Por Antonio Muñoz Molina
En Lisboa, a un paso de lo despejado, siempre está lo recóndito, y a un
paso de ese barullo que nunca es agobiante -el del Chiado, el del Rossio– bastará tomar una calle lateral para encontrar la quietud. Una
escalinata estrecha, un callejón sombrío, dan paso de pronto a una
panorámica de la ciudad al sol o del horizonte marino del Tajo. Cerca de
la Rua Garrett, de las tiendas de lujo y la gente que baja y sube la
cuesta cargada de bolsas, se dobla una esquina y se sube una calle
empinada y ya está uno en el Largo do Carmo, que es una plaza espaciosa
pero también recogida, sin énfasis, con acacias y tilos, con toldos de
cafés, con bancos para sentarme a tomar gratis el sol de estas mañanas
cálidas de noviembre, para leer el periódico o mirar a la gente. Al
Largo do Carmo se llega también tomando el elevador de Santa Justa, con
su futurismo mecánico como de Julio Verne. La plaza es una obra maestra
menor, que no va a salir en ningún libro de urbanismo, pero que tiene
una perfección insuperable, más valiosa porque es anónima y en gran
medida involuntaria, el resultado de continuidades y decisiones
singulares, de una adaptación sabia a las condiciones climáticas, a los
materiales más a mano, a los diversos oficios, necesidades, placeres y
tareas. La textura del pavimento es tan importante como la morfología de
las hojas de los árboles. En este lugar, tomar una caña en una terraza,
acudir al trabajo, curiosear el portal gótico del viejo convento do
Carmo, incluso anotar algo en un cuaderno, son placeres iguales. Una
ciudad de escala humana es un ecosistema que a mí no deja de asombrarme.
[Fuente: www.antoniomuñozmolina.es]
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