Durante los primeros tres años de dictadura, la clase obrera argentina protagonizó huelgas sorpresivas parciales y centenares de sabotajes. El movimiento de los Montoneros fue acompañado de una movilización masiva.
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Jóvenes peronistas durante una manifestación.
Escrito por Mariano Pacheco
Podría afirmarse que el terrorismo de
Estado en Argentina comenzó antes del 24 de marzo de 1976, cuando las
tres armas (Ejército, Marina, Aeronáutica) comenzaron con su gobierno de facto,
llevando adelante un “plan sistemático” de secuestros, torturas, asesinatos y
“desaparición forzada” para reestructurar las bases sociales, económicas,
políticas y culturales del país, al que denominaron Proceso de Reorganización
Nacional.
Como señala Pilar Calveiro en su libro Poder
y desaparición. Los
campos de concentración en Argentina, la modalidad represiva ya
implementada por la Triple A se transformó en oficial por parte del Estado. La
“experiencia concentracionaria”, que apuntó a una deshumanización total de
quienes pasaban por ella, se llevó adelante en alrededor de 340 campos de
detención y exterminio que funcionaron en 11 de las 23 provincias del país, y
por los cuales pasaron cerca de 20.000 personas, contando con una participación
colectiva de las Fuerzas Armadas y de la policía que buscó “ensuciar las manos”
de la mayor cantidad de efectivos en la represión, para “comprometerlos
personalmente”.
Fue ese carácter sistemático del plan de exterminio
de los proyectos de emancipación y la voluntad por parte de las clases
dominantes de dar una vuelta de página a la matriz productiva del país, la que
diferencia aquella dictadura del accionar terrorista de las bandas que operaban
durante los dos años anteriores, como la Alianza Anticomunista Argentina,
organización paraestatal dirigida por José “El Brujo” López Rega, influyente
ministro de Bienestar Social de la presidenta María Estela Martínez de Perón,
quien queda al mando del Ejecutivo Nacional tras el fallecimiento –el 1º de
julio de 1974– de su marido, el líder político más
destacado de la Argentina durante esas últimas tres
décadas.
Lo central de aquella apuesta siniestra quedó
retratado de manera clara y concisa ya desde el primer aniversario del Golpe,
cuando Rodolfo Walsh escribe la “Carta abierta de un escritor a la Junta
Militar”. El periodista y militante montonero fue asesinado el 25 de marzo de
1977, mientras distribuía dicho texto a la prensa internacional, permaneciendo
su cuerpo desaparecido hasta el día de hoy.
En 1977 fueron
cien los conflictos, con 514.000 asalariados movilizados. Fue un año de
“trabajo a tristeza”, método de lucha que consistía en ir a trabajar,
pero desarrollar las tareas “con desgano”
Días después aparecen las Madres de Plaza de Mayo, quienes lograron poner en pie un movimiento
de derechos humanos sin precedentes, caracterizado por el filósofo argentino
Raúl Cerdeiras como un auténtico “acontecimiento” político, reconocido a nivel
mundial por el pañuelo blanco que esgrimían las mujeres en sus cabezas, en
muchos casos con los nombres de sus hijas e hijos desaparecidos bordados sobre
la tela.
Ese dar vueltas a la Plaza como “unas
locas”, mientras la policía les decía que estaba prohibido el derecho de
reunión, saca el fenómeno de la órbita de los derechos humanos tal como se
entendía hasta entonces: ya no víctimas, como se promovía desde las potencias
occidentales, sino hacedoras de una lucha que seguirá hasta el día de hoy,
exigiendo “Verdad y Justicia”, ejercitando una memoria que no quedó aprisionada
en la experiencia de sus familiares, sino que se hizo extensiva al conjunto del
campo social e, incluso por años, llegó a ser política de Estado.
La resistencia obrera
Durante los primeros tres años de
dictadura, la clase obrera argentina protagonizó huelgas sorpresivas parciales
y centenares de sabotajes. Según indican datos parciales, solo durante el año
1976 –en los momentos iniciales y más crudos de la represión militar– se
produjeron 89 conflictos sindicales, que movilizaron a 190 mil trabajadores. En
1977 fueron cien los conflictos, con 514.000 asalariados movilizados.
