“Olmo”, la cuarta película de Fernando Eimbcke, es una encantadora odisea juvenil llena de pequeñas frustraciones casi buñuelianas.
Escrito por Ernesto Diezmartínez
Interiores apeñuscados. Exteriores desolados. Pueblo cruzado por vías de
ferrocarril. Cielos partidos por cables eléctricos. Ropa colgada en tendederos.
Un asador dejado indolentemente en el patio. Objetos que aparecen en el
encuadre para dar paso a otros objetos. Planos pausa que no detienen la acción
sino que nos permiten pensar –y reír y llorar– sobre lo que acabamos de ver.
Silencios que son interrumpidos por las irresolubles tensiones familiares. Y
una ruidosa flatulencia que sucede en un momento clave y que resulta en un
alivio no solo fisiológico sino dramático. Y, por supuesto, cómico.
No, no estoy describiendo alguna película de la retrospectiva dedicada a Yasujiro Ozu que ha programado en estos días la Cineteca Nacional, por más que en el párrafo anterior bien podría estar señalando la obra mayor Buenos días (Ozu, 1959). Me refiero a Olmo (México – E.U., 2025), cuarto largometraje de Fernando Eimbcke, una insólita coproducción entre la compañía estadounidense Plan B de Brad Pitt y la mexicana Teorema de Michel Franco y Lorenzo Vigas, cinta que va a estrenarse este fin de semana en varias decenas de salas comerciales en Estados Unidos.
Por qué este notable filme, presentado en la
sección Panorama de la Berlinale 2025 y ganador del premio del jurado en
Deuville 2025, se ha exhibido allá antes de aquí, puede explicarse por el hecho
de que Moscas (2026), el multipremiado siguiente largometraje de
Eimbcke, sigue en cartelera en México. En todo caso, cuando se estrene
aquí Olmo –y tengo entendido que esto es inminente–, el
director de Temporada de patos (2004) competirá consigo mismo
para definir a la mejor película mexicana del año.
El Olmo del título (Aivan Uttapa) es un chamaco
de 14 años al que vemos al inicio del filme teniendo sueños húmedos
protagonizados por su más desarrollada vecinita adolescente Nina (Melanie
Frometa), mientras escuchamos los sabrosos acordes rockeros de la pionera banda
duranguense Los Dug Dug’s –en concreto, “I don’t care (Yo no sé)”, de 1973–,
acción manual que será frustrada por unos gritos destemplados que lo llaman
desde otra habitación. Estamos en algún barrio pobre en Las Cruces, Nuevo
México, a fines de los años 70. Olmo es el hijo menor de la familia López,
formada por la exhausta madre que trabaja como mesera Cecilia (Andrea Suárez
Paz), la solitaria hija mayor Ana (Rosa Armendáriz) y el postrado papá con
esclerosis múltiple Néstor (Gustavo Sánchez Parra, delgadísimo) que, cuando no
está viendo en la tele alguna función de box, está llamando a sus dos hijos
para que lo muevan, lo cambien, lo ayuden a orinar, le den de comer, mientras
se queja, con razón o sin ella, de todo y de todos.
El guion escrito por el propio director en
colaboración con Vanesa Garnica nos presenta una encantadora odisea juvenil
llena de pequeñas frustraciones casi buñuelianas. Olmo quiere cosas muy
sencillas –que su papá lo deje en paz un ratito, pasar tiempo con su mejor
amigo Miguel (Diego Olmedo), componer un viejo estéreo que no funciona, ir a
una fiesta para presumir sus pasos de baile recién aprendidos de Fiebre
de sábado por la noche y, por supuesto, estar a solas con la bella
esquiva Nina–, pero la adolescencia –tengo entendido– es una época difícil
porque nada resulta como uno quiere, y cuando llega a resultar, sucede que nos
damos cuenta de que eso que deseábamos no era tan importante.
Eimbcke ha depurado la influencia de Ozu en su
cine, una presencia más que evidente desde su ya mencionada ópera prima Temporada
de patos. La mirada del cineasta mexicano no representa, ni por asomo, el
simple homenaje beato al insuperable maestro japonés sino su genuina
apropiación, tanto estilística como temática y humanística. Lo que emociona ver
en cada nuevo filme de Eimbcke –una pena que no sea más prolífico– es que esos
conmovedores retazos de vida cotidiana que suele compartirnos nunca están vehiculados a través de la solemnidad dramática, de la explotación tramposa del
dolor, ni de la cruel gracejada a costa de sus personajes.
En este sentido, el humanismo de Eimbcke, como
el de Ozu, no podría ser más generoso y, al mismo tiempo, más honesto. Nadie de
la familia López muestra su mejor cara por la enfermedad del otrora orgulloso
ingeniero en electrónica que fue Néstor; más bien, muestran su mejor cara a
pesar de esa enfermedad que los agobia económicamente –Cecilia tiene que
trabajar doble para poder pagar la renta–, socialmente –Ana y Olmo se alternan
en su aislamiento para cuidar al bulto en el que se ha convertido su papá– y
hasta emocionalmente, porque Néstor, como buen enfermo, no desperdicia la
oportunidad de entretenerse practicando alguna pequeña crueldad, como señalarle
a su hija mayor que huele “a cenicero” por fumar todo el día o reprocharle al
hijo menor que nunca quiere aprender nada de lo que él le quiere enseñar.
La enfermedad de Néstor no es una bendición sino una carga, pero esto no significa que todos ellos no deban ni puedan ni quieran sobrellevarla. De hecho, al final de cuentas es el peso de esa carga lo que hará más memorable para Olmo esa accidentada tarde-noche en la que están comprimidos todos los acontecimientos del filme. Me refiero a ese atisbar a la descarada vecina en pantalones cortos para establecerse a sí mismo una meta heroica imposible de lograr. Me refiero a ese compartir la alegría de su amigo Miguel que calza con orgullo sus placosas botas “Tony Lama Punta Chihuahua”. Me refiero a ese reparar, bajo las exasperadas y exasperantes órdenes de Néstor, un viejo estéreo. Me refiero a ese presumir la bien ensayada coreografía disco-travoltiana al ritmo de “A fifth of Beethoven” como efímero rito de iniciación que terminará frustrado. Al final de esta cadena de triunfos y fracasos, Olmo descubrirá, como su nombre lo indica (“la madera del olmo es la más resistente al agua”), que es insumergible. No es que Olmo termine intacto –en esas horas sufrió humillaciones pero también disfrutó de logros, descubrió secretos vergonzosos de sus padres pero empezó también a entenderlos–, pero nadie abandona la niñez sin llevar consigo algún tipo de cicatriz. No importa: Olmo está listo para seguir creciendo para, como dijera el poema de Machado, extender su rama verdecida.
[Fuente: www.letraslibres.com]

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