Esto es lo que leí en el 1.er
encuentro de escritores e ilustradores de literatura infantil que se realizó
durante la 12° Feria del libro infantil y juvenil en Montevideo, Uruguay.
Por Paula
Bombara
De princesas,
interioridades y otras reflexiones globalizadas
Leo hoy,
hablo, desde mi yo lectora. Hablo siendo una lectora que escribe y edita.
Desde ese
lugar.
Voy a
comenzar compartiendo la letra de las estrofas finales de una canción:
Armenios
naturalizados en Chile buscan a sus familiares en Etiopía.
Casas prefabricadas canadienses hechas con madera colombiana.
Multinacionales japonesas instalan empresas en Hong-Kong y producen con materia prima brasilera para competir en el mercado americano.
Literatura griega adaptada para niños chinos de la Comunidad Europea.
Relojes suizos falsificados en Paraguay vendidos por camellos en el barrio mejicano de Los Ángeles.
Casas prefabricadas canadienses hechas con madera colombiana.
Multinacionales japonesas instalan empresas en Hong-Kong y producen con materia prima brasilera para competir en el mercado americano.
Literatura griega adaptada para niños chinos de la Comunidad Europea.
Relojes suizos falsificados en Paraguay vendidos por camellos en el barrio mejicano de Los Ángeles.
Turista
francesa fotografiada semidesnuda con su novio árabe en el barrio de Chueca.
Pilas
americanas alimentan electrodomésticos ingleses en Nueva Guinea.
Gasolina árabe alimenta automóviles americanos en África del Sur.
Pizza italiana alimenta italianos en Italia.
Gasolina árabe alimenta automóviles americanos en África del Sur.
Pizza italiana alimenta italianos en Italia.
Niños
iraquíes huidos de la guerra no obtienen visa en el consulado americano de
Egipto para entrar en Disneylandia.
Quizás ya
sepan que la canción se llama Disneylandia y es de Jorge Drexler.
La tomo no
solo porque da cuenta del intenso tráfico cultural y social que existe en este
momento sino porque termina donde deseo comenzar.
Un sector de
los libros que hoy se producen no nos piensan lectores sino consumidores. Y los
consumidores no tenemos edad, tenemos intereses finamente estudiados. Yo
pertenezco al grupo de interés catalogado como “mujer de entre 30 y 45 años,
casada, madre de niños en escolaridad primaria, estudios universitarios
completos que trabaja en forma independiente”. Pero hoy me enfocaré en otro
grupo de consumidores, más amplio y muchísimo más potente: los niños, las niñas
y los jóvenes. Esos seres que los empresarios y publicistas saben tan
permeables a los estímulos, tan maleables a los juicios de valor de su grupo de
pertenencia, tan fáciles de manipular.
El mundo
adulto los hace boyar en el ya intranquilo mar que navegan, entre el “ser
consumidor”, el “ser ciudadano” y “el ser”, a secas. Nosotros, intermediarios
culturales, hombres y mujeres que ya atravesamos ese mar y andamos boyando,
también intranquilos, por otros lugares; ¿qué podemos hacer para sosegar las
aguas de nuestros niños y dar cauce a rumbos más serenos?
Dejo
planteada la cuestión y sigo adelante.
Todos,
grandes y chicos, estamos inmersos en un sistema cultural globalizado. La
aceptación hoy viene de la mano del consumo de ciertas mercancías culturales y
de las otras. En tanto y en cuanto los niños o sus padres, consuman tal o cual
producto, serán parte de aquello que los cautiva. Es difícil cambiar las reglas
que impone el juego. Incluso tomarse un tiempo para pensar en esto es difícil.
Los niños y
los jóvenes observan y absorben, dando luego predominancia al modelo que mejor
los acoja, el que les permita ser aceptado no solo por el mundo adulto sino,
sobre todo, por sus pares. No siempre eligen como esperamos y hay quienes se
molestan por eso. Pero ¿por qué pensar que esa elección intuitiva que hacen no
les permitirá adaptarse mejor a la sociedad en la que vivirán su adultez? Digo,
pensando en lo mucho que nos cuesta apartarnos de los canales de consumo,
quizás de ellos surja el modo más apto para vivir mejor dentro del mundo
globalizado.
