Biografía de María Elena Walsh
Luis Fernando Iglesias
Cuando a María Elena Walsh le preguntaban por su profesión, ella
contestaba: "juglaresa". Pudo haber elegido otras: poeta, cantante,
compositora, dramaturga, escritora y hasta ocasional artista de teatro
de revistas. Pero esa figura -solitaria, contestataria y algo
melancólica- que va de pueblo en pueblo entonando su cantar, era con la
que se sentía más identificada. Nacida en Ramos Mejía, partido de la
Matanza, en las afueras de Buenos Aires, el 1º de febrero de 1930,
criada en el seno de una familia con cinco hermanos -cuatro varones del
primer matrimonio de su padre más una hermana-, María Elena sería
marcada por la ascendencia británica de su familia.
Su padre, un importante empleado de los ferrocarriles, sentía un
profundo amor por la cultura inglesa y también era pianista autodidacta.
Los aires españoles de sus futuras composiciones le vienen de su madre,
Lucía Elena Monsalvo, descendiente de andaluces. María Elena creció en
esa familia de clase media con inquietudes culturales y con un padre que
se empeñaba en mantener las raíces inglesas vivas. "Yo me crié en
cierto modo, con el cuento en verso… -le dijo al escritor Mempo
Giardinelli-. La juzgo como narrativa porque posiblemente fue lo primero
que absorbí en las nursery rhymes (versos para niños) que cantábamos en
la escuela". En su infancia, esas pequeñas historias musicales ocupaban
el lugar de los cuentos e irían delineando un camino que, años más
tarde, cristalizaría en su obra musical.
Letra y música. Cuando llegó a la adolescencia, su gusto por los poetas
en boga por aquellos años (Neruda, Machado, García Lorca, Vallejo y en
especial Juan Ramón Jiménez) hizo que, como confesara años más tarde en
otra entrevista, intentara "copiar lo que leía". En 1945, con apenas
quince años, publica su primer poema en El Hogar, revista que también
contó en sus páginas con autores como Jorge Luis Borges o Silvina
Ocampo. En 1947 sale su primer libro de poemas en una edición de autor:
Otoño imperdonable. Los medios culturales argentinos saludaron la
llegada de la joven poeta que fue elogiada, entre otros, por el propio
Jiménez. La autora pensaba que "la literatura sale de la vida y no del
encierro". Esa premisa sería una constante en su vida y la llevaría a
los suburbios de Washington D.C., usufructuando una beca e invitada por
el poeta y su esposa, dueños de una confortable vivienda. La joven
repetía, con algo de ironía, que convivir con Juan Ramón Jiménez era una
especie de "atajo hacia el premio Nobel". Su admiración era grande pero
la dificultosa convivencia con el poeta español, quien no pasaba por un
buen momento anímico, le dejó un sabor agridulce. A su regreso
comprendió que su estadía norteamericana había sido tan solo un primer
paso. Su pasión por conocer el mundo se había encendido.
La publicación de Otoño imperdonable le hizo recibir muchas cartas de
personas que querían conocer más a esa joven poeta. En algunos casos las
cartas fueron contestadas y generaron contactos epistolares entre la
autora y sus lectores como fue el caso de la cantante Leda Valladares.
La relación entre las dos mujeres fue creciendo hasta que finalmente
decidieron encontrarse en otro viaje. Pronto nació una comunión muy
grande y formaron un dúo folclórico instalándose en París. Esa relación
-que empezó por carta, siguió como dúo artístico y terminó en unión
sentimental- fue el primer eslabón en la carrera musical de Walsh quien
pasó a ser la primera voz del dúo. Tuvieron un éxito moderado, editaron
varios discos y se presentaron en la televisión francesa siempre
vestidas como indias del norte argentino, haciendo conocer viejas
tonadas de esa zona del mundo.
