Huachafería es un peruanismo que en los vocabularios empobrecen
describiéndolo como sinónimo de cursi. En verdad, es algo más sutil y complejo,
una de las contribuciones del Perú a la experiencia universal; quien la desdeña
o malentiende queda confundido respecto a lo que es este país, a la psicología
y cultura de un sector importante, acaso mayoritario de los peruanos. Porque la
huachafería es una visión del mundo a la vez que una estética, una manera de
sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás.
La cursilería es la distorsión del gusto. Una persona es cursi cuando imita
algo -el refinamiento, la elegancia- que no logra alcanzar, y, en su empeño,
rebaja y caricaturiza los modelos estéticos. La huachafería no pervierte ningún
modelo porque es un modelo en sí misma; no desnaturaliza patrones estéticos
sino, más bien, los implanta, y es, no la réplica ridícula de la elegancia y el
refinamiento, sino una forma propia y distinta -peruana- de ser refinado y
elegante.
En vez de intentar una definición de huachafería -cota de malla
conceptual que, inevitablemente, dejaría escapar por sus rendijas innumerables
ingredientes de ese ser diseminado y protoplasmático- vale la pena mostrar, con
algunos ejemplos, lo vasta y escurridiza que es, la multitud de campos en que
se manifiesta y a los que marca.
Hay una huachafería aristocrática y otra proletaria pero es
probablemente en la clase media donde ella reina y truena. A condición de no
salir de la ciudad, está por todas partes. En el campo, en cambio, es
inexistente. Un campesino no es jamás huachafo, a no ser que haya tenido una
prolongada experiencia citadina. Además de urbana, es antirracionalista y
sentimental. La comunicación huachafa entre el hombre y el mundo pasa por las
emociones y los sentidos antes que por la razón; las ideas son para ellas
decorativas y prescindibles, un estorbo a la libre efusión del sentimiento. El
vals criollo es la expresión por excelencia de la huachafería en el ámbito
musical, a tal extremo que se puede formular una ley sin excepciones: para ser
bueno, un vals criollo debe ser huachafo. Todos nuestros grandes compositores
(de Felipe Pinglo a Chabuca Granda) lo intuyeron así y, en las letras de sus
canciones, a menudo esotéricas desde el punto de vista intelectual, derrocharon
imágenes de inflamado color, sentimentalismo iridiscente, malicia erótica,
risueña necrofilia y otros formidables excesos retóricos que contrastaban, casi
siempre, con la indigencia de ideas. La huachafería puede ser genial pero es
rara vez inteligente; ella es intuitiva, verbosa, formalista, melódica,
imaginativa, y, por encima de todo, sensiblera. Una mínima dosis de huachafería
es indispensable para entender un vals criollo y disfrutar de él; no pasa lo
mismo con el huayno, que pocas veces es huachafo, y, cuando lo es, generalmente
es malo.
Pero sería una equivocación deducir de esto que sólo hay huachafos y
huachafas en las ciudades de la costa y que las de la sierra están inmunizadas
contra la huachafería. El "indigenismo", explotación ornamental,
literaria, política e histórica de un Perú prehispánico estereotipado y
romántico, es la versión serrana de la huachafería costeña equivalente: el
"hispanismo", explotación ornamental, literaria, política e histórica
de un Perú hispánico estereotipado y romántico. La fiesta del Inti Raymi, que
se resucita anualmente en el Cusco con millares de extras, es una ceremonia
intensamente huachafa, ni más ni menos que la Procesión del Señor de los
Milagros que amorata Lima (adviértase que adjetivo con huachafería) en el mes
de octubre.
Por su naturaleza, la huachafería está más cerca de ciertos
quehaceres y actividades que de otros, pero, en realidad, no hay comportamiento
u ocupación que la excluya esencialmente. La oratoria sólo si es huachafa
seduce al público nacional. El político que no gesticula, prefiere la línea
curva a la recta, abusa de las metáforas y las alegorías y, en vez de hablar,
ruge o canta, difícilmente llegará al corazón de los oyentes. Un "gran
orador" en el Perú quiere decir alguien frondoso, florido, teatral y
musical. En resumen: un encantador de serpientes. Las ciencias exactas y
naturales tienen sólo nerviosos contactos con la huachafería. La religión, en
cambio, se codea con ella todo el tiempo, y hay ciencias con una irresistible
predisposición huachafa, como las llamadas -huachafísicamente- ciencias
"sociales". ¿Se puede ser "científico social" o
"politólogo" sin incurrir en alguna forma de huachafería? Tal vez,
pero si así sucede, tenemos la sensación de un escamoteo, como cuando un torero
no hace desplantes al toro.
