La guerra y sus secuelas, la huella de un lenguaje desbordado, el estruendo demoledor de la muerte están presentes en la obra de António Lobo Antunes, compleja como su propia figura.
Escrito por Aniela Rodríguez
“Tan inteligente para unas cosas”, decía su madre,
“y tan estúpido para otras”, António Lobo Antunes siempre se sintió un poco
impostor en todo lo que hacía. Aficionado eterno de la poesía, dijo que no la
había escrito porque no tenía el talento para hacerlo, y cuando lo hizo,
terminó quemándolo todo. Antes de publicar su primera novela, había quemado
también todas las anteriores. Produjo más de una treintena de novelas y otro
puñado de libros de crónicas; si no escribía al menos cinco horas al día, le
entraba una especie de culpa. Renegaba de los rituales, decía no tenerlos, pero
de igual forma afirmaba que todas las mañanas salía rumbo al Hospital Bombarda,
donde leía y escribía un rato antes de atender a un par de pacientes. Si un
colega lo sorprendía escribiendo, rápidamente tapaba la hoja con algún libro.
Le gustaba cambiar de escritorio, pero cuando volvía a casa, siempre escribía
con la televisión encendida. Psiquiatra de profesión y novelista por vocación,
o quizás al revés, António Lobo Antunes fue una figura casi tan compleja como
su prosa.
*
Entre 1971 y 1973, António Lobo Antunes fue enviado
al este de Angola para servir como médico militar, durante la llamada guerra
colonial portuguesa. No había cumplido siquiera los treinta años, y ya bromeaba
con los soldados, frente a las urnas, sobre cuál de ellas le tocaría a él. De
esos años, que serían la piedra fundacional de su incursión en la literatura,
su primera esposa Maria João conservó todas las cartas que le envió desde el
frente. Empezarían a leerse mucho más cuando muriera, pronosticó el psiquiatra.
Lobo Antunes había llegado a Angola con la certeza de que Portugal estaba
peleando una batalla que había perdido antes incluso de empezarla.
Este es uno de los motivos más persistentes en su
vasta producción, tanto narrativa como de no ficción. Al escritor le interesa
posicionarse desde la periferia, tanto geográfica como emocional, para darle un
rostro a ese deslizamiento de la realidad que lo atravesó en su juventud. Los
estragos de la guerra y su impacto en las sociedades portuguesas se manifiestan
en buena parte de su obra; ya desde Memoria de elefante (1979)
y En
el culo del mundo (1979), sus dos primeras novelas, la
cicatriz de Angola aparece como una fuerza casi telúrica que condiciona y
oprime las vidas de los personajes:
Escuche. Míreme y escuche, me hace tanta falta que me escuche, que me escuche con la misma atención ansiosa con la que oíamos los llamamientos de la radio de la columna bajo el fuego, la voz del cabo de transmisiones que llamaba, que pedía, voz perdida de náufrago olvidándose de la seguridad del código. (En el culo del mundo, p. 38, ebook)
Manchados, desposeídos, desplazados: el rastro de
la violencia que trajo la guerra marca a un sinfín de figuras a lo largo de sus
novelas; al menos cinco o seis de ellas toman este hecho histórico como telón
de fondo para narrar la carencia y la desolación. Lobo Antunes desarticula y
contrasta las verdades históricas con las voces avasalladas por la pérdida. Hay
en ese acercamiento algo que tiene que ver con la humildad, que siempre
consideró una condición inseparable del oficio de escritor.
*
Hay algo a lo que me gusta jugar cuando estoy
leyendo un libro. La mecánica es simple: barajo las páginas rápidamente y, con
bendición del azar, lo abro en la primera que se me ocurra. Trato de fijar la
vista en la primera línea que logro enfocar: voy buscando una en la que pueda
colarse cierta luz. Si no la encuentro a la primera, cambio de página un par de
veces. Con Lobo Antunes siempre sucede algo fantástico: a diferencia de tantos
otros, no recuerdo haber hecho nunca un esfuerzo real por encontrar esa línea
que condensa, con la mínima fuerza necesaria, el núcleo de un libro en donde
late el pulso de su belleza. La prosa del luso, a lo largo de toda su
producción, es infinitamente cuidada y guarda una tesitura poética excepcional,
de la que solo un buen lector de poesía podría presumir. Algo de eso tendrá que
ver con que dominó el arte de editarse a sí mismo, una habilidad en aparente
extinción: reversionar, eliminar y desdecirse parecen tres verbos naturales en
sus novelas. En su prosa y en su obra como cronista, siempre está la huella de
un lenguaje desbordado, que termina por canibalizarse.
