanos descubrió que en el lóbulo frontal del cerebro la representación de las segundas lenguas, las que
se adquieren tardíamente, está separada, es decir, en un lugar
diferente, de la representación de las lenguas nativas o maternas2.
Sin embargo, cuando las diferentes lenguas se adquieren a la vez y
tempranamente, ambas suelen ubicarse en áreas comunes del lóbulo
frontal.
Como esas áreas del cerebro
son propias del lenguaje hablado y no de su comprensión, la diferente
ubicación cerebral puede explicar por qué los bilingües tardíos siempre
son reconocidos como tales, pues nunca, por mucho que practiquen, llegan
a expresarse verbalmente como nativos en sus segundas lenguas. Todo
indica que cuando se aprende tarde el lenguaje ya no se instala en las
áreas del cerebro mejor acondicionadas para ello.
Además, nacemos con una amplia y universal capacidad para percibir y
pronunciar muchos diferentes sonidos, pero la experiencia lingüística
altera la percepción fonética y los sonidos que no se practican tempranamente se pierden. Esa pérdida puede estar ya ocurriendo en los 6 primeros meses de vida3.
Los japoneses adultos, por ejemplo, no distinguen bien la pronunciación
de la “r” y la de la “l”, pues su lengua no educa tempranamente ambos
sonidos. Por tanto, para acabar siendo un verdadero bilingüe, una
ventaja extraordinaria es tener padres nativos en diferentes lenguas,
padres que hablen frecuentemente a su hijo en cada una de ellas. Los
canguros, cuidadores y maestros pueden tener también un papel importante
en esa inducción lingüística múltiple en los primeros años de vida.
Por otro lado, quien domina una lengua entiende enseguida sus
expresiones en cualquier modalidad sensorial (palabras o frases
pensadas, habladas, oídas o escritas) y responde a ellas con la misma
solvencia y precisión, sin apenas esfuerzo. Las lenguas nativas se
expresan de manera automática, es decir, sin necesidad de buscar
continuamente las palabras necesarias o su significado. Es así porque se
almacenan en el cerebro como memoria implícita, es decir, como un
conocimiento básicamente inconsciente, que se adquiere con lentitud y se
perfecciona con la práctica, pues depende no sólo de la corteza
cerebral, sino también de estructuras subcorticales, que son menos
plásticas y moldeables.
El lenguaje, como cualquier memoria implícita, da lugar a
comportamientos automáticos que cuestan mucho de adquirir, pero que, una
vez aprendidos, son igualmente difíciles de olvidar. Es por eso que
nadie puede pretender aprender una nueva lengua con un par de clases
semanales, muchas veces básicamente de gramática. Para generar un
automatismo como el lingüístico hay que practicarlo con asiduidad y
frecuencia. El mejor programa de aprendizaje lingüístico, y quizá el
único capaz de garantizar el dominio de una segunda lengua en la mayoría
de las personas, es el que introduce tempranamente esa lengua en la
vida cotidiana de las personas, lo que implica llevarlo, en la medida de
lo posible, al ámbito familiar, escolar, profesional y de ocio.
La sorprendente capacidad del cerebro humano para aprender múltiples
lenguas en la temprana infancia le confiere además ventajas que superan
con creces a la de la comunicación. El lenguaje es un poderoso medio de
representación del mundo externo e interno en la mente humana y está
demostrado que los individuos que adquieren múltiples lenguas en su
infancia y las practican a lo largo de su vida tienen una mayor
capacidad de ejecución mental y están más protegidos contra la
neurodegeneración en la vejez. Los individuos bilingües tienen mejor
atención selectiva, y más desarrollado el hábito de conmutar entre
contenidos mentales, lo que les crea menos dificultades cuando cambian
las reglas en una tarea mental. Si se trata, por ejemplo, de clasificar
objetos por su color, son más rápidos y efectivos que los monolingües
cuando de repente hay que pasar a clasificarlos por su forma.
Esa mayor capacidad de ejecución y flexibilidad mental de los sujetos
bilingües se ha observado en todas las edades, y la conservan además
mucho más que los monolingües en la vejez. Los individuos bilingües
cuando se hacen mayores mantienen la integridad de la sustancia blanca
de su cerebro, es decir, las conexiones neuronales entre sus diferentes
partes4 y ello les permite compensar el deterioro natural en el procesamiento de información5.
Especialmente impactante son los estudios de un equipo de
investigadores canadienses mostrando que en 182 individuos
diagnosticados con demencia, como el Alzheimer, el 51 % de ellos, que
eran bilingües, tardaron en desarrollar los síntomas de la enfermedad al
menos 4 años más que los monolingües6. Todo son, por tanto, ventajas cuando diferentes lenguas se aprenden pronto y se practican con frecuencia durante toda la vida.
- La Vanguardia, 2 julio 2013.
- Nature 388, 1997
- Science 255, 1992
- J. Neuroscience, 31, 2011
- J. Neuroscience, 33, 2013
- Neuropsychologica 45, 2007; Cortex 2011
Ignacio Morgado Bernal es catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona
[Fuente: www.elpais.com]
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