Ese fue, además, un año repleto de “trabajo a tristeza”, método de lucha invisible para las patronales, que consistía en ir a trabajar… pero desarrollar las tareas “con desgano”. Al año siguiente los conflictos laborales aumentaron: 1.300 solo durante el primer semestre y un total anual de 4.000. Incluso algunos gremios llegaron a movilizarse a pesar de la estricta prohibición del gobierno de facto. Es ese el camino que conduce a la histórica Jornada Nacional de Protesta del 27 de abril de 1979, que permite que luego la central obrera, a pesar de su ilegalidad explícita, comenzara a recomponer sus fuerzas organizativas y actuara con cierto margen de visibilidad, hasta llegar al 22 de julio de 1981, cuando se lleva adelante la segunda huelga general contra el régimen. A diferencia del anterior paro de la CGT, esta vez la adhesión obrera fue muy masiva, a pesar de que ese mismo día los principales dirigentes fueron enviados a prisión por los militares.
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Manifestación en Buenos
Aires |
A la resistencia de la clase trabajadora se le sumaron reclamos y demandas populares más amplias. En octubre de 1981 un arzobispado de la Iglesia Católica convocó a una “Marcha del hambre” y, al mes siguiente, la central obrera organizó una peregrinación a San Cayetano (“Patrono del trabajo”), a la que asistieron 50.000 personas bajo la consigna “Paz, Pan y Trabajo”. Aquella movilización fue la primera verdaderamente masiva contra la dictadura y el reclamo por la “aparición de los desaparecidos” ya no podía ocultarse.
En diciembre de 1981 Leopoldo Fortunato
Galtieri asumió, también de facto, la Presidencia de la Nación, en lugar de
Jorge Rafael Videla, al mando del Ejecutivo desde el inicio de la dictadura. El
30 de marzo de 1982 miles de personas marcharon a la Plaza de Mayo y a las
plazas de las principales ciudades de la Argentina, convocadas por la CGT,
quien reclamó el fin de “este proceso que ha logrado hambrear al pueblo
sumiendo a miles de trabajadores en la indigencia y la desesperación”.
El 2 de abril la Junta militar declaró la
guerra a Gran Bretaña tras el intento de recuperación de las Islas Malvinas,
fracaso bélico que aceleró la retirada de los militares a los cuarteles,
fuertemente desacreditados por todo el proceso de luchas obreras antes
descriptos, y por aquello que el filósofo argentino León Rozitchner caracterizó
como el desarrollo de una ineficaz estrategia de “guerra limpia” por parte de
quienes solo podían ser eficaces para llevar adelante la “guerra sucia” contra
su propia población, porque así habían sido formados por la doctrina de
Contrainteligencia y Seguridad Nacional norteamericana.
La resistencia guerrillera
Ni bien comienza la nueva dictadura, la
principal organización de la izquierda marxista, el Partido Revolucionario de
los Trabajadores//Ejército Revolucionario del Pueblo, ya golpeado por el
frustrado intento de copamiento del Cuartel de Monte Chingolo en diciembre de 1975,
lanza la consigna: “Argentinos, a las armas”. Pero para mediados de año se
encontraba ya prácticamente desmantelada, tras ser interceptada por el
Ejército, a fines de marzo, una reunión del Comité Central donde varios de sus
integrantes fueron asesinados y otros secuestrados y desaparecidos; en julio,
su principal dirigente, Mario Roberto Santucho, resultó asesinado durante otro
operativo de represión (su cuerpo también permanece desaparecido hasta la
actualidad). Una de sus últimas acciones del PRT//ERP, en febrero de 1977, fue
el intento fallido de ejecución del dictador Videla.
Por su parte, Montoneros, la principal
organización de la izquierda peronista, sostuvo durante esos primeros meses una
política que consistió en atacar militarmente lo que consideraba el “centro de
gravedad” del régimen. De allí los grandes operativos guerrilleros que se
realizarán durante el segundo semestre de 1976: atentados contra la Coordinación
Federal de la Policía Federal, el Cuartel General de la Policía de la Provincia
de Buenos Aires y el Círculo Militar; ejecución del jefe de la Policía Federal;
colocación de explosivos en el Ministerio de Defensa durante una “conferencia
antisubversiva”. La respuesta de las Fuerzas Armadas no se hizo esperar y los
asesinatos de militantes detenidos en cárceles se multiplicaron.
Para entonces Walsh participa de un área de
Inteligencia de Montoneros. Desde allí elaboran unos documentos internos con críticas hacia la Conducción Nacional. Argumentan que el plan de
“aniquilamiento de la subversión” de la dictadura no solo resultaba eficaz,
sino que incluso se llevaba adelante con mayor velocidad que la prevista. Por
eso recomiendan a la organización que abandone los grandes operativos y retorne
a las lógicas de la “Resistencia peronista” de 1955, que con miles de pequeñas
acciones de baja intensidad había logrado incorporar masivamente a los
trabajadores a la lucha antidictatorial.
