Escrito por Andrés
Valenzuela
Hay tipos que son
hipnóticos arriba de un escenario. Otros, abajo. Los más raros, te cautivan en
un disco porque abren su cuore. Daniel Melingo era excepcional: lo
conseguía en cualquier situación. Su cuerpo delgado y fibroso -que no escondía
los años- tenía aura, como se dice ahora. A esta altura del
partido, ya llevaba más años dedicados al tango de los que había entregado al
rock, por el que se hizo conocido. ¿Era tanguero o rockero? Según él mismo,
tanguero era desde la panza de la madre y fue luego que se volcó al rock, para
volver a síncopas, cortes y quebradas más tarde, ya “hecho”, cual hijo pródigo.
¿Tanguero o
rockero? Los primeros querríamos anotarnos ese poroto, pero lo cierto es que
Melingo era una alquimia infrecuente. Sintetizaba tango y rock y recordaba a propios y ajenos
cuánto tenemos en común unos y otros. Cuánto de rock tiene el tango de hoy.
Cuanto de tango tiene el rock nacional de siempre.
Cuando
lanzó Tangos bajos en 1998 la renovación que hoy llamamos
“tango siglo XXI” recién empezaba: El Arranque llevaba dos
años probando, el primer disco de La Chicana todavía estaba
nuevito y a la Fernández Fierro le faltaban todavía tres años
para aparecer. En ese panorama apareció su voz, profunda, cavernosa, de tipo
que vio (y vivió) mucho. Y se puso a cantar esos tangos reos, rabiosos,
oscuros. Volvió a
hipnotizar. Arrastró a una generación de músicos que intuían en el tango algo
que les pertenecía, que podía hablarles, pero que no sabían bien cómo entrarle.
Él les abrió una puerta posible y la atravesó primero.
Tangos bajos era tremendamente potente. Tenía un
montón de personajes, como José el cuchiyero, Leonel el feo, la Angurrienta o
el Narigón, pero también tangazos cantados en primera persona, que bien podían creerse
fundacionales de la Guardia Vieja, como el “Ayer” que abría el disco (con los
coros de Fabiana Cantilo). Y todo eso a fuerza de guitarra, un
fueye, la voz y su talento como letrista.
¿Cómo vas a empezar tu deriva tanguera con semejante disco, animal? ¿Qué le dejás al resto? ¿Y a vos mismo?
Lo demencial es
que no se quedó ahí. Podría,
como muchos rockeros lo hicieron luego, haber dicho “ya ‘ta, ya me di
el gusto”. Él se quedó. Se armó su cotorro y siguió con el tango, aún
si en ese momento todavía era piantavotos. Podríamos ponerlo en la categoría
“tangos reos”, sí, pero abría su boca y se convertía en algo que solo podía ser
él. Sacaba un disco nuevo y su sonido se expandía. No era solo que sumaba
instrumentos hasta armar su propia orquesta típica –como había hecho en los
últimos años–, expandía realmente lo que sonaba: texturas, capas, ideas. Era
escucharlo evolucionar de un disco a otro. ¿Hasta dónde podía
llegar? Hay que estudiarlo en retrospectiva para ver cuánto enseñó a quienes lo
siguieron en ese camino de Linyera, Corazón y Hueso y
tanto más, para abrazar, con devoción, su cautivante cuore poligriyo.
[Fuente: www.pagina12.com.ar]

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