Escrito por Marcelo Pitrola
“La libertad aún
no ha llegado, pero el nuevo tiempo está bajo el signo de su idea, y esta idea
ya no se deja olvidar. La tarea del escritor es situarnos en su horizonte, sin
mentir sobre la distancia que nos separa de ella ni ceder ante las exigencias
que nos plantea. Es inscribir el desgarro de la libertad lejana en el tiempo de
la servidumbre”, afirma Jacques Rancière y propone así una matriz de lectura:
buena parte de los cuentos de Chéjov están atravesados por distintos tipos de
“servidumbres” a las que se someten sus personajes. En las narraciones de
Chéjov, y se podría extender este planteo a su teatro, el ensayista
franco-argelino encuentra que la servidumbre no es la sumisión del pueblo al
poder, sino el sometimiento subjetivo a la repetición de lo mismo, la
“imposibilidad de imaginar que las cosas puedan ser de otro modo”. Por
supuesto, en esta obediencia extendida a diferentes tipos de vínculos y
situaciones resuena la servidumbre social que en Rusia recién fue abolida en
1861. En este momento del mundo, en el que el término “libertad” es maltratado
hasta el desquicio semántico, Rancière calibra múltiples sentidos que toma su
aparición como potencia en el horizonte de la obra chejoviana.
La libertad en
lontananza. Ensayo sobre Chéjov es un texto de cien páginas, escandido en nueve capítulos. Cada
apartado lleva un hermoso título (“El zumbido de la servidumbre”, “El canto del
telégrafo”, “Los ojos del soldado”, “¿Un nuevo amanecer?”, algunos ejemplos),
se enlaza con el siguiente y aborda nuevos cuentos. El primero es “El sueño del
vagabundo” y comenta principalmente el cuento “Ensueños”, en el que dos
policías llevan a un vagabundo enfermo a la ciudad. El reo no recuerda su
nombre y no parece un mendigo; de esta manera una simple acción de rutina
policial de la época se torna misteriosa. Uno de los policías interroga al
vagabundo y va sacando a luz parte de su historia; es hijo de una sirvienta y
un señor que luego se une a otra mujer. Así, para Rancière, se torna un
personaje prototípico de la ficción moderna: el bastardo, en parte noble y en
parte plebeyo, que deambula en una tierra en la que, si bien ya no había
servidumbre, no había una real libertad. La Siberia de los deportados se va
convirtiendo en una evocación ensoñada y lírica del vagabundo, su tierra libre
de estepas ilimitadas, ficción dentro de la ficción.
En otros
capítulos, Rancière confronta las visiones del progreso que tienen los
personajes de distintos relatos (“Luces” o el célebre “El pabellón número
6”) y señala algo que en su época hacía que lo tildaran de “indiferente”:
Chéjov no tiene portavoces en sus narraciones (¿cómo no relacionar esto con su
maestría como dramaturgo?), encarna las ideas en las prácticas de sus
personajes, en un movimiento corporal, en un tono de voz, en el “tenor de un
instante”. En “La casa del entresuelo” se da un debate ríspido entre Lida y el
pintor, narrador del cuento. Ella es una maestra que enseña a los mujiks, piensa
que el progreso llega con hospitales y escuelas; en cambio, para el pintor
estas instituciones traen más servidumbre, lo que hay que dar es medios al
pueblo para que se libere del trabajo embrutecedor y pueda dedicarse a cultivar
el espíritu. Sin embargo, el corazón enigmático del cuento es otro: la sumisión
de la hermana menor ante la oposición de Lida a su amor incipiente con el
pintor. Rancière incorpora en este punto la voz de un personaje de otro cuento,
“Mi vida”, que señala algo notable y abrumador: “entre las cosas que
‘progresan’ también hay que contar las formas de sometimiento”. La polisemia
del término “progreso” trae nuevos matices que alteran las palabras vecinas
“libertad” y “sumisión”.
La escritura de
Rancière articula argumentación y narración con admirable ductilidad. Pone en
relación cuentos y obras teatrales, incorpora en sus argumentos algún dato
biográfico, recurre a detalles del contexto histórico, compara con la escritura
de Gogól o con la de Flaubert. En las recurrencias y en las variaciones, el
ensayista va delineando una manera de mirar el mundo, una poética. Sus ensayos
sobre literatura, teatro y cine (Política de la literatura, La
palabra muda, Aisthesis, La fábula cinematográfica, El espectador
emancipado, La noche de los proletarios y un largo etcétera) colocan
hace muchos años a Rancière como un referente fundamental del pensamiento
contemporáneo. En este ensayo, una vez más, se despliega un lector fabuloso,
exquisito, que no necesita traer a colación sus afamados conceptos teóricos,
sino que los pone en acto, los convierte en un pensamiento que se elabora a
partir de la escritura chejoviana.
La versión en
español de Francisco López Martín es excelente. Acaso se pueda discutir la
decisión de traducción del título (Au loin la liberté es el
original) que podría haber evitado la poco usada expresión “en lontananza”
y optado por la más amable “a lo lejos”. Más allá de esto, se trata de un texto
precioso, una obra maestra de la crítica literaria del siglo XXI, que uno
quiere releer apenas terminada y que impulsa a volver a las inmortales e
infinitas ficciones del gran escritor ruso.
Jacques
Rancière, La
libertad en lontananza. Ensayo
sobre Chéjov, traducción de Francisco López Martín, Akal, 2025, 112
páginas
[Fuente: www.revistaotraparte.com]

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