“Padre
madre hermana hermano”, la película de Jim Jarmusch, ganadora del León de Oro
en Venecia, es una reflexiva comedia sobre las relaciones familiares y sus
misterios, secretos y extravagancias.
Escrito por Ernesto Diezmartínez
Cuando fue anunciado el ganador del León de Oro en
Venecia 2025, Padre madre hermana hermano (Father
mother sister brother, E.U. – Reino Unido – Italia – Francia –
Alemania – Irlanda, 2025), decimosexto largometraje del gran maestro del cine
existencialista/minimalista Jim Jarmusch (de su lejana ópera prima Permanent
vacation, de 1980, a la poética obra mayor Patterson,
de 2016, pasando por obras maestras ochenteras como Más extraño que el paraíso,
de 1984 y Bajo la ley, de 1986, sin olvidar sus videos
musicales para Taking Heads, Neil Young y Tom Waits), todo mundo, incluyendo el
propio cineasta estadounidense, se llamó a sorpresa.
No es que Jarmusch no mereciera ganar en Venecia
–el director de Solo los amantes sobreviven (2013) se
merece todo–, sino que había un consenso entre la prensa y la crítica de que el
León de Oro tenía y debía ser para La voz de Hind Rajab (Ben
Hania, Túnez – Francia, 2025), el devastador docudrama sobre el asesinato de
una niña perpetrada por el ejército israelí en Gaza. Esta película tenía todo
para triunfar en el Lido: una realización formal impecable, un tema
políticamente correcto, el padrinazgo abierto de varios pesos pesados del cine
internacional –Brad Pitt, Joaquin Phoenix, Rooney Mara, Jonathan Glazer y
Alfonso Cuarón– y hasta una emotiva manifestación en la función de estreno, que
terminó en gritos de “Free Palestine!” a la par de más de 20 minutos de
aplausos.
Pero no: como anoté antes, el jurado oficial
presidido por Alexander Payne decidió otorgar el León de Oro al filme de
Jarmusch, un resultado que provocó rumores de fuertes discusiones y hasta
rompimiento entre los miembros del jurado, incluyendo la amenaza de abandonar
Venecia de parte de la actriz brasileña Fernanda Torres debido a la negativa de
dar el premio principal al filme de Ben Hania que, de todas formas, se
terminaría llevando el gran premio del jurado, además de otros ocho
reconocimientos. Payne negó, en su momento, todos esos rumores, aunque, como
bien apuntó Katie McCabe en su cobertura de Venecia publicada en Sight
& Sound (noviembre, 2025), quedó en el aire la sensación
de que el León de Oro para Jarmusch fue una decisión de compromiso, el típico
resultado salomónico de un jurado dividido.
Aunque no dudo que esta versión sea cierta –he sido
parte de jurados festivaleros en varias ocasiones y puedo confirmar que no son
extrañas este tipo de circunstancias–, quiero pensar que el reconocimiento a Jarmusch
y a su reflexiva comedia en tono menor Padre madre hermana hermano se
debió no tanto a algún tipo de compromiso sino a un merecidísimo homenaje a la
extendida trayectoria de este gran cineasta, muy similar al triunfo de Aki
Kaurismäki en Berlín 2017, cuando el finlandés ganó el Oso de plata a mejor
director con la encantadora cinta derivativa El otro lado de la esperanza.
En sentido estricto, no hay nada en Padre
madre hermana hermano que no hayamos visto antes en el cine de
Jarmusch: estructura argumental episódica –tres capítulos en los que vemos tres
historias similares en distintos espacios y contextos–, varios deliciosos
momentos de un amable humor repetitivo, agudas viñetas hiperdialogadas en las
que aparentemente no sucede gran cosa, un par de canciones muy ad hoc (“Spooky” y “These days”) que
escuchan los personajes en sendas escenas claves, una serena puesta en imágenes
en la que no faltan los homenajes a Ozu –esa toma de los trenes cruzando las
vías y esos espacios vacíos en el departamento abandonado en el episodio
parisino–, cierta imagen recurrente de unos libérrimos skaters que
aparece a lo largo de la cinta y hasta el caprichoso origen del filme, nacido a
partir de una afortunada autoindulgencia creativa de parte de Jarmusch, quien
empezó a escribir esta película con el único pretexto de que deseaba ver a Tom
Waits interpretando el papel de papá de Adam Driver.