Adaptación.
Esa viene siendo una palabra clave en todas las etapas de la historia de la
vida.
Y aquí vuelvo
a Disneylandia. Quiero contarles algo que me pasó como madre resignada de una
niña que adora a las princesas Disney, en donde encuentro un ejemplo de dos
aspectos opuestos de la cultura globalizadora:
Hace unos
años el grupo Disney adaptó otro cuento clásico de los Hermanos Grimm:
Rapunzel. Hicieron una película que titularon Enredados. La versión
Disney de la historia me pareció muy interesante pues la princesa, privada de
su identidad desde el nacimiento, es capaz de recobrarla haciendo memoria,
buceando en el recuerdo de un móvil colgado de su cuna que giraba ante sus ojos
(un recuerdo sin lenguaje). Que una joven atesore en su memoria el relato de su
origen y logre que vuelva al presente gracias al arte y se enfrente a su
captora y retorne a su casa, a su identidad, me parece una herramienta muy
valiosa para nuestros pueblos, tanto el argentino como el uruguayo, también el
chileno, el brasilero y otros de Latinoamérica, países donde aún estamos
buscando personas que viven con identidades impuestas por sus apropiadores. Una
herramienta con el sello Disney, además, que nos garantiza aceptación inmediata
por parte de niñas y niños, potenciales hijos de las personas que buscamos.
Poco tiempo
después me enteré por los medios que la Rapunzel de Enredados había sido
coronada en Londres como la décima princesa de Disney World.
Antes de
seguir, debo contarles el final de la película: para salvar a Rapunzel, su
compañero -que no es un príncipe azul- corta su mágica y larguísima cabellera
con un pedazo de espejo. El pelo se vuelve castaño y la princesa puede
liberarse para siempre de su apropiadora.
Claro que, en
la coronación de Rapunzel en el Palacio de Kesington, la actriz que la
representaba lucía aún su larga trenza rubia... Cenicienta estaba con su traje
de princesa, Aurora, Tiana y Bella también, Blancanieves, Jazmín, Mulán,
Pocahontas, Ariel... Ya todas en su estatus monárquico reconquistado, con el
aspecto que tienen en los párrafos finales de sus historias. Menos la recién
llegada. ¿Por qué? Si cuando Rapunzel vuelve a casa, recobra su identidad,
tiene el pelo corto y castaño.
Pero en la
factoría Disney, en los productos del merchandasing, en la imagen de tapa de
los libros, la Rapunzel que se reafirma es la que aún no se encuentra a sí
misma, es la que vive con una libertad restringida, es la que aún sufre sus
pérdidas. Es la desmemoriada, la enredada.
Lo que
entiendo como enriquecedor de la cultura globalizadora es que nos acerca
herramientas que podríamos usar para nuestros objetivos precisos, productos
manufacturados en otros países, ocupados en problemáticas diferentes, que nos
aportan elementos que podríamos poner en discusión, aprovechar para conversar
sobre nuestra realidad.
Lo que
entiendo como empobrecedor es que nos acerca herramientas digeridas por
estómagos nada inocentes, que desdibujan los rasgos sociales que nos dan
identidad como pueblo y, como los canales de difusión suelen ser masivos, quien
no consume esos productos queda afuera. Hay un desprecio latente por aquel niño
o joven que elige no dejarse cubrir por el manto globalizador.
La
penetración de las culturas occidentales del primer mundo, eso que muchos
analistas económicos llaman McWorld, es un hecho. Como educadores no podremos
evitar que siga sucediendo. Lo que sí podemos, y aquí vuelvo a esto de formar
ciudadanos lectores, es plantar preguntas, esperando que de esa siembra
colectemos muchas más preguntas. Es difícil lidiar con una niña, con un niño,
con un joven, que nos pregunte de todo. Es difícil ser coherentes, mantener
nuestra condición de adultos, de padres, de docentes, al tiempo que dejamos ver
nuestras dudas como seres sociales. Es difícil decir “no sé”. Más cuando
pareciera tan fácil acceder al conocimiento. Pero a mí me parece que el mostrar
que no sabemos, que seguimos aprendiendo, el hacernos cargo de nuestras
contradicciones (esas que surgen de confrontar el ser ciudadano con el ser
consumidor) invita al niño, a la niña, al joven a pensar. Dudar en voz alta
invita a la participación.