Acaso donde mejor se puede apreciar las infinitas variantes de la
huachafería es en la literatura, porque, naturalmente, ella está sobre todo
presente en el hablar y en el escribir. Hay poetas que son huachafos a ratos,
como Vallejo, y otros que los son siempre, como José Santos Chocano, y poetas
que no son huachafos cuando escriben poesía y sí cuando escriben prosa, como
Martín Adán. Es insólito el caso de prosistas como Julio Ramón Ribeyro, que no
es huachafo jamás, lo que tratándose de un escritor peruano resulta una
extravagancia. Más frecuente es el caso de aquellos, como Bryce y como yo
mismo, en los que, pese a nuestros prejuicios y cobardías contra ella, la
huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escribimos, como un
incurable vicio secreto. Ejemplo notable es el de Manuel Scorza, en el que
hasta las comas y los acentos parecen huachafos.
He aquí algunos ejemplos de huachafería de alta alcurnia: retar a
duelo, la afición taurina, tener casa en Miami, el uso de la partícula
"de" o la conjunción "y" en el apellido, los anglicismos y
creerse blancos. De clase media: ver telenovelas y reproducirlas en la vida
real; llevar tallarines en ollas familiares a las playas los días domingos y
comérselos entre ola y ola; decir "pienso de que" y meter diminutivos
hasta en la sopa ("¿Te tomas un champancito, hermanito?") y tratar de
"cholo" (en sentido peyorativo o no) al prójimo. Y proletarias: usar
brillantina, mascar chicle, fumar marihuana, bailar rock and roll y ser
racista.
Los surrealistas decían que en el acto surrealista prototípico era salir
a la calle y pegarle un tiro al primer transeúnte. El acto huachafo emblemático
es el del boxeador que, por las pantallas de televisión, saluda a su mamacita
que lo está viendo y rezando por su triunfo, o del suicida frustrado que, al
abrir los ojos, pide confesión. Hay una huachafería tierna (la muchacha que se
compra el calzoncito rojo, con blondas, para turbar al novio) y aproximaciones
que, por inesperadas, la evocan: los curas marxistas, por ejemplo. La
huachafería ofrece una perspectiva desde la cual observar (y organizar) el
mundo y la cultura. Argentina y la India (si juzgamos por sus películas)
parecen más cerca de ella que Finlandia. Los griegos eran huachafos y los
espartanos no; entre las religiones, el catolicismo se lleva la medalla de oro.
El más huachafo de los de los grandes pintores es Rubens; el siglo más huachafo
es el XVIII y, entre los monumentos, nada hay tan huachafo como el Sacre Coeur
y el Valle de los Caídos. Hay épocas históricas que parecen construidas por y
para ella: el Imperio Bizantino, Luis de Baviera, la Restauración. Hay palabras
huachafas: telúrico, prístina, societal, concientizar, mi cielo (dicho a un hombre
o a una mujer), devenir en, aperturar, arrebol. Lo que más se parece en el
mundo de la huachafería no es la cursilería sino lo que en Venezuela llaman la
pava. (Ejemplos de pava que le oí una vez a Salvador Garmendia: una mujer
desnuda jugando billar, una cortina de lágrimas; flores de cera y peceras en
los salones). Pero la pava tiene una connotación de mal agüero, anuncia
desgracias, algo de lo que -afortunadamente- la huachafería está exenta.
¿Debo terminar este artículo con una frase huachafa? He escrito estas
modestas líneas sin arrogancia intelectual, sólo con calor humano y sinceridad,
pensando en esa maravillosa hechura de Dios, mi congénere: ¡el hombre!
[Publicado en El
Comercio, Lima, 28 de agosto de 1983]
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