En efecto, en el primer episodio, Padre, Driver es Jeff, un exitoso ejecutivo que viaja en un auto “híbrido y rentado”, al lado de su hermana Emily (Mayim Bialik), para visitar a su anciano padre (Waits), quien vive, viudo y solitario, en una cabaña en medio de la nada, en algún lugar de Nueva Jersey. Es evidente que los dos hermanos tienen tiempo que no se ven y que, de hecho, no ven a su papá juntos desde el funeral de su mamá. También es claro que Jeff es más cercano al papá que Emily, aunque esta cercanía es relativa: ninguno de los tres acierta a conversar sobre algo más que la hermosa vista que tiene la cabaña y el mantenimiento de ese decrépito lugar. El silencio más incómodo se llena cuando los tres brindan –pero ¿con agua, con té?– por “la familia”, como si estuvieran en el trabajo, en el brindis de fin de año.
Algo similar sucede en el segundo episodio, Madre, cuando la exitosa mamá escritora Charlotte Rampling recibe en su elegante casa de Dublín a sus dos hijas, Timothea (Cate Blanchett) y Lilith (Vicky Krieps), para tomar el té. A pesar de que las tres viven en la misma ciudad, solo se ven una vez al año y muy pronto entendemos por qué: hay algo tirante entre las dos hermanas y la fría mamá distante, quien prepara una mesa impecable para tomar té y comer pastelitos –ese top shot casi de Busby Berkeley– pero que es incapaz de abrirse emocionalmente con sus dos hijas, aunque sí lo haga, al inicio del episodio, en una conversación telefónica que tiene ¿con su psicóloga?
En el tercer episodio, Hermana hermano, no hay
padre ni madre a la vista, pues los dos murieron en un misterioso accidente,
cuando el papá piloteaba un pequeño avión en el Atlántico. Los hijos, los
gemelos Billy y Skye (Luka Sabbat e Indya Moore), se reúnen en París para
visitar por última vez el departamento familiar, revisar lo que dejaron sus
padres y reencontrarse no solo como hermanos sino como hijos de esa misteriosa
pareja que guardaba identificaciones falsas de todas partes, que dejó sin pagar
los últimos tres meses de la renta de su piso y que quién sabe qué demontres
estaban haciendo, volando sobre las Azores.
Este último episodio parece, a primera vista, un
pegoste, un capítulo casi gratuito que tuvo que agregar Jarmush para poder
llegar a una duración decente, digna de un largometraje. No es así: cuando uno
lo piensa bien, el encuentro de los dos hermanos y su reencuentro con los
recuerdos de su infancia compartida y de sus inasibles y misteriosos padres,
tiene todo el sentido del mundo. Es curioso cómo Billy y Skye es la pareja de
hermanos más cercanos de las tres que vemos en la película. Uno puede pensar
que esto se debe a que son gemelos –y sí, ella dice “sentir” cada vez que él
está consumiendo sus microdosis de hongos–, pero creo que también se debe a
algo más: a que sus dos padres han muerto y, por lo mismo, ya solo se tienen
entre sí para poder compartir ese pasado que solo es de ellos y de nadie más.
¿Esto tendría que pasar
con los otros hermanos de los dos primeros episodios? ¿Deben morir el vividor
papá Tom Waits y la fría mamá Charlotte Rampling para que sus hijos se
reencuentren de verdad, les perdonen todo y recuerden con cariño lo que vivieron
con ellos, incluyendo sus misterios, sus secretos y sus extravagancias? Puede
ser. Por lo pronto, si tiene usted a sus padres aún vivos, visítelos más de una
vez al año y trate de platicar de algo más que el clima. Y, aunque sea con
agua, té o café, brinde por todo lo alto, pero de verdad, por la familia. Y, de
pasada, por Jim Jarmusch y por su León de Oro veneciano.-
[Fuente: www.letraslibres.com]

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