Leer
literatura, como yo la entiendo, nos saca de la pasividad. En los libros de
literatura para niños que recibimos de otros países de habla castellana, las
palabras locales, que nos suenan extrañas, dan pie a reconocer que han sido
escritos por personas que no viven en el mismo lugar que nosotros. Y eso está
muy bien. Que se noten los sitios donde se han originado las obras es
preferible a ese castellano neutralizado que sí, acorta distancias, pero de
algún modo pre digiere la información y evita las preguntas.
La cultura
globalizadora, como decía, aplana las particularidades regionales, como una manta
opaca y gruesa en la que podemos adivinar que hay formas por debajo pero
ninguna se atreve a romper el tejido, porque de lo que se trata es de ser parte
integrante de él.
Hay quienes
dicen que el “pensar, luego existir” de Descartes en estas épocas de
globalización ha sido reemplazado por el “comunicar, luego existir”.
Para mí el
arte nace de una inquietud personal, de una búsqueda precisa y particular, tan
local que no tiene punto fijo de referencia pues se mueve con el artista y lo
que el artista ha tomado del mundo y de su cultura. En el arte existe un pensar
que es intrínseco al proceso y que, por eso mismo, escapa de lo que entendemos
como globalización. Hay una reflexión por parte del autor de tal o cual obra.
Hay sustancia que nos permite situar esa obra dentro de un contexto social y
político. Aun cuando se trate de un juego de metáforas o de un mundo de
fantasía. La literatura en cuanto obra de arte puede fluir y ser tomada por
cualquier humano sensible dentro de las culturas globalizadoras. No importan
los lugares geográficos ni las franjas etáreas. Cada cual tomará del texto
literario eso que le resuene dentro, se aferrará a eso que lo conmovió. Claro
que, quizás, las particularidades que le dan identidad resulten difíciles de
digerir a lectores “consumidores”, pasivos.
De lo que se
trata es de educar seres capaces de reconocerse parte de un mundo
interconectado pero también de interpelar las diferencias entre sí mismos y eso
que el mundo les ofrece como molde. Este fenómeno del que somos partícipes es
una gran oportunidad. La literatura nos da la posibilidad de romper con esos
moldes que la cultura globalizadora presenta como “los mejores”. Leer
literatura posibilita la conexión del lector consigo mismo, la búsqueda de sí.
Ese encantador tiempo dilatado que nos regala la lectura entre las líneas
escritas, esos breves pero continuos espacios en blanco que separan las
palabras y continúan más allá de los puntos, que unen un verso con otro, un
capítulo con otro, que pueden llevarnos a leer hasta el colofón y la contratapa
y volver a girar el libro para abrirlo nuevamente en su portadilla. En esos
momentos a solas está, para mí, la clave.
Y si logramos
que nuestros lectores aprendan a resistir (hoy las avalanchas globalizadoras;
mañana quién sabe qué), estamos en camino de formar ciudadanos críticos,
capaces de poner en cuestión aquello que se les intente imponer, capaces de
adaptarse tomando lo mejor de este espeso tejido global que ya nos ha cubierto,
del que ya somos parte.
Respecto a mi
ser escritora, cuando de ficción se trata, no me preocupa el manto de la
globalización pues, como dije antes, la literatura como yo la entiendo proviene
de inquietudes muy íntimas que sí, se servirán de elementos que esta cultura me
brinda pero apelarán siempre a otra cosa, una cosa sin forma, no visible,
latente, que se deja intuir, a la que me puedo acercar solo si encuentro las
palabras justas. Mi compromiso es caminar buscando el cómo contar, el término
que me da nuevo empuje, esa tuerquita faltante en el engranaje poético que de
pronto veo extraviada entre las grietas de algún recodo. No hay globalización
en esta mínima búsqueda. Solo estamos el lenguaje y yo.
[Fuente:
paulabombara.blogspot.com]
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