Por JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN
HAY IMPERIOS QUE han dejado tras de sí una huella cultural profunda. Al británico no se
le puede negar la expansión casi universal de su idioma. El francés se
preocupó siempre de hacer de la conservación de su lengua un auténtico
vínculo estratégico que le permite conservar sus ventajas coloniales. En
cuanto al alemán, hace poco me encontré en un hotel
turco
un folleto invitándole a uno a aprender el idioma de Goethe gratis y
viviera donde viviera. Son países -quiero decir 'culturas'- que hacen
buena la famosa sentencia que Nebrija dirige a la reina en el prólogo de
su pionera Gramática, porque saben que, si hablando se entiende la
gente, conviene cuidar la lengua como oro en paño también por razones
materiales. En Guinea Ecuatorial, un país en el que el español es el
idioma del ochenta por ciento de sus pobladores, el tirano Obiang
proyecta ahora cambiar de lengua como la serpiente cambia de piel, esto
es, simplemente desprendiéndose de la vieja para lucir la nueva, en este
caso, concretamente, para abandonar el uso del español para adoptar el
portugués. ¿Por qué? Pues por el motivo, estrictamente económico, de
integrarse en la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa, un marco en
el que la dictadura pretende ampliar su negociado invirtiendo en la
refinanciación de entidades bancarias en apuros, una maniobra fallida
hace años pero que hoy, abolida la pena de muerte
(al menos como figura penal) bien pudiera tener éxito. Guinea es el
único país de África que habla mayoritariamente nuestra lengua, esa
herencia inmaterial de la que con razón tanto se enorgullecen los
franceses cuando hablan, no de antiguo colonato, sino, sencillamente, de
'francofonía'.
Hay que considerar que el proyecto no es en absoluto utópico, pues aunque no resulte fácil adquirir un nuevo lenguaje
colectivo, basta una generación para que una lengua se pierda y con
ella todo vínculo con la propia historia, pero ese mismo hecho dice
mucho sobre el proverbial desinterés cultural hispano. Una crisis, un
dictador y unas finanzas sin escrúpulos van a borrar nuestra única voz
en el continente, lo que da una idea de la diferencia que existe desde
siempre entre nuestra política cultural respecto a la que siguen las
demás metrópolis en sus antiguos dominios. Casi nadie se enteró en
España de nuestra guerra con Guinea, silenciada por el franquismo. Más o
menos los mismos que se enterarán ahora de que otro peón de la
'hispanofonía' es engullido por el rey de oros.
[Fuente: www.elmundo.es]
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