Por Adolfo García-Ortega
Desde que vi ‘Incendies’, la impactante película de Denis
Villeneuve, basada en la obra homónima de Wajdi Mouawad, la figura de
este libanés-canadiense me ha interesado cada vez más. Es conocido en
todo el mundo por su tetralogía ‘Le sang des promesses’ (compuesta
por cuatro piezas teatrales bellas e intensas:
‘Forêts’, ‘Littoral’, ‘Incendies’ y ‘Ciels’). Mouawad, junto al genial
dramaturgo Robert Lepage, con quien guarda una sintonía evidente, es el
autor teatral más innovador del teatro de Canadá de hoy en día. Ambos
son habituales de la escena madrileña, donde cada uno o dos años
estrenan con gran éxito.
Ahora Mouawad ha presentado un asombroso viaje
interior con su obra ‘Seuls’, escrita, dirigida e interpretada por él
mismo en solitario. Una obra hecha a base de llamadas telefónicas,
dramática y liviana a la vez, que culmina con un ejercicio físico,
enloquecido, en el que el cuerpo del Mouawad se convierte en lienzo y
pincel de una explosión de colores que tratan de atrapar lo
inatrapable: la referencia, la huella, la marca de la identidad. Nunca
he visto a un actor pintarse a sí mismo de tantos colores con tal
derroche de energía. Representa, creo yo, la simbología del
agotamiento.
Como todas sus novelas y sus obras de teatro,
también ‘Seuls’ gira en torno a la identidad, más en concreto a ‘su’
identidad: cristiano maronita, su familia tuvo que huir de Beirut a
Canadá a finales de los setenta. Mouawad no ha cesado de proponer al
mundo una reflexión sobre los efectos del desarraigo, la memoria y la
presencia/ausencia de la identidad. Para Mouawad, la identidad es una
fatalidad de doble filo: un exceso de identidad paraliza, involuciona al
ser humano, extraviándolo por el túnel de la memoria como añoranza y
no como escenario del pasado. Y por otro lado, una pérdida de identidad
destruye, aboca a la soledad del desarraigado. Sin embargo, la pérdida
de la identidad permite el mestizaje, la confluencia y el punto de
reinicio sin ningún lastre. La propuesta de Mouawad es doble y
compleja, porque al final, tanto el exceso de identidad como la
ausencia de esta conducen a una especie de conflicto interior. No hay
solución ante este dilema que caracteriza al mundo de hoy: ¿volvemos al
origen y defendemos a ultranza lo identitario familiar, o salimos al
exterior y nos sumamos a la masa heterogénea de lo que existe fuera,
ajeno y plural? La inmensa mayoría está atrapada entre esas dos
elecciones.
27 de octubre
A veces tengo presente esta frase de Proust: “Como el
sedentarismo inmoviliza los días, el mejor medio de ganar tiempo es
cambiar de sitio”. (Algún día se analizará el sutil sentido de la
movilidad en Proust, a quien se le suele imaginar más bien en la cama,
levantándose muy tarde y perezoso.) Así que me meto en un avión y me voy
a casi dos mil kilómetros. Busco una playa lo más desierta posible, lo
más extensa posible, lo más pura posible. Y la encuentro en un rincón
muy sureño de las Canarias cuyo nombre me reservo. Tumbarse al sol a
finales de octubre, bañarse en aguas cristalinas, disfrutar del
silencio solo martilleado por las olas, mirar alrededor y no ver a
ningún ser humano en un kilómetro a la redonda, solo gaviotas, y
desaparecer incluso del propio pensamiento son placeres envidiables que
solo se ubican en ese lugar insólito que es la playa.
De hecho, estos días la vida ha sido toda en la
playa. No la concibo como mero destino, sino que entiendo la playa como
parte del viaje. He recorrido muchas playas, desde las de Escocia hasta
las de Valparaíso, desde las griegas hasta las israelíes, y todas se
han abierto como páginas de un libro que había que leer para
entenderlas. Así comprendo la playa como deseo y como espectáculo,
siempre que sea una playa desierta. Lo que disturba en una playa es
precisamente la gente. La gente que no sea uno mismo, claro. No existe
el ‘habitante de las playas’. Existe el profanador de playas. En la
playa, además, todo es transparente, casi invisible. Incluso nosotros
mismos, dorados por el sol, nos mutamos en el color de la arena.
Entiendo también la playa como borde, límite,
abismo, la domesticación de un peligro, el de entrar demasiado lejos en
el agua, el de ser atrapado por el mar y ser llevado lejos, como si el
mar tuviese un gancho oculto. ¿A quién no le cautiva su frontera con
ese más allá que es nuestro elemento extraño, el acuático, donde al
cabo de unos minutos, por ahogamiento o congelación, nos aguarda la
muerte? Sumergirse en el mar es jugar con un arma cargada, algo
excitante, atrayente, voluntario. Vamos un poco más lejos, nos
adentramos más. Pero enseguida regresamos. El mar te traiciona en
cuanto te descuides.
La playa se inventó a fines del XVIII, y se iba a
ella a respirar, no a tomar el sol ni a bañarse. Se huía del sol por
molesto, se buscaba la sombra. Era –y es aún– una regresión a la
inocencia: en la playa se corretea, se cogen guijarros, conchas, se
está poco vestido o nada. Incluso la sensación de suspensión es parte
de esa inocencia perdida que se busca en toda playa desierta. También
hay otra perspectiva de la playa, una perspectiva desde el otro lado:
la playa como llegada, el lugar salvador al que arriba exhausto Odiseo,
el lugar incierto donde llegan los auténticos héroes viajeros de
nuestro tiempo, los verdaderos argonautas del presente, los inmigrantes
en pateras, el futuro.
[Fuente: www.clubcultura.com]

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