Walsh no era experta en la ejecución de ningún instrumento. Salvo la
rudimentaria percusión que interpretaba con el dúo o algunos primarios
acordes en la guitarra, su principal arma era un fantástico oído
musical. Los primeros conflictos con su compañera los ocasionó su deseo
de componer canciones para ser interpretadas por ellas, contra la
voluntad de Valladares, que prefería continuar con temas tradicionales y
muchas veces anónimos, del folclore argentino. En los últimos discos
que grabaron se nota quien ganó la pulseada. Las canciones de Walsh
pasaron a ser parte fundamental del repertorio.
Mundo del revés. Fallecida el 10 de enero de 2010, luego de una larga
enfermedad, su reconocida obra musical para niños puede condensarse en
una década de creatividad. Comenzó con un espectáculo teatral, Los
sueños del Rey Bomo, estrenado en 1959, y si bien la primera versión del
disco Canciones para mirar (1960), del dúo Valladares- Walsh, pasó
desapercibida, ya disuelta la unión, tanto profesional como sentimental
de ambas mujeres, la carrera solista de Walsh tuvo un espectacular
ascenso. Apoyada en otros dos espectáculos teatrales (Doña Disparate y
Bambuco y Canciones para mirar), salieron al mercado los discos
Canciones para mí (1963), Canciones para mirar (1963) y El país de
Nomeacuerdo (1967) junto a dos álbumes para mayores Juguemos en el mundo
(1968) y Juguemos en el mundo II (1969). Éxitos para adultos, como "Los
Ejecutivos" o "Serenata para la tierra de uno", se apoyaron en el
formidable suceso de las canciones "Manuelita la Tortuga" o "La canción
de la vacuna", entre muchas. Walsh se transformó en un verdadero boom.
Su presencia en programas televisivos, giras, enormes ventas de sus
discos y hasta alguna aparición en teatro de revistas, la pusieron en la
cima de su popularidad. Podría esperarse que, como casi todo boom, el
éxito fuera efímero. Sin embargo su obra se negó a cumplir ese destino.
Cuando presentó su segunda novela, Fantasmas en el parque, (2008)
declaró: "Nunca pensé que hiciera falta agregar moraleja al final de una
canción ni decirle a los nenes que se porten bien. Nunca me interesó
ponerme en el papel de madre". Las letras de sus canciones se apoyan en
cuentos tradicionales infantiles -con influencias notorias de Lewis
Carroll en "Canción de tomar el té"- y un sabio uso de rimas no forzadas
para contar situaciones surrealistas vividas por entrañables
personajes, las que con las sucesivas escuchas comienzan a tornarse
creíbles. Así se acepta como lógico que una gaviota bizca confunda en la
playa a un perro con un camarón y se lo lleve a su pichón para el
desayuno mientras el can piensa que viaja en helicóptero.
Victoria Ocampo comentó en 1962 que sus canciones tenían un efecto
hipnótico en los niños que "escuchan fascinados lo que no pueden
entender del todo". Es una buena definición. Las canciones de María
Elena Walsh se disfrutan aunque no comprendamos, al principio, bien el
por qué. Poco a poco nos damos cuenta de que ya no podemos separarnos
de esas tonadas, que se han transformado en nuestra infancia,
acompañándonos por el resto de la vida. "Manuelita la Tortuga", "La Mona
Jacinta" o "Canción de Títeres" están a punto de cumplir cincuenta años
y son un legado que se pasa, en forma natural, de generación en
generación. Los nietos de los primeros niños que las descubrieron se las
harán escuchar a sus hijos quienes, con seguridad, disfrutarán las
aventuras del Mono Liso aunque no tengan la más remota idea de qué cosa
es un twist.
Como la cigarra. Biografía de María Elena Walsh, de Sergio Pujol. Emecé.
Ediciones, 2011. Buenos Aires, 269 págs. Distribuye Planeta.
[Fuente: www.elpais.com.uy]
[Fuente: www.elpais.com.uy]

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