Durante 1978, en
el marco del Mundial de Fútbol, Montoneros lanza una campaña de propaganda
internacional con denuncias a la dictadura
Pero el ejemplo del desembarco triunfante del ejército rebelde en Cuba, o la estrategia de “guerra popular y prolongada” de
China y Vietnam resultaban más atractivos en términos de modelo, por más que el
peronismo –principal movimiento político de masas de las últimas tres décadas
en Argentina– permaneciera replegado, producto de los golpes que le asestaba la
dictadura, y disperso, tras la muerte de su líder.
Durante 1978, en el marco del Mundial de Fútbol,
Montoneros lanza una campaña de propaganda internacional con denuncias a la
dictadura, sobre todo desde el Movimiento Peronista Montonero, inaugurado en
abril de 1977 en Roma, con importantes referencias del campo cultural argentino
en el exilio. También introduce pelotones de combate desde el exterior, que
cuentan con un nuevo armamento: los lanzagranadas livianos RPG7, probados
durante los entrenamientos en Medio Oriente. La consigna que se promueve es
“Argentina campeón//Videla al paredón”.
En 1979, las fuerzas montoneras concentradas en el
exilio, retornan al país, previo entrenamiento en el exterior. Son las
conocidas Tropas Especiales de Infantería (TEI) y Tropas Especiales de
Agitación (TEA), que tenían como objetivo “golpear el equipo económico” de la
dictadura y acompañar con propaganda los crecientes conflictos sindicales y
descontento popular con los militares.
Después de aquel fallido intento de que el retorno montonero dinamizara y condujera algún tipo de situación insurreccional, la
organización queda duramente golpeada. Así y todo, entre mediados de 1980 e
inicios de 1982, pequeños pelotones de combate persistieron (en muchos casos
desvinculados de sus estructuras orgánicas), en sostener acciones de sabotaje
contra las fuerzas de represión y el empresariado, realizando interferencias
con los modernos aparatos móviles de “Radio TV Liberación” y acompañando los
conflictos obreros que proliferaban.
Un importante sector de la militancia montonera
(así como del PRT//ERP que intenta reagruparse en el exilio), acompaña
activamente la ofensiva final del Frente Sandinista de Liberación Nacional que,
en julio de 1979, llega al poder en Nicaragua, dando inicio a la segunda
revolución socialista de América Latina, en un contexto en el que las luchas
emancipatorias en el Cono Sur habían sido arrasadas por las dictaduras
coordinadas por el denominado “Plan Cóndor”.
Entre abril y
mayo de 1983 fueron asesinados el militante Osvaldo Cambiasso y dos miembros de
la Conducción Nacional: Raúl Clemente Yager y Eduardo “Carlón” Pereyra Rossi.
La derrota de las Fuerzas Armadas Argentinas en la
guerra de Malvinas, como estocada final de la dictadura, encuentra a Montoneros
en una maniobra de pasaje a la lucha política de superficie, dejando a un lado
ya los intentos por sostenerse como una fuerza insurgente. En julio de 1982 se
realiza después de muchos años un acto público (y masivo para las condiciones
aún represivas de la época) en homenaje por un nuevo aniversario de la muerte
de Eva Perón y se impulsa un espacio, junto a otros sectores
nacional-populares, denominado Intransigencia y Movilización Peronista.
Manifestación en Argentina
Así y todo, Montoneros padece sus últimos
reveses, frente a unas fuerzas armadas que, aunque en retirada, no dejan de
cobrarse vidas: en diciembre de 1982 fue asesinado Ricardo René Haidar, uno de
los sobrevivientes de “La Masacre de Trelew” acontecida una década atrás, y entre
abril y mayo de 1983 fueron asesinados el militante Osvaldo Cambiasso y dos
miembros de la Conducción Nacional: Raúl Clemente Yager y Eduardo “Carlón”
Pereyra Rossi.
Es todo este largo proceso de luchas de la
clase trabajadora e incluso de accionar político-militar de las organizaciones
armadas lo que lleva al historiador argentino Pablo Pozzi a destacar, en su
libro Oposición
obrera a la dictadura, que resulta indudable que “el proceso de
resistencia obrera desarrollado a partir de marzo de 1976 y que culminó con la
movilización de marzo de 1982, representa la base material de la conquista de
la democracia y de la derrota de la dictadura”.
[Fuente: www.elsaltodiario.com]



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