No es solo que haya sido un excepcional editor de
sus propios textos, aunque él mismo recalcaba que pasaba mucho más tiempo
editándose que escribiendo. Mucha de la culpa de que su esencia (si es que
existe tal cosa) se mantuviera en las versiones al español la tiene el
argentino Mario Merlino, su traductor de cabecera. Cuando le preguntaban a
Merlino qué era lo más difícil de traducir a un grande de la literatura como
él, decía que no bastaba con traducirlo literalmente: había que recrear en
español un ritmo y una cadencia equivalentes a los del portugués. La mejor
traducción, decía, es la que hace pensar al lector que ese libro fue escrito
originalmente en el idioma al que llegó. Merlino logró que cada línea de Lobo
Antunes fuera decisiva; que la belleza, aun rehogada entre la podredumbre,
terminara siempre por flotar en la superficie. No por nada, el mismo Lobo
Antunes decidió que fuera él quien supervisara toda su obra en español, hasta
la muerte intempestiva del argentino en 2009.
Ahora que ha muerto Lobo Antunes repito, solo por
no dejar, ese infantil juego de la línea con Ayer no te vi en Babilonia (2006),
y me encuentro de buenas a primeras con esto:
haced, Dios mío, si es que existís, que no haya lágrima, ni sílaba, pero nunca sobre todo tornillos de ataúd que no acababan de ajustarse guiando el oxígeno que los difuntos necesitan (p. 38, Literatura Mondadori).
Basta de juegos tontos
por hoy.
*
“Bento, si me muero, ¿qué hago?”, cuenta Lobo
Antunes que le preguntó un día a su amigo fray Bento Domingues. Nunca fue muy
cercano a la figura de Dios, pero sí a la de la muerte; no es gratuito que
tanto en su literatura como en sus conversaciones aparezca como una de las protagonistas
que siempre está ahí, esperando el momento para atacar. La muerte es
escurridiza, demasiado ominosa como para relatarse o describirse tal cual, y
quizás está ahí la razón por la que el luso tuviera un interés sincero en
barroquizarla, volverla por momentos dócil y, en muchos otros tantos, insoportablemente
escurridiza. En sus novelas siempre hay algo que se marchita, y lo hace incluso
más allá de la belleza, cuyo estruendo es igual de demoledor que el de la
muerte. Ante la singular pregunta de su amigo, Bento responde tranquilamente:
“Si te mueres, entonces sigues escribiendo”.
Esa cercanía, así como la obsesión por encontrar en
ella algún resquicio desde donde abordar la pérdida, se advierten apenas uno se
monta a la empresa de leer al portugués. Narrar la muerte es una prueba de
fuego; para hacerlo, uno debe entender que antes de escritor se es lector: de
libros, sí, pero sobre todo de la vida. La premisa central de La
muerte de Carlos Gardel (1994), por ejemplo, se le ocurrió un
día que fue con su hija a visitar en el hospital a un amigo de ella que estaba
muriendo de hepatitis. Al llegar al cuarto, su hija tomó la mano del chico y
pronunció su nombre en voz alta. Casi de inmediato, Lobo Antunes vio bajar de
la cara del muchacho una pequeña lágrima; precisamente, esa tristeza expansiva
aparece como el fantasma que recorre las páginas de sus novelas: “el libro era
como una gran lágrima que contenía aquella pequeña lágrima”.
¿Será que, en el fondo, todos los libros deberían
ser esa gran lágrima que contiene tantas otras pequeñas lágrimas?
*
Reniego de quienes publican condolencias en sus
muros de Facebook por un escritor fallecido. Me parece, hasta cierto punto,
tramposo: ¿qué tanto de nosotros realmente se va cuando un ídolo muere? ¿Es
esta realmente una pérdida irreparable en nuestras vidas? Atrapada por esa
pregunta, escribo este texto a manera de modesto consuelo. No puede ser mucho
lo que uno pierde. Nunca puede ser un dolor tan grande como el de sus hijas,
que acaban de perder a un António, a un papá, y no al novelista António Lobo
Antunes, ese espejo que él mismo repudiaba. La muerte de un escritor no rompe
nada en nuestros días más que la nostalgia de saber que a la larga, igual que
él, también seremos finitos, tanto o más que nuestras palabras. Lo que en
realidad nos queda doliendo (por lo menos a mí) es la certidumbre de que no
vendrán más palabras nuevas. Que no habrá más personajes suyos que nos tiendan
la mano después de un mal día. Que tendremos que revisitar las mismas líneas de
siempre, como hacemos con las fotografías y la ropa y todos esos objetos de los
demás que nos sobreviven.
Los lectores de este
siglo no solo somos exigentes sino también testarudos: no nos conformamos con
lo que ya está escrito, como si esas palabras viejas hubieran agotado su
potencia en nosotros. Tendremos que resignarnos a que las palabras nuevas de
António Lobo Antunes se acabaron; con suerte, algún día aprenderemos el arte de
que lo antes dicho nos vuelva a pillar distraídos y nos sorprenda de una forma
parecida a la primera vez.
[Foto: Ulf
Andersen/Aurimages via ZUMA Press- fuente: www.letraslibres.com]

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